YO TRABAJO SOLO

Tal vez alguno de vosotros me haya echado de menos pues he pasado varias semanas del mes de Enero sin asomar las narices por aquí. Ha sido contra mi voluntad y me hubiera gustado compartir algunos de mis trágicos pensamientos con todos vosotros. En ningún momento ha sido posible y os voy a explicar  las razones que me han obligado a mantenerme en silencio.

Algunos podrían pensar que estaba embarcado en un proyecto literario y ojalá así fuera pero debo decir que la suerte no me acompaña y que hace algún tiempecillo que he tomado la decisión de dejar de escribir.

Tampoco he estado enfermo. Simple y llanamente he caído en una trampa, como el idiota que muchos aseguran que soy.

Voy a contaros la historia.

Ocurrió  pocos días después de Reyes. Yo estaba dispuesto a disfrutar del regalo que a mí mismo me había hecho: Una pesada hacha de doble filo, parecida a esas que aparecen en Juego de Tronos. Y cierta noche bajé al sótano con la intención de estrenarla. Mi objetivo era un hombre desnudo y encadenado a una mesa cubierta por manchas de sangre de víctimas pasadas. Al bajar vi que el hombre abría los ojos asustado y gemía. La boca cosida le impedía expresarse con absoluta claridad pero sus lamentos, sus lágrimas, los jadeos y los incómodos silencios, me suplicaban que le dejara escapar. Hace tiempo que perdí mis sentimientos, que estarán ya podridos entre las heces de los demonios, y no le dirigí ninguna mirada salvo para excitarme por verlo allí, indefenso y dispuesto para mí. Veía las marcas de los cigarrillos en su pecho, la sangre seca que se agolpaba en sus orejas cercenadas, descubrí los dedos de la mano derecha esparcidos por el suelo y la marca de los latigazos en su pecho y rostro. No es que me sintiera Dios, no soy tan prepotente, pero era su dueño y podía hacer con él lo que me viniera en gana.

Llevaba el hacha sujeta con las manos y la mirada más inquietante y perturbadora que ni el mismísimo Jack Nicholson podría fingir bajo la nieve. Quería partirlo en dos. Ver su cuerpo convertirse en trozos de carne inerte y sentir el baño de la sangre caliente resbalando por entre mis dientes. Después, con esa misma hacha, le cortaría la cabeza, para que rodara de un extremo a otro como una vieja pelota. El resto del  plan te lo puedes imaginar: Poner heavy metal a tope, quizá Judas Priest, tal vez Alice Cooper, y cortarlo en trocitos pequeños con los que alimentar a los perros y ratas del  barrio.

No pude hacer nada de eso. El plan salió mal.

Sucedió en el momento preciso de alzar el hacha, justo en el instante en el que quise bajarla con todas mis fuerzas.

Fue una sorpresa inesperada. Llegó de repente. Aquél hombre, que de alguna forma milagrosa había logrado desatarse, me lanzó una patada en todos los huevos que me hizo soltar el hacha, caer de rodillas y aullar como un lobo herido. Sentí vergüenza cuando las lágrimas se asomaron en mis ojos. Quise incorporarme pero el puñetazo llegó de repente, entre las dos cejas. Fue algo parecido a un disparo. El dolor resultó muy intenso, después vino la fría oscuridad que me envolvió.

Al despertar y darme cuenta de lo ocurrido, me enfurecí. Estaba atado a la mesa. Desnudo y con un pañuelo en la boca. Frente a mí se encontraba  el hombre que hasta el momento era de mi propiedad pero las tornas habían cambiado. Llevaba el hacha en la mano y estaba ensangrentada. Moví los ojos extrañado. Vestía unos vaqueros y una camisa blanca. Sus ropas estaban  cubiertas de barro y sangre. Se había descosido la boca y sus labios mostraban un aspecto monstruoso. Me señaló hacia un rincón del sótano hacia el que miré.

¡No era posible!

Allí, sentados en las sillas de madera que hasta el momento habían estado cubiertas por unas sábanas, se encontraban cinco cadáveres. Reconocí a las tres mujeres y a duras penas me acordé de los dos hombres, que ya tenían un aspecto deplorable,  totalmente cubiertos de gusanos y larvas y con la carne ajada y pegada a los huesos. Olían fatal pero me sentí orgulloso de mis actos.

 Aquél hombre había desenterrado a cinco de mis victimas, algunas más recientes que otras. El cómo sabía dónde estaban los cuerpos y por qué los había traído de vuelta era algo que se escapaba a mi comprensión y eso que me considero, sin lugar a dudas, una de las personas con la mente más asombrosa y perspicaz que habita  el planeta.

Pensé en una venganza, pero eso era demasiado simple. Se me pasó por la cabeza la inquietante posibilidad de que al desconocido no lo hubiera atrapado al azar sino que… él mismo había decidido convertirse de  manera intencionada en mi víctima. Supuse por unos instantes que había caído en una trampa pero no soy tan descuidado y deseché tamaña estupidez a pesar de que sabía que era la única explicación.

