LA PAJITA MAS CORTA

Intentó librarse de la horda de muertos vivientes que se había levantado de sus tumbas. No lo logró. La atraparon dentro del coche que había  utilizado para huir y sus gritos sonaron con absoluta desesperación. Decenas de ojos contemplaron la escena desde sus escondites. Un buen número de personas se horrorizó al ver cómo los cadáveres trataban de entrar en el coche. Rompieron los cristales. Sus brazos muertos atravesaron las ventanillas y sus manos cadavéricas la cogieron. Y tiraron de ella.

Su garganta profirió terribles alaridos y su cuerpo se agitó como el de una posesa tratando de zafarse del asedio al que se vio sometida. Los muertos dominaban la ciudad. Era el comienzo del Fin de los Días. 

Los cadáveres habían sembrado el caos y el olor a muerte en avanzado estado de descomposición abusó de la atmósfera de tal manera que la convirtió en algo  irrespirable.

La mujer era muy hermosa. Pelo largo. Largas piernas y buenas tetas. Unos ojos azules como el cielo, una boca sensual y un culito redondo y prieto. Por esa mujer muchos hombres serían  infieles a sus esposas, incluso matarían por una noche de loca pasión entre sus brazos. Sin embargo, hoy, ahora, ninguno de los que observaban la lucha que mantenía con los zombies movió un solo dedo para ayudarla. La mayoría ni tan siquiera parpadeó. Muchos dejaron de mirar para no sentirse culpables. 

La mujer sintió el primer mordisco y vio la cara de un muerto que se retiraba con un trozo de carne en la boca. Después llegaron los siguientes mordiscos y con ellos los gritos que profería su garganta. Gritos de auxilio. Gritos que suplicaban ayuda. Gritos baldíos. Hasta que su garganta se rompió y de improviso enmudeció.

Los muertos entraron en el coche. Arrancaron las puertas, que sonaron como el lamento de monstruos infernales. Los zombies aullaron excitados al ver que la principal frontera que impedía morder y masticar a la tía buena del interior del hierro con ruedas quedaba atrás. 

Estaba indefensa, pese al hacha que llevaba en la mano y que agitaba cada vez con menos fuerza. No era peligrosa, pese a las patadas que propinaba con la punta de acero de sus botas de cuero. Era sólo una tía y ellos muchos muertos, vivos por el hambre que sentían.

La observaron. La miraban con ojos inertes y cristalinos y babeaban porque parecía muy sabrosa y se la querían comer de la cabeza a los pies.  Uno de los muertos alargó las manos y la manoseó. Pechos duros y turgentes. Y esos pezones que se marcaban en la camiseta blanca con atractivas manchas de sangre parecían pequeñas cerezas a las que hincarles el diente.

Le quitaron las botas. Los calcetines y los vaqueros. La dejaron con sus braguitas. Casi desnuda, aún trataba de zafarse del ataque mortal de los muertos y cuando ya no pudo más y se rindió, notó que unas manos putrefactas le desgarraban la camiseta  y sus pechos, ahora libres, saltaron alegres para enfrentarse a la pandilla de repugnantes muertos vivientes que abrieron sus bocas y movieron sus lenguas para degustarla.  Se la comieron mientras luchaba, como una heroína de película.

No dejaron nada. Hubo quien se llevó sus costillas, otros el brazo o las piernas. Entraron en su cuerpo a través de las heridas que había sufrido y le desgarraron el interior. Hígado, corazón y pulmones quedaron en las manos de los cadáveres, como trofeos efímeros que más temprano que tarde acabarían  bajando por sus gargantas muertas. Los intestinos, como cuerpos atrofiados de venenosas serpientes, eran arrastrados por un grupo de zombies que se alejaban con paso torpe, buscando una esquina poco frecuentada para disfrutar de tan exquisito manjar.

Separaron su cabeza del cuerpo. Se bebieron sus ojos. Le arrancaron la lengua y  aplastaron su nariz. Se llevaron las orejas. Dejaron su largo pelo en el suelo, como un felpudo  cubierto por la sangre y la masa gris de un cerebro que ya estaba siendo masticado por los más espabilados del grupo de muertos vivientes.

La tía estaba muy buena. De eso podían dar fe los que se la estaban comiendo…

…y el grupo de hombres que habían estado con ella en el sótano del que se había marchado.

Ahora, los cinco hombretones  lamentaban la decisión que habían tomado. Era evidente que se habían equivocado. La hazaña era una completa locura, algo imposible de realizar. Escapar en el coche que había aparcado en la calle de enfrente y deambular por las calles de la ciudad, sorteando el inconmensurable ejército de muertos para llegar a la gasolinera y coger unas botellas de agua, cigarrillos, patatitas fritas, algunas chocolatinas, leche y todo lo que pudiera servir para pasar el cautiverio lo mejor posible, de ahí que también pusieran en la lista una caja de preservativos.

 Quién debía realizar la proeza, quién sería el héroe, era algo que decidiría la suerte. Ninguno de los presentes era lo bastante valiente como para levantar la mano y ofrecerse voluntario. Cuando la pajita más corta le tocó a ella, ninguno de los presentes se reconoció lo bastante hombre como para ponerse en su lugar. Y la tía buena que  los volvía a todos locos, que los tenía empalmados a todas horas…

…se marchó.

Se quedaron allí solos y cuando escucharon los gritos de la muchacha y el sonido de los muertos al irrumpir violentamente en el coche permanecieron quietos, lamentando la muerte de la chica pero no porque les importara en realidad sino porque hubieran preferido que otro habría ido en su lugar y seguir teniéndola allí cerca, para mirarla, jugando con la posibilidad de consolarla en las noches frías de un Apocalipsis de ultratumba.

