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¿Qué les ocurre a las MOSCAS?

I


Eso es precisamente lo que yo me pregunto: “¿Qué coño les ocurre a las moscas?”. De un tiempo a esta parte se han vuelto molestas e impertinentes y me están haciendo la vida imposible. Francamente, no puedo más y estoy empezando a estar desesperado.
Todo comenzó hace aproximadamente quince días. Era un día normal y corriente como otro cualquiera, pero con la disparidad de que ese día aparecieron las moscas.


En realidad, las moscas y otros dípteros siempre han estado entre nosotros. Son insectos desagradables y aberrantes que se cuelan por nuestras ventanas y se posan en las mesas, techos, sillas y cortinas, en nuestras piernas o brazos y que apartamos con un brusco movimiento. Jamás se les ha prestado demasiada atención pero dudo que yo sea la única persona que se ha percatado del extraño comportamiento que desde hace unos días se advierte en las moscas, al menos las que están en mi casa.


Entré en el salón con la tranquilidad que confiere encontrarse en un lugar seguro y todo parecía estar perfectamente normal, como cualquier otro día. En la calle el sol calentaba lo suficiente como para que no me extrañara la presencia de tres o cuatro puntos negros que revoloteaban por la cocina y el salón. Me senté en el sofá y leí un grueso libro durante varios horas, ni siquiera me percaté de que el número de moscas iba aumentando a medida que los minutos transcurrían. Podían ser seis o siete, quizá nueve o diez, pero luego pasaron a doce o trece. Eran muchas, cierto, pero parecían tan normales y repugnantes como cualquier otra mosca. Pequeños fragmentos negros cabezones que volaban batiendo sus afiladas alas y se posaban en las paredes, por las que bajaban hasta el suelo. A veces se quedaban en el techo inmóviles, como si estuvieran cogiendo aire para continuar sus locos trayectos sin dirección definida; otras se montaban unas encima de las otras y follaban como locas, agitando sus cuerpos y procreando. Nunca tuve la sensación de que ellas me estuvieran observando, es más, creo que ni siquiera se percataban de mi presencia. Se acercaban y tenían el desdén de posarse en las hojas de mi libro, con tal facilidad y despreocupación como lo hacían en la mesa de la cocina, el mostrador o el propio suelo; caminaban por mis piernas o por mis brazos y cuando notaba las cosquillas que me hacían sus patitas, realizaba un movimiento brusco y las moscas saltaban sorprendidas (pero no asustadas) para flirtear a mi alrededor y buscar otro punto de apoyo. Supe que algo extraño ocurría cuando, al día siguiente, al prepararme el desayuno volví a ver a esa media docena de moscas (quizá más) bajando por los cristales de las ventanas de la cocina, volando alrededor de la lámpara de salón, caminando sobre el pomo de la puerta o corriendo libremente por el suelo.


Estaba dejando la taza bajo el grifo cuando noté una pequeña embestida en mi frente. Algo pequeño, negro y no demasiado duro, me había golpeado o más bien había chocado contra mi frente con tremenda fuerza y sin embargo no sentí ningún daño. Inmediatamente algo cayó de mi frente y quedó tendido en el suelo. Eché un vistazo y tuve tiempo de ver como una mosca se levantaba y revoloteaba junto a mis rodillas para perderse bajo la mesa. Me quedé sorprendido. La puñetera mosca había sufrido una colisión contra mi cabeza. Su diminuto cuerpo impactó violentamente conmigo y si ella hubiera sido un avión de pasajeros y mi frente una montaña... todos los viajeros estarían muertos... o quizá no, porque recordemos que la mosca se levantó tan campante, ni siquiera parecía haberse quedado aturdida. La verdad es que no fue la única vez que ocurrió algo parecido.



II



Aquél mismo día, estaba mirando un programa en la televisión (no recuerdo de qué trataba pero estoy convencido de que era una basura infumable) y a veces la vista y la atención se me iban hacia las paredes, el armario, las ventanas e incluso la pantalla de la televisión, donde acampaban a sus anchas no sé si más de veinte moscas pero estoy seguro de que no menos. Cuando estaba distraído, como si ellas me estuvieran observando (y entiendo que eso es completamente imposible) una de ellas bajó del techo con una fuerza implacable, como un proyectil lanzado a conciencia, y sacudió mi cabeza, metiéndose entre mi pelo. Me llevé rápidamente las manos a la cabeza y me la sacudí, cuando de improvisto noté un cosquilleo en mi oreja y escuché el batir de las alas de una mosca lo suficientemente cerca como para sospechar que ésta pretendía entrar por mi oído. Me levanté asqueado sacudiendo mi cuerpo. Miré las moscas revoloteando a mi alrededor (eran las más atrevidas, porque otras, quizá más pacientes o recelosas, permanecían inmóviles en el techo junto a la escayola o posadas en el sofá, agarradas a las cortinas, resbalando por el espejo de la pared o pegadas a los adornos de la lámpara) y apagué la luz, confiando que éstas quedarían quietas y asustadas. Busqué a tientas el mando a distancia y dí por finalizado el programa de televisión.


Todo estaba a oscuras y solamente escuchaba tres cosas:

  • La primera de ellas era la que menos me importaba. Se trataba del llanto de un bebe procedente del piso de arriba, el hijo de una de mis vecinas.

  • La segunda puede decirse que me preocupaba. Los latidos de mi corazón retumbaban en el salón de manera agitada y flirteaba con mi respiración, lo que me convenció (por si cabía alguna duda) de que era presa de los nervios.

  • El tercer sonido... el tercer sonido me asustó (lo confieso abiertamente y no me avergüenzo de ello) porque en la oscuridad en la que estaba sumido, escuché el batir de varios pares de alas y sentí numerosas moscas volando a mi alrededor.
Salí corriendo del salón y cuando cerré la puerta encendí la luz del pasillo, me apoyé en la pared y respiré profundamente, como si fuera el superviviente de una batalla mantenida con demonios y criaturas infernales. Fui al váter y me senté en la taza. Cagué, como haces tú ,y cualquier persona normal a diario. Entonces me reí, estallé en sonoras carcajadas porque veía ridículo asustarme de unas miserables e insignificantes moscas. ¿Me estaba comportando como un idiota? Estaba convencido de ello.

Decidí darme una ducha para despejar todas mis preocupaciones. Recuerdo que ese día bajé a la tienda a comprar un matamoscas y subí con una sonrisa bobalicona dibujada en el rostro, sospechando que, como otras veces, iba a salir airoso y triunfante del combate entre los repulsivos dípteros y el siempre inteligente humano. Quizá esa sonrisa se habría roto en mil pedazos si hubiera sospechado lo que iba a pasar poco después.

Tal vez estaba demasiado confiado pero... ¿Cómo no estarlo? Sólo eran moscas y yo tenía en las manos un producto químico que aseguraba su exterminación, y no solo mataba moscas, también acababa con los odiosos mosquitos, las incómodas pulgas y las siempre horripilantes cucarachas.


III


Entré en mi piso asiendo el bote del insecticida como un caballero andante esgrime su pesada espada, haciendo alarde de su valentía y coraje (imaginando a una bella doncella observándole desde lo alto de una almena) y al abrir la puerta del salón me encontré con las moscas volando de aquí allá. Les enseñé el bote y amplié mi sonrisa. Le quité el tapón y lo agité mientras observaba el vuelo rasante de las moscas, que iban y venían y parecían saludarme. Con un movimiento felino, pulsé el botón y el sonido del spray rugió sutilmente mientras el gas a presión salía dejando un tufo la mar de relajante (creo que olía a rosas, pero no puedo estar seguro del todo). Rocié todo el salón, toda la cocina, busqué y localicé más moscas, me acerqué a ellas casi de una en una, y las pulvericé con el “fly, fly”. Algunas se agarraban a las cortinas sujetándose con sus diminutas patitas, pero acababan cayendo al suelo. Otras no pudieron quedarse ancladas en el techo o las paredes y se precipitaron inexorablemente en caída libre, golpeando sus diminutos y horrorosos cuerpos con la madera del suelo del salón o bien con las baldosas marrones de la cocina. Todas ellas fueron abatidas.

Absolutamente todas.

Salí presuroso del salón, un salón que se había convertido en un cruento campo de batalla y, además, en un lugar irrespirable. Prácticamente había gastado todo el bote y estaba más que satisfecho con mi sangrienta tarea, de la cual no estaba para nada arrepentido.

Me pasé toda la tarde sentado frente al ordenador, chateando con amigas y amigos y a medida que el olor a rosas iba desapareciendo yo fui olvidando todo el asunto de las moscas.

Hasta que fui a cenar.

Nada más abrir la puerta del salón y encender la luz vi que estaba completamente equivocado. Esperaba encontrarme los cadáveres de las moscas en la mesa, sobre el sofá, esparcidas por el suelo, dentro del fregadero, sobre la repisa de la televisión...

Nada de eso. ¡Ni por asomo!

Lo que me encontré fue algo totalmente diferente, más bien todo lo contrario: Allí estaban de nuevo las moscas, volando desorientadas, pegadas a las paredes, inmóviles en el techo o caminando libremente por el suelo. Todas ellas estaban atontadas, borrachas, aturdidas pero vivas.

¡Vivas!

Nervioso, asqueado y muy cabreado (a nadie le gusta perder una batalla de este tipo) cogí un periódico que descansaba sobre la mesa del salón y lo doblé formando un rodillo con él. Con el rostro desencajado, los dientes apretados y los ojos marcando ira y cólera, comencé a golpear moscas, una a una. Lo hacía tan sumamente bien, con tal arte y destreza, que ellas apenas pudieron reaccionar ante mis golpes. Estaban completamente drogadas y eso me hacía jugar con una gran ventaja. Había un número excesivo de moscas, sí, pero yo... era mucho más grande.

