YA ESTÁN DENTRO

Dedicado a los habitantes de Apatamonasterio.

Al principio todo  parecía inofensivo, nadie podía prever las consecuencias que desataría  la infestación. 

Había escuchado que en uno de los edificios cercanos se desencadenó recientemente una plaga de cucarachas. Vinieron de alguna parte sin que nadie supiera en realidad el origen pero los inquilinos de aquel bloque estaban nerviosos. Habían detectado un buen número de esos bichejos en las lonjas situadas en la parte trasera del edificio e incluso varias cucarachas campaban a sus anchas en la parte baja del portal. Al parecer fue algo incómodo y en el momento en que la familia que residía en uno de los pisos detectó un par de ejemplares correteando bajo la cama, se alzó la voz de alarma. Los vecinos contrataron a una empresa fumigadora y para cuando vinieron, las lonjas estaban ya atestadas de ellas e incluso varios vecinos alertaron de la presencia de las repugnantes cucarachas en sus cuartos de baño, cocinas y habitaciones. 

La noticia llegó  a mis oídos el mismo día en que una vecina  afirmó ver una cucaracha saliendo debajo del felpudo de una de las puertas cercanas y precipitarse a la carrera hacia el ascensor, colándose por  la  ranura inferior. Este caso desató una especie de pánico entre mis propios vecinos y a mí me pareció divertido porque no pensaba, nadie podía imaginar siquiera, que esto cobrara las dimensiones que se alcanzaron.

Para mí fue algo ridículo que pocas horas después del avistamiento, otra de mis vecinas nos comunicara, muy agitada y nerviosa, que había visto otra cucaracha en el segundo piso, sobre las escaleras, y que acertó a pisarla. Describió con asco el sonido del pequeño cuerpo al ser aplastado por la zapatilla. Esto desató la histeria, la sinrazón y lo que cualquier psicólogo definiría como un contagio colectivo causado por el miedo.

Yo no podía parar de burlarme cuando notaba la preocupación en los rostros de todo el vecindario, e incluso advertí cierto temor en otros habitantes de la población, que temían que las cucarachas se colaran en sus respectivos hogares. Fueron momentos divertidos pero también desagradables. Se celebraron reuniones de vecinos para abordar el problema y se conocieron testimonios de personas que decían que habían visto cucarachas en algún bar o tienda;  a veces insistían sobre  la existencia de  algunas por nuestro portal. Yo lo atañía a la simple casualidad, a la histeria, dudaba mucho que la plaga del edificio cercano hubiera sobrevivido a la fumigación y las cucarachas escaparan de la muerte para invadir ahora nuestro territorio. Pero es evidente que me equivocaba. Habían venido, pero no una o dos, sino más, muchas más.

Mis vecinos echaban insecticida en sus felpudos, sobre los pies de las puertas de entrada, para menguar las intenciones de las cucarachas. Obraron igual sobre  los marcos de las ventanas, que pese al calor permanecían cerradas. Cuando alguien manifestó que había visto una caminando con suma tranquilidad por   mitad del pasillo de su casa, a todos se nos congeló el aliento, a mí también.  La cosa parecía seria e iba en aumento. Ya estaba todo perdido pero aún era pronto para saberlo.

 Al principio me pareció gracioso que en comercios y restaurantes sus dueños echaran insecticida en la entrada para evitar la incursión de estas alimañas, todo ante sus clientes, como haciéndoles saber que la plaga había afectado a sus locales. Era un poco absurdo, sobre todo cuando leí en prensa las declaraciones de algunos vecinos, con sus historias rocambolescas y un pelín exageradas no sé bien si para formar parte del espectáculo mediático o para destacar de los que en silencio trataban de socavar el problema. Y aunque todo esto era entretenido y una novedad en el pueblo, fue un poco desagradable presenciar acusaciones y discusiones entre vecinos, que fantaseaban y especulaban sobre el foco de la infestación. En realidad poco importaba de dónde habían venido, el problema era que ya se encontraban entre nosotros.

No quise darle importancia aunque yo mismo  permití que una vecina rociara mi puerta con insecticida y también seguí las indicaciones que señalaban que las cucarachas podían subir por las tuberías y colarse por el desagüe de la bañera y los lavabos. No daba crédito a estas afirmaciones, me parecía algo descabellado a pesar de las trampas que habían puesto en algunas zonas del pueblo una empresa dedicaba al exterminio de plagas. Por aquello del “por si acaso” decidí colocar tapones en el desagüe del baño y la cocina y como no disponía de un tercero opté por depositar  un vaso invertido sobre el lavabo, para detener la intromisión  de las cucarachas si ellas decidían visitarme. Fue al día siguiente cuando la sonrisa se borró de mi rostro, cuando comprendí que la plaga era real y que teníamos un problema entre manos que requería una pronta solución. Tal vez debí marcharme unos días o insistir en el ayuntamiento, apoyando a mis vecinos, para que tomaran cartas en el asunto. No hice nada, ni siquiera poner en conocimiento mi descubrimiento.
Desperté a las ocho de la mañana y acudí al cuarto de baño. Oriné y cuando me fui a lavar las manos descubrí que en el interior del vaso había atrapadas media docena de  cucarachas que debían haber salido del desagüe. Sentí un escalofrío y mucho asco. Las vi allí dentro, tratando de escapar de una prisión de cristal con la que ninguna de ellas contaba, con esas patitas dobladas y las antenas saliendo de su cabeza, agitándose, observando.  Di un salto hacia atrás, muy asustado. Acabé con ellas, aunque al levantar el vaso trataron de salir en todas direcciones, como si estuvieran coordinadas, dirigidas por una mente superior que procurara que al menos una de ellas lograra huir de mis ataques violentos y así tener la oportunidad de reproducirse y extender la plaga. Las maté, aplastadas,  sus cuerpos crujieron cuando las machaqué. Con la piel de gallina y a punto de vomitar, volví a colocar el vaso que había evitado que  entraran en mi hogar. 

