PAREJA DE ENAMORADOS

—¿Qué ves en esta imagen?

Miro la cartulina que levanta  mi psicólogo. Me está tratando desde hacía varias semanas y hoy es nuestra tercera sesión. Al parecer, tengo un desorden mental con tendencias homicidas y esa es la razón por la que quiero hacer daño a la gente. Estoy  un poco harto de que me enseñe imágenes de manchas sin forma definida que yo debo interpretar. Se supone que mis respuestas ayudan a definir  el problema que me ha traído hasta aquí. Tal vez hubiera sido más fácil decir que oía voces que me empujaban a hacer cosas malas pero la verdad, y entre nosotros, nunca he escuchado nada extraño dentro de mi cabeza. Y a mí no me gusta mentir.

—Eduardo, por favor, concéntrate y dime qué ves en esta imagen.

Miro de nuevo la cartulina que el psicólogo aún mantiene levantada frente a mis ojos. Esto es nuevo. No son números extraños ni letras semiocultas en colores, ni las manchas con formas de animales grotescos e inexistentes que detesto. Esto es una fotografía.

—La luna—suspiro. Precisamente eso muestra la imagen. La luna  grande y hermosa en todo su esplendor, que domina el mundo desde su privilegiada posición.

—¿Y qué te sugiere?

—Poder—respondo sin pensarlo. En el momento en que el psicólogo baja la mano para dejar la imagen sobre la mesa me apresuro a añadir otro comentario—Pero hay más, mucho más.

Mi psicólogo me lanza una mirada de interés y frunce el ceño. Mira unos instantes la fotografía y después la vuelve a colocar frente a mis ojos.

—Bien, Eduardo, ¿Qué más ves en esa imagen?

—No es lo que se ve en ella sino lo que oculta.

—¿Y qué oculta?—pregunta el psicólogo sin bajar el brazo mientras con la otra mano anota palabras  en su cuaderno.

—Una persona normal simplemente ve  una hermosa fotografía. A todo el mundo le gusta la luna llena y si nos quedamos con lo superficial vemos que la imagen es hermosa. ¿Qué puede sugerir? ¿Amor? ¿Lealtad? Todos nos imaginamos a una pareja de enamorados sentada en un banco, agarrados de la mano, abrazados, besándose, siendo sinceros el uno con el otro, hablando sobre planes de futuro…

—¿Una persona normal?¿Tú no eres normal, Eduardo?

—Yo tengo un problema, doctor, por eso estoy aquí.

—¿Y tú no ves a esa pareja de enamorados?

—¡Claro que la veo!—exclamo  malhumorado—Pero en mi mente están muertos.

—¿Muertos?—el psicólogo baja la fotografía y permanece en silencio, mirándome fijamente.

—Muertos, doctor,  muertos por completo.

—¿Por qué? 

—La luna siempre es testigo de los crímenes más atroces. Esa pareja de enamorados se encuentra en el parque a altas horas de la madrugada y la oscuridad oculta muchos secretos. Un depravado los asaltará. Saldrá de entre los árboles tal cual bestia despiadada y les clavará un cuchillo. Los abrirá en canal. A los dos. 

—¿Y si el asesino no estuviera allí con ellos?

Miro perplejo al psicólogo y sonrío.

—No trate de salvar a la pareja de enamorados, doctor, están muertos.

—¿Por qué los quieres matar?

—¡Yo no quiero hacerlo! ¡Es su destino!—me levanto furioso del diván  y permanezco de pie hasta que vuelvo  a recobrar el asiento—Mire doctor, supongamos que esa pareja no es asesinada por el desalmado que yo he mencionado. Bien, ¿Ve la luna llena? La pareja de enamorados camina de regreso a su casa por un sendero. De las lindes del bosque, mientras la pareja se demuestra su amor con besos y caricias, saldrá un hombre con ganas de matarlos y  despedazará los cuerpos de los pobres desgraciados. Les reventará la garganta, les arrancará la cabeza y la luna permanecerá ahí arriba, mirándolo todo sin hacer absolutamente nada, como siempre.

—¿Estás culpando a la luna de la muerte de esa pareja?

—Nadie tiene la culpa, doctor. Las cosas suceden porque tienen que suceder. Usted me ha dicho que hable sobre esa fotografía que me ha enseñado y es lo que estoy haciendo. La pareja está muerta, de un modo u otro.