Aquel hombre me miraba excitado, incluso advertí el bulto en su pantalón. Sentí asco porque, durante breves instantes, me vi reflejado en él, después comencé a reír, aunque mis risas sonaron como quejidos cobardes a través del pañuelo que apenas me dejaba tragar saliva.

Verme atrapado en mi propio sótano, como una víctima más, rodeado de cuerpos que me traían recuerdos que hasta ese momento había logrado aplastar en lo más profundo de mi oscuridad, me hizo sentir humillado frente a aquél idiota.

Si ahora estoy escribiendo esto es precisamente porque escapé de la trampa y me liberé de la prisión. Volví a enterrar los cuerpos que ya no significaban nada para mí y a aquél hombre lo até a la pared y le llené la boca de hormigas. Fue emocionante ver cómo los diminutos cuerpos se introducían en su interior. Le reventé los ojos con unas tenazas y le corté la cabeza con el hacha. Lo descuarticé y lancé los restos a las alcantarillas donde las ratas lo harían desaparecer. 

Pobre iluso, que en su último aliento manifestó su deseo de  colaborar conmigo, capturar a futuras víctimas y matarlas entre los dos. Hacer de mi sótano nuestro santuario y lograr el éxtasis en cada asesinato. Crear arte a dúo, firmar una obra maestra en el  mundo del terror como  una pareja de asesinos despiadados.


Pobre desgraciado, yo trabajo solo.



CRIATURAS PERVERSAS


Esconderse ha sido la única opción. Se llama Karen y no habla mucho. Abandonar el refugio era algo que necesitaba hacer pero ella  ha insistido en que, de momento, es el  mejor lugar para garantizar nuestra seguridad. Creo que sabe más de lo que cuenta.

Ignoro cuánto tiempo llevamos aquí. Ella suele salir a por comida y agua. No quiere que la acompañe. A veces oigo disparos y temo por su vida pero siempre regresa ilesa y con víveres. Me siento seguro a su lado aunque tengo miedo de que en una de sus incursiones por el exterior ellos la maten o decida, por algún motivo, huir y abandonarme.

Suelo preguntarle qué tal están las cosas por ahí fuera. No le gusta hablar de ello. Por las noches la oigo llorar, ella cree que no me doy cuenta pero esto es demasiado pequeño como para ocultarlo. Yo también lloro y sé que ella lo sabe.

Cuando está en el exterior mata a esas criaturas. Lo poco que cuenta  me ha sobrecogido. Asegura que están por todas partes. Yo quiero salir y ayudarla. No me deja.

La verdad es que todo sucedió demasiado deprisa. Llegaron sin avisar. Nadie advirtió de su presencia. Un buen día simplemente estaban allí y atacaron. Si los gobiernos sabían de su existencia nada dijeron. Fuimos destruidos y esas cosas, salvajes como animales, no mostraron ni un ápice de compasión. Aniquilaron a la raza humana aunque me gusta pensar que hay personas que como Karen y yo se encuentran en algún lugar, ocultos, escondidos, sobreviviendo en silencio.

Ella me dice que las calles están vacías, la ciudad desierta, que sólo hay escombros y cadáveres y que ellos vagan entre las sombras y acechan.

Una vez tuve a una de esas cosas cerca. Fue antes de llegar aquí, cuando huí de mi propia casa, un lugar que presuponía era un sitio seguro. Escuché ruidos extraños, el sonido de los edificios siendo atacados. Gritos en el exterior, disparos y alaridos. Fue al asomarme por la ventana. Allí había una de esas cosas…

Era delgada y peluda, como un mono. No sabría precisar si era hombre o mujer, aunque su apariencia era monstruosa y humana a la vez. Sentí un escalofrió cuando la vi caminar erguida por la calle, como si fuera dueña de la ciudad y me estremecí cuando se detuvo y pareció detectarme. Levantó la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos eran rojos y radiaban una maldad infinita. Creí morirme en aquel mismo momento. Una mujer que corría por las cercanías me salvó la vida porque atrajo la atención de aquél ser que se abalanzó sobre  ella y saltó con una agilidad extraordinaria. La tiró al suelo.  No podría precisar si usó los dientes o las garras pero le arrancó el corazón de cuajo y luego le reventó el cuello.

Me escondí debajo de la cama y sentí que aquél  monstruo me buscaba en la ventana. No  volví a asomarme y no he vuelto a ver algo así aunque cada noche escuchaba los gruñidos de estas criaturas momentos antes de triturar a sus víctimas. Cuando me topé con Karen vi cuerpos peludos derribados en el suelo pero no quise acercarme para comprobar que se trataban de esas cosas horrendas que estaban acabando con la raza humana y con todos y cada uno de nuestros hogares.

Creo que son demonios, que las puertas del infierno se han abierto y han permitido el libre acceso de almas atormentadas y malignas aunque Karen me ha dicho que son de otro mundo pues momentos antes de su llegada el cielo se cubrió de enormes artefactos oscuros.

Ya he dicho que ella sabe más de lo que cuenta pero pese a las  dos semanas que hemos pasado juntos, sé que aún no confía en mí.
 