Evidentemente yo era muy confiado y estaba equivocado porque, en contra de todas mis expectativas, las cucarachas…

…¡ya estaban dentro!!

Desconocía que las cucarachas rehúyen la luz, que es cuando dormimos, con las luces apagadas y el silencio quebrantado solo por nuestras respiraciones, cuando ellas salen de sus escondites y  deambulan emergiendo de  los lugares más húmedos y calientes para buscar comida, morder cartón y  libros y corretear de un lado hacia otro como un ejército invasor que se propaga a través de un nuevo reino que les pertenece. Suben y bajan por las paredes; salen de debajo del fregadero, de detrás de la nevera. Se cuelan debajo de las camas; se meten entre la ropa;  anidan en el interior de las zapatillas.  Pasan por las rendijas de las puertas cerradas; recorren con tranquilidad el interior de la bañera; suben y bajan por las paredes; se colocan sobre las lámparas y parecen observarnos en silencio; sabedoras de que ellas tienen el absoluto control. Entran en los armarios; yacen ocultas en las cortinas, expectantes, aguardando el momento. Procrean entre la fruta; se detienen sobre las mesas; mordisquean el plástico que envuelve  la comida para contaminar con su presencia el interior de los envases. Defecan casi imperceptiblemente  y “muerden”  porque,  aunque no lo creas,  atacan al ser humano…

… tal y como sucedió en Apatamonasterio.

Era tal el número desorbitado de la plaga que nos invadió que nada pudimos hacer para exterminarla. Vencieron. Causaron la desolación. Sembraron el terror. Provocaron la muerte, que atrapó a todos los habitantes excepto a los pocos que pudimos huir y sobrevivir.

Yo tuve suerte. Estaba durmiendo, no podía saber que ellas habían logrado desencajar el tapón gracias a la presión ejercida por un considerable ejército y  salían a decenas del desagüe de la bañera con calma al principio, como si estuvieran esperando una represalia a su avance, para después corretear furtivas y distribuirse por cada rincón del piso. No podía imaginar que muchas de ellas habían tomado la cocina, recorriendo la mesa, invadiendo las sillas, colándose en los armarios e incluso, y no me explico cómo pudieron hacerlo, introduciéndose en la nevera. Decenas, cientos, probablemente miles.

No podía saber que ellas habían entrado también en mi habitación, mientras dormía. Pequeñas, casi diminutas, pasaron por debajo de la puerta y como un abanico el cordón negro que formaba la hilera de cucarachas se abrió y se expandió, subiendo por las paredes, trepando por entre los libros y colocándose, como una numerosa guarnición a expensas de recibir la orden de atacar, bajo mi lecho. Algunas treparon por las patas de la cama y cada vez subían más, caminando con lentitud pasmosa sobre la colcha que me cubría. La mesita de noche se llenó de cucarachas, los pequeños cuerpos unidos eran tan numerosos que cubrieron por completo el móvil. Varias de ellas se adentraron bajo las sábanas y comenzaron a caminar por mi cuerpo. Treparon por mis piernas, con rapidez. Llegaron a mis muslos. En pocos segundos la almohada estaba completamente cubierta de un manto negro y repulsivo que se agitaba como un corazón podrido. Las más atrevidas caminaron por mi cabeza, pisaron mi cara y las más valientes buscaron un orificio para colarse en mi interior. Estaban a punto de entrar a través de mi boca, oídos y nariz cuando un alarido desgarrador procedente de alguno de mis vecinos me despertó de inmediato. Eso me salvó la vida aunque a día de hoy no sé si la suerte se me acabó en el preciso instante en que me libré de este repugnante asedio.

Alargué la mano para encender la luz. Mis dedos tocaron los cuerpos duros de un par de cucarachas y cuando la luz se hizo descubrí el horror que me rodeaba.

Bajé de la cama de un salto. Mis pies desnudos aplastaron algunas de ellas, otras se colaron entre los dedos, muchas se apartaron, varias de ellas aún correteaban por mi cuerpo. Me sacudí lleno de terror y me apresuré a salir de la habitación. Cientos de cucarachas correteaban por las paredes y la puerta, se escondían en las estanterías y armarios, otras trataban de alcanzarme. Salí al pasillo. Estaba limpio por completo, sin la presencia de estos bichos hasta que me di cuenta que las que había en mi habitación salían de ella y me seguían. Afuera, en el portal, los gritos se producían, escuchaba portazos y el ir y venir de mis vecinos. Supe que ellos estaban pasando exactamente por lo mismo.

Entré en el comedor de forma apresurada y descubrí que allí sí había cucarachas. El sofá estaba oculto bajo millares de cuerpos oscuros que palpitaban. La pantalla de la televisión estaba detrás de horripilantes cucarachas que iban y venían en todas direcciones. El extraño y angustioso sonido que salía del interior de los armarios indicaban que ellas se ocultaban allí, en un número incalculable.

Cogí las llaves del coche.  Las cucarachas me rodeaban, subían por mis piernas, caían del techo para aterrizar en mi cabeza y cuerpo y entonces sentí las primeras picaduras. ¡Me estaban mordiendo!

Dolía. Eran como insignificantes puñetazos que unidos me causaban un dolor agudo y casi insoportable. Me sacudí y salté para librarme del ataque. Estuve a punto de caer y eso habría significado mi muerte, porque las cucarachas no tendrían tregua. Mi cuerpo hubiera quedado, en breves segundos, completamente sepultado por su asquerosa presencia y sé que me habrían devorado vivo.

