EL VISITANTE


Le  extrañó que llamaran a la puerta a las once de la noche. Ya había cenado y estaba a punto de meterse en la cama pero el sonido del timbre le hizo darse la vuelta en mitad del pasillo. Frunció el ceño y trató de adivinar quién podía tener la desfachatez de molestarle a esas horas. Pensó que podía ser el presidente de la comunidad pues el día anterior se había celebrado una reunión y él no había asistido. Quizá quería exponerle los puntos tratados y las conclusiones y acuerdos al que el resto de vecinos había llegado. Cuando abrió comprendió que se había equivocado por completo.

Al otro lado de la puerta apareció la figura delgada y siniestra de un hombre mayor vestido enteramente de negro. Llevaba un maletín en la mano. Lo primero que pensó fue que con toda probabilidad  se trataba de un Testigo de Jehová.

Tenía el pelo canoso y muchas arrugas en la cara, tantas que no era una locura pensar que el visitante pudiera haber alcanzado los 80 años hacía ya mucho tiempo. Lo miraba a través de unos intensos ojos azules, muy vivos y alegres, aunque la expresión en el rostro del desconocido le inquietaba. Estuvo a punto de cerrarle la puerta en las mismas narices. No estaba dispuesto a escuchar tonterías sobre Yavé ni cosas por el estilo pero las primeras palabras que pronunció el desconocido lo dejaron bastante asombrado:

-Buenas noches, señor Bellido, perdone que le moleste a estas horas en las que debería estar descansando pero lo que le vengo a comunicar es muy urgente.

Se quedó paralizado. Era evidente que aquél hombre no era Testigo de Jehová ni vendía enciclopedias  o Seguro alguno. Cuando se quiso dar cuenta, el visitante se coló en el piso cruzando el vano de la puerta y pasó  a su lado con la mirada fija en el suelo.

-Será mejor que cierre la puerta y tome asiento.-dijo sin mirarlo siquiera.

Roberto giró su cabeza para seguir con la mirada al desconocido, que se había detenido en mitad del salón. Le daba la espalda. Estaba inmóvil. El negro maletín colgaba de su mano.

Cerró la puerta muy sorprendido y se acercó al hombre. Se colocó frente a él y se sumergió en la mirada penetrante de aquellos ojos inmensos, de vivo y sorprendente color. El visitante tenía el ceño fruncido, parecía consternado, como si las dudas y la preocupación lo asaltaran. Por un momento, a Roberto Bellido se le pasó por la cabeza la posibilidad de que el hombre estuviera nervioso.

-Siéntese, por favor.-dijo el desconocido.

Roberto miró al hombre que tenía el semblante muy serio, como si estuviera a punto de darle una mala noticia. Se puso  nervioso y comenzó a sudar. Notó un pequeño dolor en el pecho, cerca del corazón. Tomó asiento y el visitante hizo lo propio.

Al sentarse, los pantalones del desconocido se subieron para arriba y Roberto pudo distinguir unos calcetines blancos. Dejó el maletín entre sus pies y entrelazó las manos. 

-Verá señor Bellido, es posible que mi visita le parezca… un tanto extraña.

-No sé quién es usted pensé que…

-Que sería un vendedor de aspiradoras  o algo así, ¿verdad?

-Algo así, sí.-admitió.

-O uno de esos vendedores de Religión  a los que desprecia.

Roberto guardó silencio y un intenso escalofrío recorrió el centro de su espalda. Tuvo la impresión de que aquél hombre le conocía en profundidad y después de observarlo en silencio durante varios segundos  pensó que el desconocido le resultaba familiar. Nunca lo había visto, de eso estaba completamente seguro, pero en su interior sabía perfectamente de lo que se trataba.

-Créame si le digo que si no hubiera sido necesario no habría venido a importunarlo.

-¿Quién es usted?

-Eso… de momento no importa.-el visitante bajó los ojos y su mirada se perdió en la indiferencia que ofrecía el suelo.-Lo verdaderamente relevante es el motivo por el que estoy aquí.

Roberto sintió que el salón se cubría de una tenue oscuridad. La luz de la lámpara bajó de intensidad durante apenas unas décimas de segundo pero que pareció un momento tan largo y extenso como la agonía de un preso condenado a cadena perpetua.  Después sintió un frío intenso. La temperatura había bajado con tanta velocidad que tuvo que frotarse los brazos desnudos para entrar en calor. Resultaba aterradora la visión del visitante, que, al hablar, por su boca salía un extraño vaho, como si una misteriosa neblina emergiera de las profundidades de su garganta, como demonios que escapaban del interior de su alma.

-Quiero que sepa que si hubiera otra manera de solucionar esto…

Roberto se sobrecogió cuando el visitante levantó la mirada y le observó directamente. La belleza e intensidad de sus grandes ojos azules se convirtieron en una dura expresión que emanaba del abismo que ahora eran  sus pupilas. Se vio obligado a desviar la cabeza y aún así notó que el desconocido lo seguía taladrando con sus ojos.