—¿Qué sientes cuando ves a una pareja de enamorados caminando por la calle o sentada en un banco?

—Los envidio.

—¿Por qué?

—Porque ellos se tienen el uno al otro y yo… yo no tengo a nadie.

—Por esa razón tienes la necesidad de hacerles daño, ¿verdad? Eso explica por qué en el ejemplo de la fotografía la pareja muere.

—Usted no entiende nada, doctor.

—¿Qué es lo que debo entender?

—Usted cree que el mundo es tal y como lo ve. 

—¿Y no es así?

—Se equivoca, doctor. ¿Sabe que cuando la luna está llena como la de esa fotografía se tiñe de sangre? ¿No se ha parado a preguntarse por qué los asesinos más salvajes actúan en las noches de plenilunio? Es muy sencillo, doctor, porque la luna los altera.

—¿También te altera a ti?

—¡Por Dios, doctor!—exclamo elevando la voz—¡Yo no soy un asesino!

—Y sin embargo a esa pareja de enamorados de la fotografía los matas sin dudar.-el psicólogo pronuncia estas palabras mirando la imagen.

—¿Usted también los ve?

—¿Perdón?

—A la pareja de enamorados,  bajo la mirada de la luna llena.

—No, yo…

—Vamos doctor, ha señalado la fotografía y  ha mencionado a la pareja.

—Pero sólo porque tú les has dado la oportunidad de estar ahí.

—Doctor, por favor, le voy a hacer una pregunta y espero que sea sincero conmigo o no regresaré más a esta consulta.

El psicólogo parece nervioso y yo trato de no quitarle ojo en ningún momento. Baja la  mirada e incómodo se agarra las manos.  Me mira.

—¿Qué pregunta quieres hacerme?

—A esa pareja de enamorados que usted también ve en la imagen… ¿Qué les pasa?

—Mueren—responde el psicólogo.

—¡Exacto, doctor!—me reclino en el diván y coloco las manos por detrás de la cabeza—Usted y yo no somos tan distintos, ¿No cree?

—Yo he llegado a esa conclusión porque tú me has hecho ver que la pareja de enamorados no tiene salvación. Alguien los mata. Me lo has contando tú… lo importante es descubrir por qué   para ti ellos no tienen la oportunidad de vivir.

Me levanto algo cansado de tanta pregunta y doy por finalizado el juego.

—Doctor, hemos terminado por hoy.

—Aún es pronto—dice mi psicólogo tras consultar su reloj de pulsera.

—No. Hoy hemos terminado—repito—Hay muchas cosas que tengo que preparar para esta  noche.

—¿Qué vas a hacer esta noche?

Me acerco hasta el escritorio y coloco las manos sobre él. Agacho la cabeza y miro fijamente al doctor. Esbozo una sonrisa sarcástica.

—Por si no se ha dado cuenta, querido doctor, esta noche habrá luna llena. Téngalo presente cuando salga a su jardín  a fumarse un cigarrillo, ese cigarrillo que su amada esposa no le deja disfrutar dentro de  casa.

—¿Cómo sabe…?

—Doctor, doctor—coloco mi mano sobre su hombro y acerco un poco más mi cabeza a la suya—Hoy usted y su esposa cumplen veinte años de casados, ¿No es así? Y han  preparado una cena muy romántica, con velas, música y probablemente postre final—le guiño un ojo para que comprenda a qué me refiero exactamente.

El psicólogo me mira asombrado y trata de levantarse pero yo le sujeto con las dos manos y  pego mi cara a la suya.

—Recuerde doctor  la sesión de hoy  cuando salga a fumar al jardín y levante la cabeza  para  contemplar el hermoso cuerpo de la luna llena,  brillando en el centro del cielo. Piense  si no acechará algún perturbado por las cercanías de su casa, esperando el momento de permitirse un pequeño desliz.

—Usted…

—¡Cállese!—le grito sacudiéndolo de un lado a otro—¡No olvide lo que les pasa a las parejas de enamorados en las noches de plenilunio!  Los dos sabemos  que la historia termina mal.

