EL CABALLERO DE LA TRISTE FIGURA

Tenía las manos apoyadas en el ventanal de su despacho y miraba directamente hacia la calle, con la frente pegada al cristal. La lluvia caía sobre el asfalto con vertiginosa insistencia. Sus ojos estaban cubiertos de lágrimas. Contemplaba horrorizado la horda de muertos vivientes que caminaba por las calles sembrando la muerte y la destrucción.

-Son como  gallinas sin cabeza.-murmuró casi para sus adentros.

-Sí.-dijo la voz de una mujer dentro de su cabeza mientras observaba con desmedido interés  el caos que se había desatado en la ciudad.-Esos cadáveres parecen un poco desorientados.

-No.-dijo él en voz alta-Me refiero a los vivos, que corren de un lado a otro tratando de escapar, empujados por el miedo y el espanto. Los muertos tienen sus limitaciones pero saben bien lo que quieren.

Tras estas palabras, el hombre dejó de examinar la ciudad sumida en la destrucción y centró su atención en el pequeño grupo que se había refugiado en las oficinas pocos minutos antes de que se desatara la tragedia.  Aparte de su secretaria, en su despacho se encontraban tres chicas adolescentes y dos muchachos. Estaban muy asustados. Uno de ellos tenía la ropa manchada de sangre. Habían contado que para entrar en el edificio tuvieron que quitarse de en medio a dos muertos vivientes y aquél joven le había aplastado la cabeza con una barra de hierro que había encontrado junto a los contenedores de basura situados pocos metros más allá de la puerta principal del edificio. El chico, un melenudo ataviado con ropaje negro, agarraba la barra con las dos manos y tenía el rostro desencajado. Pensó que podía tratarse del shock que había supuesto enfrentarse con un muerto viviente y enviarlo de regreso a la tumba pero viendo las pintas del quinqui, José López Jara barajó otra hipótesis vinculada al consumo de algunas sustancias nocivas. Dedujo que aquél tipo podía suponer un problema en un futuro y en su mente comenzó a perfilarse un plan que se reducía, simplemente, a volarle la cabeza de un maldito disparo.

-Tenemos que salir de aquí.-dijo mirando de nuevo hacia el exterior. Sintió cierta emoción al contemplar las calles abarrotadas de zombis. A través de los ventanales se escuchaban los alaridos de las personas que caían bajo los dientes de los muertos. Sus gritos taladraron las esperanzas del pequeño grupo que se encontraba en el despacho, convirtiéndola  en una mezcla de miedo y angustia. Se oyeron sollozos allí dentro. Algunos rezos. José López Jara permanecía tranquilo. Sabía lo que había que hacer. Lo había leído un montón de veces. A eso se dedicaba. O a algo parecido. 

Durante años llegaron a sus manos cientos de manuscritos que leía con paciencia, la mayoría vinculados al género de lo fantástico y el terror. Y entre ellos había zombis, por supuesto. Escenas como las que podían verse desde la ventana, con un ejército innumerable de cadáveres putrefactos avanzando en todas las direcciones posibles, de movimientos torpes y tan hambrientos como los monstruos más inenarrables, habían pasado miles de veces por sus ojos. Obras terribles que a veces le pusieron los pelos de punta;  otras le aburrieron en demasía, pero siempre valoró el esfuerzo de sus autores. Y allí estaban los jodidos muertos. Los muertos dominaban la ciudad. El fuego, la sangre y la desesperación barrían por completo cada recodo de cada calle. Junto a los cadáveres podridos que se movían en busca de más comida se encontraban los cuerpos descuartizados de todos aquellos que no habían podido huir a tiempo de la horda infernal y yacían tirados en el suelo, como restos de basura.

Sonaron algunos ruidos extraños en el interior del edificio. Si los zombis no habían entrado todavía en el inmueble lo harían en cualquier momento. Era cuestión de tiempo y él sabía que de quedarse allí, la muerte, con su repugnante olor y su mirada atroz, acabaría por alcanzarlos. Y si los zombis entraban en el despacho nadie podría escapar con vida. Eso lo sabía bien. Los puñeteros escritores siempre hablaban de las trampas en las que se convertían los lugares cerrados y reducidos. Aquello no era un centro comercial, ni un búnker atestado de comida y víveres. Estaban en su puto despacho. Cuatro paredes en las que había transcurrido gran parte de su vida profesional. Convencido de huir y de buscar un refugio mejor, tal y como había leído varias veces en numerosos manuscritos, José López Jara se acercó a su mesa y abrió un cajón. Sacó un revolver y comprobó que estaba cargado. Sonrió cuando se topó con los ojos abiertos de par en par de su secretaria.

-Tranquila guapa, esto tenía que pasar.-dijo el editor refiriéndose a la hecatombe zombi que asolaba la ciudad.-Tanto hijo de puta no podía estar equivocado.

Miró la infinidad de textos que se acumulaban en su mesa de trabajo. Manuscritos terroríficos que ya no tendría su oportunidad. El mundo se había ido a la mierda, literalmente y nada de todo aquello importaba salvo sobrevivir. Los autores de todas esas historias estarían tratando de salvar sus propios culos. Y si fueran tan inteligentes como él  se  habrían hecho con un arsenal. Nunca sabes cuándo los muertos pueden decidir salir de sus tumbas y caminar por las calles; o cuando estás en medio de una batalla terrible entre hombros lobos y sanguinarios vampiros, sin olvidarnos de la posibilidad de que seres del espacio exterior decidan invadirnos de una puta vez con el deseo de exterminar a la raza humana al completo. Y él estaba preparado. ¡Claro que lo estaba! Había leído mucho sobre todas esas historias y había hecho los deberes. Si alguien podía salvar a la Humanidad de su inmediata extinción era precisamente una persona como él.

Los escritores de terror, esos despreciables humanos con pretensiones oscuras y malévolas, podían ser un perfecto grupo para combatir a los muertos vivientes pero pronto caerían bajo el yugo de su poder porque en realidad eran personas enfermas que expresaban sus inquietudes a través de cuentos horribles, en su mayoría desastrosos. Sin embargo, José López Jara debía admitirlo. Aquellos tipos, extraños y frikis en su mayoría, eran unos visionarios y lo demostraba el desastre que se había desencadenado en la calle. Allí estaban los monstruos que describían en sus novelas. Muertos que se habían despertado y empujaban la muerte y su apestoso olor hacia cada rincón de la ciudad. El brote de histeria que vive en los cerebros desencajados de los novelistas tenía allí su fiel justificación. Pero él, que había leído tantos y tantos manuscritos, sabía de primera mano que aquellos locos dementes nunca se ponían de acuerdo y en su locura buscaban sino la perfección sí la diferencia para  pretender ser originales, lo que a veces convertían sus trabajos en infumables. Por esa razón caerían como moscas en esta hecatombe. No así él, que era un gran experto y había habilitado su casa en una fortaleza impenetrable donde ni los muertos más inteligentes podrían alcanzarle con su podrido olor. 