Aplasté gran cantidad de ellas, muchas de ellas adheridas en el cristal de las ventanas; sus tripas, su sangre, sus alas rotas. La mitad de los cadáveres quedaron adheridos al periódico, pero a medida que lo agitaba para ofrecer más golpes, esos cadáveres se desprendían y saltaban de un lado a otro, como palomitas en una sartén. Me subí en una silla (e incluso en la mesa) y acabé con las que había en el techo. Ya con los pies en el suelo miré los cuerpos pegados al techo blanco y me reí como un loco (más bien como un licántropo se ríe bajo la luna, a la que por por norma general ama con amor enfermizo).

Tiré el arma homicida a la papelera y alcé los puños pletórico al saberme absoluto vencedor de tan salvaje cruzada. Aquella noche cené y después barrí. Eché los cuerpos de las moscas a la papelera y observé de nuevo los cadáveres sujetos en el techo y en algunas paredes. Aquellos cuerpecitos tan pequeñitos que habían explotado bajo la presión del periódico al caer sobre ellos; las deformes cabezas aplastadas, los cuerpos pegados, las patas rotas y las alas quebradas... ¿Hay algo más hermoso y satisfactorio en esta vida?





IV


Aquella noche me fui a la cama. No tenía sueño y me puse a leer, una costumbre que he ido adquiriendo de un tiempo a esta parte. Cuando llevaba alrededor de media hora disfrutando de una lectura escalofriante (me encantan las novelas de terror) advertí con el rabillo del ojo una sombra cruzar de un extremo a otro de la habitación. No me inmuté y seguí leyendo. Volví a percibir aquella sombra y dejé el libro sobre la cama.

¡Una mosca! ¡Una maldita mosca había sobrevivido a mi airado ataque! Y lo peor de todo es que se había colado en mi habitación.

Chasqueé la lengua fruto del disgusto que sentía y deduje que yo era más inteligente que esa puta mosca. Entre risas, apagué la luz y corrí hacia la puerta. La abrí. Salí y encendí la luz del cuarto de baño. Tras varios minutos la apagué y regresé a oscuras a mi habitación. Sin duda la mosca ya habría salido en busca de la luz quedando atrapada en la oscuridad. Cerré la puerta de la habitación y encendí la luz. Me tumbé en la cama. Ni rastro de la aberrante mosquita. Una vez más había vencido.

Me puse a leer. Todo iba bien, hasta que a los pocos minutos volví a ver la sombra planeando por mitad de la habitación, como un águila majestuosa y arrogante. Cerré el libro de golpe y vi la mosca posarse sobre las mantas. Intenté cazarla. Fue en vano. Era rápida, ágil de reflejos, como una mosca normal y corriente.

Volví a realizar la misma operación del juego de la luz varias veces, pero la mosca siempre acababa dentro de la habitación. ¿Acaso se colaba por la rendija de la puerta? Coloqué calcetines y pañuelos para que no pudiera pasar. Quizá acerté, porque uno de mis intentos (no sé si fue en el séptimo o quizá en el octavo) pareció dar resultado. Leí un poco en absoluta paz y después apagué la luz. Dormí muy tranquilo pero no lo habría hecho si hubiera sabido lo que me esperaba al día siguiente.

Desperté hacia las ocho de la mañana, con el cuerpo completamente descansado y la cabeza despejada. Me había olvidado por completo de la mosca cojonera que se había colado en mi habitación pero de la que me había librado muy hábilmente. Me metí en la ducha y puse la cabeza debajo de la alcachofa, por la que salía agua caliente en abundancia. El vapor subía desde mis pies y el calor cubrió todo mi cuerpo, apoyé las manos sobre las frías paredes de baldosas azules y aguardé allí varios minutos. Después salí de la ducha, me sequé y me vestí.

Caminé por el pasillo silbando una melodía que pertenecía a una canción de la que nunca recuerdo el título. Abrí la puerta del salón y encendí la luz. Al principio no las vi, pero estaban allí.
Subí las persianas (incluida la de la cocina) y entonces me dí cuenta de la presencia de un número excesivo de infectas moscas cubriendo paredes y techo. Al detectar mi presencia (habría que ser tonto para no hacerlo después de entrar en el salón, encender la luz, abrir las persianas y maldecir improperios ) un número aproximado de treinta moscas emprendieron el vuelo y sobrevolaron la lámpara del salón, revoloteando sobre mi cabeza. Me quedé pasmado observándolas, lancé los ojos hacia las ventanas y éstas estaban cerradas por lo que no supe (y aún no sé) cómo pudieron entrar aquellas desabridas moscas puñeteras.


Grité de horror al ver que los miserables insectos saltaban de un lado a otro, posándose en cualquier parte, moviendo sus pequeñas patitas, como si estuvieran afilando un cuchillo. En aquél momento tuve la sensación de que me observaban.

Y lo peor de todo es que estaba convencido de que se comunicaban entre ellas y hablaban... de mí.

Tuve miedo de las putas moscas. ¿Te ríes? Puede parecer ridículo pero estaba asustado de un puñado nada desdeñable de moscas gruesas y negras que estaban perturbando la tranquilidad de mi hogar. Entonces empezó el ataque.

Yo al menos lo interpreto así y después de leerlo ya me dirás si lo que sucedió a continuación tiene otra calificación.

Mientras me dirigía a coger una revista con la que atizar a las malditas moscas, vi claramente que una de ellas bajaba del techo en picado, como un misil dirigido hacia un objetivo concreto. La mosca impactó en mi cabeza, se enredó en mi pelo, hizo un ruido peculiar entre mis cabellos y después salió airosa hacia una pared, sobre la que se posó y pareció observarme a través de sus abultados ojitos. Imaginé una siniestra sonrisa en ellos.

Esgrimí la revista como una espada bien afilada (más bien como un garrote vil) y comencé a batir mi brazo. Aplasté muchas de ellas, incluso tres de un solo golpe y pronto reduje el número. De treinta pasaron a diecinueve, luego a trece y finalmente a nueve. Sudaba como un cerdo pero estaba contento con la siembra de cadáveres que dejaba golpe tras golpe, como un troglodita cazando mamuts.

Vi a las moscas retroceder como alimañas cobardes, sabedoras de que el gigante era un enemigo duro de batir. Cuando detectaban mi presencia huían, volaban de un lado a otro. Vi que una de ellas se lanzaba hacia mí pero pude golpearla con la revista como si se tratara de una pelota de béisbol y la pobre se estrelló contra la pantalla del televisor, rebotó y cayó junto a mis pies. La aplasté. Escuché el bello crujir de su pequeño cuerpo explotando bajo mi pies.

No me dio tiempo de esquivar a una de ellas que me golpeó la cara y me vi obligado a cerrar los ojos. Oí el batir de varias alas y cuando me quise dar cuenta (al abrir los ojos) vi varios puntos negros que se aproximaban desde diferentes flancos, como bombarderos que se acercaban para asolar una base enemiga.

Como dagas afiladas golpearon mi piel, una de ellas se enredó en mi pelo, otra me golpeó la nariz, una casi se introduce en mi oído y las otras trataron de sacudirme el pecho. ¿Pero qué cojones estaban haciendo esas putas moscas?

Retrocedieron un poco y volvieron a caer sobre mí, como espinas de un rosal que se clavan en las yemas de los dedos; como dardos envenenados dirigidos a mi corazón; como clavos ardiendo atravesando mi pecho. Tuve que taparme la cara para evitar el desagradable impacto de aquellas malditas moscas porque si bien no era doloroso resultaba, cuando menos, desagradable. ¡Jodidas y asquerosas moscas!

Salí precipitadamente del salón y cerré la puerta dejando a los monstruitos tras ella. Me senté en el suelo, con la espalda pegada a la madera. Resoplé con el ceño fruncido, tratando de encontrar una explicación plausible, una causa que justificara semejante desbarajuste de la lógica y el sentido común. No encontré ninguna pero noté un ligero cosquilleo en la mano que tenía apoyada en el suelo. Miré hacia abajo y pude ver claramente como una diminuta mosca caminaba por entre mis dedos con una parsimonia tal que me resultó escalofriante.. Giré la mano y la mosca voló. No sé hacia dónde pero no me interesaba. Detecté que por debajo de la puerta, entre el hueco de ésta y el suelo, asomaba la cabeza de una mosca y aguardé pacientemente a que su zafio cuerpo saliera por completo, entonces usé el pulgar de mi mano derecha para aplastarla como a una maldita y asquerosa cucaracha.

Me puse unos zapatos, cogí algo de dinero y me marché a la calle. Necesitaba respirar aire fresco y cuando quise darme cuenta me vi dentro de un tugurio levantando por quinta vez una jarra de cerveza y hablando con dos desconocidos de mi problema con las moscas. Aún recuerdo las estúpidas sonrisas en sus caras sonrojadas.




V


-Os lo juro. Las moscas me atacan. No puedo con ellas.-recuerdo que dije.-El zumbido de sus alas me resulta insoportable. No puedo leer un puñetero libro porque me asedian, se lanzan sobre mí. No puedo comer porque se posan en el plato, no puedo ver la televisión porque caminan por la pantalla y vuelan hacia mi para estrellarse contra mi cuerpo o enredarse en mi pelo. Estoy hasta los cojones tíos, hasta los mismísimos cojones...

Cuando acabé la frase me vi hablando solo en la barra del bar y me sentí observado por el camarero que me miraba con la mirada contrariada.

-Tengo un amigo que podría echarle una mano.
-¿Perdón?.-dije soltando la jarra de cerveza sobre el mostrador.
-Con su problema, con las moscas. Mire.-respondió el hombre anotando algo en un papel y ofreciéndomelo.-Puede llamarle en cualquier momento, creo que es la solución a sus problemas.

Me levanté y mi cuerpo se tambaleo peligrosamente, a punto de rodar por el suelo. Agarré el papel. Miré el número de teléfono que el camarero había escrito en él, busqué un par de billetes en mis bolsillos y los dejé sobre la barra. Salí del bar. Ya era de noche y mientras regresaba a casa me imaginé cómo sería un mundo sin moscas.