Abrí la  puerta de entrada y salí. Mis vecinos escapaban de sus casas, bajaban las escaleras, llevaban enseres, a sus hijos y mascotas en brazos. Corrían despavoridos, con sus rostros atrapados por el horror y la desesperación. Crucé mi mirada con varios de ellos. Noté la impotencia en sus ojos y me vi reflejado en todos ellos. Teníamos que marcharnos, huir del edificio, llegar a la calle.

Las paredes estaban tapadas por millares de cucarachas, la mayoría pequeñas pero se podían apreciar algunas del tamaño de pequeños roedores. Desprendían un olor extraño,  a basura y podrido,  producían un ruido que se te metía en la cabeza y te martirizaba. Sé que mientras corría, ellas se mantenían adheridas a mi cuerpo, notaba como correteaban por mi cara, como me mordían los brazos, como bajaban y subían por mi espalda y trataban de colarse por mi boca. Y lo sé porque así veía a mis vecinos, huyendo de sus hogares infestados por una plaga demoníaca pero llevándose con ellos decenas de cucarachas,  pegadas  como sanguijuelas.

Los gritos y los lamentos sonaban como una letanía escrita para el diablo, una mujer tropezó y rodó por las escaleras. Ellas se abalanzaron sobre la desdichada, convirtiéndola en una presa que no podía escapar de la muerte. Mi primera intención fue ayudarla pero las cucarachas se precipitaron a una velocidad demoniaca,  como si todas ellas vieran que quedaba tendida en el suelo, indefensa.  Por un momento la atención de las cucarachas se centró en la mujer, cuyos gritos y movimientos quedaron ahogados cuando su cuerpo se convirtió en una montaña oscura que pronto dejó de moverse.

Aproveché el desconcierto para correr hacia abajo. Adelanté a un hombre mayor. Supe, mientras pasaba a su lado, que el pobre no llegaría hasta la calle. Caminaba despacio, apoyándose en el pasamanos y con el rostro desencajado por el miedo. Uno de sus ojos estaba tapado por cinco o seis cucarachas que parecían querer perforarlo mientras sus piernas ya no existían, en su lugar, una maraña de cucarachas subía y bajaba a una velocidad vertiginosa. Lo sentí por él, lo conocía de toda la vida, pero yo ya no podía ayudarlo.

Llegué hasta el portal. El ascensor se abrió y dos padres con sus hijos salieron. La mujer lloraba, su rostro estaba en carne viva, mientras su marido agarraba a sus hijos para alejarlos del horror. Sin embargo, el horror ya tenía el control y ellos estaban acabados. 

Los dejé atrás. Salí a la calle. El suelo estaba plagado de cucarachas que deambulaban en todas direcciones. Corrí. Mis pies descalzos notaban los cuerpos aplastados de las cucarachas que iba pisando, pero también apreciaba sus pequeños mordiscos. Sangré y seguí corriendo, agitando los brazos, tratando de quitarme todas las que tenía encima, incluso atrapé una de gran tamaño que se había hecho hueco entre las más pequeñas para lograr pasar por la abertura de mis labios. La mordí y sentí nauseas al quedarme con su cuerpo partido en dos entre los dientes.  Escupí,  en ningún momento dejé de correr. 

La calle estaba infestada de cucarachas. Había millones y se encontraban por todas partes. Las fachadas de los edificios cercanos estaban asediadas por los pequeños cuerpecitos de una plaga que trataba de colarse en el interior de las casas. Los gritos lejanos y el correr de la gente de un lado para otro me indicaban que  la población, en toda su extensión,  se encontraba en la misma situación.

Todo era una pesadilla, un horror imposible, como si las puertas del infierno se hubieran abierto para dejar escapar el abanico del apocalipsis. Esto era el final.

Vi llamas en un edificio, gente asomaba en las ventanas que proferían gritos de auxilio y aquellos alaridos enmudecieron cuando las cucarachas taparon sus bocas y penetraron en su interior para comenzar a devorarlos.

Una mujer cayó a pocos metros de mí. Pude ayudarla pero seguí corriendo. Un coche pasó a mi lado, las ruedas aplastaban centenares de cucarachas que cubrían el asfalto como una marabunta. En su interior, una familia huía del horror. Creí ver, tal vez fruto de mi imaginación, que en el rostro asustado de uno de los niños, que me observaba horrorizado detrás del cristal, uno de aquellos repugnantes insectos caminaba con extrema lentitud. Estaban perdidos porque ellas…

…ya estaban dentro.

Corrí, pisando el rio de cuerpos oscuros que yacía bajo mis pies. El sonido de sus cuerpos al ser aplastados se colaba en mi cabeza como una pequeña tortura y sentí los pequeños mordiscos y el escalofrío que producía notar que subían a través de las piernas y caminaban por mi espalda. 

Un hombre rociaba con insecticida su cuerpo. Era inútil. Ellas ya lo habían atrapado. De las alcantarillas no dejaban de salir miles y miles de cucarachas, de tamaños diversos y todas ellas con intenciones malévolas. Tenían el control, el pueblo al completo estaba invadido por estos seres que habían salido de la nada en un número tan elevado que más parecía producto de una maldición que un castigo de la naturaleza.

No había exterminio posible, poco podíamos hacer contra nuestro inminente final. Porque la muerte caminaba en aquellos repugnantes bichos, mirara a donde mirase la atrocidad se había establecido. La gente abandonaba sus hogares, huía, se marchaba pero muchos caían muertos y sus cuerpos eran devorados por las repulsivas cucarachas. Aquellos que pretendieron ocultarse en los cuartos de baño, camarotes, lonjas o coches fueron finalmente alcanzados por el manto fatídico de la plaga. La muerte había llegado de forma despiadada y huir era la única alternativa posible.