José López Jara tenía que llegar a su casa. Podía llevarse a su secretaria, pero no al grupo de muchachos que había entrado en el edificio huyendo de la marabunta salvaje de muertos vivientes. No tenía víveres para tanta gente. Algo se cruzó por su cabeza, una salvaje ocurrencia, algo maquiavélico. Sonrió de forma siniestra y una sombra cubrió el rostro del famoso editor, confiriéndole un aspecto diabólico.

-Tenemos que salir de aquí.-dijo el editor aferrando la pistola con fuerza y demostrando al grupo quién mandaba allí.

Todos los presentes movieron la cabeza asustados. José López Jara se encogió de hombros. Aquellas personas parecían los personajes cobardes de una mala novela de terror pero él se erigiría como un héroe entre líneas. No trató de convencerlos. Sabía perfectamente lo que pasaría. Una pelea. Varios heridos. Algún muerto. Y el sonido de esa batalla alertaría a los zombis que pululaban en el exterior. Estiró el brazo para agarrar a su secretaria pero ella se apartó con los ojos llorosos. Leyó en ellos el pánico.

-Quedarse aquí es morir.

-¿Y salir a la calle? ¡Estás loco!.-gritó uno de los muchachos. Solamente gimoteó pero él escuchó su voz resonando en el interior de su cabeza.

 -Es posible.-murmuró el editor y miró hacia la puerta del despacho. Creyó haber distinguido un ruido lejano, como si los muertos ya estuvieran dentro pero pronto ladeó la cabeza al comprender que no eran más que sus temores. Porque tenía miedo, pero eso le sucedía  a todos los héroes, ¿no?

José López Jara se preparó para marchar. Mientras cogía un abrigo negro y aferraba con más fuerza la pistola, estalló en una sonora carcajada al imaginarse que la puerta se destrozaba por la presencia violenta de un gran grupo de escritores convertidos en zombis que acudían a él para vengarse porque había rechazado sus trabajos. Y habría otros más pesados que llevarían sus manuscritos bajo el brazo pidiendo, suplicando más bien, la publicación de sus novelas. A veces se sentía Dios. El futuro de todos ellos dependía de si apostaba por aquellos idiotas o los hundía en el abismo de la incertidumbre y la desesperación. No tenía mal curro, la verdad, pero era mejor matar zombis. Envidiaba a los protagonistas de los cuentos de terror. Siempre se llevaban a la chica, como héroes anónimos en un mundo de papel en que la imaginación enferma de un orgulloso autor hacía que ocurrieran las cosas más horribles. Y ahora todo eso estaba sucediendo en la calle. Y él siempre había confiado en que tarde o temprano el temible holocausto estallaría en sus propias narices.

El abrigo negro le quedaba espléndidamente. El cuero negro  resbalaba por su espalda y caía hasta sus tobillos. Se había enfundado unas botas negras y cubrió las   manos con guantes cuyos dedos estaban cortados. Se miró en el espejo. Sopesó raparse el pelo al cero para darse un aire a Rob Halford pero ahora no tenía tiempo para tonterías.

El hedor de los cadáveres que se arrastraban como peleles en las calles cercanas ya se colaba por las rendijas de las ventanas cerradas y el despacho se estaba convirtiendo en un refugio irrespirable e incómodo. Era hora de salir ahí fuera y aplastar cabezas, como los héroes de las novelas que su editorial había publicado. Durante un instante, miró hacia la papelera y la vio llena de manuscritos inéditos. Allí, entre la basura, había auténticas joyas pero el mercado no estaba por la labor de dar oportunidades a gente que no conocían ni en su propia casa. Gente con talento, sin duda, pero que ahora estaría corriendo de un lado a otro tratando de escapar de la muerte que se había levantado con un hambre atroz.

A él no le cogerían desprevenido. Iba a reventar cráneos al más puro estilo Schwarzenegger. Tenía ganas de aplastar cerebros. De ver la cara de idiotas de los malolientes cadáveres cuando la bala perforara sus podridas cabezas. Jose Lopez Jara iba a convertirse en una leyenda  y ni el desquiciado y polémico Chuck Norris iba a llegarle a la suela de sus zapatos. . Y menos con aquellas preciosas botas negras de punta de acero.

Mientras se preparaba para la batalla, el grupo de adolescentes que habían irrumpido en el despacho tras el envite zombi que envolvía   la ciudad y su secretaria, lo observaban con los ojos muy abiertos y los rostros desencajados, como si el famoso editor hubiese perdido la cabeza. Tenían las manos atadas y lo miraban con auténtico terror pero de eso José Lopez Jara no quería darse cuenta. Para él era un grupo de muchachos asustados que habían tenido la suerte de huir de los muertos y de refugiarse en un lugar donde él podía ayudarles en lugar de un grupo de jóvenes autores que había irrumpido violentamente en el edificio, buscando a la persona que había rechazado su proyecto. Su secretaria había intentado pararlos y se vio vencida por la agresividad de los jóvenes que en cuestión de segundos fueron reducidos por el propio editor. José López Jara tal vez sufrió en aquél momento una explosión dentro de su cabeza  porque no dudó en atar también a su secretaria. Los ojos del editor  habían cambiado en aquel momento. Algo no andaba bien dentro de su cabeza, a todos los presentes le quedó claro cuando se asomó a la ventana y comenzó a hablar de muertos vivientes recorriendo las calles de Barcelona.

Estaba preparado para combatirlos. Podía enfrentarse a ellos. No sentía miedo alguno y podía convertirse en un insigne salvador de la Humanidad como lo fue Jack Bauer, que se enfrentó a cientos de terroristas y salvó al mundo de atentados terribles. José López Jara salvaría a su  país o al menos a su ciudad. Sabía bien lo que tenía que hacer. Lo decían todos aquellos escritores que habían pasado por sus manos. Un disparo en el cerebro y los muertos caían al suelo como moscas aplastadas.

La pareja de jóvenes y la propia secretaria vieron cómo el editor comprobaba una vez más su pistola y lo vieron caminar hacia un lado de la pared. Pulsó un resorte y un panel de madera se corrió hacia un lado para dejar a la vista un inquietante arsenal. Pistolas de alto calibre, escopetas, rifles, puñales, puños americanos, granadas… José López Jara llevaba tiempo almacenando aquellos tesoros y ahora había llegado el momento de utilizarlos.

Se armó hasta los dientes. Bajo las botas cuchillos de caza. Rodeando su cintura y colgadas del cinturón bailaban peligrosamente varias granadas. Colocó al final de su espalda una pistola y aferró con fuerza un subfusil. Sus ojos brillaron de emoción y se giró lentamente para observar con detenimiento a su secretaria y al grupito de jóvenes que permanecían sentados en el suelo, como rehenes. Si en aquellos momentos se encontrara junto a ellos Sancho Panza vería en la mirada de José López Jara la misma expresión que sujetara el rostro de su amigo Don Quijote instantes antes de enfrentarse a los molinos de viento. 