 

EL RITUAL DEL ESPEJO


Raúl siguió todos los pasos. Lo había leído en Internet, en una de esas páginas de misterios. Por esa razón se encontraba en su cuarto completamente a oscuras y desnudo. Encendió una vela y por un instante las sombras se echaron hacia atrás. Después, se agitaron alrededor de la llama, que temblaba caprichosa, formando rostros horribles y demoníacos;  pasaron desapercibidos para Raúl.

El objetivo era claro: conocer el día de su muerte.

Se decía, tal y como aseguraban los foros en la red,  que si al dar las doce de la noche te encontrabas desnudo delante de un espejo, solamente iluminado por la luz de una vela, verás la imagen del día de tu entierro. Raúl estaba allí para comprobar si todo aquello era cierto.

Tenía miedo. Había otros rumores, otras historias que le ponían los pelos de punta.

Había leído el artículo de un experto donde  aseguraba que con este ritual lo que aparecía en el espejo era el rostro del diablo, que te observaba con atención mientras te robaba el alma.

Otros, sin embargo, explicaban que el espejo se convertía en una puerta a través de la cual podrían colarse entidades malévolas.

Y algunos decían  que muchas personas que habían seguido este ritual desaparecían de manera inexplicable. Y jamás se supo de ellos.

Raúl no quería creer en estas cosas y aún así, necesitaba comprobar por sí mismo si era realidad o superchería. Y ahí estaba, aterido por el frío y contemplando su silueta reflejada en el espejo. Parecía un fantasma rodeado de sombras, un espectro cubierto por el manto oscuro que se arremolinaba a su alrededor. Gracias a la tenue luz de la vela, se sentía protegido.

Pero las cosas no salieron bien.

Raúl notó que su rostro era acariciado por una fría corriente de aire. Sintió un estremecimiento y su corazón dio un vuelco cuando creyó que los espíritus le habían acariciado la piel. Después se relajó…

…hasta que la vela se apagó, como si alguien invisible hubiera dado un soplido.

Lanzó un grito al verse sumido en la oscuridad. Estuvo tentado de salir corriendo de la habitación pero notó que sus piernas no le obedecían. Entonces vio un brillo en el espejo. Una luz que brotaba de su interior.

En lugar de su reflejo en el espejo advirtió  la figura de una joven que estaba sentada. Vestía un camisón blanco y tenía la cabeza agachada por lo que no podía apreciar su rostro. Sus brazos eran blancos como la nieve pero sus manos…, sus manos estaban cubiertas de sangre. Sus dedos goteaban el líquido rojo  y en ese mismo momento el espectro comenzó a levantar la cabeza.

Raúl quiso huir. Escapar del horror. No pudo moverse ni un milímetro. ¡Estaba atrapado!

El rostro marmóreo de aquella joven sonreía mientras lo miraba a través de unos ojos carentes de vida. Raúl lanzó un alarido desgarrador cuando la figura levantó los brazos para atraparlo.

Aquellas manos manchadas de sangre lo agarraron por los hombros y tiraron de él, hacia el interior del espejo.

Raúl desapareció para siempre y en su lugar, sentada en la cama, se encontraba la figura que había surgido del interior del espejo.

La puerta de la habitación se abrió de improviso y bajo el umbral apareció la madre de Raúl que al ver la fantasmal figura lanzó un grito desgarrador. El espectro  sonrió y se abalanzó sobre la mujer para lanzarla hacia el espejo, a través del cual desapareció.

Después, la figura comenzó a caminar y salió de la habitación con los brazos pegados al cuerpo y arrastrando los pies. Tras ella dejó rastros de un olor putrefacto y las gotas de sangre que caían al resbalar de entre sus dedos.

La puerta de la habitación se cerró con un golpe violento y el espejo estalló en mil pedazos.

Ahora, el Mal  ya no puede  regresar a su lugar de origen y camina con absoluta libertad entre todos nosotros.
 
 

UNA NUEVA COMPAÑERA

Fueron los disparos lo que me hicieron salir del refugio. Apenas tenía agua y sabía que era cuestión de tiempo que me decidiera a abandonar el lugar en el que me había ocultado las últimas cinco semanas. No sabía lo que había ocurrido en el mundo pero me imaginaba que se había ido al garete. 

Todo este tiempo he estado solo, oyendo los ruidos extraños que ocurrían en el exterior. Percibía cómo el suelo vibraba bajo mis pies, hasta mí llegaba el sonido de las explosiones y  temía que el techo se cayera  en cualquier momento. Después, me asoló el silencio y si me preguntas no sabría decirte qué es mejor,  si escuchar una amalgama de sonidos que indicaban que el mundo estaba siendo destruido o la incertidumbre que provoca un asfixiante silencio que te devora a cada minuto que pasa. 