Yo abrí la puerta de mi lonja. Allí estaban, cubriendo el suelo, tapando el coche, como si estuvieran esperándome. Se me ocurrió abrir la manguera de agua que tenía instalada y primero dirigí la presión sobre mi cuerpo, tratando de quitármelas de encima. No fue fácil, ellas se agarraban como larvas,  con sus finas patitas para evitar ser expulsadas, aunque lo logré. Después apunté al suelo y el agua barrió sus cuerpos, que se movían unos encima de otros. Eran demasiadas para abrirme paso entre ellas. Mientras yo atacaba por un lado ellas accedían a mí a través de otros flancos. Me dio la impresión de que actuaban con inteligencia, como si todas y cada una de ellas fueran dirigidas por el mismísimo Diablo.

Desistí. Salí huyendo. Derrotado. Corrí sin rumbo fijo mientras veía precipitarse  a personas que se lanzaban por las ventanas, otras caían al suelo en mitad de la calle. Nunca olvidaré sus gritos, jamás borraré de mi memoria el horror al que asistí aquella noche. Lloré mientras corría, mientras golpeaba mi cuerpo para quitarme de encima las cucarachas que persistían en su ataque. Me sentí orgulloso al ver que algunos vehículos se alejaban en la distancia, huyendo de la población y aplaudí la suerte de las personas que iban en su interior y que habían logrado abandonar la población . Aún así, tuve la sensación de que  se llevaban el horror a otra parte, estaba convencido de que ellas también viajaban en el interior de esos coches, para trasladarse a otros lugares, sembrar el terror y continuar con la tragedia.

Tal vez tuve suerte, no lo sé. Un coche se detuvo a mi lado. En el asiento trasero iban dos chicas y detrás del volante un viejo conocido. Me invitó a subir, en realidad me gritó para que lo hiciera.

Arrancó antes de que pudiera cerrar la puerta. A toda velocidad cruzamos el pueblo  en dirección a Durango, población que parecía descansar en paz, al menos no parecía que hubiera presencia manifiesta de plaga alguna aunque en nuestro caso el espanto había comenzado poco a poco para estallar de repente ante nuestras propias narices.  No paramos, seguimos conduciendo, alejándonos de lo irreal. Dentro del vehículo conseguí acabar con todas las cucarachas que me habían acompañado, o confié en que así había sido. Estábamos a salvo, al menos de momento.

Han pasado muchos años desde aquello aunque mis recuerdos no se han deteriorado. Las pesadillas acuden cada noche para atormentarme, como una maldición perpetua. Nadie ha podido explicar lo que ocurrió en Apatamonasterio, de dónde surgió la infestación  y por qué resultó tan agresiva. Nadie tiene respuestas, absolutamente nadie.

Hoy, Apatamonasterio es una población fantasma, un pueblo abandonado y temido por maldito. Nadie regresó a sus hogares, nadie quiso habitarlo de nuevo. Sus calles permanecen desiertas, los edificios vacíos. El silencio, opresivo y de color sobrenatural, se alza en cada rincón, como fantasmas errantes. Un hedor nauseabundo, podrido, contamina la atmósfera.  Los coches pasan de largo, nadie se detiene, nadie lo visita. Es un emplazamiento tabú. Nadie habla, nadie quiere recordar. Los supervivientes han empezado de nuevo en otros lugares. Continúan teniendo miedo, miedo por todo lo perdido, por aquello que no pueden explicar. Precisan olvidar.

Yo, tal vez, algún día regrese. Necesito volver, caminar por lo que antes era  un pueblo lleno de vida. Me gustaría entrar en mi casa, tumbarme en mi cama con la tranquilidad que cualquiera de nosotros debería disponer en su propio hogar. Lo haré, ignoro  cuándo pero sé que volveré porque Apatamonasterio es mi pueblo, un pueblo donde la muerte se huele.

Tal vez  aún permanezcan  allí, ocultas, esperando nuevas presas de las que alimentarse. Quizá se escondan en lugares húmedos, bajo las camas, detrás de las neveras. Es posible que todavía aguarden el momento idóneo para manifestarse de nuevo. Y en realidad no me importa, tampoco iré solo.


Durante estos años he aprendido a convivir con ellas. Las he criado y alimentado. Siento que me escuchan, que me entienden y parece que, a veces,  obedecen mis pensamientos. Tengo la bañera llena de ellas, de  tamaños diversos y formas dispares. Dispondré de un par de miles y son obedientes. No salen de allí si yo no se lo indico. A veces dejo que deambulen por el piso y hasta permito que varias de  ellas vaguen por el portal para colarse en la casa de alguno de mis vecinos, para que  puedan hacer sus nidos,  procrear y expandirse.  Sé que no actuarán si no se lo ordeno, esta vez nada escapará a mi control  porque, por una vez en la vida, soy yo quien ostenta el poder.



ELLA NO

Vaya decepción, de todos los posibles asesinos le tuvo que tocar a la rubia. ¡Maldita sea!

Te invitan a pasar el fin de semana a un campamento y cuando llegas a él, ves las viejas casetas junto a un bosque tenebroso y un embarcadero solitario donde un pequeño lago, oscuro y siniestro, se muestra silencioso e inquietante a medida que cae la noche. Si a esto le añades un grupo de adolescentes, lo tienes todo hecho: Un asesino acabará con todos y cada uno de nosotros de la forma más abominable. 

Entre risas lo comentas pero cuando estamos todos dormidos, cada ruido procedente del bosque, probablemente creado por algún animal, nos  hace estremecer. Y luego están los gritos de las chicas y después el primer cuerpo ensangrentado colgado de un árbol, con los ojos arrancados y abierto en canal. Vomitas, porque nadie tiene estómago para soportar semejante horror y te encierras con los demás en la caseta más grande, esa misma donde la noche anterior has bebido alcohol, has fumado porros y has paseado coca por tu nariz. Pero ya no es tiempo de bromas ni diversión. Uno de nosotros ha muerto y eso no está bien. 