El famoso editor cubrió sus ojos con unas gruesas gafas de sol y con voz grave y profunda lazó un “Volveré” que hizo estremecer a todos los presentes. Después, salió por la puerta, caminando como un auténtico marine que avanza hacia el campo de batalla.

Se escucharon sus pisadas acercándose al ascensor y las puertas de éste al abrirse con pasmosa lentitud. Después el silencio…

…hasta que minutos después se escuchan los primeros disparos, las primeras explosiones. Gritos en la calle, alaridos desgarradores y más disparos, más explosiones. En la mente de José Löpez Jara los zombis se arrastran por las calles de Barcelona y él dispara a bocajarro para reventarles el cráneo. Lanza granadas cuando ve  un nutrido grupo de muertos vivientes que avanza lentamente con sus rostros putrefactos y las  miradas inertes. Saltan en mil pedazos y esta sensación  le hace sentir vivo y orgulloso. Durante unos instantes tiene un momento de duda. Se ve metido en una aventura enfermiza de uno de aquellos locos engreídos que escriben horribles historias hasta que observa por el rabillo del ojo que las puertas de un cine cercano se abren y una marabunta de personas sale al exterior y que él interpreta como el avance de un ejército de malolientes zombis. Dispara a diestro y siniestro. Siente una profunda lastima, cierra los ojos consternado. El virus o la enfermedad que se ha expandido por toda la ciudad también ha infectado a niños. Ahora son monstruos y dispara una y otra vez. Son demasiados. Se sorprende que aquellos muertos vivientes vociferen y emitan  gritos desgarradores que suenan  en   sus oídos como respiraciones lacónicas y profundas, como gemidos angustiosos de seres a los  que les falta la vida, tal y como expresan los escritores en sus aventuras. Y comienzan a correr.  No se sorprende demasiado. A veces ha  leído que los zombis son tan veloces como las balas aunque por norma general resultan torpes, lentos y tontos. Lanza varias granadas y abandona el lugar antes de que explosionen. Ríe a carcajadas al imaginarse el vertiginoso vuelo de los miembros amputados de todos aquellos horribles monstruos que ya no volverán a caminar jamás.

Familias completas que salen de restaurantes y centros comerciales; hombres y mujeres que regresan de sus lugares de trabajo; transeúntes que suben del metro agotados tras un día largo y duro…, todos ellos se convierten dentro de la cabeza de José López Jara en muertos vivientes ávidos de carne humana. Y él se erige como juez exterminador, como héroe que salvará a su ciudad de la plaga que la peste de los muertos ha  traído. Y ríe estrepitosamente mientras dispara una y otra vez y revienta cabezas. 

La gente huye despavorida, se aparta del loco que arremete contra ellos. Y están todos infectados. Lo sabe bien. Es lo que pasa en las novelas, lo que ha leído una y otra vez. Y acabara con todos o morirá en el empeño. Está armado y es peligroso. 

Sirenas de varios  coches patrullas. Luces parpadeantes que se acercan. “Por fin viene la ayuda.-murmura para sus adentros.-Pero yo no la necesito” Y dispara de nuevo acabando con todo aquel desafortunado que se cruza en su camino.

En cuestión de  segundos se ve rodeado por numerosos agentes de policía y durante unos instantes permanece contrariado hasta que comprende que uno de esos putos muertos ha debido morderle. Es lo que pasa en las historias. A veces el héroe recibe la maldición. No tardará en transformarse  y convertirse en una bestia hambrienta. Los policías  lo saben y quieren acabar con él.

Entiende que no puede hacer nada. Es su final. No hay huída.  No tiene sitio a dónde ir. Le duele la pierna. Ahí debe de tener la herida. Probablemente un arañazo o quizá un mordisco profundo, porque duele horrores. Cojea. Agacha la cabeza y ve un boquete tremendo del que sale sangre, Entre ella puede vislumbrar el hueso que ha quedado al aire. Apenas le quedan unos minutos antes de la inminente transformación.

Sopesa pegarse un tiro. Es como suelen morir los héroes, los protagonistas de esas delirantes aventuras que no siempre acaban bien. Tiene mucha más dignidad que todo eso y prefiere ser abatido.

Deja caer las gafas para observar al ejército de agentes que acabara con su vida. Eleva el brazo y levanta el pulgar. Satisfecho. Orgulloso de haber aportado su granito de arena contra la maldición de la muerte.

Y los disparos suenan. Desde diferentes ángulos. El cuerpo del editor se agita como lo haría un poseso en su momento más espectacular. La sangre brota de su pecho, piernas y cabeza y el cuerpo cae redondo con los ojos muy abiertos y una amplia sonrisa dibujada en sus labios.

-No esta mal.-dice José López Jara levantando la vista del manuscrito y dirige su mirada hacia el hombre que se encuentra sentado al otro lado de la mesa de su despacho.-Pero sin duda podemos mejorarlo.

El escritor que había acudido al despacho del editor  para que  valorara su historia personalmente, en la que tenía puesta mucha confianza e ilusión, tuerce el morro mostrando cierta preocupación.

-¿Quiere cambiar algo de la historia?

-Sí. Hay algo que ayudaría a colocar tu propuesta en un nivel superior. Podemos hacerla… mejor.

-¿Cómo?

-Muy fácil.-responde José López Jara y con el ceño fruncido se inclina sobre la mesa y abre un cajón. Extrae de su interior un revolver y sin mayor demora apunta directamente a la cabeza del escritor. Aprieta el gatillo mucho antes de que el autor pueda parpadear. 

La bala perfora su cabeza  y la revienta, justo en el centro de su frente. La sangre salta por los aires y mancha la cara del propio editor, que se ladea disgustado. El escritor cae hacia atrás  y su cuerpo se queda inmóvil tirado en el suelo, en una postura ridícula.

-¡A tomar por  culo!

José López Jara recoge entre sus manos el manuscrito que aquél hombre le acaba de entregar y lo lanza directamente a la papelera, donde rebosan  decenas de obras de otros muchos autores y que han sido igualmente rechazadas, autores que han seguido la suerte de este pobre desgraciado y cuyos nombres, desconocidos para el gran público, son ahora muescas en el cinturón del famoso editor, que no puede evitar reclinarse sobre su asiento, coloca las manos por detrás de la cabeza  y esboza una siniestra e inquietante sonrisa al tiempo que cierra los ojos y se entrega a la oscuridad.



TODO HA TERMINADO, POR FIN

El menudo cuerpo del niño yacía bajo sus manos. Con los dedos temblorosos acarició su rostro aún caliente. Todavía mantenía los ojos abiertos donde una mirada lejana lo observaba desde el abismo de la muerte. 