No abrí la puerta del salón, no quería saber si estaban allí dentro, si su número había aumentado o si, por algún milagro, se habían esfumado por completo. Pero no, esto último no había ocurrido porque podía escuchar el desagradable zumbido de sus asquerosos vuelos.

Me fui directo a la cama y al levantarme al día siguiente hurgué en mi pantalón y cogí el papel que me había entregado el camarero. Llamé a aquél número y la bronca voz de un hombre sonó al otro lado.

Resultó ser un exterminador de plagas y eso era lo que yo necesitaba. Quedamos aquella misma mañana en mi casa. A las once ya estaba llamando a la puerta.

No he dicho nada, pero mientras esperaba no se me ocurrió abrir la puerta del salón y eso que sentía una correosa curiosidad porque el sonido del batir de las alas aumentaba cada minuto.
Cuando abrí la puerta un hombre regordete me sonrió. Llevaba un mono gris y una gorra a juego. Colgada de su espalda pude distinguir una amplia mochila. Me saludó y le dejé pasar.

Le conté el problema. No se extrañó ni lo más mínimo.

-Dice usted que las moscas son violentas, ¿verdad?
-Sí, algo que me ha dejado desconcertado.
-Si yo le contara historias sobre pulgas, mosquitos, arañas, cucarachas e incluso serpientes creo que no podría dormir durante meses pero todo problema tiene solución.

Dejó la mochila en el suelo y abrió la puerta del salón. Ambos pudimos ver alrededor de cuarenta moscas deambulando de un lado a otro, algunas de ellas se colaron por la apertura de la puerta que el señor exterminador cerró de inmediato y se fugaron para adentrarse en los dormitorios, algo que no me gustó nada en absoluto y maldije para mis adentros. Me miró unos instantes con extrema seriedad. Yo palidecí y me atreví a formular una pregunta de la que temía la respuesta.

-¿Es grave?
-¿Grave?.-inquirió perplejo el exterminador. Después relajó los músculos de la cara y me dirigió una sonrisa.- Sólo son moscas...

Y tras decir estas palabras abrió la mochila y sacó varios botes de insecticida, unas gruesas gafas que se colocó sobre los ojos y una mascarilla.

-Debe dejarme trabajar solo. Cuando entre ahí.-dijo señalando la puerta del salón..-Usted tendrá que abandonar la casa. Echaré estos productos por todos los rincones y le garantizo que no quedara ni una sola con vida, pero estas cosas deben hacer efecto y no podrá regresar hasta el martes que viene.
-Cinco días.-murmuré.
-Cinco días.-repitió el exterminador.- No se preocupe, yo cerraré la puerta y a su regreso descubrirá que todo ha regresado a la normalidad.

Asentí con la cabeza y lo vi entrar en el salón, sin miedo al numeroso ejército de horribles moscas que se abría ante él.

Fui a mi habitación, recogí algunos objetos personales, algo de dinero y salí fuera. Admito que no sentía ninguna envidia por aquél hombre que se enfrentaba al peligro como si fuera un trabajo más. No sé cuánto iba a cobrarme por aquello pero si me libraba de las moscas yo estaba dispuesto a pagar lo que fuera necesario.



VI


Pasé aquellos días en un motel de mala muerte, de esos tugurios de carretera en los que se escucha como los camioneros follan con las putas y otros acortan sus días con litros de alcohol. Todo estaba muy sucio. Encontré restos de sangre en las sábanas y detecté manchas de semen en la almohada. La habitación olía francamente mal y advertí la presencia de telarañas en la triste bombilla que colgaba del techo, incluso vi algunas cucarachas saliendo del lavabo del cuarto de baño. Pero no había moscas. Ni una sola.

Esto era un paraíso. Sin duda.

El martes a primera hora pagué la cuenta del motel y cuando me marchaba eché un vistazo a la morenaza que iba colgada del robusto brazo de un hombre que se encaminaba hacia un gran camión. Mis ojos se quedaron pegados en el culo tangoso de la mujer y la lengua humedeció mis labios. Ella subió al camión y desgraciadamente dejé de ver su apretado culito pero mi imaginación, cuando me apetece, puede ser desbordante. Ladeé la cabeza y aplasté con mi mano la erección que me había salido. Monté en mi coche y me solté el botón del pantalón para no asfixiarme. Noté el grueso de mi pene y lo agarré con la mano. Podía hacerme una paja allí mismo, dentro del coche, no habría sido la primera vez pero el asunto de las moscas me tenía preocupado y el hinchazón se me bajó tan rápido como había emergido. Cuando la cabeza alargada quedó flácida y relajada me aproveché el botón, introduje la llave en la cerradura y giré. Pisé el acelerador y me dirigí a mi casa, completamente esperanzado.

Aparqué casi donde lo suelo hacer siempre y subí las escaleras. Llegué hasta la puerta y pegué el oído a la misma. Ningún zumbido, ningún batir de alas, solo un extraño olor, repugnante sin duda y que deduje se debía a los productos químicos que el exterminador había utilizado en su singular tarea por librar mi hogar de la infecta presencia de las jodidas moscas.

Abrí la puerta; el olor era más fuerte en el interior pero podía soportarlo, a mí solamente me preocupaban las moscas.

Fui directo al cuarto de baño y me dí una buena ducha de agua caliente. Inesperadamente mi cuerpo había comenzado a experimentar una molesta sensación y creí que se debía a mi experiencia en ese motel de mala muerte donde quizá podría haber cogido una infección.
Me puse ropa cómoda y me armé de valor. Me dirigí al salón. Abrí la puerta, Todo estaba completamente oscuro, en silencio. Encendí la luz y eché un vistazo. Algo que había en el suelo me llamó poderosamente la atención...



FINAL

Cinco días después de regresar a mi casa me encuentro sentado en el sofá del salón, leyendo un libro con absoluta tranquilidad. Sigue habiendo moscas en mi casa. El exterminador no ha podido acabar con ellas pero todo ha cambiado, ya no me molestan porque hemos aprendido a convivir. El caso es que, de un modo u otro, puedo permitirme el lujo de cenar sin que ellas molesten a mi alrededor o bien puedo disfrutar de una película tumbado en el sofá, sin que las moscas vuelen por el salón o se arrastren cortinas abajo. Me han dejado completamente en paz.

Como he dicho, en estos momentos estoy leyendo un libro y lo hago inmerso en una paz absoluta, en una calma total porque las moscas, desde que he regresado, no han vuelto a incordiarme y, por supuesto, no me han atacado y no lo han hecho porque están muy ocupadas. Lástima el olor terrible que ahora hay en mi casa pero si eso significa haberme librado de la incomodidad de las moscas (a las que ahora considero mis amigas y a las que miro con ternura) bienvenido sea.

Cierro el libro y echo un vistazo al cuerpo putrefacto del exterminador que yace en el suelo del salón, descomponiéndose. Me lo encontré así nada más llegar el martes, con un buen número de moscas recorriendo su cuerpo, entrando y saliendo a voluntad por su boca abierta. Desde entonces ellas tienen un nuevo juguete y no se despegan del cuerpo de ese pobre hombre, del que se están alimentado. Cada días las moscas están más alegres y más gordas.

Caminan por su abultada tripa, succionan a la altura de sus ojos, saborean sus gruesos dedos, procrean en sus manos o en sus piernas, corretean por entre su pelo...

Hace tiempo que no las veo volar (quizá están engordando demasiado) y puedo dejar abierta la puerta del salón con total libertad, porque ellas ya no acceden a la zona de los dormitorios. No se apartan ni lo más mínimo del cuerpo del exterminador.

Todo parece haberse arreglado. Todo va de maravilla.

Sí, todo va bien... si no fuera por el hediondo olor que desprende el repulsivo cadáver del exterminador.

SOMBRAS

-Debes de haberte vuelto loco.
-¡Que no!.-se quejó Iñaki al ver que su amigo no creía lo que acababa de contarle.-Te digo que es verdad.
-¡Estás loco!.-repitió Gorka.-¡Eso es imposible!
-¿Y por qué no probamos? ¿Tienes miedo?

Gorka abrió sus ojos saltones, levantó las manos y comenzó a reír falseando un temblor.
-No me gusta hacer el idiota.-dijo.-Y lo que cuentas es una estupidez.
-Ya. Tienes miedo.-acusó Iñaki.

Se miraron en silencio. Hacía un calor espantoso, el sol brillaba en lo alto del cielo. Gorka levantó la cabeza y dirigió sus ojos hacia el astro rey. Colocó una de sus manos sobre la frente, para apreciar mejor los rayos del sol; después bajó la cabeza, levemente cegado y con los ojos rebosantes de lágrimas.

-Podemos probar.-admitió finalmente.-Pero desde ya te digo que me parece una tontería.
-Perfecto.-se alegró Iñaki y comenzó a aplaudir ilusionado.-¿Con cuál lo hacemos, con tu sombra o con la mía?

Gorka dedicó una intensa mirada hacia las alargadas sombras de ambos chicos que permanecían inmóviles, pegadas en el suelo. Iñaki se movió y la sombra que le correspondía se agitó, imitando sus movimientos. Gorka rompió a reír.
-¿Qué te pasa?.-preguntó perplejo su amigo.
-Nada tío, que todo esto me parece una estupidez.
-No lo es, se han dado muchos casos…
-Vamos a ver… Según tú, si a una sombra la golpeamos con una barra de hierro en, por ejemplo, la pierna, la persona a quien pertenezca esa sombra, al día siguiente, tendrá una herida horrible en ese lugar.
-¡Exacto!
-Es una memez.
-¿Probamos? Podemos golpear si quieres una de nuestras sombras con una piedra y ya verás como mañana…

Gorka estalló en una sonora carcajada y se apresuró a encender un cigarrillo. Ofreció el paquete a su amigo, pero Iñaki lo rechazó con un movimiento brusco de cabeza.

