EL GRAN ANTHONY BLAKE

No sé qué habrá sido de mi buen amigo Anthony Blake. La verdad es que se comportó como un auténtico cabrón pero yo en su lugar, de tener su mismo talento,  quizá hubiera actuado de  manera similar.

 No sé si  seguirá vivo, si logró escapar de los muertos vivientes o si se ha convertido finalmente en uno de ellos  que, por cierto,  es lo más probable. Quizá su truco no funcionó en esta ocasión  y sería de las raras veces que no logra el éxito pero aquello era una puta locura y creo que Anthony perdió la cordura. ¡Y no era para menos! 

Que las calles se llenen de cadáveres que deambulan de un lado a otro buscando alimentarse del cerebro de los vivos puede desencadenar la locura en cualquier persona equilibrada  y Anthony, a quien siempre respeté y admiré, hacía tiempo que caminaba al  borde del precipicio. No estaba del todo en sus cabales y esto fue un pequeño empujón para que se le fuera la olla y traicionara a un amigo con la única idea de  salvar su culo. 

Los zombis  fueron la ayuda sutil que lo condujo a la depravación más brutal. Si aún vive, sabe Dios (el mismo que nos abandonó a todos el  día en que los muertos recobraron la vida) que me gustaría encontrarlo de nuevo. Me fundiría en un abrazo. Ha sido mi amigo durante años. Le aprecio más que a mi propia vida pero también diré que le daría una patada en los cojones por dejarme en las manos frías y putrefactas de los revividos. Fue un mal gesto por su parte. Me sentí traicionado aunque quizá no se lo deba tener en cuenta, dadas las circunstancias y, sobre todo, porque yo hice lo mismo pocos minutos antes.

El mundo ya no es lo que era antes. Se ha podrido por completo.  La  muerte  campa a sus anchas en forma de cadáveres vivientes que avanzan hambrientos. Se han adueñado de todo el planeta. Han sembrado la destrucción absoluta y la raza humana está a puntito de ser exterminada. Seguir vivos es un privilegio, un golpe de suerte. 

Los zombis han sacado lo peor de todos nosotros. Nadie ayuda a nadie. Todos luchan por sobrevivir y da igual llevarse a un muerto por delante o a un vivo que tiene una puta botella de agua, un cartón de leche o una jodida arma repleta de munición. Ya no hay leyes ni normas. Solo guerra,  muerte viva y destrucción.

 Estamos viviendo los  últimos días de la Humanidad, al menos tal y como la conocemos. El exterminio es casi inminente.

 Somos comida para los muertos vivientes, cerebros vivos que palpitan y los atraen como la mierda a las moscas. Caer bajo sus dientes putrefactos es una simple cuestión de tiempo. Probablemente Anthony Blake ya esté criando malvas.

 Lo que hizo fue una estupidez, una mezcla de orgullo, locura, convicción y propia satisfacción personal. Pero así era Anthony Blake, un jodido prepotente al que se le cogía cariño porque en lo suyo era uno de los mejores. Y creyó que podría luchar contra ellos con sus artes de mentalista. ¡Pobre loco desgraciado!  Muy seguro no debía estar cuando me entregó directamente al grupo de muertos vivientes que se colaron en el teatro para escapar del horror. Y eso no se lo puedo perdonar. Los amigos se pierden en situaciones de este tipo. Yo hice lo mismo pero regresé. El no se dignó a darse la vuelta.

Apunto estuve de morir definitivamente. Ahora camino por las calles como un cadáver más que apesta a basura. Mantengo la conciencia aunque no sé hasta cuándo los recuerdos permanecerán intactos en mi interior. Esa es la razón de que tenga ganas de venganza, de que no me haya olvidado aún de Anthony Blake. Si me lo encontrara en algún callejón oscuro, si me tropezara con él en cualquier parte,  le daría ese fortísimo abrazo del que hablaba pero no se libraría de la patada en los cojones, por cabronazo y tampoco de los mordiscos que vendrían después. Me lo comería a bocados y sería una delicia escuchar sus horribles gritos.

Cabe otra posibilidad, bastante más inquietante. Aterradora me atrevería a decir. ¿Y si el muy cabrón se hubiera convertido en un puto zombi, al igual que yo? Impresionaría ver caminar entre las sombras ese cuerpo tan alto y delgado. Sin duda llevaría uno de sus trajes negros. Esas ojeras tan pronunciadas. Su mirada penetrante y amenazadora, casi maligna. Sería un buen muerto viviente. ¡Y pobrecitos de aquellos que se crucen en su camino! Con lo hábil que siempre fue manipulando la mente de su público, no me extrañaría que se hubiera convertido en el jefe supremo de la horda de podridos que siembran la muerte y el caos en las ciudades. Anthony Blake  es capaz de eso y de mucho más. Me cagaría encima si lo viera caminando imponente y majestuoso frente al ejército de la muerte, como dueño y señor de todos y cada uno de ellos. ¡¡Lo más parecido al Padre Isidro de “Los Caminantes” que nos podamos encontrar!!

 Confieso que más de una noche me he despertado sobresaltado, con la imagen de su rostro pálido observándome desde las tinieblas y dirigiendo a voluntad  los cadáveres vivientes. En mis pesadillas aparece levantando sus manos delgadas de largos dedos y vociferando como un monstruo. Ladea la cabeza de una forma grotesca y me taladra con su mirada. Me despierto sobresaltado y empapado en sudor. A veces pienso que no se trata de un sueño sino de una realidad camuflada en el fondo de mis propios pensamientos. A él le gustaban esas cosas. Tendría una explicación para todo esto. Por rebuscada e imposible que fuera, con su modo pausado de hablar, la convertiría en algo convincente y plausible. Convencía simplemente con su tono de voz. Ese era uno de los secretos de su arte. Y si realmente me lo encontrara presidiendo una ostentosa manifestación de zombis idiotas y tuviera un rifle en las manos creo que no sería capaz de apretar el gatillo porque Anthony Blake, después de todo, era  mi amigo.

Todo ocurrió hace apenas un par de semanas. Me estremezco solamente de pensar que en tan poco tiempo el mundo se ha ido a la mierda, que la Naturaleza violó las normas establecidas y levantó los cadáveres de sus tumbas. Todos. Sin excepción. Miles, millones de muertos salieron de sus tumbas para caminar sobre  la faz de  la tierra. Muertos sin conciencia. Muertos con un hambre insaciable.

Anthony y yo estábamos en el camerino del teatro donde él había actuado con un notable éxito, como era costumbre. Había dejado con la boca abierta a todo el público y yo, como cada noche, me había estremecido. Era jodidamente bueno y sacarle una sonrisa resultaba una tarea complicada. La verdad es que fuera del escenario era un hombre mucho más accesible pero cuando se metía en el papel Anthony Blake era Anthony Blake y podía fulminarte con la mirada. Ninguno de los dos podíamos imaginar lo que estaba ocurriendo fuera del teatro mientras él se duchaba después de su actuación, tras   flirtear con sus fans, que se sacaron fotos para colgar en el Facebook y otras redes sociales. Anthony siempre salía en las fotografías con una aureola de misterio. Sabía cómo encajar bien dentro del propio enigma que cubría su mirada. Era un espectáculo. Un buen hombre. Siempre lo fue… hasta aquella noche en la que me traicionó.