Antes de depositar el cadáver en el suelo dejó que las lágrimas resbalaran por sus mejillas. Los gruesos dedos de sus peludas manos acariciaron el cuello del chiquillo y se estremeció al recordar el sonido que había producido cuando los frágiles huesos se habían partido.

Se levantó. Afligido y consternado. Destrozado y abatido.

Sus piernas temblaban. Su corazón saltaba dentro de su pecho como una pelota perdida, sin dueño, y una profunda pena atravesaba su alma, partiéndola en dos. Evitó mirar el cuerpo de su propio hijo, que yacía inmóvil en el suelo del cuarto de baño, observando hacia el infinito.

Se miró en el espejo y vio su rostro cubierto de arrugas. Los ojos castaños parecían estar bañados de una oscuridad que había creado la profunda tristeza que lo embargaba.  Había matado a su propio hijo. Con aquellas horrendas manos que ahora sentía sucias y doloridas. Apretó  su delgado cuello hasta que se  partió y el quejido que brotó de la boca del niño en el instante final le había arrugado su conciencia.

Levantó las manos y las contempló horrorizado.  Lanzó un grito desgarrador que emanó de la profundidad de su ser y golpeó el espejo con todas sus fuerzas. Su puño se hundió en él y las esquirlas de cristal saltaron como moscas espantadas por el rabo de un demonio. Su mano se cubrió de sangre mientras los trozos de espejo esparcidos por el suelo y el lavabo reflejaban  su rostro tembloroso. La sangre goteó de entre sus dedos. Bramó, pero no de dolor por la herida causada sino por tener a su lado el cuerpo inerte de su hijo. Estaba muerto. Le había quitado la vida en apenas unos minutos.

Con un lento caminar, salió del cuarto de baño y cerró la puerta, como si ese simple hecho sirviera para borrar de un plumazo la cruenta muerte que el niño había encontrado bajo su tiento.

Se sentó en el sofá del salón, frente a la televisión aún encendida y comenzó a llorar desconsolado. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué es lo que había ocurrido en su mente para actuar así? No tenía perdón de Dios, por eso lo mató. Allí mismo. Decidido había actuado,  con una mezcla de rabia, dolor y violencia  pillándolo desprevenido como desprevenido se puede pillar a un niño de tan solo doce años…

Daniel era un pequeño muy especial. Siempre lo había sido. Su esposa y él habían intentado educarlo de la mejor manera posible pero no pudieron enderezarlo, ni siquiera las visitas a los especialistas  surtieron efecto. Era evidente que todo iba a acabar mal y ahora allí estaba el muchacho, muerto, tirado en el suelo del cuarto de baño, como un calcetín viejo. 

Enterró su rostro entre las manos y lanzó un doloroso grito  que podría haber sido producido por la garganta quemada de un viejo  diablo. Tantos secretos que habían ocultado, tanto horror sumido en el silencio más opresivo y ahora, con arrojo y valor, todo aquello había llegado  a su fin.

Daniel no merecía vivir. No después de lo que había hecho. Por eso lo mató. Pese a sus doce cortos años su propio hijo no tenía nada que envidiar al mismísimo Mal. Y aquella tarde había cruzado la línea si es que quedaba alguna por cruzar.

La vida de su  hijo se había escurrido  de entre sus dedos. Notó el último aliento que expulsó la boca del muchacho y que ya olía a muerte. Mientras apretaba su cuello con fuerza inusitada y una desesperación desnuda de coraje, había contemplado  cómo se apagaba el brillo de la mirada de su hijo a medida que el aire no entraba en sus pulmones. Lo había golpeado con sus pequeñas manos mientras apretaba y apretaba. Las piernas del pequeño se habían movido grotescamente, pataleando sin orden alguno, en un atisbo de desesperación por mantener la vida ligada a su alma pero  no dejó de apretar hasta que los ojos abiertos del niño lo miraron desde la lejana oscuridad. Y entonces comprendió que, por fin, todo había acabado.

Con una fuerza que no supo de dónde había sacado, se acercó al teléfono y realizó una llamada. Habló con la policía. Les contó todo, absolutamente todo. No tardarían en acudir prestos a su casa.

Se acercó cabizbajo a las escaleras que conducían al segundo piso. Pasó por delante del cuarto de baño pero eludió mirar hacia allí. Cada peldaño resultaba un fuerte dolor para sus débiles piernas y tuvo que apoyarse en la barandilla. Su mano cubierta de sangre dejó un pequeño rastro en la madera. Siguió avanzando, con lágrimas en los ojos, un vacío en el estómago y la garganta atrapada en un único nudo.  

Caminó por el estrecho pasillo hasta que no pudo más y el llanto le obligó a hincar sus rodillas en el suelo. Temblaba de angustia y dolor. Las lágrimas cubrían sus ojos, ahora irritados y tan rojos como la sangre que seguía manando de las heridas de su mano. A lo lejos, como el maullido de un gato en celo, se escuchaban ya las sirenas de la policía.

Se levantó y retrocedió hasta regresar a lo alto de las escaleras. Se sentó. No tenía fuerzas para seguir en pié. Le costaba respirar y se derrumbó  hasta el mismo momento en que escuchó el sonido de las sirenas llegando  con rapidez. Después, el ruido de las ruedas de los coches patrulla al frenar. Voces exaltadas. Pasos acelerados y golpes en la puerta.

La echaron a bajo y varios hombres uniformados irrumpieron en la casa con armas en la mano. Vociferaron hasta que vieron al hombre sentado en lo alto de las escaleras, con el rostro cubierto de sangre y la mirada extraviada.

Lo apuntaron. Le pidieron que levantara las manos y bajara muy lentamente pero el hombre se mecía sobre sí mismo y gruñía como un animal herido.

Dos agentes registraron las habitaciones de la planta de abajo mientras otra pareja caminaba hacia el hombre sin dejar de apuntarlo.
Hallaron el cadáver del muchacho. Uno de los policías salió lívido ante la atroz visión del cuerpo del niño y su espantosa expresión en el rostro, con los ojos vidriosos y secos abiertos de par en par y una larga lengua azul que bajaba hasta su cuello.

El hombre se levantó y lejos de bajar hacia los policías los miró durante unos segundos y después giró su cuerpo. 

Pidieron que se detuviera. No lo hizo. Siguió caminando. Los policías lo siguieron. 

El hombre se acercó a una puerta cerrada y colocó la mano en el pomo. Antes de girar ladeó la cabeza y su triste rostro se dirigió hacia los agentes. Sin dejar de mirarlos, mientras lloraba, abrió la puerta. 

Agachó la cabeza cuando entendió que uno de los policías iba a disparar. Escuchó la detonación y después sintió que el plomo mordía su cuello. La bala salió por el otro lado y se incrustó en la pared.

Cayó al suelo, sin vida, convencido de que la policía le culparía de toda la atrocidad y con la seguridad de que jamás podría explicar que si había matado a su pequeño con sus propias manos fue por el horror que Daniel, sangre de su sangre,  había desencadenado en el interior de aquella habitación y de las muertes que había causado durante los  tres últimos años.

