EL CIRCULO DE SAL (I)

CIRCULO DE SAL (I)
“El Ritual”



Cuando su abuelo murió ella entró en la habitación. Quería despedirse de él. Darle un último abrazo. Un último beso. Impresionaba verlo allí tendido, sobre la cama. No parecía muerto sino dormido. Al depositar sus labios sobre las arrugadas mejillas del anciano, notó que su cuerpo seguía caliente. Le agarró la mano. Se la besó. Dejó que las lágrimas cayeran. Estaba triste. Amaba a aquel viejo hombre. Lo abrazó y rompió a llorar de manera desconsolada. Su padre se la llevó casi a rastras. Antes de salir de la habitación de su abuelo, a la joven Yolanda le llamó la atención algo que había en una de las estanterías, junto a un juego de café y unas fotos de  familia. Era el lomo de un libro negro, grueso y viejo.

Yolanda no pudo dormir en toda la noche. Estaba muy triste y necesitaba entrar en la habitación. Se sentía  rara e inquieta. No quería visitar a su abuelo. No se trataba de eso. Quería descubrir de qué era ese libro que le había llamado poderosamente la atención. Y es lo que hizo cuando sus padres y hermanos yacían en sus camas, profundamente dormidos.

Descalza para no hacer ruido alguno se acercó muy lentamente a la habitación. La puerta estaba cerrada. Giró el pomo con cautela. El crujido resonó en toda la casa. Fue imperceptible pero para Yolanda sonó con la potencia de un trueno. Permaneció inmóvil pero nadie se despertó y empujó la puerta con suavidad. Los goznes chirriaron y a Yolanda se le erizó la piel. Temía que en cualquier momento la luz de la habitación de sus padres se encendiera, alertados por los sonidos y la instaran  a regresar a su dormitorio. Nada de aquello sucedió. La calma más absoluta. La oscuridad más impenetrable.

Yolanda empujó la puerta y la habitación de su abuelo, con un fuerte olor a  humedad, se presentó ante ella como el hueco de una profunda cueva que da acceso a los pozos siniestros del infierno.

Caminó varios pasos y se situó junto a la cama. No podía ver absolutamente nada pero sentía la presencia de su abuelo allí, bajo las sábanas. Colocó una de sus manos sobre el cuerpo del anciano. Buscó la mano de su abuelo. Estaba fría y la retiró de inmediato. Le dio la espalda mientras las lágrimas se agolpaban en sus vidriosos ojos. La  pena y la tristeza la embargaban. 

Se acercó a la estantería donde estaba el libro y lo buscó entre la oscuridad. Estuvo a punto de hacer caer algunas de las tazas, los marcos de las fotografías, pero finalmente pudo hacerse con él. Cuando lo tuvo en la mano casi gritó de euforia. Salió apresuradamente de la habitación. Cerró la puerta con cuidado y corrió hacia su dormitorio. Encendió la luz. Se sentó en la cama y contempló el libro que había sustraído de la habitación de su abuelo.

Las hojas eran amarillentas y olían a moho, mientras que la  tapa del libro era negra, como la más impenetrable oscuridad. No había título en la obra ni el nombre de ningún autor pero por los dibujos de su interior, en su mayoría símbolos extraños y caras demoníacas, Yolanda descubrió que se trataba de un libro macabro, probablemente de brujería y satanismo.

Le echó varios vistazos  durante toda la noche. Se quedó profundamente fascinada por el contenido del libro. Uno a uno fueron saltando ante sus ojos diversidad de rituales e invocaciones, pasos concretos para conseguir objetivos muy precisos o bien para reclamar la presencia de entes maléficos. Se quedó muy prendada de las marcas oscuras que manchaban todas y cada una de las hojas, como gotas de agua turbia que semejaban rostros demoníacos. Las hojas amarillentas de aquél libro eran excesivamente gruesas, muy raras al tacto. La tinta con la que el texto estaba escrito tenía un suave color escarlata y parecía estar escrito a mano en un idioma que Yolanda no conocía. Aún así, pasó toda la noche sentada entre las sábanas, pasando una y otra vez las páginas del libro, fascinada, contemplando los dibujos y tratando de desentrañar el contenido del libro.

A primeras horas de la mañana, Yolanda aún continuaba analizando el misterioso ejemplar y apenas se había dado cuenta, pero con el paso del tiempo comenzaba a comprender el texto, que cada vez se presentaba ante ella con mayor claridad. Estaba fascinada y cuando escuchó los pasos de su madre por el pasillo, se metió corriendo entre las sábanas, guardó el libro bajo la almohada, apagó la luz y fingió dormir.

Yolanda oyó la puerta de su habitación al abrirse. Escuchó el sonido de las zapatillas de su madre al acercarse. Notó su aliento  a pocos centímetros de ella. Recibió el beso en la cabeza y decidió no abrir los ojos. Cuando la oyó marcharse regresó con la apasionante lectura del libro. Y así estuvo toda la mañana y parte de la tarde porque fingió estar enferma y con los preparativos del entierro de su abuelo todos la dejaron tranquila. 

Yolanda leía una y otra vez las mismas páginas del libro. Allí había encontrado algo muy interesante que se le había metido en la cabeza. Se trataba de un ritual muy sencillo capaz de traer de vuelta a los muertos. Y ella, a sus catorce años, solamente pensaba en su abuelo. Las lágrimas cayeron por sus mejillas con la tristeza de una nieta que iba a echar de menos a su querido abuelito y allí, entre el contenido de tan misteriosa obra, quizá estaba  la solución: Su abuelo podía regresar de la muerte y seguir viviendo con ellos. 

Lo mejor de todo era la sencillez del ritual, los pequeños pasos que había que dar, todos fáciles y posibles. Lo más importante era que el ritual debía llevarse a cabo justo en el preciso instante en que el difunto estaba siendo enterrado.