Escuchamos voces airadas fuera  del camerino. Algunos gritos y golpes. Nos miramos sin decirnos nada. Yo agaché la cabeza. Había veces que no soportaba su mirada, que me recordaba los buenos tiempos de Christopher Lee en su papel de Drácula. Sabía que me daba miedo y jugaba con mis sentimientos como siempre jugaba dentro de su espectáculo. No hicimos absolutamente nada. Ni la mente más brillante podía deducir que aquellas voces, aquellos gritos y golpes eran consecuencia de la irrupción en el teatro de un nutrido grupo de muertos vivientes que aniquilaron, prácticamente en segundos, a todo el personal del teatro, incluido al gerente. El público tampoco se salvó. Ya habían abandonado el teatro tras la impresionante actuación de mi querido amigo pero los zombis atacaron en el aparcamiento y en las calles cercanas. Con toda probabilidad murieron todos. Y de la forma más horrible.

Junto a los gritos de las víctimas que caían descuartizadas por la fuerza bruta de los muertos vivientes, o que eran mordidos por el insaciable y voraz apetito de los apestosos zombis, escuchamos gruñidos guturales y rabiosos pero no le dimos importancia. ¿Quién podía imaginar siquiera que la muerte caminaba en vida prácticamente al otro lado de la puerta? 

A veces tengo la sensación de que él, Anthony Blake, sabía lo que estaba ocurriendo pero, como siempre, sabía guardar las apariencias y su rostro, imperturbable, serio y severo, no reveló nada que me hiciera aproximarse, ligeramente al menos, a la auténtica verdad.

Ahora que le doy vueltas a todo esto estoy más convencido de que él tenía la certeza de que el mal se había desatado sobre toda la Humanidad, como la caída de una tormenta que devasta una aldea. Quizá no de la envergadura con la que íbamos a toparnos en cuestión de minutos pero debía intuir algo. Confieso que siempre he sabido que Anthony Blake usaba trucos y gestos inteligentes para confundir y hacer dudar a su público de lo que estaban viendo en ese mismo momento pero también debo decir que en lo más hondo de mi corazón sabía que Anthony tenía también algún poder de esos extrasensoriales, telepáticos o supraterrenales. Hacía cosas terribles, magníficas e inexplicables. Era un puñetero demonio cuando se lo proponía y se divertía cuando le decía que me daba miedo. ¿Qué si tenía alguna influencia sobre mí? Toda, debo responder. Y no me avergüenza reconocerlo.

Pero sí. Algo tenía que saber. Dedujo que estaban sucediendo cosas terribles en el teatro porque abrió la puerta del camerino, me miró con aquellos ojos penetrantes y me dijo que saliera a echar un vistazo. Y lo hice. Como una jodida marioneta.

Nada vi. La oscuridad en el pasillo era muy espesa y los gruñidos resonaban como lamentos agónicos de demonios infectos. Caminé entre las sombras. Me giré unos momentos y bajo el umbral de la puerta por la que había salido se encontraba la desgarbada silueta de Anthony Blake y su aspecto resultaba tenebroso, fantasmal, demoníaco. Su figura se dibujaba en la oscuridad con trazos  de corte diabólico y por unos instantes creí que sus ojos adquirían un brillo intenso y malévolo. Si hubiera agitado sus largos  brazos, aunque fuera para gastarme una broma, me habría meado en los pantalones, porque mi corazón estaba a punto de explotar. Era miedo, del auténtico. Tampoco me avergüenza admitirlo. 

Llegó hasta mí un olor nauseabundo, una peste como jamás había olido en toda mi vida.  No olía a mierda ni a huevo podrido sino a algo mucho peor. Olía a muerte en  su pletórica descomposición. Y eso era precisamente lo que vi cuando me asomé a la gran sala del teatro donde Anthony había impresionado a todos los presentes. La muerte estaba allí. Caminaba erguida en forma de cadáveres podridos a los que la vida había regresado. Y estaban comiéndose a la gente a mordisco limpio. Algunas personas yacían despatarradas en el suelo o sobre los asientos. Varios zombis les arrancaban las tripas a zarpazos o partían sus cuellos con potentes mordiscos. La sangre saltaba a borbotones, los trozos de carne se movían en las bocas podridas de aquellos muertos. Me cagué encima   cuando sentí una presencia fantasmal junto a mí. Una mano poderosa me agarró del hombro y al girarme vi el semblante serio de Anthony Blake que con los ojos enrojecidos miraba hacia la matanza que se estaba desarrollando frente a nuestras propias narices.

—Vaya, parece que la cosa está un poco complicadilla ¿no?

—¿Un poco complicada?—espeté malhumorado.—¿No ves lo que está pasando ahí fuera? ¿Qué cojones es eso? ¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente!

Anthony no me contestó. Estaba ensimismado observando la escena. Es más, creo que disfrutaba con todo aquello. Como veía que no me soltaba traté de zafarme de un manotazo. Tenía miedo de que en cualquier momento cualquiera de aquellos monstruos se percatara de nuestra presencia. Y si los zombis tenían que elegir entre Anthony Blake, un tipo esmirriado  y que a veces daba grima, o un cuarentón regordete estaba claro hacia quién iban a dirigirse los muy cabrones.

—Tranquilo tío—dijo por fin Anthony. La verdad es que su voz sonaba tan confortable  y elegante como siempre. Me quedé embobado mirándolo y sus palabras, lejos de convencerme, me dejaron bastante confundido.—Todo lo que estás viendo ahí delante, amigo, es fruto de tu imaginación, no le des vueltas,  no tiene sentido.

—¿Qué no tiene sentido?—me rebelé y alcé la voz—¿Qué cojones estás diciendo? ¿Mi imaginación? ¿Pero no ves que se están zampando a la gente a dos putos metros de distancia?

—Puede ser—dijo Anthony. Tal vez aquella fue la primera y la última vez que le vi dudar—Solo digo que la imaginación puede…

—¡Vete a tomar por culo!—exploté y la cara de mi amigo se desencajó. En aquél momento vi su punto débil. Agachó la cabeza. Tenía miedo. Lo vi en sus penetrantes ojos. En el temblor de sus inquietantes labios. Y me giré. Ni siquiera le avisé cuando vi que un zombi de esos, con la cara repleta de pústulas cubiertas por moscas y gusanos, se acercaba con sus pútridos brazos hacia nosotros. Y suspiré cuando el muerto agarró a mi amigo. Anthony trató de zafarse con un movimiento oriental (o eso me pareció a mí) pero no quise mirar más. Corrí como un cobarde. Como un hombre que trata de salvar la vida. Sin importarme nada más que yo mismo. Allí dejé abandonado al gran Anthony Blake, que iba a morir en el teatro donde había impartido su última y  exitosa función. 

Con lágrimas bajando por mis mejillas, a causa del miedo y la impotencia que me embargaban y no precisamente por  haber abandonado a un amigo, escuché los gritos mientras me alejaba y me acercaba a la puerta de salida. Pensé que en el exterior me aguardaba la salvación. ¡Iluso de mí!  Al abrir me di de narices con la muerte  que caminaba por los alrededores. Y estaba hambrienta.