-Es verdad tío, perdona, que lo estás dejando.
-¿Probamos?.-insistió Iñaki.
-¡Qué pesado!.-resopló Gorka con cierta consternación y buscó por el suelo hasta encontrar una piedra. Se giró y vio a su compañero sacando algo del bolsillo.-¿Qué es eso?
-Un clavo.
-¿Un clavo? ¡Qué jodio eres! Quieres clavarlo a una de nuestras sombras, ¿no?
-Exacto. ¿A la tuya o a la mía?
-Prefiero… la tuya.
-¿Por qué, si tú no crees?.-rió cínicamente Iñaki y le hizo entrega del clavo.-Voy a ponerme de pie, para que la sombra se extienda a lo largo, imagino que la sombra tiene que estar entera.

Gorka agarró el cigarrillo con los labios y cogió el clavo. Lanzó a Iñaki una mirada socarrona y se acercó a la sombra que proyectaba el cuerpo de su compañero. No lo dudó ni un instante.
Hundió el clavo en la tierra, justo en la rodilla. Los dos rieron. Gorka entonces sacó el clavo.

-¡No!.-gritó furioso Iñaki.-Para que tenga efecto tiene que estar ahí metido todo el día, es como si un trozo de la sombra se hubiera quedado clavada en el suelo, desprendiéndose ¿No lo entiendes?
-Déjalo, esto es una chorrada.-farfulló Gorka con una expresión en la cara que convenció a su amigo de que era el momento adecuado para abandonar tan extraño juego.

Se sentaron y charlaron sobre cosas que sólo ellos encontrarían interesantes. Gorka encendió otro cigarrillo que devoró en un par de minutos. Iñaki lo observaba cuando desvió la cabeza y su rostro se cubrió de una sonrisa. Gorka sintió interés por ver qué es lo que había provocado aquel gesto.
Sacó un cigarrillo y lo encendió mientras miraba a la persona que se estaba acercando. Saludó con la mano.

-¡Hola!-saludó una chica rubia, de pelo rizado que vestía unos pantalones azules ceñidos y una camiseta roja ajustada. En la mano llevaba una chaqueta de color verde.
-Hola Mary, ¿Qué tal?
-¿Qué hacéis?.-preguntó.
-Pasando el tiempo.-respondió Gorka ofreciendo un cigarrillo a la recién llegada que dibujó una sonrisa con los labios mientras alargaba el brazo para recoger el cigarro.
-¡Espera!.-gritó Iñaki, lo que provocó que sus dos amigos se detuvieran en el acto y lo miraran sorprendidos.-Ponte aquí, Mary, donde yo estoy.

La chica miró primero a Gorka a través de sus ojos azules, después obedeció a Iñaki sin preguntar nada y permaneció de pié. Su alargada sombra se extendió a lo largo del suelo e Iñaki la observó con desmedido interés.

Cogió el clavo y con ayuda de la piedra que había encontrado Gorka, se arrodilló junto a la sombra, a la altura de la cabeza. Ante el asombro de Mary y las muecas burlescas de Gorka, Iñaki clavó el trozo de acero en la sombra de la chica, de un solo golpe, y el clavo se hundió en la tierra, totalmente.
-¡Ya está!
-¿Qué has hecho?
-¡Nada!, mañana nos cuentas si te ha dolido la cabeza esta noche.
-Tú eres tonto.-rió Mary y encendió el cigarro que Gorka le había ofrecido.

Veinte minutos después la chica se despidió y se marchó. Los dos amigos pegaron sus ojos en el trasero redondo y apretado de Mary. Se miraron y rieron a mandíbula batiente.


-¡Que buena está la condenada!.-gimió Gorka.
-Ya te digo…¡¡¡Ayyyy!!!!

Los dos chicos permanecieron charlando casi durante una hora para después despedirse y alejarse el uno del otro.

A la mañana siguiente, Iñaki se despertó hacia las siete. Desayunó ligeramente y se puso ropa cómoda. Se colocó unos cascos para oír música y salió a la calle, con la intención de caminar un poco, rutina que llevaba haciendo desde aproximadamente un par de meses.
Nada más poner el pie en la calle, notó el fresco de la mañana pero miró hacia el cielo y lo vio completamente despejado. Hoy iba a hacer un día maravilloso.

Anduvo durante hora y media y cuando pretendía regresar a su casa se acordó del clavo que había hundido en la sombra de Mary y, con media sonrisa cubriendo su rostro, se dirigió hacia el lugar donde se encontraba. No es que creyera demasiado en ello pero, por si acaso, pretendía sacar la punta de la tierra, para evitar que su amiga sufriera algo más que insoportables dolores de cabeza.

Encontró sin mayores dificultades el clavo enterrado y se agachó para extraerlo, pero con sus propias manos no pudo hacerlo. Buscó por el suelo un objeto que pudiera servirle para arrancar el clavo y a varios metros encontró algo que tal vez pudiera facilitarle el trabajo. Cuando lo fue sacando, no sin esfuerzo, sus ojos se abrieron mostrando una mezcla de asombro y estupor. El clavo estaba manchado y hasta que no lo sacó del todo no advirtió de qué se trataba.

El pequeño trozo de acero chorreaba un viscoso líquido rojo que desprendía un intenso aroma que a Iñaki le pareció dulce. Tocó aquél líquido con sus dedos y se lo llevó a la nariz.

-Sangre.-murmuró sobrecogido.

En ese mismo instante, Mary estaba desayunando en su casa. Había dormido perfectamente y se había puesto unos pantalones negros y una blusa blanca. Se iba de compras con algunas amigas, pero antes estaba el desayuno.

En cierto momento, poco después de que su amigo Iñaki extrajera el clavo del suelo, Mary recibió una fuerte sacudida en la cabeza, como un potente balonazo que le hizo inclinar su cuerpo hacia delante de manera violenta, chocando su cabeza contra la mesa y haciéndose una grieta en la frente. Aulló de dolor, pero su sufrimiento no había acabado aún.

Iñaki, sorprendido aún por el clavo que tenía en su mano, limpió con su jersey la sangre y comenzó a asustarse al descubrir que por mucho que limpiara, el clavo seguía chorreando sangre, como si el pequeño trozo de acero tuviera una pequeña hemorragia. Preocupado, introdujo de nuevo el clavo en el agujero, hasta el fondo.

El cuerpo de Mary sufrió otra sacudida. La chica abrió los ojos, que estuvieron a punto de salirse de sus órbitas, y notó un intenso dolor en el interior de su cabeza, como si la hubieran perforado con un taladro hasta llegar a su cerebro. Vomitó sangre sobre la mesa y se levantó, aquejándose de un agudo dolor.

Sacó el clavo de nuevo e Iñaki comprobó que incluso el agujero estaba repleto de sangre, intento hacerlo más grande, para descubrir de dónde salía. ¿Habría algo enterrado? Con ayuda del propio clavo, fue agrandando el agujero.

Mary rodó por el suelo con las manos agarradas a la cabeza mientras aullaba de dolor. Sentía un fuerte suplicio en su cerebro, notaba como si le estuvieran hurgando en su interior, como si le mordiera una rata que pretendía alimentarse de su masa cerebral.

Cada vez el agujero del suelo era más grande. Iñaki estaba tan excitado que no se percataba que se había formado un charco de sangre que le estaba salpicando la ropa y le manchaba las manos; incluso tenía gotas de sangre sobre la cara. Siguió haciendo más grande el agujero, tratando de encontrar el origen para la irrupción de tanto líquido rojo.

La sangre le salía por los oídos y Mary dejó de gritar al vomitar de nuevo, esta vez trozos coagulados de sangre oscura. Sentía que su cabeza estaba a punto de estallar y percibía la impresión de que su cerebro se estaba agujereando.

Iñaki dejó de cavar cuando vio que su tarea resultaba imposible. Un gran charco de sangre como única respuesta, El chico metió los dedos. La sangre estaba caliente. Hurgó en el interior, tratando de descubrir algún animal enterrado.

El dolor cada vez era más insoportable. Su garganta rugió como un animal conducido al matadero y trató de ponerse de pie, pero a Mary le fallaron las piernas. Sus ojos se volvieron del revés, la oscuridad comenzaba a avanzar, penetrando por el gran agujero que debía tener en su cabeza. Estuvo a punto de perder la conciencia cuando, de pronto, el dolor desapareció, repentinamente.
Iñaki levantó las manos y se las vio completamente manchadas de sangre. Excitado y azorado, miró el charco de sangre y después el clavo. Recogió este último y lo lanzó lejos de allí. Después, respirando con dificultad, bajó la cabeza para mirar de nuevo el charco rojo. Vio algo entre la sangre, algo que le llamó la atención. Lo tocó con los dedos, parecía un amasijo de hilos. Sin dudarlo, lo aferró con la mano y tiró fuertemente.

El escalofriante alarido de Mary resonó en todo el edificio, haciendo temblar sus cimientos. Todo aquel que lo hubiera escuchado sabría, perfectamente, que aquél grito era desgarradoramente diabólico. Mary quedó tendida en el suelo, sin vida. De su cabeza manaba un reguero de sangre aderezada con trozos grises y verduzcos pertenecientes a su cerebro.

Iñaki levantó la mano triunfante cuando por fin consiguió sacar el manojo de hilos ensangrentado. Lo examinó con atención y pronto descubrió que no se trataba de hilos.
Era un manojo de pelo.


Lo soltó horrorizado cuando reconoció los graciosos rizos de la cabellera rubia de su amiga Mary. Observó de nuevo el charco de sangre y se levantó. Huyó del lugar, convencido de que algo trágico había ocurrido.

Minutos después, la sombra deformada de Iñaki se arrastró por el suelo y persiguió a su dueño.

¡¡Yo te maldigo, Bruja!!

Isabel era una mujer mayor, casi podía considerarse una anciana pero en realidad su edad no era tan avanzada. Vivía en el bosque, en una pequeña cabaña de madera, ligeramente apartada de la civilización. Su aspecto era vulgar y descuidado, cualquiera que la viera la consideraría un alma descarriada que vestía con harapos y apenas conocía la higiene. Su cuerpo despedía un olor nauseabundo y su piel, sobre todo la de los brazos y piernas, tenían mugre.