-¿Qué es lo que ocurre?

-Usted nació el 15 de Enero de 1971, ¿No es así?.-habló el visitante mientras levantaba el maletín y lo colocaba sobre sus rodillas. Se dispuso a abrirlo y no esperó la respuesta de Roberto para seguir hablando.-Pasó su infancia en un pequeño pueblecito de Barcelona pero muy pronto se trasladó con sus padres a la casa de sus abuelos  en Málaga cuando éstos murieron en un trágico accidente automovilístico.

-¿Es usted abogado?

-No soy abogado.-respondió el desconocido y sacó una carpeta del interior del maletín que volvió a colocar entre sus pies. Abrió la carpeta y extrajo varios papeles que examinó con suma atención. Roberto permaneció expectante. Observó que le temblaban las piernas, que le sudaban las manos, que se había instalado un molesto pitido en los oídos y  un agudo dolor en el centro de su cabeza. El desconocido siguió hablando.-Su madre, Elena Sánchez Ortega, falleció el 15 de Agosto de 2003 y su padre, Manuel Bellido Dominguez, lo hizo hace  poco más de dos años, el 12 de  Marzo de 2010 después de sufrir una larga y dolorosa enfermedad.

Aquellos datos, todos, eran correctos. El hombre tenía mucha información y los papeles que manejaba en sus manos parecían contener datos sobre su vida. El visitante extrajo un folio y lo leyó con atención y en silencio, después se lo tendió a Roberto. La expresión en el rostro del desconocido, con su semblante serio y sus ojos cristalizados, que ahora estaban rodeados de un brillo especial, le asustaron tanto que cuando alargó el brazo para recoger el papel éste se cayó al suelo. Y lo hizo de una forma extraña como si en lugar de ser una simple hoja fuese un trozo de acero, porque se precipitó al suelo con una velocidad vertiginosa y al chocar contra la madera produjo un ruido ensordecedor. Roberto permaneció en silencio, asustado. El hombre no bajó la mirada  y sus grandes ojos azules le observaban con desmedida preocupación.

Cuando tuvo la hoja en las manos se sorprendió que el tacto y el peso fueran precisamente los de una hoja de papel. No podía entender cómo había caído al suelo de esa forma ni el sonido que había provocado. Contempló al hombre, al que distinguió muy nervioso, y después centró su atención en el folio que había recogido. Estaba escrito casi en su totalidad pero Roberto no pudo entender el idioma aunque sí reconoció dos pequeños detalles situados al final del texto, tanto a derecha como a izquierda.

La firma de su madre.

La firma de su padre.

Entonces Roberto lo entendió. Lo que sujetaba en las manos debía de ser una especie de testamento y aquél hombre  un notario o  trabajador  de la agencia donde sus padres habían redactado lo que sin duda era un reparto de bienes. 

-¿He heredado algo?

-No, en absoluto.-respondió el desconocido y agachó la cabeza, avergonzado.-Quiero que sepa que yo me limito a realizar mi trabajo. Soy un simple empleado.

Roberto se asustó. Observó el papel y trató de entenderlo pero el texto era ilegible. Por el contrario, las firmas de sus padres resultaban claras y precisas y observó que estaban realizadas con tinta roja. Frunció el ceño y pasó las yemas de sus dedos sobre las rúbricas. Se las manchó. 

-Esto… ¿esto es sangre?

El visitante se encogió de hombros consternado, impotente.

-Verá que hay una fecha al final, junto a… 

Roberto vio la fecha entre las firmas de sus padres. Era lo único que estaba escrito de forma legible. 20 de Agosto de 2013. Precisamente hoy.

-Y una hora. ¿La ve?

-00:00 horas.

El visitante, quizá de una forma teatral, desvió la  mirada y la bajó hacia su muñeca donde Roberto pudo distinguir un enorme reloj de pulsera de color plateado.

-El tiempo se ha cumplido.

-¿Qué tiempo?.-preguntó perplejo Roberto.

-El suyo, señor Bellido.-respondió el visitante y clavó en él sus ojos de intenso y vivo color azul. Roberto sintió un molesto escalofrío recorriendo su cuerpo, como si un  fantasma invisible lo hubiera abrazado. El pitido en los oídos era más intenso, al igual que el dolor de la cabeza, que ahora se había extendido hasta su pecho y los orificios de la nariz le comenzaron a moquear.

-Perdone pero no entiendo nada de lo que está pasando desde el mismo momento en que he abierto la puerta.-dijo Roberto pero el temblor en su voz delataba que estaba muy asustado y guardó unos segundos de silencio antes de volver a hablar, quizá porque temía las respuestas a sus preguntas.-¿Quién es usted? ¿Qué hacen las firmas de mis padres en este papel? ¿De qué va todo esto?

El visitante se levantó muy lentamente sin apartar la vista de Roberto, que siguió sentado devorado por la expresión de tristeza que emanaba de la mirada del desconocido.