Me paré en seco. Cerré la puerta con un violento golpe. A mi espalda  los alaridos eran desgarradores y durante unos breves pero intensos segundos sentí piedad por Anthony Blake. No merecía morir así. Tampoco estaba por la labor de correr a salvarlo. Yo, sin duda alguna, era uno de aquellos miles de hombres que no tenían el valor suficiente para enfrentarse a un horror de esta envergadura. Solamente quería que el final de Anthony fuese rápido. Que dejara de sufrir de inmediato y me lo imaginé tirado en el suelo con su cuerpo desmembrado y sus brazos y piernas en manos de hambrientos muertos vivientes mientras otros trataban de acceder a su apetitoso cerebro. Y entonces me di cuenta, fue como un impulso, una intuición, que los gritos no procedían de Anthony Blake sino del propio muerto viviente. Bramaba como una bruja consumida en la hoguera, como un demonio al que le cortas los huevos con un cúter afilado, como un gato cuando le pisas la cola, como los alaridos infernales del vocalista de Judas Priest  en el “Painkiller”. Y sentí curiosidad.

Regresé por donde había venido. Los desgarradores alaridos  llegaban hasta mí y me perforaban los oídos. Si bien aquel zombi ya había dejado de proferir ruidos horripilantes ahora se les habían unido otros más. Los muertos estaban sufriendo y mi cabello se erizó como un puercoespín.

Me asomé por un recodo. ¡Había que joderse! Los muertos se agitaban como poseídos por un mal superior. Sus gargantas podridas e infectadas rugían y producían ruidos que solamente delataban un dolor insoportable. Se movían de un lado para otro, como gallinas sin cabeza. Parecían estar siendo consumidos desde su propio interior.  Algunos cayeron, otros chocaban contra las paredes o rodaban por el suelo, como peleles infectos. Y en mitad de todo aquello, en el centro del escenario, el gran Anthony Blake en una de sus poses mil veces ensayada: Los brazos levantados hacia los lados en toda su extensión. Las manos abiertas. Sus dedos me parecieron ahora mucho más largos y delgados, casi terroríficos. Y tenía los ojos muy abiertos. Movió la cabeza en mi dirección, la inclinó hacia un lado y me miró. Los vaqueros se me mojaron a la altura de la entrepierna.. Anthony Blake movió sus labios levemente y dibujó con ellos una siniestra sonrisa. Después se hizo el silencio en el teatro. Los cadáveres  quedaron tirados en el suelo. Ninguno se movía. Estaban muertos otra vez. Sin vida. Sin movimiento. Sin hambre.

Anthony se acercó hasta mí. Llevaba en su rostro el dibujo de una sonrisa extraña que le permitía el lujo de convertirlo en alguien diferente. Colocó sus manos sobre mis hombros y acercó su rostro al mío. Me susurró unas palabras. El tono grave y pausado de su voz penetró por mis oídos como una dulce melodía que me embargó y envolvió mi alma de una sensación extraña. Me di la vuelta y caminé hacia la salida. Tras de mí escuchaba los pasos del gran Anthony Blake a quien sólo le faltaba una capa negra para parecerse a un vampiro del demonio. Los ojos diabólicos siempre los tuvo. La ojeras eran parte de su personalidad y a veces incluso llegaba a pensar, por el vacuo tono de su piel, que no tenía ni una gota de sangre recorriendo sus venas. Siempre desprendió un magnetismo inquietante, una aureola de misterio lo abrigaba dentro y fuera del escenario y en mitad de un apocalipsis zombi su comportamiento mágico no iba a ser menos. Pero era mi amigo. Confiaba en él. Gran error. 

En tiempos de crisis cada uno debe de pensar en salvar su propio trasero y eso era lo que estaba haciendo Anthony. Naturalmente, de todo esto soy consciente ahora, lejos de la influencia maléfica del señor Blake. Ahora sé que me estaba manipulando, como siempre manipuló a su público, engatusándome para que bailaran al son de su siniestra música. O quizá era una venganza por haberlo dejado abandonado como un perro del que ya me hubiera cansado. No lo sé.

Mientras caminaba por el pasillo del teatro que daba acceso a la salida trasera, seguía escuchando las palabras del gran Anthony Blake. Resonaban en mi cabeza como una letanía satánica.

—“Es tu imaginación—decía pausadamente—No le des vueltas. No tiene sentido”

Había escuchado esa frase miles de veces. Así terminaba su espectáculo pero en aquél momento me convenció de que los zombis no existían, de que todo lo que había visto, las muertes producidas, la irrupción de los muertos vivientes en el teatro, no eran más que un sueño. Por eso abrí la puerta, a pesar de escuchar los golpes y rugidos de cientos de cadáveres  que se agolpaban al otro lado, nerviosos y excitados. Y entonces me topé con el grupo horrendo de zombis hambrientos que se abalanzaron sobre mí como si fuera el único trozo de carne fresca existente en el planeta.

—“Todo lo que estás viviendo es fruto de tu imaginación, no le des vueltas, no tiene sentido”—decía la voz de Anthony Blake.

¡Los cojones!  El primer mordisco me sacó de mi ensimismamiento. El segundo, que me dejó un gran  boquete en la pierna, me hizo aullar de dolor. Quise girarme como un resorte, huir a gatas de la horda salvaje que caía sobre mí pero  varios puñados de manos muertas me agarraron. Las uñas podridas rasgaron mi piel y la sangre brotó. Lenguas de tacto áspero lamieron mis heridas y dentaduras jodidamente afiladas rasgaron la carne. Mientras me retorcía de dolor y trataba, en un último intento de escapar a manotazos de aquellos monstruos,  oí con una claridad de índole extranormal el lento caminar de unos zapatos negros que resonaban sobre el suelo. Alcé mis ojos ensangrentados mientras los zombis me mordían y mi cuerpo se agitaba de dolor, y pude ver la figura sinuosa de Anthony Blake caminando con una lentitud pasmosa. Supuse que vendría a echarme una mano pero su rostro reflejaba una mirada taciturna y la expresión de su cara era como la herida de un latigazo en la espalda de los esclavos. Pasó entre los muertos sin que ninguno de ellos le prestara  atención. No se dignó a mirarme ni lo más mínimo. Alcé mi brazo y traté de agarrarlo con la mano, a la que le faltaban ya  tres de sus cinco dedos. No llegué a tocarlo y lo perdí de vista.

 Anthony Blake tuvo el detalle de cerrar la puerta tras de sí, dejándome a solas con los zombis.  Mis gritos se ahogaron dentro del teatro y lo imaginé caminando con absoluta tranquilidad por las calles de la ciudad, fundiendo su escuálida y siniestra figura  entre las sombras de una noche sumergida en la propia muerte.