Yolanda hizo lo imposible por quedarse sola en casa mientras el resto de la familia se acercaba al cementerio para ofrecerle un último adiós al abuelo.  Fingió encontrarse mal del estómago, lloró un poco y consiguió convencer a todos. Y en cuanto la puerta se cerró ella se incorporó llena de energía y con la seguridad de que su abuelo estaría muy pronto de vuelta con ellos.

Siguió todos los requisitos necesarios. Sabía que no le iba a faltar nada., ni siquiera las velas pues sabía que su madre siempre guardaba en la cocina por si la luz se iba en noches de tormenta. Se sabía el ritual de memoria. Lo había leído cientos de veces. Debía hacerlo con rapidez. En apenas tres horas su abuelo ya estaría enterrado y si se demoraba nunca lograría devolverle a la vida.

Necesitaba  espacio. Lo primero que hizo fue desplazar la mesa del salón, retirar las sillas y quitar la alfombra que cubría el suelo.

Sal. Eso era lo principal. Cogió el bote de la cocina y formó un círculo en mitad del salón de aproximadamente un metro de diámetro. 

Velas. Tres. Las colocó alrededor del círculo de sal, formando un triángulo. Las encendió. Bajó todas las persianas y las llamas de las velas iluminaron la escena. Las sombras temblaban, parecían asustadas.

Yolanda cogió el libro y lo depositó en el centro del círculo de sal, abierto  por las dos páginas que hablaban del ritual que estaba llevando a cabo. También dejó una foto de su abuelo dentro del círculo.

Un cuchillo. Lo cogió de la cocina. El mismo que usaba su madre para cortar la carne. Lo depositó junto a los demás objetos.  Después, se desnudó por completo. Lanzó su ropa al suelo y entró en el círculo de sal. Se arrodilló frente al libro. Sus ojos bajaron para depositarse en la imagen de su abuelo. Sonrió. Muy pronto volvería a la vida.

Bajo ningún concepto debía salir del círculo de sal. No hasta que la muerte hubiera devuelto al desafortunado. Yolanda no tenía miedo, al contrario, estaba muy esperanzada, emocionada. En pocas horas su abuelo regresaría de la muerte y entonces correría a abrazarlo y  todo volvería a la normalidad.

Cogió el libro con la mano izquierda. Leyó en voz alta una frase específica:

JET LAV TARIS JOLAK HIM TIS HEL FAST IN

Lo hizo dos veces más, en voz alta:

JET LAV TARIS JOLAK HIM TIS HEL FAST IN
JET LAV TARIS JOLAK HIM TIS HEL FAST IN

Después usó el cuchillo. Fue un pequeño corte en la palma de la mano derecha. Aún así le hizo daño. La sangre brotó rápidamente de la herida y cayó por entre sus dedos en el interior del círculo de sal. La fotografía de su abuelo recibió algunas gotitas de sangre. Las hojas del libro también se mancharon. Yolanda no lo advirtió, pero las llamas de las velas temblaron como si fueran empujadas por un viento inesperado. No se apagaron. Se mantuvieron encendidas.

Soltó el cuchillo que cayó al suelo manchado de sangre. Cerró la mano herida y la sangre brotó con más fuerza. Regueros rojos resbalaban por su brazo, escapaban por entre sus dedos. Agachó la cabeza y cerró los ojos. Balbuceó unas palabras que resultaron apenas audibles y una figura muy delgada y oscura apareció repentinamente en el salón.

En el cementerio, el cuerpo del abuelo de Yolanda era introducido en la tumba en el mismo instante en que abría los ojos y de su boca salía un lacónico lamento, profundo y gutural.




DE REGRESO A LA MUERTE

La sensación que me embargaba era muy extraña. Sé que estaba muerto, de hecho, recordaba cómo había ocurrido mi muerte. Y desde aquél instante sólo hubo oscuridad. Ahora hay otras sensaciones inauditas dentro de mí, algo anómalo que no sabría definir con exactitud. Si dijera que creo que estoy vivo no sería del todo acertado pero lo que sí parece perfilarse con una claridad meridiana es  que vuelvo a tener conciencia.

Me siento muy raro. Mi muerte fue indolora. Apenas sentí nada más que un barrido brutal que sesgó mi vida. No sufrí. No vi luz alguna ni amigos y familiares ya muertos vinieron a recogerme, como muchos otros afirman haber experimentado. Nada. Absolutamente nada. Quizá, si estiramos un poco la imaginación, un poco de frío y una ambigua oscuridad.

Ahora es diferente. Estoy muy incómodo. Tengo los miembros agarrotados. Siento las piernas como si fueran las patas de una mesa  clavadas en el suelo. Y los brazos permanecen completamente inmóviles. Mi cerebro trata de mandar señales pero no responden. Además, en el interior de mi cabeza siento un peso extraño, como si la tuviera llena de agua. 

No puedo abrir los ojos. Creo que los tengo abiertos pero no disfruto de esa sensación. No oigo mi respiración y parece que mi interior está vacío. A veces noto movimiento ahí dentro, como si algo se estuviera arrastrando, recorriéndome de arriba y abajo. Resulta incómodo e inquietante. 

Nada oigo. El lugar donde estoy debe de ser insonoro. Ni el más leve quejido, ni el más suave de los lamentos llega hasta mí. Tengo la garganta seca. Trato de humedecerla con saliva pero no dispongo de ella. Percibo mis labios agrietados, una molestia extraña en mis ojos y la seguridad de que estoy en el proceso de algo.