Al principio todos pensamos que algún loco enmascarado, tipo Jason, está haciendo de las suyas y yo, como soy el chico guapo del grupo, el más musculoso y el más inteligente, supongo que seré el último en caer, es más, en las películas son personas como yo las que  se libran de todo esto, salvan a la chica y se zumban  al malo. Y aquí  la chica, la más buenorra del equipo, la rubia, es  la que al final acaba con todos nosotros.

No mola estar en esta situación, se pasa muy mal,  porque a pesar de que después de descubrir el primer cuerpo (un empollón de gafas y encima gordito)  piensas que no tenemos que separarnos de ninguna manera,  hay alguno que tiene ganas de mear y vaya por Dios, el excusado siempre está fuera así que uno de nosotros abre la puerta y se adentra en la oscuridad, con sus dos santos cojones. Y ese tío  no regresa, se lo habrán cargado con los pantalones bajados sin haber tenido tiempo de gritar para alertarnos. No lo volveremos a ver, quizá nos encontraremos con su cadáver mutilado y completamente desnudo más adelante, por lo que tocará vomitar otra vez. La rubia sale a buscarlo, ella, que con lo buena que está debía ser la primera víctima, la chica libertina que se lía con uno de nosotros y que cae en las garras del asesino en el desarrollo de una escena picante. Pero aquí no, porque ella es la mala.

Ruidos extraños, golpes en la puerta, viento y tormenta. Todos nerviosos miramos por la ventana y vemos sombras errantes convertidas en monstruos que se mueven de forma diabólica. Son arboles empujados por el viento pero ya no pensamos con claridad y entonces alguien pregunta dónde estaba cada uno de nosotros cuando la gente ha ido cayendo como moscas, porque a estas alturas el grupo de nueve adolescentes ha quedado reducido a cinco y la rubia,  que no ha regresado y que se está poniendo fina, acabando con unos y con otros pero claro, eso no lo sabemos todavía. 

Pues sí. La sospecha crece y desconfiamos de nosotros mismos,  hasta el punto de que hacemos grupos reducidos de dos personas pero como somos cinco (la rubia sigue ahí fuera) pues yo me quedo solo porque por algún motivo que desconozco no se fían de mí. Y es normal porque yo les he invitado a este campamento, soy hijo del dueño y me conozco todo de arriba abajo, por lo que piensan que algo tengo que ocultar, lo cual es cierto. 

En algún momento descubrirán un sótano bajo nosotros y bajarán aterrados a él pese a mis consejos. No deben ver lo que hay ahí abajo pero no me hacen caso, es más, me atan con una cuerda que han encontrado en un armario y me dan un puñetazo en la cara, algo totalmente innecesario. Les digo que soy inocente pero no me escuchan, bajan al sótano y descubren las viejas manchas de sangre, las fotos de miles de rubias colgadas en un altar iluminado por decenas de velas, los grilletes de las paredes y el arcón frigorífico del fondo. Y lo abrirán porque tienen miedo y eso los anima a permanecer allí, para saciar su curiosidad. Todo el mundo espera encontrar un cuerpo con los ojos bien abiertos pero solo hay carne congelada, aunque no precisamente de animal…

Cuando suban yo ya no estaré aquí porque no me han atado bien,  saldré fuera para huir de estos idiotas. Desapareceré durante bastante tiempo, ellos seguirán pensando que yo soy el malo y en algún momento aparecerá la rubia con sus largas piernas arañadas y su chaqueta vaquera entreabierta. Su rostro, bello como el de un ángel, estará desencajado y parecerá tener miedo. La muy cabrona está fingiendo,  les dirá que han intentado matarla y se ganará la confianza del grupo. Como actriz la chica no tiene precio.  Ahora la  mala de la historia está con los pobres desgraciados que asegurarán puertas y ventanas para evitar que yo entré allí y acabe con ellos. ¡Son tontos!

Cuando todos duermen, porque incluso en estos momentos el sueño les vence, la rubia decapitará a uno de ellos y así quedarán menos. Una chica encontrará el cuerpo en la cama del desdichado, a la sazón el novio de turno, y gritará y gritará y gritará. Todos despertarán y yo, picado por la curiosidad, me asomaré por la ventana. Entonces me verán y gritarán todos a la vez, la rubia también,  que tiene que disimular. Relacionarán mi presencia aquí fuera con la muerte ocurrida ahí dentro. Nadie razona, nadie deduce que yo no he podido ser porque las ventanas y las puertas siguen cerradas, lo que significa que uno de ellos es el responsable de todas y cada una de las muertes. Tienen fijación conmigo y uno de los chicos, con un orgasmo de adrenalina sin precedentes, sale al exterior a partirme la cara. Y yo corro, que tonto no soy, y me interno en el bosque. Entonces en el interior ocurren más muertes porque la rubia está que se sale.

Mata a todos con el rostro crispado por la rabia. La sangre resbala por sus mejillas y aún así es hermosa como la más impenetrable oscuridad. La rubia golpea una y otra vez los cuerpos ya muertos y sus piernas tiemblan de excitación. Después coge un hacha, son esas cosas que aparecen de repente en cualquier lado, como por arte de magia, y sale a la noche. 

Deambula junto al bosque buscando a sus presas y después camina al lado del lago. Hace un frío que pela pero ella está excitada y sus pechos suben y bajan  mientras con las manos sujeta el hacha, por cierto, bien afilada.

El tipo duro me encuentra y me parte la cara. Un puñetazo, ¡dos!, ¡tres!, me rompe la nariz, me saca los dientes y golpea más y más. Por el rabillo del ojo, inyectado en sangre, veo que la chica  avanza hacia nosotros. Podía haber avisado al espabilado que me está dejando como un cromo pero me quedo encandilado con la presencia de la rubia.