Pero se marchó ella. La de las tetas grandes. La de la  mirada dulce y boca sensual. Esa que los habría hecho gozar uno  a uno…
…pero a ella le tocó la pajita más corta, la obligación de salir al exterior en busca de víveres. Y se quedaron todos los machos alfa ocultos en su escondrijo, como cobardes babosas.

Claro que ella tuvo problemas. El horror había llegado a la ciudad. Los zombies rodeaban las calles y no pudo seguir mucho tiempo en el coche. 

La detuvieron. 

La cercaron.

Entraron.

Y ella se defendió como una amazona. Y  logró salir airosa, con varios rasguños, con algunos mordiscos, pero salió. En mitad de la calle, con un hacha de mano como arma, gritó como una endemoniada con la seguridad de  que los capullos que había dejado atrás la estaban escuchando Se imaginarían que perecería bajo las mandíbulas podridas de los jodidos muertos y no contaba con que uno solo de ellos acudiera en su ayuda. No necesitaba a aquellos hombres. Se podía valer por sí misma. Y así lo demostró.

Ellos, y los idiotas que miraban desde sus casas encerrados como orugas, creerían que se la comerían, que le destrozarían el cuerpo y fantasearían con sus curvas mientras cerraban los ojos y se tocaban la polla. 

Sobrevivió. A duras penas, la verdad sea dicha.

Dejó un buen número de cadáveres esparcidos por el suelo. No se movía ni uno. Miembros amputados, cabezas que rodaban por el suelo, sangre por todas partes. Destrucción al más puro estilo Viernes 13


 Notó la mirada de un buen puñado de curiosos que se asomaban a las ventanas de sus casas, esa misma gente que no había movido un solo dedo por ayudarla y que ahora la llamaban para que formara parte de su grupo. Necesitaban a una chica cañón entre sus paredes, una chica espectacular que encima supiera luchar. Ni los miró. Caminó entre las calles, alejándose de una ciudad ya muerta donde sólo quedaban pusilánimes.  Los zombies se apartaban a su paso y el sonido de los tacones de sus botas al golpear el pavimento se parecía al  de una amplia carcajada que marcaba el compás al que se movían sus nalgas, unas nalgas cubiertas por unos  pantalones vaqueros ajustados y manchados de sangre.



EL FINAL DE UNA HISTORIA DE AMOR

Dos figuras sentadas en el banco del parque, contemplando las primeras luces del amanecer. Dos ancianos que observan en silencio hacia el horizonte, con las manos entrelazadas. Llevan horas allí, en el más absoluto silencio. Han decidido que  sea la última noche y quieren, como  deseo final, como consuelo anhelado, que los rayos del sol acaricien sus viejos rostros por primera y  última vez.

Ya no tienen recuerdos. La enfermedad corre por sus venas como un diablo que consume sus almas poco a poco, debilitando la fortaleza de la que antes hacían gala. Débiles y derrotados por el tiempo ha llegado el momento de su extinción.

No quieren vagar en la oscuridad. No desean derramar más sangre. Todo aquel horror forma parte de un  pasado que ya quieren olvidar.  Y ahora, por decisión propia, esperan que el hermoso sol los abrace con la suavidad de una caricia.

Sus arrugados cuerpos, antes fuertes y vigorosos, sentirán el impacto del amanecer y su piel arderá provocándoles dolor y sacudidas como nunca han podido imaginar. Se han prometido no gritar.  Están decididos a permanecer inmóviles, esperando consumirse sobre el banco de madera. Hay una cosa que juraron mantener: Acordaron no soltarse de las manos. Que el final fuera para ambos, como expresión de una vida legendaria latente entre las sombras, como si por una última vez hicieran el amor.

Arderán. Lo saben. El dolor será tan insoportable que sentirán dudas. Ya están hartos de esconderse, de continuar matando. La enfermedad ha crecido tanto en su interior que sienten una pesada losa  aplastando el resquicio de lucha que pudiera quedar en sus conciencias. Ya no hay nada que hacer. Mejor ahora, desaparecer juntos que perderse uno al otro a través del tiempo y sumergirse en la más honda soledad.

Sus ropas se prenderán de llamas y sus cuerpos se agrietarán hasta consumirse por completo mientras sus cabezas se convierten en bolas de fuego de las que emanará el humo negro de su existencia. Poco a poco se consumirán y sobre el banco quedarán dos montones de cenizas unidos por un pequeño reguero que antes fueron sus manos entrelazadas.

Nadie comprenderá todo lo que han sufrido.  Nadie sabrá lo felices que se han ido. Juntos, como siempre estuvieron. Unidos, como estaba escrito desde los albores de los tiempos.

Viajarán hacia la nada. Sus vidas quedarán almacenadas en el parque, para deslizarse lentamente entre las rendijas del banco en el que han decidido acabar con su sufrimiento. Hasta que un soplo de aire levante sus cenizas y los haga volar de un lado a otro, entregando su ser a la esencia de una Naturaleza que los vio nacer como monstruos. Sus restos quedarán desperdigados alrededor de un mundo cruel que los mantuvo como esclavos de la noche desde el mismo día que cobraron vida.

Hoy se entregan  a la muerte, que los barrerá  con desprecio.

Tras muchos siglos de angustia y pavor, de horrores indescriptibles y actos malvados, han decidido acometer una de las proezas mas valientes que especimenes de su raza se hayan planteado jamás. Su sacrificio ha sido voluntario. No se  les ha obligado. 