Me aparto del doctor no sin antes quitarle las arrugas que le he dejado en su camisa y le coloco la corbata en óptimas condiciones. Me mira con los ojos muy abiertos. Tiembla como un flan. Noto el miedo en su rostro. Le doy la espalda y abro la puerta del despacho. Veo a la guapa secretaria sentada frente a un ordenador, no levanta la cabeza y continúa escribiendo.  Antes de marcharse me doy la vuelta y le dedico unas últimas palabras a mi psicólogo:


—Disfrute de la cena, doctor, quién sabe, tal  vez  podamos seguir hablando esta noche, ¿No cree?



LA PAJITA MAS CORTA

Intentó librarse de la horda de muertos vivientes que se había levantado de sus tumbas. No lo logró. La atraparon dentro del coche que había  utilizado para huir y sus gritos sonaron con absoluta desesperación. Decenas de ojos contemplaron la escena desde sus escondites. Un buen número de personas se horrorizó al ver cómo los cadáveres trataban de entrar en el coche. Rompieron los cristales. Sus brazos muertos atravesaron las ventanillas y sus manos cadavéricas la cogieron. Y tiraron de ella.

Su garganta profirió terribles alaridos y su cuerpo se agitó como el de una posesa tratando de zafarse del asedio al que se vio sometida. Los muertos dominaban la ciudad. Era el comienzo del Fin de los Días. 

Los cadáveres habían sembrado el caos y el olor a muerte en avanzado estado de descomposición abusó de la atmósfera de tal manera que la convirtió en algo  irrespirable.

La mujer era muy hermosa. Pelo largo. Largas piernas y buenas tetas. Unos ojos azules como el cielo, una boca sensual y un culito redondo y prieto. Por esa mujer muchos hombres serían  infieles a sus esposas, incluso matarían por una noche de loca pasión entre sus brazos. Sin embargo, hoy, ahora, ninguno de los que observaban la lucha que mantenía con los zombies movió un solo dedo para ayudarla. La mayoría ni tan siquiera parpadeó. Muchos dejaron de mirar para no sentirse culpables. 

La mujer sintió el primer mordisco y vio la cara de un muerto que se retiraba con un trozo de carne en la boca. Después llegaron los siguientes mordiscos y con ellos los gritos que profería su garganta. Gritos de auxilio. Gritos que suplicaban ayuda. Gritos baldíos. Hasta que su garganta se rompió y de improviso enmudeció.

Los muertos entraron en el coche. Arrancaron las puertas, que sonaron como el lamento de monstruos infernales. Los zombies aullaron excitados al ver que la principal frontera que impedía morder y masticar a la tía buena del interior del hierro con ruedas quedaba atrás. 

Estaba indefensa, pese al hacha que llevaba en la mano y que agitaba cada vez con menos fuerza. No era peligrosa, pese a las patadas que propinaba con la punta de acero de sus botas de cuero. Era sólo una tía y ellos muchos muertos, vivos por el hambre que sentían.

La observaron. La miraban con ojos inertes y cristalinos y babeaban porque parecía muy sabrosa y se la querían comer de la cabeza a los pies.  Uno de los muertos alargó las manos y la manoseó. Pechos duros y turgentes. Y esos pezones que se marcaban en la camiseta blanca con atractivas manchas de sangre parecían pequeñas cerezas a las que hincarles el diente.

Le quitaron las botas. Los calcetines y los vaqueros. La dejaron con sus braguitas. Casi desnuda, aún trataba de zafarse del ataque mortal de los muertos y cuando ya no pudo más y se rindió, notó que unas manos putrefactas le desgarraban la camiseta  y sus pechos, ahora libres, saltaron alegres para enfrentarse a la pandilla de repugnantes muertos vivientes que abrieron sus bocas y movieron sus lenguas para degustarla.  Se la comieron mientras luchaba, como una heroína de película.

No dejaron nada. Hubo quien se llevó sus costillas, otros el brazo o las piernas. Entraron en su cuerpo a través de las heridas que había sufrido y le desgarraron el interior. Hígado, corazón y pulmones quedaron en las manos de los cadáveres, como trofeos efímeros que más temprano que tarde acabarían  bajando por sus gargantas muertas. Los intestinos, como cuerpos atrofiados de venenosas serpientes, eran arrastrados por un grupo de zombies que se alejaban con paso torpe, buscando una esquina poco frecuentada para disfrutar de tan exquisito manjar.

Separaron su cabeza del cuerpo. Se bebieron sus ojos. Le arrancaron la lengua y  aplastaron su nariz. Se llevaron las orejas. Dejaron su largo pelo en el suelo, como un felpudo  cubierto por la sangre y la masa gris de un cerebro que ya estaba siendo masticado por los más espabilados del grupo de muertos vivientes.