 Nadie iba a creerle. El montón de cadáveres que los agentes encontrarían en la habitación, amontonados como restos de basura, y entre los que se encontraba su propia esposa, era responsabilidad de su hijo pero nadie en su sano juicio sabría nunca la verdad ni sospecharían que Daniel, tan delgado y tan joven, pudiera ser el artífice de semejante  matanza.

Daniel era un chico terriblemente malvado, desde su más tierna infancia. A veces, ellos pensaban que el mal había tomado posesión de su cuerpo desde el mismo día que nació.  Los demonios habitaban en su interior, no tenían duda alguna.  Pero no. Nadie se lo creería, nadie podría sospechar jamás la verdad. Y él lo sabía. Cuando caía al suelo entendía que le achacarían a él todas aquellas  horribles muertes, y muchas más que se había visto obligado a ocultar enterrando los cuerpos en el jardín  o hundiéndolos en el lago con la única intención de proteger a Daniel, por quien sin duda   sentía  un miedo atroz. Al menos le quedaba el consuelo de haber acabado con el mal  encarnado en la Tierra a pesar de que se tratara de su propio hijo. Nadie descubriría la verdad y hablarían de él como de un perturbado  que coleccionaba cadáveres mientras Daniel  se convertiría  en una víctima más de un horror incomprensible para la sociedad.  Pero nada importaba ya, en absoluto, todo había terminado, por fin.  El monstruo había muerto.


-¡¡Deprisa, llamad a una ambulancia!.-gritó uno de los agentes tras entrar de nuevo  en el cuarto de baño y descubrir  que el pequeño Daniel  observaba desde el suelo con los ojos brillantes .-¡El niño está  vivo!



LAS PALABRAS MIENTEN

Diecisiete años en la cárcel por dos crímenes que no cometí. 

Diecisiete años de angustia y tristeza por la muerte de mi esposa a quien yo no maté. 

Diecisiete años de penuria y dolor por el asesinato de mi hija, a quien yo su vida no arrebaté.
Nadie es capaz de entender lo que he pasado encerrado en mi celda, deseando cada día morir, rezando cada noche para que alguien me barra de este mundo porque yo nunca tuve el valor suficiente para acabar con mi vida.

Diecisiete años preso del dolor, .llorando a cada momento, recordando los rostros de mi mujer, de mi adorable hija, a quienes amé profundamente. La tristeza me envolvió cada segundo de esos diecisiete años porque  a medida que pasaba el tiempo sus caras sonrientes y alegres se iban difuminando y mi mente no era capaz de retener vivos los recuerdos. Morían otra vez dentro de mí, como gotas de agua escurriéndose de entre mis dedos.

Diecisiete años que ya han pasado y mañana mismo me pondrán en libertad. ¿Libertad? Me echan a la calle, para que me enfrente al mundo, un mundo cruel que piensa que fui capaz de matar a mi mujer, de acabar con la vida de mi pequeña. Las amaba, como nada he amado en este mundo y jamás les hice daño alguno. Hubiera dado mi vida por salvar la de ellas. El tormento que he sufrido todos estos años lo repetiría mil veces si de algún modo  volvieran a la vida. 

Saldré a la calle y la mirada de la gente me llamará asesino una y otra vez. Me señalarán con el dedo. Me insultarán.

Entraré en mi casa y la soledad más cruel y dolorosa me abofeteará con su rostro severo. Prefiero morir. Muerto debí estar desde el mismo día en que ellas se fueron.

Murieron una junto a la otra. Con las manos entrelazas y los ojos abiertos de par en par. Un crimen atroz. Un acto cruel y salvaje. ¿Por qué las mataron? ¿Por qué murieron?

Diecisiete años es mucho tiempo para pensar. Al principio odié a Dios por llevarse a mi pequeña, por quitarle la vida tan pronto, por permitir que la hicieran sufrir ante los ojos de su madre. Mi amada esposa comprobó el lento agonizar de su propia hija y no hay nada más cruel para una madre que ver cómo a uno de sus hijos se lo lleva la muerte de un modo despiadado y aterrador. Lo insulté. Lo maldije. No se quejó. No respondió. No me pidió perdón y supe que allí donde todo el mundo reza no hay más que un pesado vacío en forma de sarcástica sonrisa.

Cuando me comunicaron la muerte de las dos personas que más amaba en esta vida sentí que mi alma se rompía en mil pedazos, que mi corazón explotaba y su sangre se derramó abrasando mi interior. Noté un dolor profundo en mi cabeza, un quejido de angustia y pena que aún perdura y que me ha acompañado todos estos  años. Yo también morí en aquél momento, de otra manera, sin duda, pero muerto quedé.

Y cuando me arrestaron como autor de sus muertes supe que ya no volvería a vivir. 

¿Cómo pueden pensar que yo fui capaz de matarlas? ¿Cómo es posible que las pruebas apuntaran directamente hacia mí?

Encontraron ropa ensangrentada en el interior de la bañera, a escasos metros de los cadáveres. Hallaron mi ADN en los cuerpos de las víctimas. ¿Cómo no iban a encontrarlo si eran mi esposa y mi hija? En mi coche, debajo del asiento, descubrieron el cuchillo con el que se cometieron los crímenes. Y esto, para mí, no tiene explicación. Allí estaban mis huellas, en la empuñadura. No había lugar a dudas. Para la policía, para los medios de comunicación, para mis propios vecinos, solamente había un único culpable y tenía mi nombre y mis apellidos.

Mis abogados nada pudieron hacer por sembrar la duda razonable. Rechacé la estrategia de simular un trastorno de la personalidad con lo que, una pretendida enajenación mental, me habría encerrado en un centro mental por espacio de dos años. Yo no quise decir que escuchaba voces. ¿Por qué mentir si era inocente? Diecisiete años. Esa fue mi condena. Y no me importó porque nada soy sin ellas.

Ahora me dan la libertad. Y no la quiero. No tiene sentido ser arrojado de nuevo a la sociedad cuando mi vida ya ha terminado. Es vacía y gris.  Y sin embargo, me sacan a la calle, como un cubo de basura.  Si fuera fuerte, si tuviera voluntad, me agarraría a estos barrotes y no permitiría que mi condena terminara. Ellas descansan en paz y yo no quiero ser libre. Pero me obligan. Me condenan a salir de prisión. A rehacer mi vida, una vida que no quiero vivir, no sin ellas.

Cuando llega mi hora y la puerta de mi celda produce un chasquido para indicarme que puedo empujarla y salir del pequeño habitáculo que ha sido mi hogar durante los últimos diecisiete años, mis ojos se vuelven vidriosos y mi mirada borrosa. Siento una pena profunda y mi cuerpo empieza a temblar. Es miedo. Miedo a la soledad.