Llevo horas aquí tendido. He tratado de incorporarme pero mi cuerpo no responde. No puedo realizar ni el más leve de los movimientos. Tengo la sensación de estar encerrado en algún lugar pequeño y húmedo,  oscuro y frío.
Huele muy mal. Cada vez peor. Debe de ser lo único sano que hay en mí después de la muerte: El olfato. Es un olor sucio, muy agresivo, que podría marearme por completo si es que no lo estoy ya.  Huele a viejo, a humedad, a mierda, a… muerto. ¡Vaya!, creo que ya sé lo que estoy oliendo.

Entiendo que mi cuerpo se ha podrido con el paso de los días. No sé el tiempo que llevo aquí dentro pero tal vez se trate de semanas, meses, años quizá. Mucho me temo que estoy dentro del ataúd donde me enterraron. Durante un instante, que apenas ha durado uno o dos segundos, la sensación de pánico me abriga y trato de incorporarme. ¿Y si me han enterrado con vida? No, yo estaba muerto, eso lo tengo claro y ahora, por alguna extraña razón que desconozco, vuelvo a tener conciencia.

Algo se agita dentro de mi estómago, que a estas alturas debe de ser una masa parecida al paté, mezclada con la descomposición de mis otros órganos. De ahí la sensación de vacío y a la vez de pesadez que siento dentro de mí. El extraño hormigueo que recorre mi cuerpo, de arriba abajo, tiene que deberse al  molesto  arrastrar de los centenares de gusanos que tratan de devorar mi cuerpo. Siento asco y repugnancia. Quiero agitarme para expulsar esos bichos de mi propio cuerpo pero no sé si no dispongo de la fuerza necesaria para hacerlo o simplemente mi atrofiado cerebro, donde deben pulular moscas y larvas a sus anchas, no es capaz de enviar las órdenes adecuadas.


Es un hedor insoportable al que intuyo debo acostumbrarme. Me encuentro muy débil y sin embargo poco a poco voy notando cierta mejoría. Creo escuchar algo. No sé si lo oigo realmente o simplemente lo percibo de algún modo extraño, no de una forma normal, vamos.

Son voces. Y es otro olor.

Voces humanas. Olor humano.

Mi cuerpo se pone en tensión. Ha sido como un latigazo que ha recorrido mi espina dorsal. Presto atención. Oigo claramente el arrastrar de los gusanos sobre mi cuerpo. Entran y salen a voluntad por los orificios de mi nariz. Algunos se han quedado atascados entre los huecos que han dejado mis dientes podridos. Si pudiera mover la boca partiría sus pequeños cuerpecitos en dos pero la fuerza no es mi aliada en estos momentos aunque confío en que mi suerte cambie.

Indudablemente son voces humanas. Resuenan como el coro de los ángeles a varios metros de distancia. Son varias. Las oigo hablar aunque no puedo entender qué es lo que están diciendo. Hay varios hombres ahí fuera. Y también algunas mujeres.
Y huelen de una forma muy especial.

Algo estalla en el interior de mi cabeza. Como si el agua que pensaba que la llenaba se hubiera derramado. He sentido un estruendo dentro de mi aplastado cerebro. Como si una descarga eléctrica se hubiera producido dentro de la cabeza. Y desde entonces puedo mover las manos. Las cierro con extrema lentitud pero es un movimiento que antes no tenía. Y he comenzado a salivar. La seca garganta ha comenzado a humedecerse. Es una sensación extraña pero a la vez divertida. Estoy muy nervioso, inquieto. Algo está ocurriendo en mi interior. Las sensaciones son dispares y atractivas.

Trato de prestar atención a esas voces que oigo en el exterior. Son muy hermosas. No dejan de hablar y ahora percibo incluso las respiraciones de sus dueños, los agradables latidos de sus corazones, el aroma de sus cuerpos.
Y me agito dentro de mi ataúd. Me sacudo con fuerza. Mi cuerpo se ha movido. Ha sido algo brusco pero tengo una necesidad imperiosa de salir de esta trampa mortal.

A pesar del agarrotamiento de mis músculos, voy percibiendo una especie de cosquilleo que no sé si atribuir a los continuos mordiscos de los gusanos que se están alimentando de mi cuerpo o bien a que mis músculos vuelven a estar activos. Pero me siento débil. Y ese hediondo olor, que  a todos visos resulta insoportable, es cada vez más intenso y desagradable. Me gustaría levantarme y huir de aquí. Abandonar este oscuro agujero, dejar atrás la frialdad de la muerte y alejarme de la peste que despide mi propio cuerpo. Y me acercaría a esas voces que oigo en el exterior, hermosas, entrañables, amigas y cercanas que despiden un aliento que llega con toda claridad hasta mí y me traspasan. Se me hace la boca agua solamente de pensar en estar junto a aquellos hombres y mujeres que se encuentran en el exterior.

 Los oigo hablar. Parecen nerviosos y algunos hasta tensos. Otros tienen voces muy enérgicas que ofrecen indicaciones y dan explicaciones. 

¡Qué hermosos sonidos emiten las gargantas de ese puñado de humanos!

No puedes imaginar la fragancia que desprende los cuerpos de todos y cada uno de aquellos hombres, de esas mujeres. Desde el lugar en el que estoy, sin poder verlos con mis propios ojos, sé las edades que tienen por el tono de sus voces. Podría decirte cuándo se han duchado, qué han probado sus bocas en las últimas horas. Por esa razón sé que muchos de ellos, los más jóvenes, tienen miedo y aunque parezca extraño, tienen miedo de mí. Esto me deja perplejo porque  significa que saben que estoy aquí. ¿Me sacarán de mi encierro? En cambio otros, los que tienen voces  varoniles y de edad más avanzada, no tienen miedo en absoluto, al contrario.