La tía estaba muy buena. De eso podían dar fe los que se la estaban comiendo…

…y el grupo de hombres que habían estado con ella en el sótano del que se había marchado.

Ahora, los cinco hombretones  lamentaban la decisión que habían tomado. Era evidente que se habían equivocado. La hazaña era una completa locura, algo imposible de realizar. Escapar en el coche que había aparcado en la calle de enfrente y deambular por las calles de la ciudad, sorteando el inconmensurable ejército de muertos para llegar a la gasolinera y coger unas botellas de agua, cigarrillos, patatitas fritas, algunas chocolatinas, leche y todo lo que pudiera servir para pasar el cautiverio lo mejor posible, de ahí que también pusieran en la lista una caja de preservativos.

 Quién debía realizar la proeza, quién sería el héroe, era algo que decidiría la suerte. Ninguno de los presentes era lo bastante valiente como para levantar la mano y ofrecerse voluntario. Cuando la pajita más corta le tocó a ella, ninguno de los presentes se reconoció lo bastante hombre como para ponerse en su lugar. Y la tía buena que  los volvía a todos locos, que los tenía empalmados a todas horas…

…se marchó.

Se quedaron allí solos y cuando escucharon los gritos de la muchacha y el sonido de los muertos al irrumpir violentamente en el coche permanecieron quietos, lamentando la muerte de la chica pero no porque les importara en realidad sino porque hubieran preferido que otro habría ido en su lugar y seguir teniéndola allí cerca, para mirarla, jugando con la posibilidad de consolarla en las noches frías de un Apocalipsis de ultratumba.

Pero se marchó ella. La de las tetas grandes. La de la  mirada dulce y boca sensual. Esa que los habría hecho gozar uno  a uno…
…pero a ella le tocó la pajita más corta, la obligación de salir al exterior en busca de víveres. Y se quedaron todos los machos alfa ocultos en su escondrijo, como cobardes babosas.

Claro que ella tuvo problemas. El horror había llegado a la ciudad. Los zombies rodeaban las calles y no pudo seguir mucho tiempo en el coche. 

La detuvieron. 

La cercaron.

Entraron.

Y ella se defendió como una amazona. Y  logró salir airosa, con varios rasguños, con algunos mordiscos, pero salió. En mitad de la calle, con un hacha de mano como arma, gritó como una endemoniada con la seguridad de  que los capullos que había dejado atrás la estaban escuchando Se imaginarían que perecería bajo las mandíbulas podridas de los jodidos muertos y no contaba con que uno solo de ellos acudiera en su ayuda. No necesitaba a aquellos hombres. Se podía valer por sí misma. Y así lo demostró.

Ellos, y los idiotas que miraban desde sus casas encerrados como orugas, creerían que se la comerían, que le destrozarían el cuerpo y fantasearían con sus curvas mientras cerraban los ojos y se tocaban la polla. 

Sobrevivió. A duras penas, la verdad sea dicha.

Dejó un buen número de cadáveres esparcidos por el suelo. No se movía ni uno. Miembros amputados, cabezas que rodaban por el suelo, sangre por todas partes. Destrucción al más puro estilo Viernes 13


 Notó la mirada de un buen puñado de curiosos que se asomaban a las ventanas de sus casas, esa misma gente que no había movido un solo dedo por ayudarla y que ahora la llamaban para que formara parte de su grupo. Necesitaban a una chica cañón entre sus paredes, una chica espectacular que encima supiera luchar. Ni los miró. Caminó entre las calles, alejándose de una ciudad ya muerta donde sólo quedaban pusilánimes.  Los zombies se apartaban a su paso y el sonido de los tacones de sus botas al golpear el pavimento se parecía al  de una amplia carcajada que marcaba el compás al que se movían sus nalgas, unas nalgas cubiertas por unos  pantalones vaqueros ajustados y manchados de sangre.



EL FINAL DE UNA HISTORIA DE AMOR

Dos figuras sentadas en el banco del parque, contemplando las primeras luces del amanecer. Dos ancianos que observan en silencio hacia el horizonte, con las manos entrelazadas. Llevan horas allí, en el más absoluto silencio. Han decidido que  sea la última noche y quieren, como  deseo final, como consuelo anhelado, que los rayos del sol acaricien sus viejos rostros por primera y  última vez.