He sobrevivido a base de latas y agua. He tenido miedo y poco a poco me  he ido convenciendo de que era el único ser viviente de la Tierra, aunque quiero pensar que otros como yo han tenido la misma suerte y se encuentran ocultos en sus refugios. Pese a no escuchar nada en el exterior, jamás me he decidido a salir y echar un vistazo. Sabía que tarde o temprano tenía que hacerlo, eso me lo indicaba cada vez con más exigencia las pocas botellas de agua que tenía y la media docena de latas. Pero tenía miedo. No sé si ellos ya se han marchado, si caminan por la ciudad a sus anchas, aniquilando todo lo que encuentran a su paso o simplemente han viajado a otro lugar donde sembrar la destrucción Si me he decidido a salir ha sido por el impulso que me ha otorgado el ruido de los disparos. Alguien se encuentra  en el exterior.

Abrir la puerta ha sido fácil. No tengo nada con qué defenderme ni sé lo que voy a encontrarme ahí fuera pero siento algo dentro de mí, una necesidad imperiosa de huir de la soledad que me ha acompañado durante todo este tiempo.

He cogido las latas y las botellas de agua.  Las llevo en una pequeña mochila. Aprieto los dientes y comienzo a subir las escaleras. Están cubiertas por los escombros y siento un estremecimiento que eriza cada poro de mi piel. Vuelvo a escuchar los disparos, es lo único que me anima a continuar.

Cuando llego arriba, compruebo que el acceso que me permite acceder al exterior está tapado. Se ha derrumbado parte del edificio. Es una suerte que yo siga vivo. Cuando estoy a punto de rendirme veo que puedo intentar salir por un pequeño agujero que hay entre las piedras y las maderas. Tengo que poner la mochila delante de mí para que mi cuerpo pueda pasar. Me arrastro como una oruga pero a medida que avanzo oigo el sonido de los disparos con mayor claridad.

Cuando por fin puedo llegar al final de mi trayecto, lo que primero  llama mi atención son las columnas de humo negro que se alzan de los edificios que se encuentran a mi alrededor. Están derruidos, como  si múltiples bombas hubieran estallado. Apenas puedo respirar. Miro hacia el cielo y lo veo de un color rojizo realmente extraño. Los rayos del sol no pueden llegar hasta aquí y chocan contra un misterioso e invisible manto. 

La desolación que reina en la ciudad me provoca ganas de llorar y mis ojos se humedecen hasta que un disparo barre la tristeza que me embarga.

Camino temeroso hacia el lugar de donde proceden los sonidos y cuando  recorro apenas veinte metros veo una figura situada en el centro de la carretera, junto a varios vehículos calcinados. Es una mujer. Viste unos pantalones de cuero muy ajustados y lleva una camiseta blanca muy apretada que tiene levantada y atada en un nudo por encima del ombligo. Es rubia y tiene una coleta que cae por debajo de su nuca. Unas gafas protegen sus ojos.

Estoy a punto de hablar para atraer su atención cuando ella se gira sobresaltada. Con el rostro serio y la mirada fija en mí, levanta las dos manos en cuyo final se encuentra su pistola y me apunta directamente a la cabeza.

Trago saliva. No me salen las palabras. Sé que está a punto de disparar. Lo veo en su mirada. Tiene los labios apretados. Miro por detrás de ella y trato de descubrir a qué ha estado disparando hasta el momento. Logro ver algunos cuerpos oscuros tendidos en la calle. Hay varios, tal vez media docena. Entonces me centro de nuevo en la desconocida para dirigirme a ella:

—Me llamo Tom—digo con apenas un hilo de voz. Es evidente que he sonado asustado. Trago saliva antes de continuar. —Tom Carella… y soy humano.


Ella me observa unos instantes y tras varios segundos de incertidumbre, baja el arma.



INFLUENCIA MALEFICA


Lo primero que encontramos fueron los zapatos, colocados en uno de los bancos situados a un lado del camino. Era una pareja de zapatitos negros, de niña, y estaban unidos el uno al otro por los cordones. No le dimos mayor importancia porque probablemente no la tenía y seguimos caminando…

…hasta que algunos metros más adelante, colgando de unos arbustos, descubrimos dos calcetines blancos manchados de rojo.

Nos detuvimos frente a este segundo hallazgo. Nos estremecimos ante la variopinta visión  y a nuestras mentes acudió la  imagen de los zapatitos negros que habíamos dejado atrás y que ahora parecía cobrar algo más de sentido. Me acerqué hasta los calcetines para observarlos más de cerca. La primera impresión que recibí se confirmó a corta distancia. Los calcetines estaban teñidos de sangre.

Estuve a punto de tocarlos pero Carmen me detuvo sujetando  mi brazo. La miré. No me dijo nada pero en sus ojos advertí el destello del temor. Retiré las manos justo en el preciso instante en que las yemas de mis dedos rozaron la tela de los calcetines, pero ninguno de mis compañeros se percató de ello. En ese mismo momento noté algo extraño. Fue un dolor agudo en el centro de la cabeza y sentí que algo estallaba en mi interior aunque se me pasó enseguida.

Antonio sacó una fotografía de los pequeños calcetines, que habían sido agujereados a la altura de los tobillos para que quedaran sujetos en las ramas del arbusto, como una bandera que ondea  al viento o, quizá, como un trofeo o advertencia.