Llevaba el pelo enmarañado. Tenía canas, pero como he dicho, no era una mujer demasiado mayor. Si uno se fijaba bien, podía descubrir bajo los ropajes harapientos, el cuerpo de una mujer que algún día, si se lo propusiera, podría ser bella. A nada que prestaras un poco de atención, percibirías la firmeza de unos pechos grandes, que buenos ratos habrían hecho pasar a cualquier hombre sediento de un cuerpo repleto de curvas sugerentes. Pero quizá lo que más llamaba la atención de Isabel eran sus ojos: Azules como el cielo, limpios como la mar. Estaban llenos de vida, lo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta que Isabel llevaba varias semanas muerta.

De este “pequeño” detalle el forastero no se dio cuenta, y tampoco se lo vamos a reprochar porque, que yo sepa, en este preciso momento solo hay tres personas que conocen a ciencia cierta que Isabel ha muerto.
Evidentemente yo lo sé pues soy quien está escribiendo esto y conozco prácticamente todos los detalles, salvo los más oscuros. La segunda persona que sabe la realidad eres tú y te hago cómplice de este tormento. Pero quien más información tiene de todo esto es, naturalmente, la persona que la mató, cuya identidad ambos desconocemos.
Aunque pueda parecerte extraño, Isabel cree que sigue viva y continua haciendo las labores habituales de su vida mundana. Esta mañana ha cobijado a un gato que, curioso el animal, se ha acercado hasta la cabaña atraído por el olor que despedía un gran caldero, cuyo contenido se estaba cociendo a fuego lento. También ha curado el ala rota de un pájaro que se resguardaba bajo un árbol, a pocos metros de la puerta de su cabaña. En estos momentos regresa del pozo que se halla a varios metros de distancia. Y es así, precisamente así, como el forastero se la encuentra.

-Buenos días.-saluda el joven mirando a la mujer. Isabel no levanta la mirada y tampoco detiene su paso. Pasa junto al forastero como si no lo hubiera visto, como si no lo hubiera oído. En realidad, lo hace como si el hombre no existiera.

-Perdone señora, pero necesito de su ayuda.-El forastero lo ha intentado otra vez pero observa estupefacto que la mujer de ropajes harapientos se introduce en su casa y cierra la puerta. Se encamina hacia allí. Necesita hablar con ella.

-¡Señora!, Por favor, ¿Podría prestarme su ayuda? El coche se me ha parado y necesito hacer una llamada de teléfono, ¿Tiene teléfono ahí dentro?
El forastero miente.

-¿Señora?

Mientras el visitante recibe como respuesta un silencio que le parece eterno, una pequeña brisa se levanta y lacera las hojas de los árboles que oscilan durante unos instantes. Ve un pájaro posado en una rama que parece observarlo con interés. Escucha el maullido de un gato pero no acierta a descubrir dónde puede estar oculto. El forastero respira al percibir el suculento aroma que procede del interior de la casa.

Empuja la puerta. Se abre, lentamente.

El forastero encuentra a Isabel junto a un gran caldero, dando vueltas al líquido espeso que se está calentado en su interior. La mujer se da la vuelta y le observa durante unos segundos, petrificándolo con la mirada. El hombre se siente intimidado y tú, en su lugar, también lo estarías.

Lejos de huir aterrado ante la penetrante mirada de Isabel, el hombre se sienta en una vieja silla de madera; apoya las manos sobre la mesa. Comienza a sudar copiosamente y comprueba que hace mucho calor en la casa. Pide a la mujer que abra una ventana, pero Isabel continua cocinando. Le da la espalda al forastero, algo que el hombre agradece porque no quiere sentir de nuevo la estrambótica mirada de aquella enigmática y silenciosa mujer.

Isabel pone un cuenco frente a él. Un líquido amarillento humea en su interior. Parece sopa o una especie de caldo algo pastoso. El forastero lo prueba. Está muy caliente pero el gusto resulta agradable. Se lo toma, bajo la atenta mirada de Isabel. Sus ojos azules, vivos y hermosos, no pierden detalle. El hombre se estremece y desvía la mirada, clavándola sobre el cuenco. Su trabajo ya está hecho pero no quiere que la cosa vaya más allá. No sabe si ha obrado bien, quizá se ha equivocado al formar parte de la confabulación.

La puerta se abre de improvisto y el hombre mira sin sobresaltarse hacia allí. Los dos amigos del forastero irrumpen en la casa, tal y como estaba planeado. Isabel no se mueve ni un milímetro. Los hombres la cogen por los brazos y la levantan para tirarla sobre una vieja cama. Isabel mira a los individuos que se burlan de ella y la insultan. La llaman vieja. La llaman bruja. Esas cosas no le hacen daño. El forastero evita mirar la escena y se levanta. Ha consumido toda la sopa.

Oye a sus amigos reírse y escucha como la ropa de la mujer se va desgarrando. Ella no grita, no muestra dolor ni ofrece resistencia. Isabel se limita a observar a aquellos hombres con sus preciosos y grandes ojos azules.
El forastero intenta salir de la casa, pero cuando lo va a hacer un gato negro aparece súbitamente bajo el umbral. Lo observa muy detenidamente. El hombre siente un pequeño estremecimiento. Hay algo extraño en aquél animal, pero no podría acertar qué puede ser.

Escucha los jadeos de sus amigos, las carcajadas que producen sus gargantas rotas y echa un vistazo. Apenas puede ver a la mujer, sepultada bajo el cuerpo de los dos hombres, que hunden sus cabezas en la desdichada. Esto no tenía que haber pasado.

Ahora el forastero se arrepiente de haber participado en el plan. Distraer a la mujer había sido fácil pero se sentía culpable, culpable y despreciable. Nunca debió acceder.

Con las manos en los bolsillos, echa un vistazo a la cabaña. Por alguna extraña razón, el gato de la puerta le había asustado y prefiere aguardar un poco más antes de marcharse. Poco hay que ver y permanece en silencio observando el caldero, un fuego lento baila bajo él. Recuerda el delicioso sabor de la sopa y se acerca hasta allí. Agarra un palo, el mismo que tuviera en las manos la mujer pocos minutos antes, y le da vueltas. Nota algo bajo el caldo.

Con cuidado para no quemarse, coge una larga cuchara de madera y trata de sacar el bulto que parece existir en el fondo. La verdad es que el forastero siente curiosidad por descubrir de qué está hecha la sopa. Su paladar ha disfrutado con un sabor que sencillamente le ha parecido exquisito.
Cuando se encuentra trasteando en el contenido del amarillento líquido, algo vuela por los aires y cae al interior del caldero. El caldo salpica al forastero que se lleva las manos a la cara tras recibir el impacto de las gotas que le queman y le hierven la piel. Escucha otro chapoteo y vuelve a notar el impacto del caldo cayendo sobre su cuerpo. Se echa para atrás preso del dolor y se gira.

Sus dos amigos se encuentran tirados en el suelo, rodeados de un gran charco de sangre. Sus cabezas no están pegadas a sus cuellos. Ni siquiera pueden verse junto a los cuerpos. Instintivamente, con las manos agarrotadas y la cara enrojecida, da unos pasos para ver qué es lo que ha caído en el caldero. Su imaginación le ofrece una respuesta escalofriante. Finalmente opta por no mirar.

El forastero otea en derredor en busca de la mujer pero no logra localizarla. Decide salir de allí, huir acompañado del espanto que supone ver los cuerpos de sus amigos decapitados. Quizá se lo merecían, pero eso no mengua la repulsión que siente ante tan atroz visión.

Se encamina hacia la puerta principal. El gato negro sigue allí, y lo mira con curiosidad. Esta vez al forastero no le importa su presencia. Le da una patada y el animal vuela por los aires maullando de dolor hasta que a varios metros consigue caer al suelo. El gato corre despavorido, huye entre los árboles.

El forastero escapa en otra dirección, sin mirar hacia atrás, teniendo la sensación de que la mujer le está observando. Consigue llegar hasta el coche. Se sube a él y arranca, percatándose de que sus manos le tiemblan. Abandona el lugar sin poder despojar de su mente los cuerpos inertes de sus amigos, cuyas cabezas han sido cercenadas por una diabólica mujer.

Aquella misma noche las pesadillas atormentan su cabeza. Apenas puede conciliar el sueño. Sus amigos decapitados aparecen para burlarse de él; se ve a sí mismo en la cabaña, junto a la silenciosa mujer, saboreando una exquisita sopa; el maldito gato negro lo observa en la oscuridad…

El forastero lo pasó francamente mal la primera semana. Está convencido que aquella mujer es una bruja y que lo ha maldecido. Su estómago no acepta apenas comida o bebida y comienza a adelgazar a un ritmo vertiginoso. Los médicos rechazan la posibilidad del cáncer y la idea de la maldición va cobrando fuerza en su interior. El hombre se siente muy mal, cada vez peor. Suda cuantiosamente, no puede quitarse la imagen de Isabel de su cabeza. Tiene que hablar con la mujer, acabar con toda esta historia pero, ¿Y si ella le cortaba la cabeza?

Un mes después, cuando sus fuerzas son ya escasas, toma la decisión de acercarse hasta la cabaña para zanjar el asunto. Sale del coche y da tumbos, las piernas apenas soportan el peso de su cuerpo; se interna en el bosque. Anda durante considerable tiempo; está completamente desorientado. Nota una brisa suave acariciando su rostro y lo agradece cerrando los ojos; sigue caminando, hasta que la noche irrumpe de manera inesperada.

El forastero se ve rodeado de herméticas sombras y cree escuchar el maullido de un gato, pero no puede asegurarlo. Completamente perdido, no sabe hacia dónde se dirige ni tampoco sabe cómo regresar a su coche. Cuando está exhausto y a punto de desistir, ve al fondo una pequeña luz. Hacia ella va.
Sonríe al descubrir que por fin ha encontrado la cabaña. Se detiene unos instantes y coge la pistola que guarda en su cintura. Nadie ha dicho que el forastero sea una persona de la que fiarse. Intuye que acabar con esa mujer puede ser la solución a sus problemas.