Son niños, en su mayoría. Apenas podrán tener diez o doce años. Huelen francamente bien, Los latidos de sus jóvenes corazones resuenan en el interior de mi cabeza y me provocan un ansia extrema. Mi garganta emite un sonido estruendoso y mis manos se levantan para golpear la tapa del ataúd. Creo que han escuchado los golpes porque las voces han enmudecido de inmediato salvo algunos murmullos que me dejan algo desconcertado. 

Cada vez el olor que desprenden los cuerpos de los humanos que están en el exterior va venciendo la peste que desprende la putrefacción de mi cuerpo. Y cada vez me siento más lleno de energía, como si estuviera volviendo a la vida.
Logro cerrar las manos con algo más de fuerza y levanto los brazos para golpear de nuevo la tapa del ataúd. Una y otra vez,  sin descanso, al tiempo que mi garganta emite un sonido agónico que se une al sonido de otras gargantas que producen ruidos parecidos desde el interior de sus tumbas. 

¡No soy el único! ¡Hay más como yo y estamos volviendo a la vida porque tenemos hambre!

¡Quiero comer! La fragancia de los humanos es tan exquisita que no puedo quitarme de la cabeza morderlos, masticar sus brazos, comerme sus cerebros mientras se agitan inútilmente. Mi estómago regurgita, mi garganta pide sangre y cada minuto que pasa  anhelo más y más acercarme a ese grupo de humanos. Puedo percibir cómo se agolpa el sudor en algunas de sus frentes, el sonido que hacen al tragar, el sensual ronquido de la sangre recorriendo sus apetitosas venas.

Tuvo que ser espectacular. No lo entiendo de otra forma. Varias personas como yo, ya muertas, comenzaron a golpear las tapas de sus respectivos ataúdes. Los sonidos de mis puñetazos quedaron eclipsados por la cacofonía que irrumpió en la oscuridad de aquél cementerio. Aún así, a pesar de que los muertos estábamos tratando de salir de nuestras eternas prisiones, los humanos del exterior no se amilanaron y permanecieron allí. Podía sentirlos muy cerca, calientes y jugosos.

Logré romper la madera, Mi brazo atravesó la tapa y chocó con la tierra húmeda. Lancé un gruñido de alegría y desconcierto y a mi euforia se unió la de los demás. Todos comenzados a romper el ataúd y con las manos quitamos la tierra que nos tenía aprisionados. Fue difícil llegar hasta arriba pero finalmente lo conseguimos. Varias manos, entre ellas las mías, emergieron de entre las tumbas, saliendo de la tierra como flores que se movían mecidas por el viento. Y tras las manos fuimos sacando los brazos.

Tardamos mucho tiempo. Estábamos agotados pero solamente pensar en que allí se encontraba la comida, dispuesta en bandeja, era motivo más que suficiente para continuar con nuestro empeño.

Sacamos las cabezas de entre la tierra, Nuestros cuerpos putrefactos mostraban un aspecto deplorable. Logramos salir de la tumba. Los gusanos seguían presentes en nosotros,  como parásitos que formaban parte de nuestro inservible organismo. 

Nos incorporamos. Éramos un pequeño ejército. ¡Y todos estábamos hambrientos!

La presencia de seres vivos en las cercanías era ya una realidad para nosotros. Los golosos latidos de sus corazones, algunos nerviosos, otros viejos pero la mayoría jóvenes y fuertes, taladraban nuestros oídos y nos impulsaban a movernos en aquella dirección. La fragancia apetitosa de sus cuerpos, el olor de sus cabellos, el ruido agradable del pestañear de sus ojos, las apetitosas respiraciones, profundas y agitadas, nos estaban volviendo loco. Rugimos como monstruos, quizá como demonios y avanzamos en la dirección donde se encontraba  la comida.

Nuestro avance fue lento e impreciso. La oscuridad cubría nuestros sentidos, aún atrofiados y muchos de ellos inútiles, pero teníamos la sensación de que una vez hubiéramos devorado a todos aquellos humanos recuperaríamos lo que siempre fuimos.
Caminamos como marionetas rotas entre las tumbas de las que habíamos salido. Nos dirigíamos hacia el grupo de humanos que se encontraban en los alrededores cuando alguien, una voz enérgica y potente, pronunció unas palabras que sonaron terribles:

-¡Fuego a discreción!

La media docena de niños que se encontraban tras unos árboles con sus rodillas clavadas en el suelo no dudaron en apretar el gatillo de sus respectivos rifles mientras un grupo de adultos, en su mayoría mujeres ataviadas con uniformes militares, observaban la escena para evaluar el rendimiento de los jóvenes reclutas. Las fuertes detonaciones sonaron en el silencio del cementerio y los cuerpos de los muertos vivientes fueron zarandeados por los proyectiles de plomo. Algunos cayeron al suelo pero otros lograron aguantar los envites y con el pecho agujereado consiguieron avanzar peligrosamente hacia la multitud.

-¿Qué cojones estáis haciendo? ¡¡Disparad a la puta cabeza!!

Los reclutas  tardaron en reaccionar pero finalmente apuntaron hacia las cabezas de los muertos y se las volaron con varios disparos. Los cerebros atravesados por las balas  quedaron inservibles y los muertos cayeron al suelo, entre gemidos profundos y dolorosos. El olor a pólvora se mezcló con el miedo de aquellos niños y el hedor putrefacto de los muertos que ya habían dejado de moverse.


Los pequeños  recibieron las felicitaciones  de sus superiores, orgullosos y complacidos, mientras soldados veteranos comprobaban que todos los revividos habían regresado de nuevo a la muerte.


EL DIABLO TAMBIEN CELEBRA LA NAVIDA




22 de Diciembre. 10:40 horas


Cogieron a dos niños al azar. A pesar de los gritos de socorro de los propios pequeños, que veían cómo dos extraños se los llevaban a la fuerza,  y de los alaridos de varios padres que presenciaban  el secuestro, los dos hombres mantuvieron la calma en todo momento. Los metieron en el interior de un coche oscuro y se alejaron a gran velocidad para  perderse en  las calles de la pequeña ciudad.