—A la vuelta me gustaría inmortalizar los zapatos, creo que puede ser una buena foto. —dijo tras pulsar el disparador. No sería posible. Ninguno de nosotros   iba a regresar.

Nos detuvimos en un merendero donde había unos columpios. Solamente estábamos nosotros y aprovechamos el buen tiempo que hacía, con un sol majestuoso y algo pegajoso que nos observaba alegre desde las alturas. Nos sacamos varias fotografías bajando de los toboganes, cruzando los obstáculos con la ayuda de cuerdas colgantes y nos divertimos de lo lindo hasta que a Carmen palideció. Yo me di cuenta por la expresión que mostró su cara. Se había quedado petrificada.  Abrió la boca en una enorme O y los ojos se le agrandaron como los focos de una linterna encendida.  Levantó la mano y señaló en la distancia.

—¿Qué es eso? —preguntó. Su voz temblaba.

—Parece un trapo, ¿no? —dije y me levanté para acercarme.

—No, no vayas—susurró Carmen  pero no hice caso. Antonio me acompañó mientras mi novia se quedaba atrás.

A medida que nos acercábamos nuestros pasos se volvieron más lentos. Si no hubiera estado acompañado me habría dado la vuelta pero Antonio caminaba junto a mí. Nos miramos de reojo. Ambos teníamos un nudo en la garganta. Estábamos tensos.

Descubrimos que no se trataba de un trapo sino  de un pequeño vestido de color rosa  bañado en dibujos infantiles. Nos quedamos sin voz. Nuestro silencio parecía haberse convertido en una gruesa soga que apretaba nuestras gargantas y nos dejaba sin aliento. Aquel vestido estaba parcialmente desgarrado y, al igual que los calcetines, tenían manchas rojizas que enseguida identificamos como sangre seca.

—¡Dios mío! —sonó la voz de Carmen justo detrás nuestro. Nos giramos sorprendidos y allí estaba mi chica,  pálida, como la tez de un viejo vampiro. Se agarró  a mí y sus ojos miraron alrededor. Sabía perfectamente lo que estaban buscando y yo hice lo mismo. Antonio miraba también en todas direcciones. Aunque no nos dijimos nada, los tres  temíamos encontrar entre la maleza las piernas desnudas de una pequeña niña. Todos los indicios sugerían que algo terrible había sucedido. No podía ser casualidad la aparición de tan singulares hallazgos. Se nos pasó por  la cabeza la posibilidad de que algún depravado estuviese suelto por las cercanías, un depravado  que había cometido un acto terrible. Buscamos sin separarnos demasiado. Antonio se metió en una zanja y la examinó a conciencia. Nada.

Carmen sacó una linterna de su mochila e iluminó el fondo de un hueco cavado en la tierra y que parecía muy profundo.  Nada.

Yo giraba sobre mis propios talones, llevando la mirada cada vez más lejos, con la intención de detectar algún movimiento. Nada.

Ninguno de nosotros quería encontrar el cadáver de una niña pero pensábamos  que si abandonábamos el lugar,   tal vez,  si estaba agonizando, se perdiera la oportunidad de salvarle la vida.

No encontramos nada. El sol ya comenzaba a bajar escogiendo el punto idóneo por el que desaparecer en el horizonte, tras las montañas. Quizá todo tenía una explicación convincente pero ninguno de nosotros lo creía. Estábamos tan confundidos como intrigados, tan exhaustos por los hallazgos que no nos dimos cuenta de lo extraño y misterioso que resultaba. Los zapatos negros perfectamente colocados sobre un banco. Los calcetines convenientemente colgados en los arbustos del camino. El vestido manchado que ondeaba, empujado por un viento casi inapreciable. Se trataba de una puesta en escena. Algo pensado concienzudamente. Ninguno de los tres cayó en la cuenta de que la mejor opción hubiera sido marchar y olvidarnos de todo pero  decidimos permanecer  allí durante un tiempo más. Fue nuestro gran error. Desde ese momento todo, absolutamente todo, cambió.

 

Aturdidos por los acontecimientos, sin poder quitar la vista del vestido rosa que se mecía colgado del arbusto, sin apartar de nuestros ojos las manchas de sangre que lo cubrían, en algún momento escuchamos un ruido procedente de un punto lejano. Parecía… ¡¡No!!, no podía estar seguro de ello pero…

—Es el llanto de una niña.

Miré a Carmen. ¡Eso es lo que yo pensaba!  No había sido fruto de mi imaginación. Había llegado hasta mis oídos con absoluta claridad y tras las palabras de Carmen y el rostro asustado de Antonio  comprendí que ellos también lo habían escuchado con absoluta nitidez.

Corrí como jamás había corrido en dirección al sonido. Cuanto más cerca me encontraba más seguro estaba de que una niña lloraba a pleno pulmón, como si su alma estuviera ardiendo en el mismísimo infierno. Escuché las voces de mis amigos que trataban de detenerme, oí a Carmen suplicar que regresara pero cuando desvié la cabeza hacia atrás vi que ellos también me seguían. Y entonces, de repente,  la niña dejó de llorar.