Se detiene mientras el tonto este no deja de golpearme. Jadea como un animal pero golpea como un boxeador profesional. Veo que la rubia me sonríe y yo le guiño un ojo, o lo intento, porque no sé si no los puedo abrir a causa del dolor o no los puedo cerrar a consecuencia de las heridas, en cualquier caso miro (o no) a la muchacha y cuando levanta el hacha por encima de su cabeza, antes de descargar el golpe mortal, la chaqueta vaquera se abre hacia los lados y sus grandes pechos quedan expuestos al aire. Estiro el brazo para agarrarlos pero estoy demasiado lejos y, la verdad, no sé en qué estoy pensando.

El hacha cae  con fuerza sobre el tipo que está encima de mí y la hoja se le clava en la espalda. Se queda un momento inmóvil y abre los ojos como preguntando qué cojones está pasando. No se lo digo, es más, intento alejarme a rastras cuando veo que el hacha sube de nuevo y cae otra vez con rabia sobre su nuca.

Algo ha sonado, se le han roto todos los huesos y el chico queda en una postura espantosa e imposible junto a mis pies. La rubia respira agitada y yo la observo, de arriba abajo, de abajo arriba. Es preciosa incluso así, manchada de sangre, con cara de loca y ese olor a muerte que la rodea. Me gusta, desde el primer momento que la vi.


Por ella mataría pero al ver que se aproxima y eleva el hacha por encima de sus hombros,  sé que lo único que haré por ella será morir.




VOCES QUE EMPUJAN



Fue sencillo acceder a su mundo. Me lo puso bastante fácil. El incauto trepó por la verja del cementerio y en un salto se encontró entre las tumbas, mientras la fina lluvia escapaba de un cielo cubierto por un manto oscuro de nubes grises. Estaba asustado y sin embargo el muchacho, de apenas  quince años, se encontraba decidido a realizar el experimento.

Bajo el brazo llevaba una bolsa en cuyo interior ocultaba un Tablero de Ouija, en una bolsa guardaba un grabador, un paquete de cigarrillos, una libreta y una pequeña linterna. Quería grabar las voces de los muertos, contactar con los espíritus y acceder al Más Allá. Ignora el muchacho que los muertos dejan de hablar en el mismo momento en el que pierden la vida. No sabe que los espíritus no existen, que el peso de la nada emerge como un monstruo para llevarse los recuerdos de los vivos y reducirlos a sombras errantes que se evaporan  como el agua de un radiador. Ahora bien, se le va a permitir que contacte con el Más Allá porque aquí nos encontramos nosotros y estamos ansiosos por atraparlo.

Busca un lugar que le agrada, entre dos tumbas, bajo un pequeño tejadillo, frente a los nichos. Abre la bolsa y deja la Ouija en el suelo. Tiene un vaso que coloca en el centro del tablero. Saca el grabador. Comprueba la cinta, las pilas y se presenta.

Se llama José e invita a los muertos a dejar su voz grabada. No lo harán, porque los muertos no tienen ningún poder,  ya no existen. Ha pulsado el botón rojo. La cinta comienza la grabación. Sólo se registrarán ruidos que alguien algún día escuchará. Cualquier sonido, el ladrido de un perro, el llanto lejano de un bebé, la bocina de un coche, un trueno o la propia respiración del muchacho será interpretado como la voz gutural de los muertos. Se equivocan Los muertos ya no pueden hablar.

Coloca el dedo en el vaso. Hace preguntas absurdas, quiere que los espíritus de personajes famosos respondan a sus interrogantes. No hay famosos al  otro lado, ni familiares ni amigos salvo un inquietante silencio. El vaso no se mueve. Aquí sólo estamos nosotros.

Se produce un ruido en la oscuridad, más allá de las viejas tumbas. El muchacho siente un escalofrío y se levanta asustado. Escruta las sombras y apenas divisa una masa oscura que se arrastra por el suelo, con lentitud. Después, aterrorizado, ve dos puntos brillantes que lo observan tras las lápidas. Es un viejo gato negro pero él lo interpreta como una presencia fantasmal provocada por sus burdos experimentos. ¡Ha logrado comunicarse con el Más Allá!

Es en ese preciso momento,  su mente está alterada y receptiva, cuando nosotros tenemos acceso y entramos. Somos varios y no tenemos piedad.

Penetramos en su interior, como una bocanada de aire y bajamos por su garganta hasta expandirnos por las entrañas del incauto.

El joven sufre una arcada y vomita pero nosotros seguimos dentro, ya no saldremos.

Se encuentra mal, siente mareos y vomita de nuevo. Su estómago le arde, le duelen los brazos, sus piernas tiemblan y apenas se sostiene en pie. Quiere marcharse de allí. Deja el grabador y la Ouija y huye despavorido del cementerio. Se aleja por el camino sin mirar atrás. Nosotros lo acompañamos.

Le lloran los ojos, se inclina en el suelo, la sangre le sale por la boca tras cada arcada. Teme no llegar hasta su casa, donde creerá estar a salvo. Ya nadie puede hacer nada por él, se encuentra bajo nuestro control y no cederemos.

El chico clava sus rodillas en el suelo y grita pidiendo auxilio. Su voz apenas es audible y en su lugar emerge un sonido atroz que es  nuestro aliento.

El chico nada es. Nos ha invitado a entrar y estamos en su interior. No sobrevivirá.

Varias personas se asoman a las ventanas y ven al joven retorciéndose en la calle y ahogándose en sus propios vómitos. Sus rostros pegados al cristal de los ventanales se muestran secos y temerosos. Ellos saben lo que está pasando. Conocen de nuestra existencia. Nada harán salvo bajar las persianas y refugiarse en la tranquilidad de sus hogares. Nos tienen miedo.

Una vez más, habitamos un cuerpo hasta consumirlo. Cuando su vida se extinga nosotros regresaremos a la oscuridad, donde aguardaremos el momento oportuno en el que un nuevo incauto decida jugar con lo prohibido.
 