Nadie sabrá que en el instante final, cuando el sol surja como un ogro tras la montaña, ellos se agarrarán las manos con fuerza y pasión, para sentirse el uno al otro. Convertidos en un solo ser llorarán  y sus lágrimas, por  primera vez en su larga y terrible existencia, serán  reales. Desaparecerán inmersos en la felicidad, sintiendo que mientras uno se va  el otro le acompaña.

Sus vidas se extinguirán al compás que marca la tragedia y lo que sentirán dentro de sí mismos, más allá de sus cuerpos, los hará  parecer, por primera y única vez, seres humanos.  Y esa sensación, que les obsequiará con el beneplácito de notarse vivos,  ni siquiera la muerte la podrá hacer desaparecer.

Aquellas dos figuras que permanecen sentadas  en el banco se sienten un solo ser. En apenas unos minutos no serán  más que recuerdos que se evaporarán con el transcurrir del tiempo y que nadie echará de menos.

Fueron felices y lo son sobre todo en el instante final, en el momento en que ambos han decidido   viajar juntos hacia la profundidad de la nada.


Es el final de una  historia de amor, nada  más.





EL JUEGO DEL DIA Y LA NOCHE

Ocurría siempre que llegaba la noche. 

Cuando el sol se ocultaba tras las montañas, los gritos en la habitación del niño sonaban con tanta agresividad que ninguno de los presentes tenía el valor suficiente para levantarse y acudir en su ayuda.  Permanecían sentados en el salón, con los rostros atrapados por el miedo, con las manos cubriéndose los oídos para evitar escuchar el espanto que salía de la garganta del pequeño: Alaridos horribles, llantos infernales, desgarros causados por una voz ronca que insultaba y maldecía. Y aquella tortura se mantenía hasta que el sol asomaba por el horizonte, con las primeras horas de la mañana. Pero mientras tanto, el infierno se desataba en la planta de arriba. Cada noche.

El sacerdote no llegó a entrar en la habitación. Al tocar con la mano el pomo de la puerta y notarla tan fría como el hielo, decidió bajar y reunirse con la familia. Temblaba de miedo, su voz quebrada apenas fue audible. Nadie entendió las palabras que pronunció. Después se marchó, envuelto en su sotana y agarrando el maletín donde llevaba  “las armas del Bien” como él mismo las había definido. Se alejó de la casa con prisa mientras en la habitación del pequeño brotaba una carcajada siniestra, seguida de nuevos insultos y vejaciones, esta vez dirigidos al ministro de Dios.

Se miraron aterrados. Una noche más se sintieron indefensos.

El Mal se había adueñado del pequeño. Entró en su cuerpo y violó su alma. El tormento del infierno se desató en su interior. Las convulsiones de su cuerpo. Las marcas horribles en las palmas de las manos y pies. La sangre que resbalaba por sus mejillas y aquellos ojos diabólicos. El rostro desfigurado del niño. Su voz ronca que recitaba letanías macabras en idiomas extraños. Los trozos de cuerda que salían del interior de su estómago, como cadáveres rotos de serpientes. El aullido de los lobos en el exterior. Los cánticos satánicos de demonios invisibles. El intenso frío que emanaba de la habitación y su olor putrefacto. Los vómitos del muchacho. Sus gritos de dolor. Y nadie, absolutamente nadie, podía hacer nada por aliviar tamaña tortura…

…hasta que las sombras se esfumaban con el frescor de la mañana y entonces, sólo entonces, llegaba la calma.

El niño exhausto en su cama. Fatigado y enfermo. Con sus ojos sin el brillo de la vida. Su alma rota y abandonada. Reposa en silencio, sin conciencia.

Sus padres a los pies de la cama. Observan con lágrimas en los ojos. No se atreven a tocarlo ¿Y si el simple contacto les contagia el Mal? 

Sus hermanos mayores se sienten impotentes.  Su hermana pequeña observa sin comprender. La lenta respiración induce a pensar que en cualquier momento el niño morirá. Rezan para que por fin el Señor se lo lleve. Como expresión de su crueldad más infinita el crío seguirá  con vida. 

Y el tiempo no se detendrá. Caerá la noche. Y con ella las tinieblas.

Entonces el Mal volverá a rasgar su inocencia y penetrará violentamente en su interior. Regresarán los horrendos gritos de dolor. De nuevo las convulsiones y los insultos, las lamentaciones y las vejaciones más infames. 

Cerrarán la puerta para no verlo. Se cubrirán los oídos para no escucharlo. Pero el Mal azotará el alma del muchacho y hará de su cuerpo su posesión más preciada. Se burlará de él. Lo humillará. Le provocará lesiones. Se jactará de su poder. Y en su libre elección lo irá conduciendo un poco más hacia la profundidad del infierno...

…hasta que el día decida que ya es suficiente, que es necesario concederle una tregua, para que descanse, para que no muera. Y la oscuridad aceptará las reglas. Se alejará. Las sombras abandonarán la habitación. Las tinieblas se esfumarán en un abrir y cerrar de ojos, dejando pura su alma…

…hasta que vuelva la noche. 

Y con ella de nueva el horror de una maldad infinita que ahogará la conciencia de un alma pura sin apretar demasiado. Para no ahogarle. Para que no muera.




¡ROMPE EL SILENCIO!

Por unos momentos Mónica se imaginó que era otra mujer, con el mismo aspecto, la misma edad, pero con una identidad diferente y una situación distinta.