Empuja la puerta lentamente. Ve a Isabel junto al caldero. Se acerca hasta ella. La mujer no detecta su presencia. O quizá sí.

El forastero alarga la mano y coloca el cañón del arma sobre la cabeza de Isabel.

-Maldita bruja.-masculla entre dientes.-Yo te maldigo.

Aprieta el gatillo pero el forastero no escucha la detonación. Vuelve a repetir la operación pero el arma no se dispara. Mira aterrado la pistola. Isabel se gira pausadamente y su envejecido rostro, con esos vivos ojos, azules como el cielo, limpios como la mar, observan con atención al visitante. Sus labios agrietados muestran una mueca que el hombre interpreta como una sonrisa.

El forastero da un paso atrás e Isabel le da la espalda, confiada. Llena un cuenco con el contenido del caldero y lo deposita sobre la mesa. El hombre se sienta frente a él, nota el apetitoso aroma del caldo, como la otra vez. Lo prueba con cuidado, para no quemarse. Isabel se sienta a su lado y permanece en silencio, mirándolo.

Cuando el forastero apura el contenido del cuenco advierte que la mujer le agarra la mano, una mano fría como la muerte. Intenta levantarse pero no posee fuerzas para hacerlo y permanece sentado, inmóvil. El gato negro se sube sobre la mesa y ronronea frotándose con Isabel. El hombre quiere hablar pero de su boca sólo salen sonidos ininteligibles. La mujer se incorpora. Sale de la casa. El forastero continúa sentado, aunque hubiera querido no habría podido moverse. Escucha un ruido extraño y mira hacia el caldero. Su contenido está hirviendo. Por fin puede levantarse.
Mira por la pequeña ventana y ve a la mujer que camina con dilación hacia el pozo, con un cubo en la mano. Sale fuera para contemplarla. Isabel se detiene y vuelve hacia atrás la cabeza para observarle. El forastero siente un frio intenso resbalando por su espalda. Entonces pierde de vista a la mujer. ¡Estaba allí y al instante después no la ve por ninguna parte!
Con el ceño fruncido, sabiendo que algo extraño está ocurriendo, el forastero sale de la casa y se encamina hacia el pozo. Mira en derredor convencido de que miles de ojos lo están observando pero no puede encontrar a nadie entre los árboles. Echa un vistazo hacia el fondo del pozo y se encuentra con una arcana oscuridad… hasta que sus ojos pueden habituarse a la ausencia de luz. Hay algo allí abajo.

Regresa a la casa y aparta al gato que se cruza en su camino. Busca entre los enseres hasta encontrar varios trapos. Cuando sale de la casa escucha que las llamas bajo el caldero crepitan, pero no le da importancia, hay cosas más importantes que hacer. Coge una rama y enrolla en uno de sus extremos los trapos, después, con ayuda de un mechero, le prende fuego.

Con esta antorcha improvisada, el forastero se aboca de nuevo al pozo y se asoma, estirando el brazo hacia su interior. No es tan profundo como en un principio le había parecido.

Observa con atención, teniendo el suficiente cuidado como para que la llama de la antorcha no prenda sus cabellos. Descubre horrorizado el cuerpo de la mujer medio hundido en el agua. Maldice entre dientes la mala suerte de la desdichada. Ha caído boca abajo, la cabeza está hundida en el agua, quizá ya ha muerto pero si se da prisa tal vez pueda salvarla.

No muy convencido de lo que está a punto de hacer, el forastero examina el pozo y deduce que si salta al interior no podrá subir de nuevo. Regresa a la casa y busca una cuerda pero no la encuentra por ninguna parte. Se fija en la cama, la misma donde sus amigos han abusado de la mujer, la misma junto a la que los dos hombres encontraron la muerte. Duda unos instantes pero finalmente hace jirones las sábanas y une varios extremos con fuertes nudos. Regresa al pozo.

Con un trozo de sábana ata un extremo de la antorcha y lo deja caer para que el interior del pozo se ilumine. Echa un vistazo y no duda en ningún momento que la mujer ya ha muerto, pero se siente obligado a sacarla de allí. El forastero se lleva un buen susto cuando el gato salta a su lado y comienza a caminar subido en el borde del pozo. Maldice entre dientes pero prosigue con su labor.

Baja con precaución, temiendo que en cualquier momento los nudos de las sábanas no resistan su peso, pero sin mayores problemas consigue llegar abajo. Sus piernas se hunden en el agua hasta las rodillas. Toca el cuerpo de Isabel. Está helado. Le da la vuelta.

Pega un respingo al descubrir el rostro desfigurado de la mujer. Se llena de horror y comienza a sentir arcadas. Apoya sus manos en la pared seca del pozo. Ahora se percata del nauseabundo olor que le rodea y que hasta ese preciso instante le había pasado desapercibido. Su cabeza está a punto de sufrir un mareo y procura tranquilizarse sin poder apartar la mirada del cuerpo de la mujer.
Está muerta, sin duda, pero por el aspecto del cadáver, la maldita bruja lleva varias semanas convertida en fiambre.
Y ésta es la parte que el pobre forastero no puede entender. ¡Estaba tan viva como él hacía apenas unos minutos! Siente un profundo escalofrío que atenazan sus músculos y nota que el mundo se abre ante tus pies. Sale del pozo horrorizado. Arrodillado ya en tierra firme, deja que su estómago se retuerza y vomita ante la atenta mirada del gato que observa el suculento manjar que aquél desconocido hombre tiene el detalle de prepararle. Maúlla en señal de agradecimiento, pero el forastero no responde.

Se levanta asqueado por la terrible visión del cadáver y al mirar hacia la casa ve a una mujer que entra en la cabaña. Se pone en pie rápidamente. Su imaginación debe haberle jugado una mala pasada porque juraría que se trataba de Isabel.

Sacude su cabeza y echa un vistazo al interior del pozo. El cuerpo sigue allí; al haberle dado la vuelta, no puede evitar que el rostro putrefacto del cadáver lo mire desde el fondo. ¿Cómo se podía haber caído allí? Pero Isabel no se había caído, la tiraron.

Corre hacia la casa con la pistola en la mano. Oye un ruido a sus espaldas y se gira sobresaltado. Isabel se halla junto al pozo, regresa con el cubo lleno de agua.

El forastero camina de espaldas a la cabaña observando detenidamente a la mujer, que se acerca deambulando, embutida en una profunda tristeza que puede desprenderse de una rápida lectura de su rostro. El hombre no da crédito a lo que ve. La mujer parece viva pero él ha visto su cadáver en el pozo.
Entra en la cabaña y cierra la puerta completamente amilanado. Entorna los ojos y se da la vuelta. Apoya su espalda en la puerta mientras respira con dificultad y procura ordenar sus pensamientos. Al mirar hacia delante su corazón está a punto de abrirse paso entre el pecho. La mujer está junto al caldero, agitando su contenido. Le envía una mirada amable con aquellos ojos azules como el cielo, limpios como la mar.

Isabel llena un cuenco con el caldo y lo coloca sobre la mesa. El forastero, con el miedo como único aliado, mira por la ventana y ve que la mujer se está acercando a la casa, con el cubo lleno de agua. Mira hacia el caldero y ve a Isabel llenando un nuevo cuenco de sopa. Horrorizado, con el alma erizada y la cabeza a punto de estallar, se da cuenta que sobre la cama yacen los cuerpos de sus dos amigos, con las cabezas arrancadas que se encuentran en el suelo, mostrando muecas horribles.
El forastero se lleva las manos al pecho, el corazón le duele. La mujer entra por la puerta con el cubo de agua que deja junto al caldero. Isabel llena un nuevo cuenco con el caldo y lo deposita sobre la mesa. Ya hay tres.

Agarrando la pistola, el forastero mira a las dos mujeres. ¡Son exactamente iguales! Una tercera mujer entra en la cabaña. Y después lo hace una cuarta. Todas visten igual, todas tienen el mismo demacrado aspecto. La misma ropa, el mismo rostro, los mismos ojos…

Las cuatro mujeres permanecen en silencio observándolo. Sus rostros apáticos y tristes, sus expresiones apagadas, obligan al forastero a sentarse en la mesa. Sin duda comienza a volverse loco.

Le ofrecen una cuchara y degusta el contenido del cuenco. Cuando lo termina toma parte del segundo. Al levantar la cabeza se sobresalta al verse solo. Mira por toda la casa pero no encuentra a nadie, tampoco están los cuerpos decapitados de sus amigos. Solo él… y el gato negro, que lo huronea con interés.

El gato ronronea y se acerca al forastero, que lo acaricia. El felino se revuelve y le lanza un zarpazo. El hombre grita de dolor y retira el brazo. Le dispara dos veces pero erra ambas ocasiones. El gato ha desaparecido.

Con la mano sangrando a causa de los profundos arañazos, el forastero se llena de rabia. Harto de todo, sabedor de que está maldito por la bruja, el forastero comienza a disparar sin ton ni son, como si las balas de acero pudieran perforar los cuerpos de los fantasmas… cuando la pistola pierde toda munición, la arroja contra una de las ventanas.

Desquiciado por una situación que no entiende, abrumado por los últimos acontecimientos, comienza a dar patadas a todos los enseres. Derriba la mesa y con ella los cuencos de sopa, que se esparcen por todo el suelo. El forastero destroza toda la cabaña, rompe muebles y tira a cubiertos, platos, ropa, todo lo que encuentra a su paso. Se acerca al caldero y le propina una patada, pero no consigue derribarlo. Coge una silla y la lanza sobre él, después lo empuja a riesgo de quemarse las manos, pero ya no le importa absolutamente nada.

El caldero se da la vuelta y todo su contenido se vierte. El caldo llega hasta tus pies y junto él… algo más.
Una cabeza humana. Algo que al forastero no le sorprende. La coge entre sus manos.

Abre los ojos estupefacto al comprobar que esa cabeza ¡¡era la suya!! ¡Imposible!!