El Diablo ha impuesto  la entrega de cuerpos jóvenes. 
Estos  dos niños, de apenas cinco años de edad, cumplen a la perfección los requisitos exigidos.


23 de Diciembre. 07:00  horas.


No había modo alguno de saber que el hombre que fumaba tranquilamente, apoyado en el edificio de enfrente, la esperaba precisamente a ella. Alba salió de su casa como cada día para dirigirse hacia  la parada del autobús. Llevaba los oídos tapados por unos grandes auriculares a través de los cuales podía escucharse los primeros acordes de una canción que sonaba a un volumen nada recomendable. La chica iba envuelta en un grueso abrigo y la garganta la llevaba tapada a causa del intenso frío que hacía aquella mañana. La superficie de los coches aparcados en la calle estaba  blanca, cubierta  por una  capa de hielo arrojado durante la noche. Alba no vio que el hombre, vestido enteramente de negro y camuflado entre las sombras tal cual perverso fantasma, se fue acercando hasta ella. No llegó a la parada del autobús. Alba no tuvo tiempo de gritar. A sus 17 años, uno de sus mayores temores se había hecho realidad.


El Diablo ha exigido un alma  pura
Alba reúne la pauta impuesta por el Maligno

24 de Diciembre. 16:00  horas.

Arturo baja las escaleras metálicas que le conducen a la estación de metro. Mientras camina, piensa que aquél acto se convertirá en una portentosa entrada al mismísimo infierno, de hecho, la boca del metro siempre le pareció la garganta profunda de un ser monstruoso que se limitaba a devorar cuerpos humanos de  almas impías.

 Admite que siente miedo. Lo que está a punto de hacer es el resultado de los consejos que escucha dentro de su cabeza. No puede ni quiere dar marcha atrás porque significaría fallarle y necesita  de su admiración antes de iniciar el viaje oscuro hacia el eterno abismo.

Llega a las profundidades de la estación. Un buen número de personas se almacena inmóvil a ambos lados de los andenes, esperando la llegada de sus respectivos gusanos de metal. Escoge  el andén de la derecha  como bien podría haber escogido el de la izquierda. Ni siquiera  presta atención al   tipo de gente que se encuentra  a ambos lados. Unos tendrán suerte, otros evidentemente no.  

Cuando baja las escaleras que le conducen a su destino final, un murmullo de recelo  brota en algún punto de su cerebro, como si su cabeza estuviera haciéndole entender que aquello no estaba bien. A medida que se va acercando a los bancos situados junto a las vías, advierte que hay un grupo de adolescentes apiñados en una esquina, riendo alguna ocurrencia. Dos mujeres mayores permanecen en silencio, observando hacia la boca oscura del túnel mientras tres hombres trajeados que sujetan maletines charlan amigablemente tratando, quizá, de llegar a un consenso. En otra esquina, un joven de poco más de veinte años escucha música a través de su teléfono móvil; a pocos metros de distancia, un oriental está sentado en el suelo y una mujer que sujeta dos bolsas pesadas mira hacia las vías, con una expresión de tristeza que cubre  su rostro. Arturo no dilata más el tiempo. Saca la pistola de su cintura y sin previo aviso dispara a diestro y siniestro, sin miramientos ni concesiones.


El Diablo quiere un sacrificio y ahí lo tiene
El oriental con la cabeza reventada; los cuerpos de los tres hombres despatarrados en el suelo, ni siquiera han soltado sus maletines; 
la mujer de las bolsas yace con la boca y los ojos abiertos dibujando una expresión de espanto y horror, cubierta de sangre.


El resto ha  huido despavorido y Arturo no se molesta en seguirlos. En el mismo instante en que la cabeza del metro emerge del oscuro túnel,  cuando ya llegan algunos de los vigilantes de seguridad alertados por el sonido de los disparos y los gritos de la gente, Arturo se mete el humeante cañón en la boca y sin cerrar los ojos aprieta  el gatillo.


Su alma juzgada ante los ojos de un Dios ambiguo 
 Regalo reverencial para el Maligno


25 de Diciembre 23:50 horas.


Las tumbas del cementerio estaban abiertas y los cuerpos de sus inquilinos  sacados de sus respectivos ataúdes. Hombres y mujeres en avanzado estado de descomposición; cuerpos podridos cubiertos de mugre y gusanos; calaveras de cuencas vacías y cavidades oscuras a modo de bocas profundas y deformes  adornadas con jirones de piel. Los cadáveres  estaban colocados cuidadosamente,  sentados en sillas negras situadas de manera ordenada frente a una mesa enorme cubierta por un paño de terciopelo oscuro  donde yace el cuerpo dormido de Alba, completamente desnudo. Estaba rodeado de varias velas negras levantadas  en siniestros candelabros. Las llamas de las velas oscilaban movidas  por una suave y fría  brisa  que amenazaba con apagarlas, como si invisibles fantasmas las estuvieran soplando. Los muertos, inmóviles, se habían convertido en  distinguidos espectadores: los cadáveres contemplaban la escena a través de sus cuencas vacías donde, a veces, se agitaban repugnantes gusanos.

Las piernas de Alba estaban abiertas y la cabeza cortada de uno de los niños que había sido secuestrado  permanecía con los ojos abiertos mirando directamente el pubis de la chiquilla. El resto del cuerpo del muchacho estaba tirado bajo la mesa como un despojo para alimentar a los perros. Allí también  se encontraba el otro niño, al que también  le habían arrancado la cabeza.  En ese preciso momento, un fornido hombre con el torso desnudo y el rostro cubierto por una máscara de expresión diabólica, la  colocó junto a la cabeza de Alba.