Ya no tienen recuerdos. La enfermedad corre por sus venas como un diablo que consume sus almas poco a poco, debilitando la fortaleza de la que antes hacían gala. Débiles y derrotados por el tiempo ha llegado el momento de su extinción.

No quieren vagar en la oscuridad. No desean derramar más sangre. Todo aquel horror forma parte de un  pasado que ya quieren olvidar.  Y ahora, por decisión propia, esperan que el hermoso sol los abrace con la suavidad de una caricia.

Sus arrugados cuerpos, antes fuertes y vigorosos, sentirán el impacto del amanecer y su piel arderá provocándoles dolor y sacudidas como nunca han podido imaginar. Se han prometido no gritar.  Están decididos a permanecer inmóviles, esperando consumirse sobre el banco de madera. Hay una cosa que juraron mantener: Acordaron no soltarse de las manos. Que el final fuera para ambos, como expresión de una vida legendaria latente entre las sombras, como si por una última vez hicieran el amor.

Arderán. Lo saben. El dolor será tan insoportable que sentirán dudas. Ya están hartos de esconderse, de continuar matando. La enfermedad ha crecido tanto en su interior que sienten una pesada losa  aplastando el resquicio de lucha que pudiera quedar en sus conciencias. Ya no hay nada que hacer. Mejor ahora, desaparecer juntos que perderse uno al otro a través del tiempo y sumergirse en la más honda soledad.

Sus ropas se prenderán de llamas y sus cuerpos se agrietarán hasta consumirse por completo mientras sus cabezas se convierten en bolas de fuego de las que emanará el humo negro de su existencia. Poco a poco se consumirán y sobre el banco quedarán dos montones de cenizas unidos por un pequeño reguero que antes fueron sus manos entrelazadas.

Nadie comprenderá todo lo que han sufrido.  Nadie sabrá lo felices que se han ido. Juntos, como siempre estuvieron. Unidos, como estaba escrito desde los albores de los tiempos.

Viajarán hacia la nada. Sus vidas quedarán almacenadas en el parque, para deslizarse lentamente entre las rendijas del banco en el que han decidido acabar con su sufrimiento. Hasta que un soplo de aire levante sus cenizas y los haga volar de un lado a otro, entregando su ser a la esencia de una Naturaleza que los vio nacer como monstruos. Sus restos quedarán desperdigados alrededor de un mundo cruel que los mantuvo como esclavos de la noche desde el mismo día que cobraron vida.

Hoy se entregan  a la muerte, que los barrerá  con desprecio.

Tras muchos siglos de angustia y pavor, de horrores indescriptibles y actos malvados, han decidido acometer una de las proezas mas valientes que especimenes de su raza se hayan planteado jamás. Su sacrificio ha sido voluntario. No se  les ha obligado. 

Nadie sabrá que en el instante final, cuando el sol surja como un ogro tras la montaña, ellos se agarrarán las manos con fuerza y pasión, para sentirse el uno al otro. Convertidos en un solo ser llorarán  y sus lágrimas, por  primera vez en su larga y terrible existencia, serán  reales. Desaparecerán inmersos en la felicidad, sintiendo que mientras uno se va  el otro le acompaña.

Sus vidas se extinguirán al compás que marca la tragedia y lo que sentirán dentro de sí mismos, más allá de sus cuerpos, los hará  parecer, por primera y única vez, seres humanos.  Y esa sensación, que les obsequiará con el beneplácito de notarse vivos,  ni siquiera la muerte la podrá hacer desaparecer.

Aquellas dos figuras que permanecen sentadas  en el banco se sienten un solo ser. En apenas unos minutos no serán  más que recuerdos que se evaporarán con el transcurrir del tiempo y que nadie echará de menos.

Fueron felices y lo son sobre todo en el instante final, en el momento en que ambos han decidido   viajar juntos hacia la profundidad de la nada.


Es el final de una  historia de amor, nada  más.





EL JUEGO DEL DIA Y LA NOCHE

Ocurría siempre que llegaba la noche. 