Hace mucho tiempo que le hubiera gustado ser cazadora de monstruos y tenía prácticamente todo para vencerlos. Llevaba una maleta en cuyo interior guardaba cabezas de ajo, una pistola con balas de plata, varias estacas, una vieja Biblia, un crucifijo bañado en oro y un martillo bendecido por el párroco local. 

Conocía a los monstruos. Tenía una habilidad innata para  identificarlos por muchos disfraces que pudieran ostentar y Mónica, en su imaginación, se veía luchando con todos ellos, a los que destruía uno a uno. En sus aventuras ficticias se encontraba a sí misma con el valor suficiente para adentrarse en las repugnantes guaridas de los monstruos, ese valor del que carecía en la vida real.

Daba igual la naturaleza de las criaturas que Mónica aniquilaba: vampiros sedientos de sangre; muertos vivientes que anhelaban cerebros humanos: diablos repugnantes en busca de almas tiernas e inocentes… daba igual el poder que ostentaran o los poderes que expresaran con sus malas artes, ella siempre estaba ahí, con su látigo y sus artilugios mágicos. Todos caían. Siempre vencía. 

Así era su vida en la ficción, cuando se tumbaba en la cama y cerraba los ojos para olvidar. Su imaginación recorría parajes oscuros, donde las sombras se convertían en el abrigo de los monstruos. Luchaba contra ellos. Vencía cada batalla. Los destruía…

…pero aquello no evitaba que el dolor de los golpes propinados en su vida real desapareciera. Los moratones en su cara, las heridas en la boca a causa de los puñetazos, su alma fragmentada en múltiples pedazos, todo aquello nunca se esfumaba. Y nada tenía visos de cambiar.

Lloraba. Cada día. Cada noche Cuando el monstruo real, el de carne y hueso, entraba por la puerta malhumorado y  borracho y se quitaba el cinturón. 

Para ese monstruo Mónica no tenía valor. No podía enfrentarse a él. ¿Dónde estaba la valiente heroína que se imaginaba ser en lo más profundo de su imaginación y que combatía a  perversas criaturas?  Ella no era así…

…se dejaba pegar puñetazos. Encajaba las patadas con apagados quejidos porque si gritaba él la golpeaba con más fuerza. Y no podía llorar porque el monstruo se enfadaba y la encerraba en el cuarto de baño…

…y en las noches, cuando el engendro respiraba en la cama y vomitaba su borrachera, ella se cobijaba en un rincón y se abrazaba a sí misma para llorar, con los labios partidos, el ojo hinchado y la nariz sangrante.

Todos sus sueños se habían desparramado por el suelo y sus esperanzas se arrastraban como serpientes entre la mierda y la basura que era su día a día.  Cada vez era peor y la Mónica de sus sueños, capaz de acabar con los monstruos, no existía más allá de la ficción. Esto era la vida real y en la vida real existen los monstruos y campean a sus anchas. Nada podía hacer.

Le faltaba valor.

Vivía bajo la tierra de la desgracia, dentro del tormento de un ataúd invisible, en el interior de una prisión donde  no era más que una esclava bajo el yugo de un cruel y despiadado dictador, aborrecible y repugnante, que no era más que su dueño.

Ella le pertenecía…

…hasta que una voz surgió en su interior, procedente de lo más hondo de su ser:

—¡NO!

Una sensación extraña la invadió y poco a poco se vio superada por las ganas de levantarse y abandonar aquél rincón.  En la habitación, el monstruo dormitaba, probablemente hundido en sus propios vómitos. Roncaba y el sonido que emitía su garganta resultaba  tan desagradable como los insultos que a diario le profesaba.

Mónica comenzó a caminar. Sus piernas temblaban pero pronto se tornaron seguras. Su corazón latía de manera vertiginosa hasta que las palpitaciones fueron cobrando la calma. Tenía miedo, miedo a que el monstruo despertara y la encontrara allí, que conociera sus planes y que la arrojara al infierno de nuevo. Y ese miedo, a pesar de que no desapareció del todo, se fue transformando en valor. Y por primera vez en toda su vida, Mónica se sintió como la Mónica que se imaginaba en sus sueños. Sonrió, como no lo había hecho durante los últimos años. Apretó los puños y se acercó al teléfono.

Ella no era de nadie.

Ella valía.

Ella no tenía por qué soportar aquella tortura.

Tenía derecho a vivir.

Podía vencer al monstruo.

Descolgó el teléfono y tomó aire.  Marcó el número 016. Todo cambiaría a partir de entonces.  El proceso iba a ser largo y angustioso. Era el primer paso para vencer al monstruo.

Con el tiempo ella se sentirá  libre… 

…y volverá a sonreír.


EL GRAN ANTHONY BLAKE

No sé qué habrá sido de mi buen amigo Anthony Blake. La verdad es que se comportó como un auténtico cabrón pero yo en su lugar, de tener su mismo talento,  quizá hubiera actuado de  manera similar.

 No sé si  seguirá vivo, si logró escapar de los muertos vivientes o si se ha convertido finalmente en uno de ellos  que, por cierto,  es lo más probable. Quizá su truco no funcionó en esta ocasión  y sería de las raras veces que no logra el éxito pero aquello era una puta locura y creo que Anthony perdió la cordura. ¡Y no era para menos! 

Que las calles se llenen de cadáveres que deambulan de un lado a otro buscando alimentarse del cerebro de los vivos puede desencadenar la locura en cualquier persona equilibrada  y Anthony, a quien siempre respeté y admiré, hacía tiempo que caminaba al  borde del precipicio. No estaba del todo en sus cabales y esto fue un pequeño empujón para que se le fuera la olla y traicionara a un amigo con la única idea de  salvar su culo. 