Me detuve en seco. Pocos segundos después mis compañeros estaban a mi lado. A todos nos costaba respirar. Nuestros pechos subían y bajaban a un ritmo vertiginoso. Antonio colocó sus manos sobre las rodillas y trató de coger aire respirando profundamente mientras Carmen se sujetaba el abdomen.

Permanecimos en silencio, esperando escuchar de nuevo a la niña pero nada, simplemente la profunda respiración de un atardecer que en pocos minutos exhalaría su último aliento. El sol pronto se ocultaría tras las montañas y las sombras se harían dueñas del lugar. ¡Maldita sea! ¿Dónde estaba la niña?

Escuchamos ruidos a nuestras espaldas. Nos giramos sobresaltados pero nuestros ojos no llegaron a alcanzar nada anormal. Sin embargo, notamos que alguien se encontraba en las cercanías.

—Vámonos—pidió Carmen mientras se agarraba a mi brazo.

—¿Dónde estás, pequeña? —gritó Antonio y yo lo imité llamando a la niña. Comencé a escuchar murmullos dentro de mi cabeza, un coro de voces lejanas que parecían susurrarme desde la lejanía pero no dije nada por si era fruto de mi imaginación. De hecho tuvo que ser así porque inmediatamente las voces enmudecieron. Mire por los alrededores. Presté atención a cualquier ruido  que se produjera en las proximidades.

Nada. Un silencio sepulcral violado únicamente por nuestras respiraciones hasta que escuchamos de nuevo un sonido a nuestro alrededor.

—¡Allí! —grité como un poseso y señalé con el dedo una figura diminuta que corría entre la alta hierba.

—Vámonos—repitió Carmen y tiró de mi brazo. Me zafé de ella con un movimiento brusco.

—¿La habéis visto? ¡Estaba allí! —exclamé y mi propia voz me sonó como la de un lunático.

 

Entonces escuchamos la risa de la niña, una risa que nos sobrecogió a todos.

 

—Tíos, tengo miedo —confesó Carmen. —Regresemos al pueblo, esto no me gusta nada…

Como si el tiempo se hubiera acelerado, el sol acabó por ocultarse tras las montañas y el lugar se tiñó de una tenue oscuridad que sería pronto inescrutable.

—¡Oye, pequeña! ¿Estás bien? ¡No tengas miedo!

No podíamos dejar allí a la niña. Miré a mis amigos. Nos marcharíamos, pero no sin ella. Escuchábamos su risa a un lado y otro del camino, siempre entre los matorrales, como si se moviera a una endiablada velocidad  y en ningún momento vimos su pequeña silueta hasta que Carmen lanzó un alarido que nos hizo palidecer.

—¡Ahí…!—dijo y señaló con la mano.

Allí estaba la niña, a pocos metros de nosotros. Se encontraba completamente desnuda y agarraba un osito de peluche con su mano derecha. El pelo negro y mojado le cubría gran parte del rostro pero sus ojos se perfilaban grandes y oscuros entre los cabellos.

—¿Estás bien, pequeña? —me atreví a decir. Sentí la mirada de la niña penetrando hasta el fondo de mi alma. Permaneció allí, inmóvil, tal cual fantasma, mientras las sombras se arrugaban a nuestro alrededor para convertirse en una noche cruda y oscura.

Di un paso hacia delante. Carmen pronunció mi nombre en voz muy baja con la intención de sujetarme. Me detuve. Estaba asustado pero solamente era una niña y  parecía necesitar nuestra ayuda. Cuando iba a preguntarle su nombre, la pequeña giró sobre sus talones y comenzó a caminar lentamente entre los arbustos, alejándose de nosotros.

Pese a las peticiones de mis amigos, decidí seguirla. Ellos hicieron lo mismo. Se habían dado cuenta de que la niña quería que fuéramos tras ella.

Aceleré el paso. La pequeña caminaba deprisa y no quería perderla. Su blanca silueta era engullida por las sombras, como si perversos monstruos la abrazaran y la devoraran al mismo tiempo.

Caminaba con la mirada clavada en la espalda de la niña. Escuchaba tras de mí las pisadas de mis amigos que aplastaban los hierbajos. Oía sus respiraciones aceleradas, los latidos de sus corazones que unidos al mío componían una sinfonía macabra e inquietante. Llegó hasta nosotros un hedor nauseabundo que nos obligó a taparnos la boca y la nariz. Sentí arcadas pero me contuve. Antonio no tuvo esa suerte y manchó sus propios zapatos con el vómito.

La niña de detuvo,  de repente. Casi tropecé con ella y mis compañeros conmigo. Me incliné sobre la pequeña y la agarré suavemente de los brazos. Tuve que retirar  las manos inmediatamente. La piel de la niña estaba fría como el hielo.

—Mi papi y mi mami están allí.

Tras pronunciar aquellas palabras, mis amigos y yo dejamos de prestar atención a la pequeña y miramos hacia el frente.