Lo curioso de todo esto es que los muertos no terminaron conmigo. Al menos no del todo. Ahora soy uno de esos malditos cadáveres que deambulan de un lado a otro tratando de llevarse un trozo de carne a un estómago que en realidad no lo necesita. Y puedo asegurar que es divertido atrapar a los vivos y disfrutar de sus caras de espanto, aunque últimamente se están haciendo fuertes y les gusta reventar la cabeza de los muertos que caminan. Yo soy más o menos un trapo. Me falta un brazo, apenas veo por uno de mis ojos, tengo la piel hecha jirones y  rotas algunas costillas, varios dedos y una rodilla.  Cada día que pasa apesto más porque mi cuerpo se está pudriendo a pasos agigantados. Y todo esto se lo debo a mi amigo Anthony. Por eso camino sin rumbo fijo por las calles de la ciudad, buscándolo. Lo mataré con mis propios dientes, lo convertiré en un monstruo como soy yo porque de alguna forma sé que el gran Anthony Blake, si continúa vivo,  no estará escondido demasiado tiempo. Como la mayoría de los artistas, y él sin duda lo es, vive de su propio ego y necesita del beneplácito del público. Pronto, en algún punto de la ciudad, organizará uno de sus atractivos espectáculos y no le importará que la audiencia sea un numeroso grupo de cadáveres vivientes porque su arte es capaz de dejar con la boca abierta incluso al más lerdo de los muertos. Y cuando eso suceda yo estaré entre su público. Me acercaré y acabaré con él, dando un giro asombroso a su espectáculo. Caerá ante su público, suplicará ante mí porque le haré sufrir como nunca jamás lo ha hecho. Llorará de dolor y entonces el telón bajará, los focos se apagarán y el arte de la imaginación se rendirá hasta su inevitable final.


El gran Anthony Blake tiene escrito su propio final y sucumbirá a mi sed de venganza. No puede ser de otra forma, amigo lector,  no le des vueltas porque, como siempre repetía, no tiene sentido.


MASACRE EN REYES

Mientras el gentío aguardaba impaciente la llegada de los Reyes Magos,  varios hombres uniformados se encontraban agazapados en los tejados de los edificios cercanos. Estaban armados hasta los dientes y esperaban  una orden precisa: disparar y acabar con la celebración. 

Debían caer los tres Reyes Magos y sus correspondientes pajes,  sin excepción.

Se iba a armar una bien gorda, por supuesto. Nada más producirse los primeros disparos la gente comenzaría  a gritar como loca y correría de un lado para otro  sin dirección fija con la única intención de salvar su propio pellejo. Habría muchas bajas y la mayoría de los muertos serían niños.

La plaza estaba abarrotada y tras las vallas colocadas a ambos lados de la carretera por donde pasarían los carruajes,  permanecían ansiosas cientos de personas dispuestas a presenciar la ceremonia. En pocos minutos, todo se iba a convertir en una auténtica tragedia. Decenas de padres perderían a sus hijos, un montón de niños llorarían asustados y un buen número de bebés se quedarían indefensos en sus cochecitos   o caerían de los brazos de sus padres que no sabrían hacía qué rincón dirigirse para evitar caer muerto allí mismo. Muchos de ellos dudarían sobre qué hijo querrían salvar y esas dudas  traerían sus propias muertes. Las balas recorrerían todo el lugar en múltiples direcciones y tomar la decisión correcta sería muy complicado.

Tal vez los primeros disparos fueran confundidos con los petardos que no dejaban de escucharse desde primeras horas de la tarde, pero cuando cayera el primer Rey con la cabeza reventada por la explosión de la bala que atravesaría su cerebro, el caos se desataría sin lugar a dudas. 

La gente correría presa de los nervios, la excitación y la impotencia, se empujaría y muchos caerían al suelo para ser pisados a veces por sus propios familiares. Niños atrapados entre las piernas de adultos que  buscan desesperadamente  la salvación. Serán pisoteados, aplastados y sus cadáveres quedarán esparcidos por la calle como reflejo de un horror sin precedentes. Los disparos no se detendrán hasta que los tres Reyes Magos hayan caído muertos y las balas se cobrarán la vida de muchos inocentes.

Las balas surcarán el aire, silbando con su siniestra melodía de muerte y muchos pequeños no sabrán hacia dónde ir. Sus manos perderán las manos de sus padres o, peor aún, los verán tendidos en el suelo, con los ojos abiertos y la sangre manando de las heridas abiertas. Llorarán y se sentirán abandonados. Huirán. Algunos caerán para formar parte de esta tragedia.

Apenas quedan unos minutos para que se inicie tan esperado evento. Las carrozas están preparadas. Los camellos nerviosos por el bullicio del gentío y el sonido de los petardos. Los Reyes Magos ansiosos encima de sus tronos mientras los pajes, ataviados con ropajes de luminosos colores, aguardan en silencio el momento en el que iniciarán el viaje a través de toda esa gente que se pondrá a gritar y a aplaudir con la emoción de los recuerdos de una  infancia pasada en el caso de los adultos y el entusiasmo en el de los más jóvenes.  Melchor, Gaspar y Baltasar lanzarán caramelos desde lo alto de sus carrozas mientras sus pajes obsequiarán a multitud de niños con cajas de regalos. Y tras varios minutos, desde el centro de la plaza abarrotada y coincidiendo con la llegada de los carruajes, se lanzarán fuegos artificiales y  caerán sobre la gente miles de globos de colores que ahora permanecen protegidos por una gigantesca malla que los mantiene sujetos a varios metros del suelo. En el interior de muchos de esos  globos se ocultan  papeletas con vales de descuento para las tiendas y establecimientos que han tenido a bien participar en el evento, regalos para niños y adultos por lo que, como ha ocurrido todos los años, la gente comenzará a explotar los globos con un ansia enfermiza y el sonido que se producirá en la plaza en aquellos momentos será propio de una batalla campal. Hoy, si todo sale según lo previsto, los globos no caerán al suelo porque los Reyes Magos estarán muertos antes de que sus carrozas lleguen al final de su recorrido. Todo esta preparado. La gente permanece nerviosa arremolinada en la plaza. Aguardan la aparición de las luces situadas en las carrozas, que avanzarán desde la lejanía con una lentitud pasmosa mientras los pajes caminarán  delante tirando de los camellos y repartiendo regalos. 

Sí. Todo está preparado. Los hombres uniformados permanecen ocultos en los tejados. Se mantienen atentos, con los ojos situados en el punto de mira de sus armas y el dedo en los gatillos. No van a dudar cuando llegue el momento. Están preparados para matar. Y lo harán en cuanto  reciban la orden. 

Comienza la fiesta. La Cabalgata de Reyes avanza por la carretera entre los gritos del gentío que recibe los carruajes entre aplausos.  Pero algo extraño sucede. El cielo, hasta ahora despejado y cubierto de un manto oscuro donde brillaban multitud de estrellas,  se ha cubierto por un ejército de nubes negras. De repente, como si bajara del cielo a una velocidad vertiginosa,  un frío glacial se va adueñando del lugar al mismo tiempo que la muchedumbre  enmudece y observa el avance de la cabalgata con los ojos abiertos como platos y la boca formando una inmensa O.  En sus rostros se refleja la perplejidad y la sorpresa pero las expresiones de sus caras poco a poco se van llenando de temor e incertidumbre. Después., como si esas expresiones hubieran mutado violentamente, se transforman en caras de espanto y horror.

Los pajes van caminando lentamente. Tiran de los camellos pero no miran a la gente ni reparten  regalos. Avanzan con la mirada perdida, los ojos en blanco y sus rostros pétreos. Sobre los carruajes, los tres Reyes Magos se encuentran erguidos, contemplando a la multitud a través de unos ojos en los que se puede apreciar la perversidad cubriendo  su interior. Observan en silencio, con las manos pegadas a sus cuerpos. Mueven sus cuellos lentamente para mirar a su alrededor y no perder detalle. Se oyen gritos entre la gente que espera la llegada de la cabalgata, pero no son gritos de  júbilo sino reflejos de terror.