Dentro del cementerio hacía un frío horrible, parecía que de las tumbas abiertas, y procedente de las profundidades del averno,  emergieran ráfagas constantes de aire helado. Los jirones de pelo de algunos cadáveres se agitaban empujados por ese aire, otorgándoles un aspecto mucho más inquietante.

Poco a poco, a través de carreteras cercanas, se  aproximaron vehículos que acudían al lugar con las luces apagadas. A medida que aparcaban, formando una inmensa hilera de vehículos caros y lujosos, de ellos  bajaron numerosas siluetas. Hombres trajeados, mujeres con vestidos de noche, elegantes y de colores diversos, que mantenían sus rostros ocultos por máscaras de aspecto demoníaco. Caminaron con una lentitud pasmosa hacia  el cementerio. Antes de cruzar la verja de acero, dos hombres musculosos, con las cabezas tapadas por negras capuchas, agujereadas solamente para permitir descubrir ojos siniestros y amenazadores, les flanquearon el paso. El grueso fajo de billetes que entregaron los visitantes fue suficiente para que los guardianes del camposanto se echaran a un lado y les permitieran  el paso.

El gentío avanzó en silencio a través del cementerio, recorriendo el camino iluminado por infinidad de velas negras que ofrecían un siniestro resplandor en el lugar, arrojando más sombras que luces.

Caminaron lentamente junto a la inmensa cantidad de tumbas abiertas. Contemplaron los huecos oscuros que hasta ese momento habían sido el descanso de los muertos. Cruzaron  por entre los cadáveres sentados en las sillas y tomaron asiento junto a ellos. Si los cuerpos putrefactos despedían un olor nauseabundo e irrespirable nadie pareció quejarse de ello. Sus rostros pasaban inadvertidos, ocultos bajo las máscaras rojizas y demoníacas.

Más de cuarenta personas se personaron en el cementerio. Eran tantas que muchas debieron permanecer en pie. 

En algún momento, la luz de las velas comenzó a temblar y amenazó con apagarse de improvisto y entonces, de las sombras oscuras, procedentes de los rincones más sombríos del cementerio, emergieron, como fantasmas errantes, infinidad de siluetas cubiertas por túnicas rojas. Caminaban lentamente, con las cabezas cubiertas por capuchas. Rodearon la mesa donde se encontraba el cuerpo de Alba, que comenzó a agitarse, librándose poco a poco de la sustancia tóxica que había  invadido su cuerpo.

Las personas que había bajo las túnicas rojas comenzaron a entonar un extraño cántico que poco a poco fue coreado por la infinidad de visitantes que había llegado al cementerio. Bajo aquellas máscaras demoníacas, miles de voces se alzaron y el sonido homogéneo creó  una cacofonía verdaderamente espeluznante. Quizá en el momento más álgido, Alba abrió los ojos y sintió pavor ante los ojos siniestros y misteriosos que la observaban a través de los pequeños agujeros de las capuchas rojas. Trató de ponerse de pie y lanzó un alarido de horror cuando sus ojos descubrieron la cabeza de uno de los niños entre sus muslos, observándola a través de unos ojos vidriosos e inertes. Agitó su cuerpo pero férreas manos de gruesos dedos la sujetaron a la mesa sin que el cántico se apagara. 

Había excitación entre los asistentes, a través de sus máscaras, podía intuirse el brillo de codicia en sus ojos, la mirada perversa e irritante de aquellas personas que un año más celebraban a su modo el día de  Navidad.

Una daga ceremonial se alzó sobre el cuerpo de Alba, que se agitaba incesantemente  y no cesaba de proferir alaridos terribles. La afilada hoja bailó entre las sombras,  iluminada por la luz temblorosa que ofrecía las velas. El cántico cesó de inmediato. Tanto los hombres de las túnicas rojas como los visitantes guardaron un silencio absoluto y ominoso. Una voz gutural, procedente de alguna de aquellas personas que se encontraban junto a Alba rompió el  silencio hostil  que los había abrigado.

-¡Satán, recibe el alma pura de esta joven que te entregamos en honor a ti, Dueño y Señor de todos nosotros!

La daga se precipitó inexorablemente hacia el abismo y atravesó el pecho de Alba, desgarrando su interior con violencia. Un agudo quejido brotó de la garganta de la chica y su boca se llenó de sangre. La mano que aferraba la daga la movió destrozando sus entrañas y bajó con ella hasta su vientre, abriéndola en canal. La muchedumbre lanzó una exclamación de júbilo y los cánticos volvieron a irrumpir, esta vez en un idioma extraño, quizá una lengua muerta.

El cuerpo de Alba dejó de moverse y la sangre brotó de la herida abierta. La daga se alzó de nuevo y cayó al suelo, produciendo un ruido estrepitoso. Al mismo tiempo, la figura grotesca y deformada de un hombre vestido de negro irrumpió en el cementerio. Sus pasos resonaron en el cemento del camino y mucho de los presentes se giraron esperanzados, deseando que Satán hubiera  acudido por fin a su llamada.

La figura camina encorvada. No lleva el rostro cubierto pero no importa, es irreconocible. Le faltan algunas partes de la cara. A modo de boca tiene un agujero muy grande que le atraviesa toda la cabeza. Es el hueco que ha dejado el paso de la bala al dispararse, saliendo por detrás del cuero cabelludo. La mirada de Arturo es perversa, incluso uno de sus ojos se ha corrido hacia la derecha y los dos ojos se encuentran demasiado juntos para resultar una visión agradable. Ha perdido la nariz y mantiene su rostro convertido en una arruga macabra que hace imposible la visión de aquella persona sin sentir repulsión.

Arturo se coloca junto al altar. Esperaba encontrarse con Satán en aquél paraje, como había sido lo acordado pero El no aparece  por ninguna parte, en su lugar, un grupo de estúpidos perturbados reza anhelando  la llegada del Maligno.