LA CASA DEL DIABLO

Son las ocho de la tarde, se escucha  bullicio en las calles. Al asomarme por la ventana descubro que hay mucha gente que camina de un lado para otro, la mayoría de ellos son  niños con bolsas llenas de chucherías, disfrazados de monstruos. Saltan alegres  y llaman a las casas de los desconocidos para recibir algún presente. Son felices bajo los horrendos disfraces de seres grotescos. Máscaras terroríficas de vampiros, brujas, duendes traviesos, muertos vivientes, fantasmas, payasos diabólicos e incluso superhéroes ocultan los rostros alegres de un puñado de niños que por una noche han perdido el miedo a la oscuridad y a los seres que habitan en ella. Buscan caramelos, pasteles, juguetes y bromas, mientras sus padres toman una cerveza en un bar cercano o conversan con otros padres con la cabeza ladeada para vigilarlos. Es una noche en la que la inocencia vence al temor y donde los protagonistas únicamente son los niños.

Yo aguardo con paciencia sentado en el salón de mi hogar, junto al fuego de la chimenea. He comprado muchas bolsas de golosinas y varias docenas de pasteles. En cualquier momento los niños se acercarán hasta mi puerta y llamarán, aunque sólo se aproximarán  los más valientes porque  yo  vivo en una casa bastante siniestra y separada del resto de edificios por un amplio y oscuro jardín donde infinidad de árboles apenas permite definir la silueta de mi siniestro hogar, aunque el resplandor de las luces encendidas indicarán que me encuentro aquí dentro. Durante el día, esta casa da miedo a los niños así que por las noches,  y en una tan especial como la de hoy, sólo los más intrépidos empujarán la verja para colarse en el interior del jardín y llegar hasta el umbral. Algunos vendrán y yo los espero.

Ocurre en el momento en el que suena el timbre de la puerta y oigo las risas nerviosas de un grupo  de niños. Las luces del salón parpadean y un rugido suena por encima de mi cabeza. En el exterior oigo lejanas voces que exclaman y con el corazón a golpes dentro de mi pecho me apresuro a abrir la puerta.

Ante mí media docena de niños tienen la cabeza levantada y miran hacia el cielo, con los ojos muy abiertos y la boca formando una inmensa O.

La noche se ha hecho de día. Un fuerte resplandor cubre el cielo y la luminosidad que emana de un enorme objeto que flota en el aire barre cualquier resquicio de oscuridad. Ya no hay sombras tras las que ocultarse. Veo impresionado aquel artefacto que parece pender de un hilo sobre toda la población y observo a todos los transeúntes con las cabezas giradas hacia arriba, observando ese prodigio. ¡Incluso los coches se han detenido en la carretera y sus ocupantes han salido al exterior para no perder detalle del objeto!

Suena un extraño silbido que procede de ese artefacto cuyo brillo poco a poco cobra una intensidad que hace daño a los ojos. Es cuando grito a los niños para que corran hacia el interior de mi casa. Les cuesta bajar la cabeza. Sus miradas sujetan el objeto que brilla en el cielo y permanecen como hipnotizados pero ha sido mi voz gutural lo que les ha sacado de su ensimismamiento. Me observan y abren los ojos como platos. Es posible que sea la primera vez que se dan cuenta de mi aspecto.

Me rasco las orejas puntiagudas y trato de espantar las moscas con el rabo. Vuelvo a rugir y les indico la puerta de mi casa, que permanece abierta. Desde aquí fuera puede apreciarse el resplandor del fuego de la chimenea y hasta nosotros llega la melodía escalofriante de una buena banda de heavy metal. Los niños dudan. Me observan y siento que se estremecen, después vuelven a dirigir sus cabezas hacia el artefacto que preside el cielo y corren asustados hacia las entrañas de mi hogar. Cuando el último de ellos, una niña de apenas cinco años de edad, cruza el umbral, la puerta se cierra de un portazo y los niños quedan atrapados en mi infierno particular.

El objeto del cielo se torna de un color rojo intenso y los cristales de las casas colindantes estallan en mil pedazos, excepto los ventanales de mi hogar, a través de los cuales se asoman las diminutas cabezas del grupo de niños que se encuentra dentro. Sus rostros tiemblan asustados, la niña llora y todos ellos observan el horror que se desencadena en la calle.

Los automóviles explotan, saltan por los aires envueltos en llamaradas y la gente que hay en su interior, también los que están alrededor, quedan completamente carbonizados. Se oyen gritos en todas direcciones, hay personas que corren despavoridas, algunas de ellas envueltas en llamas y caen al suelo, consumidos por la tragedia. 

El suelo vibra bajo mis pies y el sonido que emana del artefacto suspendido en el cielo ha sido eclipsado por los alaridos de estos humanos que encuentran su final  en la noche en la que tributan a la propia muerte y a  sus monstruos.

Las casas arden, el cielo se vuelve gris plomizo y los cuerpos caen en las calles. Convulsionan y después permanecen inmóviles, muertos. Mis ojos, grandes y oscuros, muestran perplejidad pero presto atención al objeto suspendido en el cielo que poco a poco reduce su tamaño hasta adoptar el tamaño de una pelota de pin pon. Después, acompañado de un fuerte zumbido, simplemente deja de estar ahí y el silencio más atroz llega desde las alturas. 

Observo anonadado la destrucción ocasionada en las calles, las casas quemadas que desprenden llamas infernales, como brazos errantes que tratan de alcanzar las estrellas. Veo la cantidad de cadáveres desparramados en el suelo y escucho el llanto de las madres al encontrar los cuerpos carbonizados de sus hijos. ¡Cuánto dolor!