Mientras los camellos tiran de las carrozas, los Reyes Magos comienzan a mover los brazos y se desprenden de sus aparatosos ropajes, que caen al suelo como piedras pesadas. Poco a poco van quedando desnudos y se quitan sus barbas falsas y sus melenas de ficción. Dejan sus cuerpos completamente desnudos y la gente se llena de horror. Están cubiertos de llagas sangrantes y la tonalidad de su piel es oscura y permanece arrugada, como si estuviera formada de cartón mojado. Sus rostros han adquirido una expresión diabólica y sus bocas enseñan una hilera de dientes largos y afilados. La gente comienza a retroceder, alejándose de tan dantesca escena pero otros, más de lo aconsejable, permanecen absortos contemplando el avance de las carrozas. Están inmóviles, no saben cómo reaccionar.
Por alguna extraña razón, los hombres armados de los edificios no reciben la orden de disparar y contemplan a los Reyes Magos a través de sus miras telescópicas. Comprueban que todo lo que les han dicho es  absolutamente cierto, que aquellas criaturas no son humanas y que cuando la cabalgata llegue hasta la plaza comenzará una masacre sin precedentes. Por eso están allí, para acabar con los Reyes Magos y evitar una tragedia pero la orden de disparar no llega a través de sus receptores. Se miran unos a otros estupefactos pero ellos son militares, no pueden actuar por voluntad propia y viven a costa de las exigencias de sus superiores que en estos momentos, por alguna extraña y oscura razón, permanecen en silencio.

Los Reyes Magos, convertidos ahora en seres abominables sedientos de sangre y carne humana, observan a la muchedumbre agolpada en la plaza, cientos de personas que aún no han visto de cerca el horror que se les aproxima en forma de vaga ilusión. En el momento en que la primera carroza llega hasta la plaza, la gente presa de la excitación y el entusiasmo, comienza a lanzar vítores y aplausos y multitud de niños ríen a carcajadas llenos de gozo y esperanza. Abren sus manos. Quieren caramelos. Esperan regalos.

Al mismo tiempo que se retira la inmensa malla  que cubre la gran plaza, los globos caen del cielo sobre la gente, que comienza a explotarlos en busca de  sorpresas y regalos.  Se lanzan los fuegos artificiales. En ese momento, los pajes sueltan las riendas de los camellos y se dirigen hacia la gente. Agarran a varios de ellos y las personas que lo contemplan advierten que algo demoníaco está ocurriendo frente a sus propias narices. Los pajes no tienen aspecto humano. Sus rostros resultan temibles y sus bocas pronto se llenan de sangre y carne tras los mordiscos que profieren a las personas más cercanas. Entre el sonido del júbilo y la alegría se mezclan los gritos de horror y dolor. Algunas personas comienzan a huir, otras siguen obsesionadas con encontrar ofrendas valiosas en el interior de los globos que no dejan de caer como el granizo en una tormenta. Cientos de niños permanecen agarrotados entre el gentío y contemplan cómo sus sueños estallan en mil pedazos en el mismo momento en que los tres Reyes Magos saltan de sus carruajes y se abalanzan, agresivos y violentos, sobre la gente. Muerden y arañan. Tratan de alimentarse de todos ellos mientras sobre los edificios un buen número de hombres uniformados contemplan la sangrienta escena y el sonido de la muerte y el horror se instala en sus oídos, como una salvaje cacofonía que jamás podrán olvidar.


Aquellos hombres que podían haber evitado la tragedia,  permanecen en sus puestos esperando la orden de disparar, una orden que no llegará, porque alguien en las altas esferas  trabaja para   los  oscuros intereses de un nuevo orden, oculto entre las sombras,  que usará esta tragedia para instaurarse en el mundo y dominarlo al completo.


ESPIRITU NAVIDEÑO

Algo tiene este niño que no puedo partirlo en dos. Duerme con absoluta tranquilidad, ajeno a la sangrienta matanza que se ha celebrado a pocos metros de allí, en el remanso de paz que hasta este momento era  su hogar.

He entrado con la intención de matarlos a todos, como cada año hago por estas fechas. Sembrar la tragedia en una familia escogida al azar, acabar con sus miembros y teñir las Navidades de un fuerte color escarlata. Y hoy, por primera vez, me siento incapaz de terminar la tarea. No puedo matar a  este pequeño.

Tiene los ojos cerrados. Su respiración es relajada y mantiene en sus labios una especie de sonrisa. Parece muy feliz. Veo en el suelo varias cajas abiertas y muchos juguetes esparcidos por el suelo. Son los regalos que ha recibido y con los que ha jugado hasta la extenuación.

Tras el ventanal,  bajo la nieve, he estado contemplando a la familia mientras cenaba, cuando  abrían sus regalos y he aguardado abrigado por  el afilado frío con mucha paciencia hasta que todas las luces se apagaron. He tatareado un villancico mientras daba tiempo a que el sueño venciera a cada uno de ellos y después he irrumpido en la casa. 

Cuando he roto el cristal el sonido ha sido apagado por el ruido de un lejano trueno. La nieve ha tratado de meterse dentro de la casa, donde hay calor y se respira felicidad. En la planta baja he matado a un matrimonio que dormitaba en la habitación de invitados. Los he destrozado a hachazos y  la sangre ha cubierto las paredes y el techo. El amasijo de carne en  el  que se han convertido los cuerpos ha logrado que me hierva la sangre y sienta la  primera erección de esta noche. Satisfecho, pero sabiendo que el trabajo no estaba completo, comencé a subir las escaleras de madera que crujieron bajo mi peso. Mis botas rojas dejaron huellas sangrientas en cada peldaño. Resoplé bajo mi amplia barba  y seguí avanzando, con el hacha agarrada entre las manos. Mis ojos brillaron al contemplar la hoja afilada goteando sangre. La sensación de pura maldad me convencía, una vez más, de que estaba haciendo lo correcto.

Llegué arriba. Cuando entré en la habitación principal descubrí que el matrimonio estaba haciendo el amor. Ella se movía encima de él. Con el primer golpe la decapité y después bajé el hacha para hincarla en el pecho del desgraciado. Murió contemplando estupefacto la imagen malvada de Papa Noel acabando con la vida de su esposa y con la suya propia.

Abandoné la habitación y entré en otra. Una adolescente dormía profundamente con las orejas cubiertas por unos auriculares  de los que salía música a un volumen bestial. Levanté mi hacha y en ese  mismo instante, como un delicioso capricho del destino,  la chica abrió los ojos. Sonreí.

—¡Feliz Navidad!—dije al mismo tiempo que bajé los brazos con todas mis fuerzas. El hacha se clavó en la cara y partió su cabeza en dos. La sangre saltó como si se hubiera producido una explosión y me golpeó el rostro. Saqué mi lengua y me relamí, saboreé el sabor de aquella muchacha y fue entonces cuando se produjo mi segunda erección. 

Me di la vuelta y salí de la habitación para dirigirme hasta mi último objetivo. Y aquí estoy, contemplando el cuerpo indefenso del pequeño. No puedo matarlo. Ignoro la razón y admito que es la primera vez que me pasa. Su cara es angelical. Los ojos se le mueven bajo  los párpados y la sonrisa no desaparece de sus labios. Es feliz. Probablemente por los regalos que ha recibido, por las fechas en las que estamos. Notó la ilusión en su interior, la pureza de su alma y acaricio suavemente su frágil brazo inmerso en los recuerdos y la tristeza.