Cuando el sol se ocultaba tras las montañas, los gritos en la habitación del niño sonaban con tanta agresividad que ninguno de los presentes tenía el valor suficiente para levantarse y acudir en su ayuda.  Permanecían sentados en el salón, con los rostros atrapados por el miedo, con las manos cubriéndose los oídos para evitar escuchar el espanto que salía de la garganta del pequeño: Alaridos horribles, llantos infernales, desgarros causados por una voz ronca que insultaba y maldecía. Y aquella tortura se mantenía hasta que el sol asomaba por el horizonte, con las primeras horas de la mañana. Pero mientras tanto, el infierno se desataba en la planta de arriba. Cada noche.

El sacerdote no llegó a entrar en la habitación. Al tocar con la mano el pomo de la puerta y notarla tan fría como el hielo, decidió bajar y reunirse con la familia. Temblaba de miedo, su voz quebrada apenas fue audible. Nadie entendió las palabras que pronunció. Después se marchó, envuelto en su sotana y agarrando el maletín donde llevaba  “las armas del Bien” como él mismo las había definido. Se alejó de la casa con prisa mientras en la habitación del pequeño brotaba una carcajada siniestra, seguida de nuevos insultos y vejaciones, esta vez dirigidos al ministro de Dios.

Se miraron aterrados. Una noche más se sintieron indefensos.

El Mal se había adueñado del pequeño. Entró en su cuerpo y violó su alma. El tormento del infierno se desató en su interior. Las convulsiones de su cuerpo. Las marcas horribles en las palmas de las manos y pies. La sangre que resbalaba por sus mejillas y aquellos ojos diabólicos. El rostro desfigurado del niño. Su voz ronca que recitaba letanías macabras en idiomas extraños. Los trozos de cuerda que salían del interior de su estómago, como cadáveres rotos de serpientes. El aullido de los lobos en el exterior. Los cánticos satánicos de demonios invisibles. El intenso frío que emanaba de la habitación y su olor putrefacto. Los vómitos del muchacho. Sus gritos de dolor. Y nadie, absolutamente nadie, podía hacer nada por aliviar tamaña tortura…

…hasta que las sombras se esfumaban con el frescor de la mañana y entonces, sólo entonces, llegaba la calma.

El niño exhausto en su cama. Fatigado y enfermo. Con sus ojos sin el brillo de la vida. Su alma rota y abandonada. Reposa en silencio, sin conciencia.

Sus padres a los pies de la cama. Observan con lágrimas en los ojos. No se atreven a tocarlo ¿Y si el simple contacto les contagia el Mal? 

Sus hermanos mayores se sienten impotentes.  Su hermana pequeña observa sin comprender. La lenta respiración induce a pensar que en cualquier momento el niño morirá. Rezan para que por fin el Señor se lo lleve. Como expresión de su crueldad más infinita el crío seguirá  con vida. 

Y el tiempo no se detendrá. Caerá la noche. Y con ella las tinieblas.

Entonces el Mal volverá a rasgar su inocencia y penetrará violentamente en su interior. Regresarán los horrendos gritos de dolor. De nuevo las convulsiones y los insultos, las lamentaciones y las vejaciones más infames. 

Cerrarán la puerta para no verlo. Se cubrirán los oídos para no escucharlo. Pero el Mal azotará el alma del muchacho y hará de su cuerpo su posesión más preciada. Se burlará de él. Lo humillará. Le provocará lesiones. Se jactará de su poder. Y en su libre elección lo irá conduciendo un poco más hacia la profundidad del infierno...

…hasta que el día decida que ya es suficiente, que es necesario concederle una tregua, para que descanse, para que no muera. Y la oscuridad aceptará las reglas. Se alejará. Las sombras abandonarán la habitación. Las tinieblas se esfumarán en un abrir y cerrar de ojos, dejando pura su alma…

…hasta que vuelva la noche. 

Y con ella de nueva el horror de una maldad infinita que ahogará la conciencia de un alma pura sin apretar demasiado. Para no ahogarle. Para que no muera.




¡ROMPE EL SILENCIO!

Por unos momentos Mónica se imaginó que era otra mujer, con el mismo aspecto, la misma edad, pero con una identidad diferente y una situación distinta.

Hace mucho tiempo que le hubiera gustado ser cazadora de monstruos y tenía prácticamente todo para vencerlos. Llevaba una maleta en cuyo interior guardaba cabezas de ajo, una pistola con balas de plata, varias estacas, una vieja Biblia, un crucifijo bañado en oro y un martillo bendecido por el párroco local. 