La voz de un guardia pronuncia mi nombre pero no me decido a salir de la celda hasta que veo al hombre uniformado que me indica con el rostro adusto y severo que abandone mi celda. Paso junto a él y cuando lo hago me da una palmada en la espalda y me susurra que por fin soy libre, que puedo marcharme a mi casa. Apenas levanto la cabeza para dedicarle una sonrisa. ¿Qué hogar me espera sin la presencia de mi mujer y de mi hija? Una tortura mucho más dolorosa que la de haber sido encerrado durante tanto tiempo por unos crímenes que no he cometido.

El guardia me conduce hacia una zona donde hay una ventanilla y tras ella una mujer regordeta saca una bolsa de plástico donde están mis llaves, un mechero, la cartera y un paquete de chicles que debe estar caducado. No pierde el tiempo en mirarme aunque tampoco puedo decir que yo le haya dedicado un momento, ni siquiera por educación. Recojo mis cosas con pesar y miró al guardia. Es un buen tipo. Y creo que piensa lo mismo de mí  porque nunca he dado problemas. 

Salgo de la cárcel arrastrando los pies. Escucho la puerta de metal cerrarse tras mi espalda y miró de frente hacia el mundo, hacia la vida que se abre ante mí como un abismo infernal.

Y sonrío. Mis ojos se mantienen fijos en el horizonte, donde el sol trata de salir por encima de las montañas. Levanto la cabeza orgulloso y comienzo a caminar como si los sombríos acontecimientos no me hubieran privado de la libertad durante estos diecisiete años.

Todo salió mal. Las dos muertes. La de mi mujer. La de mi hija. La ejecución de los crímenes fue perfecta, así como la elaboración de los preparativos pero no me dio tiempo de borrar todas las huellas ni de desprenderme de los cadáveres. Todo sucedió demasiado deprisa  y fui poco previsor.

¿De qué cojones te extrañas? ¿Estás desorientado? ¿Tratas de encontrar el momento en el que esta comedia ha llegado a su fin?

Te lo he advertido desde el comienzo. Lo primero que has leído ha sido la clave que no has sabido interpretar y que ahora te mantiene confuso: “Las Palabras Mienten” y eso es precisamente lo que he estado haciendo desde el primer momento en que la policía me puso la mano encima.: Mentir, mentir y mentir. 

Desgraciadamente a ellos no les engañé como he podido hacerlo contigo. Tal vez ellos hayan sido más inteligentes que tú. Te he tendido mi mano y la cogiste. No has aprendido nada de esta vida y has confiado en un auténtico desconocido. Te han conmovido mis palabras, te he manipulado para que apreciaras una tristeza extrema  y has sentido lástima por quien realmente asesinó a su esposa e hija. ¿Y ahora qué? No puedes dar marcha atrás. Me has abierto tu interior. Has permitido que entre en tu corazón. Ahora estás débil e indefenso, eres vulnerable. 

Te recuerdo que en estos momentos soy libre y camino por las calles con la convicción de que la próxima vez seré mucho menos  descuidado. No cometeré los mismos errores.

¿Y sabes una cosa? Me apetece conocerte  un poquito mejor…




 

LAS TRES MALDITAS

Me visitaron en mitad de la noche, en algún momento entre las dos y las tres de la madrugada. Hora de fantasmas, según algunos…

Tres mujeres de armas tomar. Bellas y hermosas, espectaculares, con cuerpos soberbios y descomunales, de esas damiselas que quitan el hipo, te dejan sin aliento y  te ponen en pié de guerra. Creo que ya me entiendes…

Tres chicas en mi habitación. Con la puerta cerrada y en  penumbra. 

Mujeres cañón. Chicas de bandera. Piernas esbeltas. Tetas grandes. Melena largas  y manos sensuales.

Vestían de rojo, con trajes de noche que marcaban sus curvas de un modo excitante aunque, para mi gusto, la tonalidad de la piel de estas muchachas era demasiado blanca. Sus rostros y brazos desnudos destacaban entre la penumbra y les conferían un aspecto estrictamente fantasmal pero los sinuosos movimientos de sus caderas, los voluminosos pechos y sus bocas abiertas de forma sensual me hicieron perder la razón y olvidarme de semejantes  tonterías.

Parecían mujeres   de otro mundo.  Modelos retocadas con Photoshop.  Guapas y explosivas. Chicas de fábula. Apetecibles e irrechazables. Derramaban hermosura con cada uno de sus  gestos;  cada poro de sus cuerpos  destilaba perfección. Eran lindas y encantadoras…

…pero no tanto como para no fijarme en determinados detalles, algo extraños e incómodos.

Estaban por ejemplo sus miradas. Digamos que no eran lujuriosas ni nada por el estilo. No emanaban deseo. Para que me comprendas, no estaban allí para darme masajes eróticos con final feliz.   Al contrario. Sus expresiones resultaban tenebrosas y oscuras. Sus ojos parecían carecer de brillo alguno, como si pertenecieran a personas muertas. Y luego estaban esas  manchas oscuras de sus mejillas.

Lloraban. Las tres. Y lo hacían mientras me observaban. Me estremecí. Miedo pasé. Aunque me costó concretar qué me había llamado la atención de sus mejillas descubrí que las lágrimas que resbalaban desde el  interior de sus ojos estaban salpicadas de sangre y dejaban a ambos lados de sus blanquecinos rostros unos surcos inquietantes que me hicieron palidecer.  Cuando levantaron sus brazos vi que también estaban manchados de un inquietante rojo escarlata  y las manos de aquellas mujeres yacían cubiertas por completo de sangre.

Si ya me encontraba asustado, cuando abrieron sus bocas  sentí tal terror que hubiera salido volando por la ventana si mis fuerzas me lo hubieran permitido porque sus bocas, abiertas grotescamente como una mueca deformada en rostros cubiertos por una maldad estremecedora, enseñaron la hilera de unos dientes negros y podridos.

Ya no me parecían tan bellas ni hermosas. Ya no me excitaban tanto. Es más, me sentía extraño porque en realidad nada sentía, ni siquiera el latido de mi corazón.

Miré hacia abajo, quizá porque comprendía que algo no andaba bien y descubrí un enorme boquete en mi pecho. Vi mis tripas sanguinolentas como un revuelto de carne  sin determinar y mi corazón roto en tres pedazos exactamente iguales, como una manzana partida para compartir entre tres comensales.

¿Dolor? Eso era lo extraño. Ninguno. 

Sin comprender absolutamente nada, las tres mujeres me miraron con cierto interés morboso. Supongo que a estas alturas nada bueno podía  esperar de todo esto salvo que acabase  pronto.