Matt  siente una presencia en la habitación 
Continúa escribiendo, tal vez sea fruto de su imaginación

Arturo observa la escena con la convicción de que todo su esfuerzo, el sacrificio que ha provocado, la cruel matanza realizada, no ha dado el fruto deseado. Se siente estafado, siente odio y maldice a todos aquellos cobardes que mantienen sus rostros ocultos para preservar sus identidades y gozar de la libertad que les confiere su vida mundana. Exigen la presencia del Diablo, piden su manifestación.

Ahora, Matt  escucha un ruido a su espalda
Hay alguien junto a él.
Se gira sobresaltado
¡Ahí está!

Un ser de gran estatura y fuerte como un roble, con la piel rojiza y la profundidad de unos ojos grandes y negros, le observa con una expresión demoníaca. Sobre la frente, saliendo de las pobladas cejas, surgen dos protuberancias, dos cuernos enormes que casi llegan hasta el techo. Matt siente pavor ante la presencia del Diablo y no puede evitar sobrecogerse cuando la criatura utiliza el rabo para espantar la numerosa cantidad de moscas que tratan de posarse sobre la piel muerta del Diablo.

-Amigo Matt, ¿Era necesario lo de los niños?

-¿Qué?

-Matarlos digo. ¿Crees que eso es lo que me gusta?

-Yo…

-Y abrir en canal a la pobre chica… ¿También era necesario? 

-Pensé que…

-Tú siempre piensas, Matt, siempre piensas pero nunca reflexionas. ¿Te ha parecido un cuento divertido? Es malo, asqueroso y repugnante, amigo, ¿Por qué has sacado a los muertos de sus tumbas? ¿Tienes algún problema en tu cabeza, viejo Matt?

El escritor permanece en silencio, con las palabras colapsando su garganta, convertidas en un nudo que no permite  pasar ni la saliva.

-¿A qué causa se debe que Arturo cometa una matanza antes de decidirse por pegarse un tiro?

-Creí que…

-¿Que eso  es lo que me gustaba? ¿Es lo que pensabas, Matt? Y en un alarde infinito de imaginación luego vas y sacas a Arturo para que presencie la ceremonia, ¿Se trata de eso, Matt, de complacer al Diablo?

Matt se queda petrificado contemplando la horrible figura del Diablo. Tiene el rostro cubierto de gigantescas moscas y de los orificios de su gruesa nariz asoman gusanos blancos que se mueven grotescamente.

-Pensé que cosas así son las que a ti te agradarían, las que te gustaría que la gente hiciera para complacer tus deseos, necesidades y ambiciones.

El demonio observa al escritor que tiembla como un flan y profiere  una hilarante carcajada que resuena  en la habitación con la misma potencia que lo haría la más violenta de las tormentas.

-Me honra tu esfuerzo pero deberías aprender que las cosas son mucho más sencillas. Tú, como mucha gente, tienes la creencia de que las cosas más horribles, los hechos más lúgubres y depravados me rinden pleitesía y que gozo con la maldad que propaga el ser humano. No negaré que estas cosas me divierten, y mucho, pero no son necesarias.

-Yo…

-Tú no sabes absolutamente nada, Matt. ¿Sabes para mí qué es suficiente para sentirme honrado, dichoso y amado? ¿Tienes idea de qué es lo que realmente me satisface?

-No.-murmura el escritor bastante perplejo y traga saliva, eludiendo la severa mirada que expresan los ojos del Diablo.

-En realidad es bastante sencillo. Me basta con el tiempo que tus lectores han dedicado a pensar en mí durante la lectura de este relato…

El Diablo calla. Mira al escritor y sus gruesos labios rojos esbozan una cruel sonrisa, después, su voz desagradable y potente irrumpe de nuevo, rompiendo el silencio opresivo que ha abrigado la habitación.

-Pero por si pensaras que no es suficiente… ¡CONDENO TU ALMA AL SUFRIMIENTO DEL INFIERNO!

Y tras estas palabras, el Diablo abre la boca hasta límites inimaginables y un vomito  cubierto de gusanos y culebras cae sobre el escritor, abrasándolo sin piedad mientras su garganta, rota por el miedo y el dolor, emite  un alarido desgarrador que resulta  más que oportuno para dar por finalizado el extraño relato del viejo,  cansado y solitario escritor.


EL ABANDONO


-Que Dios me perdone por lo que voy a hacer

No dijo nada más. Se llevo la pistola a la barbilla y apretó el gatillo. 

Su cabeza reventó violentamente como una sandía que se estrella contra el suelo y parte de su cerebro resbaló por la pared. El  peso de varios muertos logró abrir la puerta unos centímetros.  Las manos de los zombis se colaron por la apertura y empujaron para  tratar de alcanzar  el cuerpo inmóvil de Sandra. Tiraron de sus brazos y piernas con violencia, acercándola a sus fauces abiertas. Uno de los cadáveres vivientes  olisqueó el aire como si fuera un perro de presa.  Arrugó el entrecejo y sacó su lengua podrida. Ya no había nada vivo en el lugar. Aquella mujer era lo último que quedaba  y ya estaba muerta. No había nada más que comer.

Había sido una persecución angustiosa para Sandra. Huyó desde  los primeros días  de la semana pasada y desde entonces y hasta el momento de su muerte, no había descansado ni un solo segundo,   perseguida por una horda de muertos vivientes que la querían devorar. 

Había visto morir a muchas  personas. Había contemplado cómo esas bestias mordían sus cuerpos y arrancaban trozos de carne mientras aún estaban vivas. Los gritos aterrados de las víctimas resonaban constantemente en la cabeza de Sandra. A última hora, el grupo reducido del que formaba parte  fue acorralado en un pequeño almacén de la vieja estación de tren.