Los zombis  fueron la ayuda sutil que lo condujo a la depravación más brutal. Si aún vive, sabe Dios (el mismo que nos abandonó a todos el  día en que los muertos recobraron la vida) que me gustaría encontrarlo de nuevo. Me fundiría en un abrazo. Ha sido mi amigo durante años. Le aprecio más que a mi propia vida pero también diré que le daría una patada en los cojones por dejarme en las manos frías y putrefactas de los revividos. Fue un mal gesto por su parte. Me sentí traicionado aunque quizá no se lo deba tener en cuenta, dadas las circunstancias y, sobre todo, porque yo hice lo mismo pocos minutos antes.

El mundo ya no es lo que era antes. Se ha podrido por completo.  La  muerte  campa a sus anchas en forma de cadáveres vivientes que avanzan hambrientos. Se han adueñado de todo el planeta. Han sembrado la destrucción absoluta y la raza humana está a puntito de ser exterminada. Seguir vivos es un privilegio, un golpe de suerte. 

Los zombis han sacado lo peor de todos nosotros. Nadie ayuda a nadie. Todos luchan por sobrevivir y da igual llevarse a un muerto por delante o a un vivo que tiene una puta botella de agua, un cartón de leche o una jodida arma repleta de munición. Ya no hay leyes ni normas. Solo guerra,  muerte viva y destrucción.

 Estamos viviendo los  últimos días de la Humanidad, al menos tal y como la conocemos. El exterminio es casi inminente.

 Somos comida para los muertos vivientes, cerebros vivos que palpitan y los atraen como la mierda a las moscas. Caer bajo sus dientes putrefactos es una simple cuestión de tiempo. Probablemente Anthony Blake ya esté criando malvas.

 Lo que hizo fue una estupidez, una mezcla de orgullo, locura, convicción y propia satisfacción personal. Pero así era Anthony Blake, un jodido prepotente al que se le cogía cariño porque en lo suyo era uno de los mejores. Y creyó que podría luchar contra ellos con sus artes de mentalista. ¡Pobre loco desgraciado!  Muy seguro no debía estar cuando me entregó directamente al grupo de muertos vivientes que se colaron en el teatro para escapar del horror. Y eso no se lo puedo perdonar. Los amigos se pierden en situaciones de este tipo. Yo hice lo mismo pero regresé. El no se dignó a darse la vuelta.

Apunto estuve de morir definitivamente. Ahora camino por las calles como un cadáver más que apesta a basura. Mantengo la conciencia aunque no sé hasta cuándo los recuerdos permanecerán intactos en mi interior. Esa es la razón de que tenga ganas de venganza, de que no me haya olvidado aún de Anthony Blake. Si me lo encontrara en algún callejón oscuro, si me tropezara con él en cualquier parte,  le daría ese fortísimo abrazo del que hablaba pero no se libraría de la patada en los cojones, por cabronazo y tampoco de los mordiscos que vendrían después. Me lo comería a bocados y sería una delicia escuchar sus horribles gritos.

Cabe otra posibilidad, bastante más inquietante. Aterradora me atrevería a decir. ¿Y si el muy cabrón se hubiera convertido en un puto zombi, al igual que yo? Impresionaría ver caminar entre las sombras ese cuerpo tan alto y delgado. Sin duda llevaría uno de sus trajes negros. Esas ojeras tan pronunciadas. Su mirada penetrante y amenazadora, casi maligna. Sería un buen muerto viviente. ¡Y pobrecitos de aquellos que se crucen en su camino! Con lo hábil que siempre fue manipulando la mente de su público, no me extrañaría que se hubiera convertido en el jefe supremo de la horda de podridos que siembran la muerte y el caos en las ciudades. Anthony Blake  es capaz de eso y de mucho más. Me cagaría encima si lo viera caminando imponente y majestuoso frente al ejército de la muerte, como dueño y señor de todos y cada uno de ellos. ¡¡Lo más parecido al Padre Isidro de “Los Caminantes” que nos podamos encontrar!!

 Confieso que más de una noche me he despertado sobresaltado, con la imagen de su rostro pálido observándome desde las tinieblas y dirigiendo a voluntad  los cadáveres vivientes. En mis pesadillas aparece levantando sus manos delgadas de largos dedos y vociferando como un monstruo. Ladea la cabeza de una forma grotesca y me taladra con su mirada. Me despierto sobresaltado y empapado en sudor. A veces pienso que no se trata de un sueño sino de una realidad camuflada en el fondo de mis propios pensamientos. A él le gustaban esas cosas. Tendría una explicación para todo esto. Por rebuscada e imposible que fuera, con su modo pausado de hablar, la convertiría en algo convincente y plausible. Convencía simplemente con su tono de voz. Ese era uno de los secretos de su arte. Y si realmente me lo encontrara presidiendo una ostentosa manifestación de zombis idiotas y tuviera un rifle en las manos creo que no sería capaz de apretar el gatillo porque Anthony Blake, después de todo, era  mi amigo.

Todo ocurrió hace apenas un par de semanas. Me estremezco solamente de pensar que en tan poco tiempo el mundo se ha ido a la mierda, que la Naturaleza violó las normas establecidas y levantó los cadáveres de sus tumbas. Todos. Sin excepción. Miles, millones de muertos salieron de sus tumbas para caminar sobre  la faz de  la tierra. Muertos sin conciencia. Muertos con un hambre insaciable.