Deduje (en un alarde de inteligencia sin precedentes) que me quedaba muy  poquito en este mundo si es que todavía seguía en él. “Se llevarán mi alma”, pensé,  si  eso era lo que habían venido a buscar. “Probablemente también  se coman  mi corazón”, murmuré,  porque parecían muy  hambrientas. De cualquier modo, su presencia en mi habitación no era nada relajante porque sí, estaban muy buenas, las tres, pero tenían esos detalles que te echaban para atrás, por no añadir (pues vergüenza me da) que en la entrepierna no  sentía absolutamente nada y no me apetecía echar un vistazo para comprobar si allí abajo estaba todo bien.  Considéralo orgullo de hombre, si quieres. 

En definitiva, su  visita no resultó  agradable. Y ellas lo sabían, porque sonrieron  aunque sus miradas en todo momento me parecieron tristes y lejanas, como si sintieran lástima  por mí, algo que me dejó desconcertado.

Supongo que el alma se me escapó en el mismo momento en que las vi inclinarse sobre mí y mi conciencia fue barrida por un abrigo de sombras imprecisas. Mi vida se entregó  a la oscuridad y nadie me pidió opinión al respecto. Me dejé llevar. Nada pude hacer para evitar todo esto porque no se trataba  de un sueño del que fuera a despertar. Era  tan real como la vida misma, una vida agotada y que ya no me pertenecía.

Ellas eran Las Tres Malditas, tres seres abyectos  que a veces se cuelan en la habitación de los hombres solitarios.


Yo, por mi parte, solamente soy un pobre desgraciado que ha sido condenado al sufrimiento perpetuo sin conocer causa ni razón.


SEGUNDA OPORTUNIDAD

En el mismo instante en que estaba a punto de cometer el asesinato que había planeado a conciencia, una bala perforó su cabeza y le quitó la vida. Mientras caía, prácticamente muerto, lanzó una mirada hacia su objetivo y lo vio alejarse, perdiéndose en la distancia.

Su cuerpo fue alzado por dos fuertes matones a quienes no les importó que sus trajes negros se mancharan de sangre y lo trasladaron en el maletero de un  coche. Se detuvieron sobre el  puente de la ciudad y lanzaron el cadáver al río.

Cinco meses después regresó a la vida.

Y no lo hizo solo. Un ejército inmenso de muertos vivientes se levantó de sus tumbas. Nadie supo jamás la causa que hizo posible semejante barbaridad pero allí estaban, caminando por las calles, desorientados.

Avanzaban lentamente, con movimientos robóticos, con las cabezas inclinadas hacia un lado y observaban a su alrededor con la boca abierta y los ojos caídos, como si estuvieran allí contra su voluntad. El hedor a muerte que dejaban a su paso era insoportable.

Entre aquella marabunta de gente muerta que había recobrado la vida se encontraba nuestro amigo. No entendía lo que le estaba pasando. Todavía recordaba el disparo que le había destrozado la cabeza y notaba un dolor agudo en el centro de su cerebro. No podía verse, pero cualquiera que lo mirara descubriría un orificio desagradable en su nuca, el lugar por el que había entrado la bala. El trozo de acero no se había quedado dentro de su cabeza sino que había buscado un punto de salida y lo había hecho a la altura de la boca por lo que en lugar de una parecía tener dos. Aún así no sentía dolor.

Miró embobado a su alrededor. Imitó a sus compañeros y gruñó como lo haría un animal. Notaba sus piernas rígidas. No podía doblar las rodillas y se sentía ridículo avanzando de esa manera pero algo superior a él le obligaba a no detenerse en ningún momento. Vio a varios de sus compañeros y se llenó de horror. Eran cadáveres vivientes con todas las de la ley. Sus rostros estaban mutilados a causa de la putrefacción. El pelo hecho jirones, las moscas y los gusanos pegados a la carne  se movían asquerosamente, alimentándose de ellos. Olían mal. Apestaban. Y sin embargo, de algún modo le pareció divertido, sobre todo cuando vio que los vivos se asustaban y corrían despavoridos de un lado a otro. Huían de ellos como de la peste. Y hacían bien porque al verlos sintió un hambre atroz. No dudó en morder cuando pilló a uno de ellos. No le importó los gritos. No sintió los puñetazos que le daba. Simplemente disfrutó de su miedo. De la textura de la carne humana. Del sabor de la sangre. Jamás había probado nada tan maravilloso.

Prácticamente lo había devorado por completo. No lo había hecho solo. Otros muertos, quizá más vagos que el resto, se habían cansado de perseguir a los vivos y se acercaron hasta su comida. Gruñó para espantarlos. No lo hicieron. Comieron del cadáver. Hurgaron en su interior. Le sacaron las tripas. Le vaciaron el cerebro. Y a él, no le importó.

Con la barbilla manchada de sangre. Con restos de carne entre sus dientes. Con más hambre si cabe agitándose en su insatisfecho estómago, nuestro amigo avanzó sin rumbo fijo. Las cuencas vacías de sus ojos  se fijaron en las fugaces figuras humanas que trataban de encontrar refugio. Caían como moscas. Gritaban como cerdos. Sabían a gloria.

Mientras caminaba se topó con un grupo de muchachos adolescentes, tres chicas y dos chicos, que estaban siendo  rodeados por varios cadáveres putrefactos. Si en algún momento tuvo conciencia, si algo de ella yacía en algún punto de su destrozado cerebro, en aquél momento brilló por su ausencia. Se unió al festín. Era mucha comida. Y no fue suficiente. Tenía más hambre. Mucha más que al principio. Probar la carne humana no saciaba su apetito voraz hasta que algo brilló dentro de su cabeza. Un vago recuerdo que poco a poco fue cobrando fuerza en algún punto de su interior. Un rostro deforme que se presentó tras las sombras de su memoria. 

Se levantó. Dejó de comer. Ladeó la cabeza. Gruñó. Lanzó un lamento profundo que hizo volver la cabeza a varios muertos vivientes que pronto le obsequiaron con su indiferencia. Aquél rostro poco a poco se fue aclarando en su interior. Apretó los puños con rabia. Profirió un grito desgarrador, cubierto por la impotencia. Todos los cadáveres que estaban a su alrededor se apartaron de aquél loco y trataron de buscar comida en zonas más concurridas, libres de idiotas. Nuestro amigo hincó sus rodillas en el suelo y algo brotó de las cavidades que ahora eran sus ojos. Parecía sangre. Eran lágrimas.

Enterró su rostro consumido por la soledad de una muerte oscura y los gusanos que habitaban en sus cuencas vacías emergieron por entre sus dedos. Los recuerdos le torturaban.

No pudo matar a aquél hombre que ahora aparecía en su cabeza con una fuerza dolorosa. Matarlo era lo que más deseaba en los últimos instantes de su vida. Sabía que sería lo último que iba a hacer y sin embargo fracasó. No pudo llegar hasta él. Lo mataron antes. Y ahora, que había regresado a la vida, tal vez podía tener una segunda oportunidad.

Se levantó lleno de odio. La rabia recorrió su cuerpo. Sintió fuerzas. El hambre se anuló por sus ansias de venganza. Matar. Matar. Matar. No para alimentarse. Solo para descansar en paz, para que su conciencia recobrara la calma. No importaba otra cosa que acabar con aquél despreciable hombre que había destrozado por completo su vida.