Dejo caer el hacha que produce un ruido estruendoso junto a mis pies. Me quitó el gorro rojo que calienta mi cabeza y lo tiro sobre la cama. Después, con las manos cubiertas por la sangre, me despojo de la peluca y la poblada barba blanca. Abro los botones de mi chaqueta y me la quito. Con el torso desnudo, cubierto de heridas y tatuajes, me doy media vuelta y abandono la habitación del pequeño. Desde el umbral de la puerta lo contemplo con la envidia que corre por mis venas porque sé que ese niño ama las Navidades y  que para él son muy especiales. Tiene su espíritu navideño intacto y eso provoca que mis ojos se cubran de lágrimas que acaban resbalando por mis mejillas.

Mientras abandono la casa y camino con los pies desnudos sobre la nieve, me seco los ojos y después sonrió con la satisfacción de saber que para ese niño, a partir de ahora, las Navidades nunca serán iguales. Las odiara. Rechazará todo lo relacionado con estas festividades, repudiará los villancicos, no querrá regalo alguno y jamás volverá a celebrar el nacimiento de Jesús.  Jamás olvidará que alguien vestido de Papa Noel acabó la misma noche con toda su familia, una fecha que se convertirá en la herida más profunda que el ser humano pueda soportar. Su alma enfermará. La sonrisa se borrará definitivamente de sus labios y el espíritu navideño se convertirá en su interior en un cáncer, condenado a revivir constantemente los sangrientos recuerdos de una tragedia inexplicable. 


—¡Ho, Ho, Ho!—murmuro antes de que decida cantar un nuevo villancico—dejarlo vivo es lo mejor que he podido hacer esta noche.


EL CABALLERO DE LA TRISTE FIGURA

Tenía las manos apoyadas en el ventanal de su despacho y miraba directamente hacia la calle, con la frente pegada al cristal. La lluvia caía sobre el asfalto con vertiginosa insistencia. Sus ojos estaban cubiertos de lágrimas. Contemplaba horrorizado la horda de muertos vivientes que caminaba por las calles sembrando la muerte y la destrucción.

-Son como  gallinas sin cabeza.-murmuró casi para sus adentros.

-Sí.-dijo la voz de una mujer dentro de su cabeza mientras observaba con desmedido interés  el caos que se había desatado en la ciudad.-Esos cadáveres parecen un poco desorientados.

-No.-dijo él en voz alta-Me refiero a los vivos, que corren de un lado a otro tratando de escapar, empujados por el miedo y el espanto. Los muertos tienen sus limitaciones pero saben bien lo que quieren.

Tras estas palabras, el hombre dejó de examinar la ciudad sumida en la destrucción y centró su atención en el pequeño grupo que se había refugiado en las oficinas pocos minutos antes de que se desatara la tragedia.  Aparte de su secretaria, en su despacho se encontraban tres chicas adolescentes y dos muchachos. Estaban muy asustados. Uno de ellos tenía la ropa manchada de sangre. Habían contado que para entrar en el edificio tuvieron que quitarse de en medio a dos muertos vivientes y aquél joven le había aplastado la cabeza con una barra de hierro que había encontrado junto a los contenedores de basura situados pocos metros más allá de la puerta principal del edificio. El chico, un melenudo ataviado con ropaje negro, agarraba la barra con las dos manos y tenía el rostro desencajado. Pensó que podía tratarse del shock que había supuesto enfrentarse con un muerto viviente y enviarlo de regreso a la tumba pero viendo las pintas del quinqui, José López Jara barajó otra hipótesis vinculada al consumo de algunas sustancias nocivas. Dedujo que aquél tipo podía suponer un problema en un futuro y en su mente comenzó a perfilarse un plan que se reducía, simplemente, a volarle la cabeza de un maldito disparo.

-Tenemos que salir de aquí.-dijo mirando de nuevo hacia el exterior. Sintió cierta emoción al contemplar las calles abarrotadas de zombis. A través de los ventanales se escuchaban los alaridos de las personas que caían bajo los dientes de los muertos. Sus gritos taladraron las esperanzas del pequeño grupo que se encontraba en el despacho, convirtiéndola  en una mezcla de miedo y angustia. Se oyeron sollozos allí dentro. Algunos rezos. José López Jara permanecía tranquilo. Sabía lo que había que hacer. Lo había leído un montón de veces. A eso se dedicaba. O a algo parecido. 

Durante años llegaron a sus manos cientos de manuscritos que leía con paciencia, la mayoría vinculados al género de lo fantástico y el terror. Y entre ellos había zombis, por supuesto. Escenas como las que podían verse desde la ventana, con un ejército innumerable de cadáveres putrefactos avanzando en todas las direcciones posibles, de movimientos torpes y tan hambrientos como los monstruos más inenarrables, habían pasado miles de veces por sus ojos. Obras terribles que a veces le pusieron los pelos de punta;  otras le aburrieron en demasía, pero siempre valoró el esfuerzo de sus autores. Y allí estaban los jodidos muertos. Los muertos dominaban la ciudad. El fuego, la sangre y la desesperación barrían por completo cada recodo de cada calle. Junto a los cadáveres podridos que se movían en busca de más comida se encontraban los cuerpos descuartizados de todos aquellos que no habían podido huir a tiempo de la horda infernal y yacían tirados en el suelo, como restos de basura.

Sonaron algunos ruidos extraños en el interior del edificio. Si los zombis no habían entrado todavía en el inmueble lo harían en cualquier momento. Era cuestión de tiempo y él sabía que de quedarse allí, la muerte, con su repugnante olor y su mirada atroz, acabaría por alcanzarlos. Y si los zombis entraban en el despacho nadie podría escapar con vida. Eso lo sabía bien. Los puñeteros escritores siempre hablaban de las trampas en las que se convertían los lugares cerrados y reducidos. Aquello no era un centro comercial, ni un búnker atestado de comida y víveres. Estaban en su puto despacho. Cuatro paredes en las que había transcurrido gran parte de su vida profesional. Convencido de huir y de buscar un refugio mejor, tal y como había leído varias veces en numerosos manuscritos, José López Jara se acercó a su mesa y abrió un cajón. Sacó un revolver y comprobó que estaba cargado. Sonrió cuando se topó con los ojos abiertos de par en par de su secretaria.

-Tranquila guapa, esto tenía que pasar.-dijo el editor refiriéndose a la hecatombe zombi que asolaba la ciudad.-Tanto hijo de puta no podía estar equivocado.

Miró la infinidad de textos que se acumulaban en su mesa de trabajo. Manuscritos terroríficos que ya no tendría su oportunidad. El mundo se había ido a la mierda, literalmente y nada de todo aquello importaba salvo sobrevivir. Los autores de todas esas historias estarían tratando de salvar sus propios culos. Y si fueran tan inteligentes como él  se  habrían hecho con un arsenal. Nunca sabes cuándo los muertos pueden decidir salir de sus tumbas y caminar por las calles; o cuando estás en medio de una batalla terrible entre hombros lobos y sanguinarios vampiros, sin olvidarnos de la posibilidad de que seres del espacio exterior decidan invadirnos de una puta vez con el deseo de exterminar a la raza humana al completo. Y él estaba preparado. ¡Claro que lo estaba! Había leído mucho sobre todas esas historias y había hecho los deberes. Si alguien podía salvar a la Humanidad de su inmediata extinción era precisamente una persona como él.