Se habían encerrado allí y prometieron mantener  un obligado silencio. Durante dos o tres horas, los muertos deambularon por las cercanías, completamente desorientados. Podían oler sus cuerpos putrefactos, escuchar sus lacónicos gemidos pero ninguno de ellos había detectado su presencia…

…hasta que Alfonso hizo ruido y entonces… ¡¡los descubrieron!!

Entraron por las ventanas. Rompieron maderos. Golpearon la puerta hasta destrozarla.

 Los brazos putrefactos de una horda salvaje de muertos vivientes  agarraron a una de las personas que estaba allí escondida y lo aplastaron contra la pared. Nadie trató de ayudarlo. Todos querían huir  pero el almacén no era demasiado grande y  ahora se había convertido en una trampa mortal. Y todo por culpa de Alfonso.

Los cadáveres vivientes estaban ya dentro y parecían mucho más hambrientos y violentos tras haber detectado de nuevo la presencia humana, como si sus instintos más primarios hubieran salido a flote para convertirlos en auténticas bestias hambrientas.

Hubo quien grito, quien se lamentó, quien maldijo su mala suerte, quien culpó en silencio a Alfonso por   los ruidos  realizados  y que había delatado la presencia del pequeño grupo de humanos pero ya no podían hacer otra cosa que luchar de forma desesperada para tratar de salvar sus vidas.

Sandra corrió   por unas escaleras junto a Alfonso, mientras sonaban los gritos y alaridos de los hombres y mujeres que habían confortado la pequeña comunidad y que  morían  descuartizados por una horda salvaje de muertos vivientes.

Sandra y Alfonso se encerraron tras la puerta que daba acceso a un pequeño almacén. . Habían estado huyendo durante demasiados días. Apenas habían dormido. Apenas habían comido. Sandra estaba exhausta. Las lágrimas bajaban por sus mejillas constantemente, suplicaba  ayuda, trataba  de encontrar un refugio seguro pero  todo se había convertido en una completa locura de gritos, sangre y muerte.

Tenía una pistola. Ni siquiera sabía cómo había llegado hasta sus manos pero solamente disponía de una  bala. Pensó en acabar con la vida de Alfonso, evitarle el sufrimiento. Sabía que mucha gente se había quitado la vida para huir  por la vía rápida de una muerte atroz. Sandra no podía soportar la idea de  perecer a manos de los muertos vivientes, sentir sus fauces mordiéndola, sus uñas podridas rasgando su piel, las manos huesudas hurgando en su interior, sacando sus órganos, esparciéndolos por el suelo y comiéndosela viva. Eso la aterraba. No quería morir así, Por eso, desolada y con la angustia impidiendo que pudiera llorar más, mientras oía los gemidos de los muertos que parecían pronunciar su nombre, mientras respiraba el hediendo olor que sus cuerpos desprendían; mientras escuchaba los golpes de las manos muertas golpeando la puerta que impedía el acceso de la muerte en la pequeña habitación del almacén, Sandra se llevó el cañón a la barbilla, dirigió una triste mirada hacia Alfonso, suplicando con ella que le pudiera perdonar algún día por dejarlo solo a su suerte. Murmuró unas palabras y después apretó el gatillo…

Los muertos bajaron las escaleras.  Dejaron el cuerpo de Sandra totalmente destrozado. Alguno de ellos se llevaba trozos de carne entre los dientes y masticaba con expresa satisfacción.

Pasaron junto al amasijo de carne en que se habían convertido los cuerpos de las otras personas que intentaron, en vano, huir. Allí ya no había nada que hacer. Debían marcharse y buscar más comida.

Los muertos caminaron torpemente, dirigiéndose hacia la puerta rota del almacén. Avanzaban encorvados y en fila de a uno. Iban hambrientos. Deseaban más carne humana. No estaban saciados.

Entonces sonó algo en la parte superior del almacén,  en la pequeña habitación en la que Sandra se había encerrado y donde había decidido entregarse a la fría muerte.  Los muertos se detuvieron en el acto, confusos y desorientados. El ruido volvió a producirse y los cadáveres giraron sus podridos cuerpos.

Cuando el sonido llegó fuerte y claro hasta ellos, los muertos levantaron sus cabezas y sus rostros se cubrieron de un brillo extraño que se asomó a través de sus amoratados labios en forma de  complaciente sonrisa. Allí arriba quedaba alguien con vida.

Los muertos irrumpieron en la pequeña habitación. Pisaron los restos del cuerpo de Sandra como si fuesen trozos de mierda  y caminaron hacia el origen del terrible sonido que inundaba el almacén y que estaba atrayendo la atención de todos y cada uno de los muertos que deambulaban hambrientos por los alrededores. Llegaron hasta una esquina donde se apilaban varias cajas de cartón y una de ellas comenzó a moverse inesperadamente, al ritmo del extraño y potente sonido. Los muertos ladearon la cabeza sorprendidos e intrigados y se acercaron aún más hasta que las cuencas vacías de unos y los ojos inertes de otros detectaron el frágil cuerpecito de un bebé de apenas seis meses  de vida que se agitaba en el interior de una de las cajas.

El pequeño Alfonso, quizá comprendiendo el peligro que lo acechaba, abrió sus pulmones para dejar escapar el llanto más largo y escalofriante  que se  haya escuchado jamás.

Después de un momento de duda e incertidumbre, los muertos  alargaron sus  pútridos brazos y dirigieron las  horripilantes manos hacia el niño. Acercaron  sus  rostros purulentos   y abrieron ávidos   las bocas  para  devorar tan  tierna  e inesperada golosina. 

El pequeño Alfonso duró poco entre los dientes de los muertos, menos aún que la cobardía de su propia madre.