Aquél hombre que se jactaba de haber asesinado a su esposa.
Aquél hombre que se burlaba de cómo había violado a su hija poco antes de quitarle la vida.
Sandra. Elena. Su mujer. Su pequeña. Sus dos amores. Muertas.  

Había fracasado. No pudo protegerlas. Y cuando la ira y la venganza tomaron posesión de él y buscó la manera de acabar con la vida del hijo de puta, también había fracasado. Y los recuerdos le torturaban. El dolor apretaba su corazón, un corazón que ya no latía pero que en ningún momento había dejado de sentir amor por una familia que no tenía y un odio hacia un hombre que merecía morir. Ahora, la muerte le había obsequiado con una segunda oportunidad. Sabía dónde se tenía que dirigir. Muerto, quizá, las cosas fueran más fáciles. Le mataría. Le arrancaría los brazos. Le partiría las piernas. Le sacaría los ojos. Le aplastaría la polla. Le cortaría la lengua. Le sacaría las tripas y se las daría a las ratas. “Después, si la muerte aún me mantiene en pie podré disfrutar de mi felicidad” pensó.

Se alejó del grupo de muertos que estaba sembrando el caos en las calles de la ciudad y caminó  hacia una determinada dirección. La imagen del desgraciado ya se había perfilado con absoluta claridad en su cabeza. Nada de disparos. Le partiría los huesos con sus propias manos. Le quitaría la vida con sus dientes podridos.

Avanzó y se topó con algunos vivos que corrían de un lado a otro. Al verlo, alguno tropezó y gritó al ver que se acercaba. Ni siquiera lo miraba. Tenía hambre, sí. Mucha. Demasiada quizá para despreciar tanta comida pero era superior la sed de venganza que sentía. Los recuerdos de Sandra y Elena bailaban en su interior. Escuchaba sus risas y mientras avanzaba las lágrimas no dejaron de bajar del lugar donde antes estaban sus ojos. La tristeza lo embargaba. Acabaría con aquél hombre. Eso era lo único importante.

Llegó a su destino. Lo que es la vida. O lo que es la muerte en estos casos, justo en ese momento el cerdo salía del portal con el rostro desencajado. Llevaba un par de maletines. ¿Dinero? ¿Drogas? ¿Qué más daba? Como el resto de los vivos, trataba de llevarse lo mejor de sus pertenencias para huir a un lugar seguro y empezar de nuevo. Pero nadie entendía nada en absoluto. Tampoco aquél idiota. El mundo se había ido a la mierda. No existía un lugar seguro para nadie en ninguna parte. Los muertos caminaban a sus anchas. Hambrientos. Deseosos de acabar con la vida en el planeta. Nadie estaba a salvo. Absolutamente nadie.

El hombre estaba acompañado de dos de sus gorilas. Nuestro amigo los reconoció de inmediato. Uno de ellos le había quitado la vida. Pero ahora estaba allí de nuevo. Muerto y coleando.

Al verlo aparecer los dos secuaces se montaron en el coche y se marcharon. Nunca sabrían quién era aquel muerto que caminaba hacia ellos. Y no tendrían tiempo de pensar en ello porque pocos minutos después caerían en las garras de un nutrido grupo de muertos vivientes que avanzaba por la carretera.

Su objetivo se quedó petrificado cuando lo vio. Le cambió la cara por completo. En un primer momento pensó que le había reconocido pero aquello era imposible. Su rostro debía de  ser una caricatura deformada  de lo que un día fue.

El hombre soltó los maletines de golpe y quiso huir. Fue torpe. Tropezó con sus propios pies. Cayó al suelo. Gordo y calvo. La cara regordeta y roja como la de un tomate. Pataleó. Se arrastró por el suelo. Suplicó. Gritó. Maldijo y lloró. Se tapó la cabeza con sus temblorosas manos. Aquello le pareció divertido. Saboreó su miedo. Se rió cuando descubrió que los pantalones de aquél estúpido se humedecían. Estuvo a punto de abalanzarse sobre el autor de la muerte de Sandra y Elena y lanzó un quejido hacia los recuerdos de su esposa e hija. Apretó los puños. Unió sus labios. Las lágrimas dejaron de brotar de sus cuencas vacías.  Oyó ruido a su espalda. ¡No!, aquél hombre era para él. No iba a compartir la comida con nadie. Tenía que sufrir. Morir lentamente bajo el yugo de su odio. ¡Nadie iba a impedirlo! No volvería a fracasar y con la idea de enfrentarse a los intrusos, vivos o muertos, se giró lentamente, con la fijación  de mantenerse muerto a toda costa, al menos hasta que aquél gilipollas muriera despatarrado bajo la atenta mirada de sus inexistentes ojos.

Y cuando logró girarse por completo se llevó una inesperada sorpresa.

Fue como una patada en los cojones. Un puñetazo en el estómago. Sintió dolor en el corazón. Volvió a llorar. Y dejó caer los brazos.
Allí estaban. Sandra. Elena. Sus dos amores.

Tenían buen aspecto. Apenas se parecían a la imagen que perduraba en sus recuerdos pero eran ellas. Estaban hermosas. Sandra con el cuello partido le miraba con la cara llena de pústulas malolientes y unos labios casi negros mientras que Elena, que llevaba un vestido blanco manchado de sangre y barro, tenía una fuerte herida en la frente y la boca torcida. Aún así, estaban preciosas, quizá como nunca lo llegaron a estar jamás. 

Se quedó petrificado. No podía dar crédito y sin embargo se llamó estúpido. ¿Cómo no había  imaginado que ellas también podían haber  regresado de la muerte? Estaban allí, frente a él. Como un milagro.

Elena tenía hojas en el pelo rubio, que goteaba empapado. Se veían sus brazos llenos de moratones, los pies descalzos y las piernas cubiertas de arañados. Sandra, por su parte, tenía una profunda herida en la garganta. Había muerto desangrada, agonizando. Movió la cabeza y creyó intuir que sonreía. 

Elena avanzó hacia él. Su rostro cadavérico y podrido parecía brillar de felicidad. Le hubiera gustado correr pero sus rodillas no se doblaban. Levantó los brazos. La cogió y la pegó a su pecho. La besó. Sandra se acercó y se unió a ellos.

El hombre gordo, la persona que había convertido la vida de nuestro amigo en un infierno, el responsable de la muerte de su esposa e hija, se escabullía por el suelo, a gatas, temblando como un sonajero, y logró avanzar varios metros. Asustado, se levantó. Los miró unos instantes y con la certeza de que no reconocía  a ninguno de los tres corrió, huyendo de aquellos monstruos imposibles.


Ya no importaba, pensó nuestro amigo, y volvió a abrazar a su esposa e hija. Se sentía dichoso y feliz. La muerte les había concedido una segunda oportunidad.