Los escritores de terror, esos despreciables humanos con pretensiones oscuras y malévolas, podían ser un perfecto grupo para combatir a los muertos vivientes pero pronto caerían bajo el yugo de su poder porque en realidad eran personas enfermas que expresaban sus inquietudes a través de cuentos horribles, en su mayoría desastrosos. Sin embargo, José López Jara debía admitirlo. Aquellos tipos, extraños y frikis en su mayoría, eran unos visionarios y lo demostraba el desastre que se había desencadenado en la calle. Allí estaban los monstruos que describían en sus novelas. Muertos que se habían despertado y empujaban la muerte y su apestoso olor hacia cada rincón de la ciudad. El brote de histeria que vive en los cerebros desencajados de los novelistas tenía allí su fiel justificación. Pero él, que había leído tantos y tantos manuscritos, sabía de primera mano que aquellos locos dementes nunca se ponían de acuerdo y en su locura buscaban sino la perfección sí la diferencia para  pretender ser originales, lo que a veces convertían sus trabajos en infumables. Por esa razón caerían como moscas en esta hecatombe. No así él, que era un gran experto y había habilitado su casa en una fortaleza impenetrable donde ni los muertos más inteligentes podrían alcanzarle con su podrido olor. 

José López Jara tenía que llegar a su casa. Podía llevarse a su secretaria, pero no al grupo de muchachos que había entrado en el edificio huyendo de la marabunta salvaje de muertos vivientes. No tenía víveres para tanta gente. Algo se cruzó por su cabeza, una salvaje ocurrencia, algo maquiavélico. Sonrió de forma siniestra y una sombra cubrió el rostro del famoso editor, confiriéndole un aspecto diabólico.

-Tenemos que salir de aquí.-dijo el editor aferrando la pistola con fuerza y demostrando al grupo quién mandaba allí.

Todos los presentes movieron la cabeza asustados. José López Jara se encogió de hombros. Aquellas personas parecían los personajes cobardes de una mala novela de terror pero él se erigiría como un héroe entre líneas. No trató de convencerlos. Sabía perfectamente lo que pasaría. Una pelea. Varios heridos. Algún muerto. Y el sonido de esa batalla alertaría a los zombis que pululaban en el exterior. Estiró el brazo para agarrar a su secretaria pero ella se apartó con los ojos llorosos. Leyó en ellos el pánico.

-Quedarse aquí es morir.

-¿Y salir a la calle? ¡Estás loco!.-gritó uno de los muchachos. Solamente gimoteó pero él escuchó su voz resonando en el interior de su cabeza.

 -Es posible.-murmuró el editor y miró hacia la puerta del despacho. Creyó haber distinguido un ruido lejano, como si los muertos ya estuvieran dentro pero pronto ladeó la cabeza al comprender que no eran más que sus temores. Porque tenía miedo, pero eso le sucedía  a todos los héroes, ¿no?

José López Jara se preparó para marchar. Mientras cogía un abrigo negro y aferraba con más fuerza la pistola, estalló en una sonora carcajada al imaginarse que la puerta se destrozaba por la presencia violenta de un gran grupo de escritores convertidos en zombis que acudían a él para vengarse porque había rechazado sus trabajos. Y habría otros más pesados que llevarían sus manuscritos bajo el brazo pidiendo, suplicando más bien, la publicación de sus novelas. A veces se sentía Dios. El futuro de todos ellos dependía de si apostaba por aquellos idiotas o los hundía en el abismo de la incertidumbre y la desesperación. No tenía mal curro, la verdad, pero era mejor matar zombis. Envidiaba a los protagonistas de los cuentos de terror. Siempre se llevaban a la chica, como héroes anónimos en un mundo de papel en que la imaginación enferma de un orgulloso autor hacía que ocurrieran las cosas más horribles. Y ahora todo eso estaba sucediendo en la calle. Y él siempre había confiado en que tarde o temprano el temible holocausto estallaría en sus propias narices.

El abrigo negro le quedaba espléndidamente. El cuero negro  resbalaba por su espalda y caía hasta sus tobillos. Se había enfundado unas botas negras y cubrió las   manos con guantes cuyos dedos estaban cortados. Se miró en el espejo. Sopesó raparse el pelo al cero para darse un aire a Rob Halford pero ahora no tenía tiempo para tonterías.

El hedor de los cadáveres que se arrastraban como peleles en las calles cercanas ya se colaba por las rendijas de las ventanas cerradas y el despacho se estaba convirtiendo en un refugio irrespirable e incómodo. Era hora de salir ahí fuera y aplastar cabezas, como los héroes de las novelas que su editorial había publicado. Durante un instante, miró hacia la papelera y la vio llena de manuscritos inéditos. Allí, entre la basura, había auténticas joyas pero el mercado no estaba por la labor de dar oportunidades a gente que no conocían ni en su propia casa. Gente con talento, sin duda, pero que ahora estaría corriendo de un lado a otro tratando de escapar de la muerte que se había levantado con un hambre atroz.

A él no le cogerían desprevenido. Iba a reventar cráneos al más puro estilo Schwarzenegger. Tenía ganas de aplastar cerebros. De ver la cara de idiotas de los malolientes cadáveres cuando la bala perforara sus podridas cabezas. Jose Lopez Jara iba a convertirse en una leyenda  y ni el desquiciado y polémico Chuck Norris iba a llegarle a la suela de sus zapatos. . Y menos con aquellas preciosas botas negras de punta de acero.

Mientras se preparaba para la batalla, el grupo de adolescentes que habían irrumpido en el despacho tras el envite zombi que envolvía   la ciudad y su secretaria, lo observaban con los ojos muy abiertos y los rostros desencajados, como si el famoso editor hubiese perdido la cabeza. Tenían las manos atadas y lo miraban con auténtico terror pero de eso José Lopez Jara no quería darse cuenta. Para él era un grupo de muchachos asustados que habían tenido la suerte de huir de los muertos y de refugiarse en un lugar donde él podía ayudarles en lugar de un grupo de jóvenes autores que había irrumpido violentamente en el edificio, buscando a la persona que había rechazado su proyecto. Su secretaria había intentado pararlos y se vio vencida por la agresividad de los jóvenes que en cuestión de segundos fueron reducidos por el propio editor. José López Jara tal vez sufrió en aquél momento una explosión dentro de su cabeza  porque no dudó en atar también a su secretaria. Los ojos del editor  habían cambiado en aquel momento. Algo no andaba bien dentro de su cabeza, a todos los presentes le quedó claro cuando se asomó a la ventana y comenzó a hablar de muertos vivientes recorriendo las calles de Barcelona.

Estaba preparado para combatirlos. Podía enfrentarse a ellos. No sentía miedo alguno y podía convertirse en un insigne salvador de la Humanidad como lo fue Jack Bauer, que se enfrentó a cientos de terroristas y salvó al mundo de atentados terribles. José López Jara salvaría a su  país o al menos a su ciudad. Sabía bien lo que tenía que hacer. Lo decían todos aquellos escritores que habían pasado por sus manos. Un disparo en el cerebro y los muertos caían al suelo como moscas aplastadas.