Anthony y yo estábamos en el camerino del teatro donde él había actuado con un notable éxito, como era costumbre. Había dejado con la boca abierta a todo el público y yo, como cada noche, me había estremecido. Era jodidamente bueno y sacarle una sonrisa resultaba una tarea complicada. La verdad es que fuera del escenario era un hombre mucho más accesible pero cuando se metía en el papel Anthony Blake era Anthony Blake y podía fulminarte con la mirada. Ninguno de los dos podíamos imaginar lo que estaba ocurriendo fuera del teatro mientras él se duchaba después de su actuación, tras   flirtear con sus fans, que se sacaron fotos para colgar en el Facebook y otras redes sociales. Anthony siempre salía en las fotografías con una aureola de misterio. Sabía cómo encajar bien dentro del propio enigma que cubría su mirada. Era un espectáculo. Un buen hombre. Siempre lo fue… hasta aquella noche en la que me traicionó.

Escuchamos voces airadas fuera  del camerino. Algunos gritos y golpes. Nos miramos sin decirnos nada. Yo agaché la cabeza. Había veces que no soportaba su mirada, que me recordaba los buenos tiempos de Christopher Lee en su papel de Drácula. Sabía que me daba miedo y jugaba con mis sentimientos como siempre jugaba dentro de su espectáculo. No hicimos absolutamente nada. Ni la mente más brillante podía deducir que aquellas voces, aquellos gritos y golpes eran consecuencia de la irrupción en el teatro de un nutrido grupo de muertos vivientes que aniquilaron, prácticamente en segundos, a todo el personal del teatro, incluido al gerente. El público tampoco se salvó. Ya habían abandonado el teatro tras la impresionante actuación de mi querido amigo pero los zombis atacaron en el aparcamiento y en las calles cercanas. Con toda probabilidad murieron todos. Y de la forma más horrible.

Junto a los gritos de las víctimas que caían descuartizadas por la fuerza bruta de los muertos vivientes, o que eran mordidos por el insaciable y voraz apetito de los apestosos zombis, escuchamos gruñidos guturales y rabiosos pero no le dimos importancia. ¿Quién podía imaginar siquiera que la muerte caminaba en vida prácticamente al otro lado de la puerta? 

A veces tengo la sensación de que él, Anthony Blake, sabía lo que estaba ocurriendo pero, como siempre, sabía guardar las apariencias y su rostro, imperturbable, serio y severo, no reveló nada que me hiciera aproximarse, ligeramente al menos, a la auténtica verdad.

Ahora que le doy vueltas a todo esto estoy más convencido de que él tenía la certeza de que el mal se había desatado sobre toda la Humanidad, como la caída de una tormenta que devasta una aldea. Quizá no de la envergadura con la que íbamos a toparnos en cuestión de minutos pero debía intuir algo. Confieso que siempre he sabido que Anthony Blake usaba trucos y gestos inteligentes para confundir y hacer dudar a su público de lo que estaban viendo en ese mismo momento pero también debo decir que en lo más hondo de mi corazón sabía que Anthony tenía también algún poder de esos extrasensoriales, telepáticos o supraterrenales. Hacía cosas terribles, magníficas e inexplicables. Era un puñetero demonio cuando se lo proponía y se divertía cuando le decía que me daba miedo. ¿Qué si tenía alguna influencia sobre mí? Toda, debo responder. Y no me avergüenza reconocerlo.

Pero sí. Algo tenía que saber. Dedujo que estaban sucediendo cosas terribles en el teatro porque abrió la puerta del camerino, me miró con aquellos ojos penetrantes y me dijo que saliera a echar un vistazo. Y lo hice. Como una jodida marioneta.

Nada vi. La oscuridad en el pasillo era muy espesa y los gruñidos resonaban como lamentos agónicos de demonios infectos. Caminé entre las sombras. Me giré unos momentos y bajo el umbral de la puerta por la que había salido se encontraba la desgarbada silueta de Anthony Blake y su aspecto resultaba tenebroso, fantasmal, demoníaco. Su figura se dibujaba en la oscuridad con trazos  de corte diabólico y por unos instantes creí que sus ojos adquirían un brillo intenso y malévolo. Si hubiera agitado sus largos  brazos, aunque fuera para gastarme una broma, me habría meado en los pantalones, porque mi corazón estaba a punto de explotar. Era miedo, del auténtico. Tampoco me avergüenza admitirlo. 

Llegó hasta mí un olor nauseabundo, una peste como jamás había olido en toda mi vida.  No olía a mierda ni a huevo podrido sino a algo mucho peor. Olía a muerte en  su pletórica descomposición. Y eso era precisamente lo que vi cuando me asomé a la gran sala del teatro donde Anthony había impresionado a todos los presentes. La muerte estaba allí. Caminaba erguida en forma de cadáveres podridos a los que la vida había regresado. Y estaban comiéndose a la gente a mordisco limpio. Algunas personas yacían despatarradas en el suelo o sobre los asientos. Varios zombis les arrancaban las tripas a zarpazos o partían sus cuellos con potentes mordiscos. La sangre saltaba a borbotones, los trozos de carne se movían en las bocas podridas de aquellos muertos. Me cagué encima   cuando sentí una presencia fantasmal junto a mí. Una mano poderosa me agarró del hombro y al girarme vi el semblante serio de Anthony Blake que con los ojos enrojecidos miraba hacia la matanza que se estaba desarrollando frente a nuestras propias narices.

—Vaya, parece que la cosa está un poco complicadilla ¿no?

—¿Un poco complicada?—espeté malhumorado.—¿No ves lo que está pasando ahí fuera? ¿Qué cojones es eso? ¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente!