Deja caer su propia cabeza y se arrodilla en el suelo con la sensación de no entender absolutamente nada. Ve al gato negro que asoma la cabeza tras el caldero y lo observa con una mirada risueña, pero el forastero no quiere prestarle atención. Tiene otras cosas por las que preocuparse.

Intenta encontrar una explicación pero su propia cabeza le mira desde el suelo, con los ojos muy abiertos y una expresión agónica. Ahoga cualquier posibilidad de entenderlo.

Sale de la casa. Mira hacia el pozo y comprueba que en su interior permanece aún el cuerpo podrido de la mujer.

-Maldita bruja, ¡¡te maldigo!!

Al girarse, el forastero ve a dos hombres aparecer de improvisto dirigiéndose hacia la cabaña. Han surgido de entre los árboles. Suspira aliviado y sonríe agradecido de ver a alguien más en aquel odioso lugar. Pero su rostro se congela al reconocer a los extraños visitantes. Son sus dos amigos, los mismos que han perdido la cabeza días atrás.

Sin poder comprender absolutamente nada, el forastero los llama pero los dos hombres no le hacen caso alguno, quizá no le han oído, Grita de nuevo y sus amigos se detienen frente a la puerta. Hablan entre ellos. El forastero se acerca.
-Supongo que Angel habrá hecho su parte, ¿no?
-Por supuesto. Nos lo vamos a pasar muy bien.

El forastero, o Angel, pues ya conoces su nombre, intenta llamar su atención pero los dos hombres no pueden verle. Comprendiendo que algo no encaja en todo esto, permanece en silencio y entra en la cabaña siguiendo los pasos de sus dos amigos.

Ven a la mujer junto al caldero, dándole vueltas a su contenido. Los compañeros de Angel respiran el aroma que desprende el caldo y se miran entre sí. Toman asiento e Isabel les coloca dos cuencos de sopa que los recién llegados disfrutan, acompañados de una amplia sonrisa.
Isabel sigue sin tener conciencia de su muerte y no puede sospechar que su cuerpo yace en el fondo del pozo. Hasta que eso cambie, seguirá disfrutando de la visita de extraños visitantes…

Sin embargo, para los ojos de Angel, nuestro querido forastero, la escena es muy diferente.

La cabaña está destrozada, tal y como él la ha dejado momentos antes. El caldero permanece en el suelo y su contenido derramado. El gato negro mordisquea la cabeza cortada del forastero. Un manto negro comienza a cubrir su mente, que se va nublando poco a poco. Sus rodillas se clavan en el suelo, la vista se le va apagando, pero tiene tiempo de ver como el gato gira su cuello y se lame la cara; le observa atentamente y parece que le ha guiñado un ojo, uno de esos pequeños y preciosos ojos, azules como el cielo, limpios como la mar.

Un Certero Trabajo de BRUJERIA

Soy una persona inteligente, por eso nunca he creído en curanderos, charlatanes, videntes y brujos. Para mí todo eso no eran más que estupideces, supersticiones irracionales que sacaban el dinero de los incautos jugando con sus vanas esperanzas… hasta hoy.Ya no puedo pensar lo mismo. Ahora sé que ese mundo es diabólicamente real.

Todo comenzó esta mañana.

Me he despertado a las seis con la idea fija de acabar la escena de una novela que tenía pendiente pues, como sabes, soy escritor. Sin embargo, no he podido hacerlo.

Nada más abrir los ojos, me he dado cuenta del fuerte dolor de cabeza que padezco. Enciendo la luz y al hacerlo observo extrañado que apenas puedo ver a consecuencia de una ligera bruma que cubre mis ojos, como una fina telaraña que me impide una correcta visión. Noto además que me duelen los oídos y que mis articulaciones parecen pesadas. Apenas puedo andar pero consigo llegar al cuarto de baño. Quizá una buena ducha me haga recobrar fuerzas.Al mirarme al espejo apenas me reconozco. La palidez del rostro me sobrecoge y la muerta mirada de mis ojos me hace estremecer. Agacho la cabeza y me lavo la cara. Evito volver a mirarme en el espejo.Consigo ducharme pero apenas noto diferencia en mi cuerpo salvo un intenso dolor en el estómago y un nudo en la garganta que ha provocado que se me seque completamente. Carraspeo para evitar el picor y me dan arcadas. Estoy a punto de vomitar.Lo hago.

En mitad del baño.

Los restos de comida caen al suelo, sobre mis pies. La cena de anoche está ahora allí, aderezada con bilis y pequeños fragmentos coagulados de sangre. Es terrible.Con una sed abrumadora, me dirijo a la cocina y abro la nevera con el ansia de coger un cartón de leche, pero nada más abrir la puerta un hedor insoportable, putrefacto, sacude mi rostro. Todos los alimentos parecen haberse podrido. Carne, fruta, embutidos, bebidas, tomates… Enfurecido cierro la puerta de golpe con tal fuerza que la portezuela del congelador se abre suavemente. Sintiendo una curiosidad que no puedo explicar, abro la pequeña portezuela y descubro algo extraño. Dentro de un bote de cristal puede divisarse un papel. Frunciendo el ceño alargo la mano y noto el frío del hielo pero no le doy más importancia que la que tiene. Cojo el tarro de cristal y lo saco del congelador. No sé qué puede ser, no recuerdo haber guardado nada allí. Lo abro sin problema alguno y saco el papel que hay en su interior. Es una fotografía.

Mía.

Sí. ¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Quién ha guardado una fotografía de mi cara en el congelador?Al dorso de la imagen hay inscrito algo. Es la fecha de hoy.

Turbado y desconcertado, intentado soportar la pesadez de mi cuerpo, los dolores irritantes que cada vez son mayores, llegando incluso a mis dientes, me siento en el sofá del salón. Miro a mi alrededor y apenas reconozco mi casa.

¡Un momento!

¿Qué es eso?

En una esquina, semioculto, asoma algo tras un cuadro. Me levanto. Esta vez me cuesta mucho hacerlo y temo que en cualquier momento no pueda volver a moverme.

Llego hasta el punto que me ha llamado la atención y cojo el objeto que parece haber sido escondido. Es algo negro.

¡Un muñeco!

Tiene agujas clavadas en la cabeza, concretamente en los ojos y oídos y si le echamos un poco de imaginación podría parecerse a mí; es más, el muñeco está vestido con trozos de mi ropa. ¿Qué ocurre?

Creo que me queda poco de vida y debo apresurarme a contar esto. Alguien está haciendo brujería sobre mi persona y ese “trabajo” está surtiendo efecto.

Suena el teléfono.

Intento correr hacia él. Tal vez pueda pedir ayuda, un médico, un curandero, alguien o algo que alivie el mal que me aqueja.

-¿Quién es?

-¡Hola!.-contesta una voz de mujer.

-¿Quién llama?

-¿Quiere que le eche las Cartas?.-pregunta.

-Se ha equivocado.-respondo frustrado sin apenas entender la situación.

-Yo creo que no.-dice la voz de mujer, esta vez con un tono más grave.-¿Sabe lo que tiene que hacer para anular la maldición?

-¡Por favor, dígamelo!.-grito de manera desesperada.

Lo hace. Es sencillo. Muy sencillo.

Me cuesta llegar al ordenador pero lo consigo. Mi cuerpo apenas responde mis indicaciones y la cabeza está a punto de estallarme.Hago caso a la mujer del teléfono y escribo todo lo que me ha pasado. Ahora solo queda un pequeño paso para que la maldición sobre mi persona desaparezca. Para ello, otro inocente deberá cargar con la culpa.Lo siento de verás por el desconocido que se encuentre leyendo este relato, porque la voz del teléfono me ha asegurado que para librarme de la maldición, solamente tengo que lograr que una persona acabe de leer estas líneas, entonces, la maldición dejará de atormentarme para trasmitirse al lector.

Sí, es posible que estas cosas no sean más que tonterías pero yo, en estos momentos, comienzo a sentirme mejor... ¿Y tú?

Golpes en el Ataúd

Escuché los golpes en la tapa del ataúd pero no quise prestar atención. Miré hacia el cielo y concentré mi mirada en la luna llena, que como mudo testigo observaba la escena ligeramente aterrorizada.Tomé aire y proseguí.
Escuché el grito desgarrador que profería la garganta del desdichado, en un acto desesperado por suplicar ayuda. Me estremecí, pero continué echando tierra sobre el féretro con la esperanza de ahogar aquél inesperado percance. Mientras lo hacía, noté que el ataúd se movía por lo que deduje que la persona que estaba en su interior intentaba escapar de la prisión en la que se encontraba. Escuche sus súplicas, aprecié los golpes que daba con sus puños y rodillas sobre la madera de roble. No podía escapar.

Durante algunos minutos me sentí confuso y miré a mi alrededor, pero sólo la oscuridad de aquél tétrico cementerio fue mi respuesta. La luna se había ocultado tras unas negras nubes, en una actitud cobarde y ruin, y las sombras se habían adueñado del camposanto, acariciando las viejas tumbas que mostraban ahora una imagen fantasmagórica.

Encendí un cigarrillo y procuré distraerme para evitar escuchar los quejidos agudos que provenían del interior de aquél ataúd que seguía agitándose cada vez con menor intensidad. Aquella persona se estaba dando por vencida, parecía haber comprendido que nada de lo que hiciera podría liberarla.
Volví a escuchar sus gritos y finalmente tiré el cigarro al suelo para reanudar mi trabajo. Seguí echando tierra sobre el ataúd hasta que pude enterrarlo por completo. Ya no se oía nada, absolutamente nada.Me disponía a marcharme cuando divisé entre las tumbas una figura delgada que se aproximaba. Lo saludé.

-Pudiste haberlo salvado.-objetó con un tono de voz grave.
-Ése no es mi trabajo.-respondí tajantemente.
-Sabías que estaba vivo.

Eludí mirar directamente a los profundos ojos del visitante pero no dudé en mostrar mis pensamientos.