La pareja de jóvenes y la propia secretaria vieron cómo el editor comprobaba una vez más su pistola y lo vieron caminar hacia un lado de la pared. Pulsó un resorte y un panel de madera se corrió hacia un lado para dejar a la vista un inquietante arsenal. Pistolas de alto calibre, escopetas, rifles, puñales, puños americanos, granadas… José López Jara llevaba tiempo almacenando aquellos tesoros y ahora había llegado el momento de utilizarlos.

Se armó hasta los dientes. Bajo las botas cuchillos de caza. Rodeando su cintura y colgadas del cinturón bailaban peligrosamente varias granadas. Colocó al final de su espalda una pistola y aferró con fuerza un subfusil. Sus ojos brillaron de emoción y se giró lentamente para observar con detenimiento a su secretaria y al grupito de jóvenes que permanecían sentados en el suelo, como rehenes. Si en aquellos momentos se encontrara junto a ellos Sancho Panza vería en la mirada de José López Jara la misma expresión que sujetara el rostro de su amigo Don Quijote instantes antes de enfrentarse a los molinos de viento. 

El famoso editor cubrió sus ojos con unas gruesas gafas de sol y con voz grave y profunda lazó un “Volveré” que hizo estremecer a todos los presentes. Después, salió por la puerta, caminando como un auténtico marine que avanza hacia el campo de batalla.

Se escucharon sus pisadas acercándose al ascensor y las puertas de éste al abrirse con pasmosa lentitud. Después el silencio…

…hasta que minutos después se escuchan los primeros disparos, las primeras explosiones. Gritos en la calle, alaridos desgarradores y más disparos, más explosiones. En la mente de José Löpez Jara los zombis se arrastran por las calles de Barcelona y él dispara a bocajarro para reventarles el cráneo. Lanza granadas cuando ve  un nutrido grupo de muertos vivientes que avanza lentamente con sus rostros putrefactos y las  miradas inertes. Saltan en mil pedazos y esta sensación  le hace sentir vivo y orgulloso. Durante unos instantes tiene un momento de duda. Se ve metido en una aventura enfermiza de uno de aquellos locos engreídos que escriben horribles historias hasta que observa por el rabillo del ojo que las puertas de un cine cercano se abren y una marabunta de personas sale al exterior y que él interpreta como el avance de un ejército de malolientes zombis. Dispara a diestro y siniestro. Siente una profunda lastima, cierra los ojos consternado. El virus o la enfermedad que se ha expandido por toda la ciudad también ha infectado a niños. Ahora son monstruos y dispara una y otra vez. Son demasiados. Se sorprende que aquellos muertos vivientes vociferen y emitan  gritos desgarradores que suenan  en   sus oídos como respiraciones lacónicas y profundas, como gemidos angustiosos de seres a los  que les falta la vida, tal y como expresan los escritores en sus aventuras. Y comienzan a correr.  No se sorprende demasiado. A veces ha  leído que los zombis son tan veloces como las balas aunque por norma general resultan torpes, lentos y tontos. Lanza varias granadas y abandona el lugar antes de que explosionen. Ríe a carcajadas al imaginarse el vertiginoso vuelo de los miembros amputados de todos aquellos horribles monstruos que ya no volverán a caminar jamás.

Familias completas que salen de restaurantes y centros comerciales; hombres y mujeres que regresan de sus lugares de trabajo; transeúntes que suben del metro agotados tras un día largo y duro…, todos ellos se convierten dentro de la cabeza de José López Jara en muertos vivientes ávidos de carne humana. Y él se erige como juez exterminador, como héroe que salvará a su ciudad de la plaga que la peste de los muertos ha  traído. Y ríe estrepitosamente mientras dispara una y otra vez y revienta cabezas. 

La gente huye despavorida, se aparta del loco que arremete contra ellos. Y están todos infectados. Lo sabe bien. Es lo que pasa en las novelas, lo que ha leído una y otra vez. Y acabara con todos o morirá en el empeño. Está armado y es peligroso. 

Sirenas de varios  coches patrullas. Luces parpadeantes que se acercan. “Por fin viene la ayuda.-murmura para sus adentros.-Pero yo no la necesito” Y dispara de nuevo acabando con todo aquel desafortunado que se cruza en su camino.

En cuestión de  segundos se ve rodeado por numerosos agentes de policía y durante unos instantes permanece contrariado hasta que comprende que uno de esos putos muertos ha debido morderle. Es lo que pasa en las historias. A veces el héroe recibe la maldición. No tardará en transformarse  y convertirse en una bestia hambrienta. Los policías  lo saben y quieren acabar con él.

Entiende que no puede hacer nada. Es su final. No hay huída.  No tiene sitio a dónde ir. Le duele la pierna. Ahí debe de tener la herida. Probablemente un arañazo o quizá un mordisco profundo, porque duele horrores. Cojea. Agacha la cabeza y ve un boquete tremendo del que sale sangre, Entre ella puede vislumbrar el hueso que ha quedado al aire. Apenas le quedan unos minutos antes de la inminente transformación.

Sopesa pegarse un tiro. Es como suelen morir los héroes, los protagonistas de esas delirantes aventuras que no siempre acaban bien. Tiene mucha más dignidad que todo eso y prefiere ser abatido.

Deja caer las gafas para observar al ejército de agentes que acabara con su vida. Eleva el brazo y levanta el pulgar. Satisfecho. Orgulloso de haber aportado su granito de arena contra la maldición de la muerte.

Y los disparos suenan. Desde diferentes ángulos. El cuerpo del editor se agita como lo haría un poseso en su momento más espectacular. La sangre brota de su pecho, piernas y cabeza y el cuerpo cae redondo con los ojos muy abiertos y una amplia sonrisa dibujada en sus labios.

-No esta mal.-dice José López Jara levantando la vista del manuscrito y dirige su mirada hacia el hombre que se encuentra sentado al otro lado de la mesa de su despacho.-Pero sin duda podemos mejorarlo.

El escritor que había acudido al despacho del editor  para que  valorara su historia personalmente, en la que tenía puesta mucha confianza e ilusión, tuerce el morro mostrando cierta preocupación.

-¿Quiere cambiar algo de la historia?

-Sí. Hay algo que ayudaría a colocar tu propuesta en un nivel superior. Podemos hacerla… mejor.

-¿Cómo?

-Muy fácil.-responde José López Jara y con el ceño fruncido se inclina sobre la mesa y abre un cajón. Extrae de su interior un revolver y sin mayor demora apunta directamente a la cabeza del escritor. Aprieta el gatillo mucho antes de que el autor pueda parpadear. 

La bala perfora su cabeza  y la revienta, justo en el centro de su frente. La sangre salta por los aires y mancha la cara del propio editor, que se ladea disgustado. El escritor cae hacia atrás  y su cuerpo se queda inmóvil tirado en el suelo, en una postura ridícula.

-¡A tomar por  culo!

José López Jara recoge entre sus manos el manuscrito que aquél hombre le acaba de entregar y lo lanza directamente a la papelera, donde rebosan  decenas de obras de otros muchos autores y que han sido igualmente rechazadas, autores que han seguido la suerte de este pobre desgraciado y cuyos nombres, desconocidos para el gran público, son ahora muescas en el cinturón del famoso editor, que no puede evitar reclinarse sobre su asiento, coloca las manos por detrás de la cabeza  y esboza una siniestra e inquietante sonrisa al tiempo que cierra los ojos y se entrega a la oscuridad.