Anthony no me contestó. Estaba ensimismado observando la escena. Es más, creo que disfrutaba con todo aquello. Como veía que no me soltaba traté de zafarme de un manotazo. Tenía miedo de que en cualquier momento cualquiera de aquellos monstruos se percatara de nuestra presencia. Y si los zombis tenían que elegir entre Anthony Blake, un tipo esmirriado  y que a veces daba grima, o un cuarentón regordete estaba claro hacia quién iban a dirigirse los muy cabrones.

—Tranquilo tío—dijo por fin Anthony. La verdad es que su voz sonaba tan confortable  y elegante como siempre. Me quedé embobado mirándolo y sus palabras, lejos de convencerme, me dejaron bastante confundido.—Todo lo que estás viendo ahí delante, amigo, es fruto de tu imaginación, no le des vueltas,  no tiene sentido.

—¿Qué no tiene sentido?—me rebelé y alcé la voz—¿Qué cojones estás diciendo? ¿Mi imaginación? ¿Pero no ves que se están zampando a la gente a dos putos metros de distancia?

—Puede ser—dijo Anthony. Tal vez aquella fue la primera y la última vez que le vi dudar—Solo digo que la imaginación puede…

—¡Vete a tomar por culo!—exploté y la cara de mi amigo se desencajó. En aquél momento vi su punto débil. Agachó la cabeza. Tenía miedo. Lo vi en sus penetrantes ojos. En el temblor de sus inquietantes labios. Y me giré. Ni siquiera le avisé cuando vi que un zombi de esos, con la cara repleta de pústulas cubiertas por moscas y gusanos, se acercaba con sus pútridos brazos hacia nosotros. Y suspiré cuando el muerto agarró a mi amigo. Anthony trató de zafarse con un movimiento oriental (o eso me pareció a mí) pero no quise mirar más. Corrí como un cobarde. Como un hombre que trata de salvar la vida. Sin importarme nada más que yo mismo. Allí dejé abandonado al gran Anthony Blake, que iba a morir en el teatro donde había impartido su última y  exitosa función. 

Con lágrimas bajando por mis mejillas, a causa del miedo y la impotencia que me embargaban y no precisamente por  haber abandonado a un amigo, escuché los gritos mientras me alejaba y me acercaba a la puerta de salida. Pensé que en el exterior me aguardaba la salvación. ¡Iluso de mí!  Al abrir me di de narices con la muerte  que caminaba por los alrededores. Y estaba hambrienta.

Me paré en seco. Cerré la puerta con un violento golpe. A mi espalda  los alaridos eran desgarradores y durante unos breves pero intensos segundos sentí piedad por Anthony Blake. No merecía morir así. Tampoco estaba por la labor de correr a salvarlo. Yo, sin duda alguna, era uno de aquellos miles de hombres que no tenían el valor suficiente para enfrentarse a un horror de esta envergadura. Solamente quería que el final de Anthony fuese rápido. Que dejara de sufrir de inmediato y me lo imaginé tirado en el suelo con su cuerpo desmembrado y sus brazos y piernas en manos de hambrientos muertos vivientes mientras otros trataban de acceder a su apetitoso cerebro. Y entonces me di cuenta, fue como un impulso, una intuición, que los gritos no procedían de Anthony Blake sino del propio muerto viviente. Bramaba como una bruja consumida en la hoguera, como un demonio al que le cortas los huevos con un cúter afilado, como un gato cuando le pisas la cola, como los alaridos infernales del vocalista de Judas Priest  en el “Painkiller”. Y sentí curiosidad.

Regresé por donde había venido. Los desgarradores alaridos  llegaban hasta mí y me perforaban los oídos. Si bien aquel zombi ya había dejado de proferir ruidos horripilantes ahora se les habían unido otros más. Los muertos estaban sufriendo y mi cabello se erizó como un puercoespín.

Me asomé por un recodo. ¡Había que joderse! Los muertos se agitaban como poseídos por un mal superior. Sus gargantas podridas e infectadas rugían y producían ruidos que solamente delataban un dolor insoportable. Se movían de un lado para otro, como gallinas sin cabeza. Parecían estar siendo consumidos desde su propio interior.  Algunos cayeron, otros chocaban contra las paredes o rodaban por el suelo, como peleles infectos. Y en mitad de todo aquello, en el centro del escenario, el gran Anthony Blake en una de sus poses mil veces ensayada: Los brazos levantados hacia los lados en toda su extensión. Las manos abiertas. Sus dedos me parecieron ahora mucho más largos y delgados, casi terroríficos. Y tenía los ojos muy abiertos. Movió la cabeza en mi dirección, la inclinó hacia un lado y me miró. Los vaqueros se me mojaron a la altura de la entrepierna.. Anthony Blake movió sus labios levemente y dibujó con ellos una siniestra sonrisa. Después se hizo el silencio en el teatro. Los cadáveres  quedaron tirados en el suelo. Ninguno se movía. Estaban muertos otra vez. Sin vida. Sin movimiento. Sin hambre.

Anthony se acercó hasta mí. Llevaba en su rostro el dibujo de una sonrisa extraña que le permitía el lujo de convertirlo en alguien diferente. Colocó sus manos sobre mis hombros y acercó su rostro al mío. Me susurró unas palabras. El tono grave y pausado de su voz penetró por mis oídos como una dulce melodía que me embargó y envolvió mi alma de una sensación extraña. Me di la vuelta y caminé hacia la salida. Tras de mí escuchaba los pasos del gran Anthony Blake a quien sólo le faltaba una capa negra para parecerse a un vampiro del demonio. Los ojos diabólicos siempre los tuvo. La ojeras eran parte de su personalidad y a veces incluso llegaba a pensar, por el vacuo tono de su piel, que no tenía ni una gota de sangre recorriendo sus venas. Siempre desprendió un magnetismo inquietante, una aureola de misterio lo abrigaba dentro y fuera del escenario y en mitad de un apocalipsis zombi su comportamiento mágico no iba a ser menos. Pero era mi amigo. Confiaba en él. Gran error. 