-Eres tú quien decide cuándo han de morir las personas, yo solamente recibo la orden de llevármelos y eso es precisamente lo que he hecho.
No le dije nada más. Me alejé con lentitud, perdiéndome entre los viejos cipreses, pero tuve la osadía de mirar hacia atrás para observar una vez más como Dios clavaba sus rodillas en el suelo al comprender que una vez más… se había equivocado.Escuché su lloro y me permití el capricho de sonreír cínicamente mientras regresaba satisfecho a la negrura de mi vetusta morada.

El REFLEJO DE MEDIANOCHE

Había leído la información en una página de Internet. Quizá era una leyenda urbana o un hecho real; no le importaba, incluso creía recordar que había visto una vieja película relacionada con el tema, pero no lograba acordarse del título. Tal vez todo no fuera más que una locura, una estupidez, pero quería probar y no iba a perder nada por intentarlo.

Aquella noche sus padres se iban de cena para celebrar su aniversario de boda. Era la noche perfecta para llevar a cabo sus planes.

A las siete de la tarde, sus progenitores salieron por la puerta de la casa. Una hora más tarde preparó la cena de Roberto, su hermano de cinco años. Después lo duchó y a las nueve y media consiguió dormirlo no sin antes sentirse obligado a contarle un cuento.

Todavía era temprano, pero se aseguró de que tenía todo preparado. Repasó la documentación de Internet e imprimió una hoja con los pasos del ritual que estaba a punto de iniciar, solamente debía esperar a la medianoche.

Estaba nervioso, pero no sentía miedo. En el fondo no confiaba demasiado en la veracidad de la información y probablemente todo era un embuste sin sentido, pero la curiosidad corroía su alma y atormentaba su cerebro. Estaba impaciente, nervioso, y hasta que no comprobara por sí mismo el hecho, no iba a permitir relajarse. Faltaba ya tan poco tiempo para descubrir la verdad…

Solamente tenía que encerrarse en su habitación quince minutos antes de las doce de la noche, la hora de las brujas, la hora de los demonios.

Debía apagar la luz y desnudarse por completo, quitándose anillos, pulseras, pendientes, collares, absolutamente todo. Luego, bastaba con encender una vela y sujetarla con la mano izquierda; colocarse de espaldas a un espejo y esperar en el más absoluto silencio. Cuando el reloj diera las doce la noche, no antes y nunca después, estaba obligado a inclinar la cabeza para ver su imagen reflejada en el espejo. Entonces sucedería lo increíble.

Había leído que de esta forma podría descubrir la fecha de su muerte, viendo reflejado en el espejo el día de su entierro. Las imágenes, se aseguraba, acostumbraban a ser desagradables e impactantes y soportar la visión de su propio cadáver podría dañarle a nivel emocional, como así lo argumentaban los testimonios de algunas personas que confesaban haber llevado a cabo este ritual. Otros rumores, más oscuros y tenebrosos pero igualmente carentes de fundamento, adjudicaban a esta experiencia el terrible y dudoso privilegio de contemplar durante breves segundos la perversa y escalofriante imagen del Diablo.

Gorka no tenía miedo ni de una cosa ni de otra. Es más, estaba prácticamente convencido de que todo era un bulo más de los que circulaban por la red. A sus 16 años, Gorka era un chico intrépido y arrogante, deseoso de experimentar con lo prohibido.

Miró el reloj. Once y media de la noche. Suspiró deseando que sus padres tardaran en regresar al menos un par de horas más para no echar al traste los planes que tenía entre manos. Entró en el cuarto de su hermano Roberto y comprobó que dormía profundamente.

A las doce menos cuarto apagó todas las luces de la casa y se dirigió a su habitación. Cerró la puerta y acarició con las yemas de los dedos la superficie del espejo que había en la puerta central del armario. Estaba emocionado, algo nervioso ante la posibilidad de descubrir cómo y cuándo sería su entierro o, en su contra, comprobar cómo era el rostro de Satán.

Se desnudó completamente y, por primera vez aquél día, se sintió ridículo, pero estos pensamientos no impidieron que siguiera empeñado en consumar el ritual. Probablemente al día siguiente se echaría algunas risas contándoselo a sus amigos, pero esta noche había que estar serio. La experiencia lo requería.

Temblaba, pero no de miedo. Sentía frío y el vello de su cuerpo se erizó. Durante breves segundos, se le pasó por la cabeza dar marcha atrás, vestirse, encender la luz, ver una película o simplemente irse a dormir, pero este pensamiento desapareció engullido por la impaciencia de sentirse, por una vez, alguien especial, alguien diferente.

Doce menos cinco. Quedaba tan poco para descubrir la verdad y sufrir la experiencia más impactante y aterradora de su vida…

Doce menos cinco. Quedaba tan poco para hacer el ridículo más espantoso…

Arrugó la nariz y se encogió de hombros. En realidad no le importaba el éxito o el fracaso. Simplemente necesitaba probar. Y era eso precisamente lo que estaba haciendo.

Encendió la vela que había cogido de la cocina. La había metido en un vaso al no encontrar algo mejor y la sostuvo en su mano izquierda. Al instante, las sombras de la habitación se echaron hacia atrás y comenzaron a danzar, como fantasmas inquietos que intentaban perturbar la paz del muchacho. Notó un ligero sudor resbalando por su espalda, frio como la muerte, lento como la incertidumbre.

Doce menos tres minutos. Faltaba ya tan poco tiempo para descubrir la verdad…

Estuvo tentado de mirar hacia atrás varias veces, para encontrarse con su ridícula imagen desnuda reflejada en la superficie del espejo, arropado por las sombras que continuaban danzando sobre el cerco que marcaba la llama de la vela, que oscilaba entre temblorosa y arrogante. Pero Gorka sujetó su impaciencia con nervios de acero.

Doce menos dos minutos. En pocos segundos, si todo era cierto y podía serlo, como si de una película se tratara, aparecería en el espejo la imagen de su propio cadáver, siendo conducido hacia el cementerio, donde sería enterrado. Junto a esta secuencia, conocería la fecha de tan fatídico momento. O quizá, no podía saberlo, aparecería el horrible rostro de Satán, observándole desde la maldad.

Doce menos un minuto. Segundos, cuestión de segundos…

La penumbra de la habitación parecía cobrar vida ante sus ojos y le daba la impresión de que estaba viva. La luz de la vela parecía disfrutar, más poderosa, y vencía cualquier tentativa de avance por parte de las inquietas sombras.

¡Doce en punto!

Gorka respiró profundamente y comenzó a girar el cuello para dirigir la cabeza hacia el espejo. La última parte del ritual.

No escuchó los ruidos que sonaban fuera de la habitación ni percibió, por culpa de las sombras, que la puerta se estaba abriendo hasta que la claridad irrumpió por el hueco. Su hermano apareció bajo el umbral y Gorka gritó disgustado.

Miró hacia el espejo y sólo la espantosa silueta de su cuerpo desnudo con el rostro poseído por la ira se reflejó en el espejo. Maldijo entre dientes mientras sus ojos asesinaban a su pequeño hermano.

Malhumorado, encendió la luz de un manotazo. Las sombras desaparecieron en el acto. Roberto abrió los ojos mostrando su extrañeza al encontrarse a su hermano mayor completamente desnudo en mitad de la habitación. Se fijó en sus ojos coléricos y dio un paso atrás, asustado.

Entonces la oscuridad regresó a la habitación. Las sombras irrumpieron violentamente venciendo casi a la temblorosa llama de la vela que luchó por no apagarse obligado por una ráfaga de viento imperceptible que había surgido de la nada.

Pero de la nada surgiría algo más.

El gritó que profirió el niño pequeño no fue suficiente para alertar a Gorka de que algo terrible estaba a punto de suceder.

Ni en el momento más fértil de su imaginación podía haber sospechado lo que sus inocentes actos habían provocado, despertando del averno las fuerzas oscuras de la maldad.

Gorka no supo bien lo que estaba ocurriendo, solamente sintió.

Las sombras parecieron burlarse de él mientras algo emergía del interior del espejo. Dos poderosos brazos de piel negra y escamosa surgieron de improvisto, acabados en manos de grandes dedos que lo agarraron. Gorka gritó, pero su garganta le falló cuando una nueva mano, esta vez de menor tamaño pero más poderosa, tomó posesión de su cuello. Notó que su respiración se cortaba y comprendió que la vida se le escapaba.

Sintió el tirón y su cuerpo sufrió una fuerte sacudida, aproximándose hacia el espejo, en el que vio la silueta de un hombre que se burlaba de él. El vaso que contenía la vela cayó al suelo y la llama saltó sobre la colcha de la cama, que se prendió con rapidez.

El cuerpo desnudo de Gorka desapareció en el interior del espejo, junto a los brazos y manos que de él habían surgido. El Diablo se lo había llevado. La habitación no tardó en convertirse en un infierno en llamas.

El niño pequeño corrió a su dormitorio y se escondió bajó las sábanas. Comenzó a llorar, llamaba a sus padres, llamaba a su hermano. Nadie vino en su búsqueda salvo escurridizas sombras que trataban de escapar del fuego, un fuego que tarde o temprano acabaría por encontrarlas.

Y lo hicieron. En cuestión de minutos.

Las llamas devoraron todo lo que encontraron a su paso y los gritos del niño pronto enmudecieron. La tragedia se había consumado.

Una hora después, sus padres palidecieron cuando al regresar vieron el edificio en llamas, tratando de ser salvado por los bomberos. Temieron lo peor y no tardaron en descubrir el horror.

Hoy, años después del suceso, el edificio que fue pasto de las llamas se ha convertido en un hotel, y hay quien afirma haber visto fantasmas deambulando por algunas plantas. Las historias describen la figura de un muchacho desnudo que golpea los espejos desde su interior; otras personas aseguran haber escuchado los gritos de auxilio de un niño…

Los sucesos que se cuentan sobre este lugar, resultan verdaderamente escalofriantes y son muchos los intrépidos que desean pasar una noche en este hotel para sentir en sus propias carnes la caricia de los fantasmas.

Pero esto, quizá, sea otra historia…