Conocía a los monstruos. Tenía una habilidad innata para  identificarlos por muchos disfraces que pudieran ostentar y Mónica, en su imaginación, se veía luchando con todos ellos, a los que destruía uno a uno. En sus aventuras ficticias se encontraba a sí misma con el valor suficiente para adentrarse en las repugnantes guaridas de los monstruos, ese valor del que carecía en la vida real.

Daba igual la naturaleza de las criaturas que Mónica aniquilaba: vampiros sedientos de sangre; muertos vivientes que anhelaban cerebros humanos: diablos repugnantes en busca de almas tiernas e inocentes… daba igual el poder que ostentaran o los poderes que expresaran con sus malas artes, ella siempre estaba ahí, con su látigo y sus artilugios mágicos. Todos caían. Siempre vencía. 

Así era su vida en la ficción, cuando se tumbaba en la cama y cerraba los ojos para olvidar. Su imaginación recorría parajes oscuros, donde las sombras se convertían en el abrigo de los monstruos. Luchaba contra ellos. Vencía cada batalla. Los destruía…

…pero aquello no evitaba que el dolor de los golpes propinados en su vida real desapareciera. Los moratones en su cara, las heridas en la boca a causa de los puñetazos, su alma fragmentada en múltiples pedazos, todo aquello nunca se esfumaba. Y nada tenía visos de cambiar.

Lloraba. Cada día. Cada noche Cuando el monstruo real, el de carne y hueso, entraba por la puerta malhumorado y  borracho y se quitaba el cinturón. 

Para ese monstruo Mónica no tenía valor. No podía enfrentarse a él. ¿Dónde estaba la valiente heroína que se imaginaba ser en lo más profundo de su imaginación y que combatía a  perversas criaturas?  Ella no era así…

…se dejaba pegar puñetazos. Encajaba las patadas con apagados quejidos porque si gritaba él la golpeaba con más fuerza. Y no podía llorar porque el monstruo se enfadaba y la encerraba en el cuarto de baño…

…y en las noches, cuando el engendro respiraba en la cama y vomitaba su borrachera, ella se cobijaba en un rincón y se abrazaba a sí misma para llorar, con los labios partidos, el ojo hinchado y la nariz sangrante.

Todos sus sueños se habían desparramado por el suelo y sus esperanzas se arrastraban como serpientes entre la mierda y la basura que era su día a día.  Cada vez era peor y la Mónica de sus sueños, capaz de acabar con los monstruos, no existía más allá de la ficción. Esto era la vida real y en la vida real existen los monstruos y campean a sus anchas. Nada podía hacer.

Le faltaba valor.

Vivía bajo la tierra de la desgracia, dentro del tormento de un ataúd invisible, en el interior de una prisión donde  no era más que una esclava bajo el yugo de un cruel y despiadado dictador, aborrecible y repugnante, que no era más que su dueño.

Ella le pertenecía…

…hasta que una voz surgió en su interior, procedente de lo más hondo de su ser:

—¡NO!

Una sensación extraña la invadió y poco a poco se vio superada por las ganas de levantarse y abandonar aquél rincón.  En la habitación, el monstruo dormitaba, probablemente hundido en sus propios vómitos. Roncaba y el sonido que emitía su garganta resultaba  tan desagradable como los insultos que a diario le profesaba.

Mónica comenzó a caminar. Sus piernas temblaban pero pronto se tornaron seguras. Su corazón latía de manera vertiginosa hasta que las palpitaciones fueron cobrando la calma. Tenía miedo, miedo a que el monstruo despertara y la encontrara allí, que conociera sus planes y que la arrojara al infierno de nuevo. Y ese miedo, a pesar de que no desapareció del todo, se fue transformando en valor. Y por primera vez en toda su vida, Mónica se sintió como la Mónica que se imaginaba en sus sueños. Sonrió, como no lo había hecho durante los últimos años. Apretó los puños y se acercó al teléfono.

Ella no era de nadie.

Ella valía.

Ella no tenía por qué soportar aquella tortura.

Tenía derecho a vivir.

Podía vencer al monstruo.

Descolgó el teléfono y tomó aire.  Marcó el número 016. Todo cambiaría a partir de entonces.  El proceso iba a ser largo y angustioso. Era el primer paso para vencer al monstruo.

Con el tiempo ella se sentirá  libre… 

…y volverá a sonreír.