En tiempos de crisis cada uno debe de pensar en salvar su propio trasero y eso era lo que estaba haciendo Anthony. Naturalmente, de todo esto soy consciente ahora, lejos de la influencia maléfica del señor Blake. Ahora sé que me estaba manipulando, como siempre manipuló a su público, engatusándome para que bailaran al son de su siniestra música. O quizá era una venganza por haberlo dejado abandonado como un perro del que ya me hubiera cansado. No lo sé.

Mientras caminaba por el pasillo del teatro que daba acceso a la salida trasera, seguía escuchando las palabras del gran Anthony Blake. Resonaban en mi cabeza como una letanía satánica.

—“Es tu imaginación—decía pausadamente—No le des vueltas. No tiene sentido”

Había escuchado esa frase miles de veces. Así terminaba su espectáculo pero en aquél momento me convenció de que los zombis no existían, de que todo lo que había visto, las muertes producidas, la irrupción de los muertos vivientes en el teatro, no eran más que un sueño. Por eso abrí la puerta, a pesar de escuchar los golpes y rugidos de cientos de cadáveres  que se agolpaban al otro lado, nerviosos y excitados. Y entonces me topé con el grupo horrendo de zombis hambrientos que se abalanzaron sobre mí como si fuera el único trozo de carne fresca existente en el planeta.

—“Todo lo que estás viviendo es fruto de tu imaginación, no le des vueltas, no tiene sentido”—decía la voz de Anthony Blake.

¡Los cojones!  El primer mordisco me sacó de mi ensimismamiento. El segundo, que me dejó un gran  boquete en la pierna, me hizo aullar de dolor. Quise girarme como un resorte, huir a gatas de la horda salvaje que caía sobre mí pero  varios puñados de manos muertas me agarraron. Las uñas podridas rasgaron mi piel y la sangre brotó. Lenguas de tacto áspero lamieron mis heridas y dentaduras jodidamente afiladas rasgaron la carne. Mientras me retorcía de dolor y trataba, en un último intento de escapar a manotazos de aquellos monstruos,  oí con una claridad de índole extranormal el lento caminar de unos zapatos negros que resonaban sobre el suelo. Alcé mis ojos ensangrentados mientras los zombis me mordían y mi cuerpo se agitaba de dolor, y pude ver la figura sinuosa de Anthony Blake caminando con una lentitud pasmosa. Supuse que vendría a echarme una mano pero su rostro reflejaba una mirada taciturna y la expresión de su cara era como la herida de un latigazo en la espalda de los esclavos. Pasó entre los muertos sin que ninguno de ellos le prestara  atención. No se dignó a mirarme ni lo más mínimo. Alcé mi brazo y traté de agarrarlo con la mano, a la que le faltaban ya  tres de sus cinco dedos. No llegué a tocarlo y lo perdí de vista.

 Anthony Blake tuvo el detalle de cerrar la puerta tras de sí, dejándome a solas con los zombis.  Mis gritos se ahogaron dentro del teatro y lo imaginé caminando con absoluta tranquilidad por las calles de la ciudad, fundiendo su escuálida y siniestra figura  entre las sombras de una noche sumergida en la propia muerte.

Lo curioso de todo esto es que los muertos no terminaron conmigo. Al menos no del todo. Ahora soy uno de esos malditos cadáveres que deambulan de un lado a otro tratando de llevarse un trozo de carne a un estómago que en realidad no lo necesita. Y puedo asegurar que es divertido atrapar a los vivos y disfrutar de sus caras de espanto, aunque últimamente se están haciendo fuertes y les gusta reventar la cabeza de los muertos que caminan. Yo soy más o menos un trapo. Me falta un brazo, apenas veo por uno de mis ojos, tengo la piel hecha jirones y  rotas algunas costillas, varios dedos y una rodilla.  Cada día que pasa apesto más porque mi cuerpo se está pudriendo a pasos agigantados. Y todo esto se lo debo a mi amigo Anthony. Por eso camino sin rumbo fijo por las calles de la ciudad, buscándolo. Lo mataré con mis propios dientes, lo convertiré en un monstruo como soy yo porque de alguna forma sé que el gran Anthony Blake, si continúa vivo,  no estará escondido demasiado tiempo. Como la mayoría de los artistas, y él sin duda lo es, vive de su propio ego y necesita del beneplácito del público. Pronto, en algún punto de la ciudad, organizará uno de sus atractivos espectáculos y no le importará que la audiencia sea un numeroso grupo de cadáveres vivientes porque su arte es capaz de dejar con la boca abierta incluso al más lerdo de los muertos. Y cuando eso suceda yo estaré entre su público. Me acercaré y acabaré con él, dando un giro asombroso a su espectáculo. Caerá ante su público, suplicará ante mí porque le haré sufrir como nunca jamás lo ha hecho. Llorará de dolor y entonces el telón bajará, los focos se apagarán y el arte de la imaginación se rendirá hasta su inevitable final.


El gran Anthony Blake tiene escrito su propio final y sucumbirá a mi sed de venganza. No puede ser de otra forma, amigo lector,  no le des vueltas porque, como siempre repetía, no tiene sentido.