Podían verse mecidos al viento, en la oscuridad que cada vez era más opresiva. Los cuerpos de dos personas adultas yacían colgados de un árbol. Estaban desnudos, como la niña, aunque sus cuerpos parecían muy negros, acartonados más bien. Cuando me acerqué no pude evitar que mi estómago me obligara a derramar por el suelo todo su contenido. El nauseabundo olor emanaba de aquellos cuerpos.

Se trataba de dos cadáveres. Un hombre y una mujer colgados con una soga del cuello. Tenían las manos  entrelazadas pero sus cuerpos estaban ajados y  arrugados como una pasa, podridos, como si llevaran muertos semanas. La visión atroz de aquella espeluznante imagen me obligó a girarme. Vi a mis amigos horrorizados, con los ojos agrandamos, a punto de salírseles de sus órbitas. Carmen lloraba,  era un manojo de nervios. Antonio retrocedía asustado, alejándose de aquél lugar, caminando lentamente hacia atrás, hasta que las sombras se lo tragaron. No los volví a ver más, a ninguno de los dos.

Agaché la cabeza y observé a la niña. Miraba hacia los ahorcados con los ojos ocultos tras su pelo pero aún así, pude descubrir que esbozaba una sonrisa que me pareció demoníaca. Movió la cabeza y me miró directamente. Sus ojos eran oscuros, negros como las sombras.

Sentí un estremecimiento recorriendo mi cuerpo y unas gotas de sudor helado comenzaron a arañar mi espalda, resbalando lentamente y produciéndome un dolor espeluznante, como si la uña afilada de un vampiro estuviera abriendo una herida profunda en mi cuerpo. Miré estupefacto los cadáveres de aquellas dos personas colgadas del árbol y bajé la cabeza para observar a la niña, que me miraba y se reía a plena carcajada.

Traté de localizar a mis amigos. No los vi por ninguna parte. Estaba yo solo. Yo y aquella niña que alargó su brazo para coger mi mano con la suya. Estaba fría y húmeda y traté de apartarla pero ella me sujetó con violencia.

La niña apretó con fuerza mi mano y después la soltó. Comenzó a llorar desconsolada. Aturdido, miré a mi alrededor con la esperanza de ver a mis amigos pero la oscuridad más impenetrable se había adueñado del lugar. Los árboles se presentaban ante nosotros como siluetas fantasmales de crueles demonios y un frío cada vez más intenso fue arropando cada trozo de mi piel. Cerré los ojos unos instantes y creí perder la conciencia…

…Cuando los abro tengo una sensación molesta dentro de mi cabeza y me siento raro, muy extraño.

Veo los cuerpos meciéndose frente a mí y la niña que no deja de llorar a mi lado. Algo cruel y despiadado ha sucedido aquí, algo que se escapa del control del raciocinio y el sentido común. Mi cuerpo tiembla y noto cómo las rodillas están a punto de fallarme. Un fuerte dolor se instala en el centro de mi pecho y la cabeza podría estallarme en cualquier momento. Me siento impotente y tengo la sensación de que el autor de estas muertes, de la desaparición de mis amigos y del acoso a esta niña, deambula por los alrededores, oculto en la oscuridad. La pequeña  me observa, a través de unos ojos malignos y crueles, perversos y sanguinarios.

Tengo la convicción de que en cualquier momento algo se abalanzará sobre mí. Me fijo en la niña. Ha dejado de llorar y ladea la cabeza en mi dirección. Sus ojos cubiertos de lágrimas relucen en la oscuridad y su blanquecino rostro es espantosamente diabólico. Su boca muestra una fea mueca que me hace sentir un miedo tan atroz que me orino encima. Ella mira cómo los pantalones se van humedeciendo y se burla de mí.

—Son papi y mami. Están muertos, ¿sabes? —dice la niña con voz pausada. —Yo los maté

 Unas luces se encienden repentinamente por el camino por el que hemos venido y le sigue un rugido de motor. Se trata de un coche. Pongo mi cuerpo en tensión  sin entender lo que la niña ha querido decir y solamente me relajo cuando suena la sirena de la policía y encima de ese coche se encienden las luces azules de una patrulla que se detiene a pocos metros de donde estamos.

Aliviado por encontrar agentes del orden, me alejo de la niña varios metros y corro hacia los policías.

Bajan del coche con sus armas en la mano. Es un hombre y una mujer. Me apuntan con las pistolas.

—¡Deténgase! —dice uno de ellos.

—¿Qué? —me paro  en seco y levanto las manos. —No, oigan, allí…

—¡Quédese quieto!

Giro mi cuerpo para señalar el punto exacto donde yacen muertos los padres de la niña pero la voz más enérgica del policía me hace detenerme, extrañado.

—¡Si se vuelve a mover le pego un tiro! ¿Lo ha entendido?

La mujer policía camina bordeando el coche sin dejar de apuntarme y extrae de su cinturón una linterna. Con ella ilumina el lugar mientras su compañero aferra con las dos manos la pistola y no deja de apuntarme en ningún momento. El haz de luz me ilumina el rostro y cierro los ojos molesto hasta que siento que la linterna trata de iluminar otro lado. Abro los ojos en el momento en que los policías descubren los cuerpos colgados del árbol y detectan la presencia de la niña.