Giro mi cuerpo con violencia para dirigirme hacia mi hogar. Lo hago con tanta fuerza que las moscas posadas en mi cuerpo se alzan asustadas, pero pronto regresan a la carne muerta, junto a las larvas  y los gusanos. Mientras camino, veo los rostros asustados de los niños que miran desde la ventana de mi casa. Lloran, todos ellos lloran temerosos de lo que ha ocurrido aquí fuera y aterrorizados por mi presencia. Me acerco. Puedo oler su miedo.

Avanzo hacia la entrada y pocos metros antes de llegar  la puerta  se abre suavemente y me detengo en el umbral. Echo la vista atrás para contemplar el horror que ha llegado del espacio y después entro en mi hogar. La puerta se cierra con un golpe violento y escucho los lloriqueos de los niños que aguardan temblorosos en el salón, junto al fuego de la chimenea.

Es la hora de cenar y estoy hambriento.





¡MONSTRUOS!


La Policía no tardará en acudir al lugar de los hechos. Los vecinos han dado la voz de alarma. Se asomaron cuando golpeé con el hacha la puerta y entendí que si quería acabar con los monstruos debía darme prisa. No disponía de mucho tiempo.

La puerta quedó hecha añicos en cuestión de segundos, después entré en el piso.

Solté el hacha y aferré con fuerza la pistola. Estaba decidido a llevar a cabo lo que tenía pensado y no dudé cuando escuché un gemido en una de las habitaciones. Abrí la puerta de una patada y allí estaba uno de los monstruos, la mujer.

Iba vestida con unos pantalones vaqueros y un jersey rojo, tenía el rostro desencajado y las lágrimas bajaban en cascada por su rostro. Gemía y suplicaba, temblaba. Me acerqué y sin demorar más la espera apoyé el cañón en su cabeza y apreté el gatillo.

El disparo reventó su cabeza y provocó gritos de desconcierto entre los vecinos. Debía darme prisa, ya se escuchaban en el exterior  las sirenas de la Policía.

Dejé el cuerpo de la mujer allí tirado, en una pose grotesca y completamente irreconocible. Busqué al hombre, que sabía que estaba en algún punto de la casa, escondido como un cobarde. Podía escuchar sus gemidos.

Abrí una puerta. Un dormitorio vacío. Aún así miré debajo de la cama y en el interior de los armarios, lugares donde se esconden los monstruos.

Salí de allí con el temor de que no me diera tiempo de terminar la misión. Ya escuchaba alboroto en el portal y las sirenas de la Policía se encontraban demasiado cerca. Apenas tenía unos minutos, tal vez segundos.

De una patada abrí otra puerta y allí estaba el animal, en mitad del cuarto de baño. Temblaba como un pobre desgraciado. Al verme balbuceó algunas palabras y levantó las manos, en señal de rendición.

Escuché pasos por las escaleras, voces de alarma y gritos autoritarios. ¡Ya estaban aquí!

Miré al hombre y su rostro se encontraba enrojecido. Vi en los ojos su miedo y me sentí orgulloso de mí mismo. Después apreté el gatillo varias veces.

Irrumpieron en la casa

Yo miré la puerta de acero que había al fondo del pasillo y me dirigí allí. Voces agresivas sonaron a mi espalda. No me detuve, tampoco me giré. Quería llegar al final de mi destino. Y entonces escuché el sonido, como el rugido de un demonio. Después, como una picadura en mitad de la espalda, sentí el impacto. La bala atravesó  la piel y se introdujo en mitad de la espina dorsal. El dolor fue tan grande que se me doblaron las rodillas y las lágrimas brotaron por mis ojos.

Otro disparo sonó y sentí el mordisco del acero al atravesar mi cabeza. Me sumergí en la oscuridad y mi última mirada se dirigió hacia  esa puerta de acero que se encontraba cerrada frente a mí.  He fracasado en mi tentativa aunque me llevo el mérito de haber acabado con  los monstruos.  Sin embargo…,  nadie comprenderá nada.

 

Los vecinos que se agolpaban en la puerta fueron retirados mediante empujones por varios agentes uniformados. La Policía encontró los cuerpos de la pareja que vivía en aquél piso. El autor de los hechos, que yacía en mitad del pasillo aún con el arma en la mano, será considerado un loco. Los vecinos hablarán de  él, dirán que era un hombre extraño y reservado pero que nunca había dado problemas. Manifestarán su horror ante la tragedia y los medios de comunicación, en un alarde de morboso espectáculo, destacarán sus oscuras aficiones con la idea de definir su personalidad y encontrar el motivo que lo impulsó a cometer los crímenes.

De la pareja asesinada sólo se dirá que eran personas muy amables y simpáticas, que eran buenos vecinos, un matrimonio ejemplar que pagaba las cuotas de la comunidad religiosamente.

Ninguno de esos vecinos hablará de los ruidos extraños que sonaban cada noche en el hogar del matrimonio asesinado ni de los gritos de dolor que brotaban de su interior.  No contarán las veces que vieron entrar mujeres a ese domicilio, mujeres que nunca nadie vio salir ni explicarán las excursiones nocturnas del matrimonio, portando grandes y pesadas bolsas de basura que introducían en el maletero de su coche.  Nadie destacará el nauseabundo olor que a menudo emanaba del interior de la casa. Todos guardarán silencio porque aún viven asustados.

Por extraño que parezca, y a pesar de suponer  un horror inquietante, la Policía nunca dirá qué había al otro lado de la puerta de acero ni la dantesca escena que los agentes encontraron en el interior de aquella horrenda habitación  y que quizá podría explicar la razón por la que un valiente quiso acabar con los monstruos.

Todo quedará sepultado en el más escandaloso de los silencios e incluso,  con el tiempo, quedará relegada al olvido la lluviosa mañana de Abril en la que, aparentemente, un hombre perdió la cabeza y decidió acabar con la vida de un matrimonio ejemplar.