—Ha sido él—dice la pequeña entre sollozos y me señala con el rostro atrapado por el terror.

Los dos agentes se miran unos momentos y piden refuerzos por radio.

—¡Aléjese de la niña! —dice uno de ellos.

—¿Qué? ¡No!, son sus padres, ella dice que…

—¡Aléjese de la niña! —repite con autoridad el agente—¡Y deje el arma en el suelo!

—¿Arma? ¿Qué arma…?—me sobrecojo, perplejo,  cuando descubro que estoy agarro con la  mano un afilado cuchillo completamente ensangrentado. —¿Qué es esto…?

—¡Tire el arma! —dice el policía.

—Ven  aquí pequeña, todo ha pasado—indica la mujer policía. Veo que la niña comienza a dar unos pasos hacia delante para acercarse a los agentes. Antes de llegar a ellos se detiene y se gira. Me lanza una mirada feroz y una sonrisa cruel ocupa la mueca que hasta entonces tenían sus labios.

—¡Oigan! ¡Esperen un momento! Esto no…

—¡Tire el arma!

Dejo caer el cuchillo y al mismo tiempo descubro que mi ropa está completamente cubierta de sangre. No doy crédito a la situación ni a lo que está pasando.

La agente abraza a la niña y le dice que ya todo ha terminado, que está a salvo, que ya nadie le hará daño alguno.

—Se ha vuelto loco—oigo que dice la niña. —Estuvo persiguiéndome y me gritaba cosas horribles. Sus amigos trataron de sujetarlo y los mató, él los mató. A los dos…

Vuelvo mi cabeza hacia el árbol donde hasta ese momento se encontraban colgados los cuerpos podridos de dos adultos y descubro horrorizado que ahora yacen allí mis dos  amigos. Están abiertos en canal, con los rostros  hinchados. Sus ojos abiertos  me miran enfurecidos desde la oscuridad. Sus cuerpos se mecen al ritmo que marca el viento mientras sus bocas están llenas de tierra y piedras.

Clavo mis rodillas en el suelo mientras el foco de la linterna me ilumina.

—¡Levántese!

Tiene que repetir la orden dos o tres veces más. Apenas oigo lo que me dicen. Mi atención está puesta en los cuerpos de mis amigos. No puedo evitar sentir arcadas y un fuerte y continuo dolor en la cabeza. Miro de soslayo el largo cuchillo que yace a dos metros de mí y vuelvo la mirada de nuevo hacia los cadáveres colgados del árbol.

Me pongo de  pie. Veo que la niña se monta en el coche patrulla, en el asiento de atrás y desde allí me observa. Los dos policías me apuntan con sus armas.

—¡Os matará! ¡El os matará como ha matado a sus amigos, como quiso matarme a mí! —vocifera la niña desde el interior del coche y los agentes giran sus cabezas instintivamente hacia ella. Aprovecho aquél momento para deslizarme y agarrar el cuchillo que está a punto de resbalar de mis manos a consecuencia de la sangre que cubre la empuñadura. Me siento rápido y fuerte, tanto que me coloco justo al lado del policía y le clavo el cuchillo en la garganta. Su cuerpo se resbala lentamente mientras la expresión de su rostro me cubre de gloria y satisfacción. Me siento extraño y poderoso. Giro mi cuerpo para encararme con la mujer policía pero ella ya ha apretado el gatillo de su arma y la bala perfora mi hombro derecho. El impulso de la bala hace que salga despedido hacia atrás y que ruede por el suelo mientras el cuchillo se pierde entre la maleza. La policía, nerviosa y excitada, camina hacia mí con el arma por delante.

Logro ponerme de rodillas  y veo que la mujer mira aterrada cómo su compañero se desangra. Nada podrá hacer por él y lo sabe. Se llena de rabia, me apunta con el arma y siente unos deseos terribles de disparar. La niña observa todo desde el asiento trasero del coche patrulla. Tiene las manos apoyadas en el cristal y mira con vileza a la mujer policía. Veo en sus ojos un brillo demoníaco y una voz gutural emerge desde lo más profundo de su garganta.

—¡Mátalo!

La agente frunce el ceño confundida mientras la pistola tiembla entre sus manos.

—El ya no me sirve. Se acabó su tiempo. Ahora tú y yo seremos uno. ¡Mátalo!

Trato de ponerme en pie mientras la cabeza de la niña gira en mi dirección.

—¡MATALO YA!

La agente aprieta el gatillo. En el momento de la detonación el rostro de la niña adquiere una expresión burlona y sus ojos, acompañados de una dantesca sonrisa, se clavan en mí. La bala perfora mi cerebro y la  fría oscuridad me rodea con su terrible manto.

Mi cuerpo rueda por el suelo hasta detenerse junto a unos arbustos. No siento nada más salvo la paz eterna  al descubrir que las voces de mi cabeza guardarán silencio para siempre.