-Esta situación siempre es incómoda para mí, es la peor parte de mi trabajo.

-¿De qué está hablando?

-Yo lo siento mucho. No puedo hacer nada por ayudarlo.-la expresión en el rostro del visitante reflejaba cierta sinceridad y dolor.-Si las cosas fueran de otro modo, si usted tuviera una sola oportunidad…

Roberto se quedó perplejo ante las palabras que acababa de escuchar.

-¿Oportunidad para qué?

-Para seguir viviendo, señor Bellido, para seguir viviendo.

Hubo un estruendo en la entrada y la puerta se abrió  con gran estrépito. Roberto, sobresaltado, desvió la cabeza en esa dirección y no advirtió que el visitante ni siquiera se había inmutado. Seguía de pié, observando a Roberto con cierta ternura y resignación, agarrando el maletín con una de sus arrugadas manos.

Por la puerta de la casa comenzaron a entrar cuatro personas vestidas completamente de blanco. Llevaban los rostros cubiertos por mascarillas y las manos protegidas por guantes de látex. Eran hombres fuertes y robustos y Roberto retrocedió visiblemente asustado. 

-Roberto Bellido Sánchez  de 42 años de edad.-dijo el desconocido con voz grave.-Su contrato de vida ha expirado.

Los cuatro hombres que habían entrado se acercaron a Roberto y dos de ellos lo asieron de los brazos para levantarlo. En lugar de ojos, tenían dos orificios pequeños y profundos, incandescentes.

-De acuerdo al documento que se le ha entregado y firmado por Elena Sánchez Ortega y Manuel Bellido Domínguez  el 11 de Diciembre  de 2011, su vida debe terminar hoy día 20 de Agosto de 2012  a las cero horas. 

Los hombres de las mascarillas se llevaron a Roberto que comenzó a gesticular y a moverse compulsivamente. Gritó y pidió explicaciones pero nadie más habló. Una vez que salieron por la puerta los gritos de Roberto dejaron de escucharse.

El hombre del maletín esperó pacientemente y pocos minutos después ocurrió lo que estaba aguardando. Seis figuras vestidas enteramente de negro, con los rostros marmóreos y tan delgadas como palillos, con expresiones muertas y los ojos tan blancos como la nieve, entraron  en el piso transportando un ataúd de madera. Tras ellos, otros seis hombres, tan misteriosos como los primeros, entraron llevando  un segundo ataúd. Después de dejarlos en mitad del salón, los doce hombres desaparecieron por el vano de la puerta, uno tras otro, como hormigas que regresan a su correspondiente hormiguero.

El hombre del maletín observó unos momentos los dos ataúdes y suspiró resignado. Su rostro mostraba una apatía sombría y la intensidad de sus grandes ojos azules parecía haberse perdido, como si se hubiera caído a un pozo sin fondo. Movió la cabeza levemente y después contempló la esfera del reloj de pulsera. Torció la boca en un gesto de desagrado y se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta, con los hombros caídos y una extrema pesadez en las piernas. Su delgada figura se perdió en la oscuridad que desprendía la escalera.

Pocos minutos después las dos tapas de los ataúdes  se abrieron, al unísono. Dentro había dos cuerpos, un hombre y una mujer. Ambos completamente desnudos. Eran personas mayores, con la piel ajada y oscura, casi no parecían humanos. Tenían los ojos abiertos. Daba la impresión de que estaban  muertos… pero aquellos ojos parpadearon.

Se incorporaron como lo haría Christopher Lee en una de sus viejas películas interpretando a Drácula y movieron sus cabezas, ella hacia la derecha y él hacia la izquierda. Sus miradas se encontraron y ese encuentro provocó que los labios de la pareja se movieran mostrando una escueta sonrisa. Se levantaron completamente y salieron de sus respectivos ataúdes. Los cuerpos desnudos del hombre y la mujer se fundieron en un enorme abrazo, como si llevaran toda una eternidad sin verse ni sentirse, como si un muro inexpugnable los hubiera  separado durante siglos. 

A ninguno de ellos, ni a Elena ni a Manuel le preocupaba la suerte que a partir de entonces correría su hijo. Lo importante, ahora y siempre, eran ellos, únicamente ellos.


Sentado  en el metro, con el maletín entre las piernas, el visitante viajaba con los ojos cerrados, lo que no impidió que aún se notaran bajo ellos la marca que habían dejado las lágrimas bajando por sus arrugadas mejillas. En algún momento, mucho antes de llegar a su destino, aquellos ojos azules se abrieron. Parecía que su rostro se había encendido como si dos potentes bombillas se hubieran activado. Había recobrado la intensidad en el color de sus ojos y agachó la cabeza hacia su maletín. Con las manos temblorosas tuvo cierta dificultad para abrirlo pero finalmente consiguió hacerlo. Los papeles de su interior estuvieron a punto de caerse y logró sujetarlo con una de sus manos a pesar de que el vaivén del vagón, un vagón completamente vacío, no le facilitaba las cosas.

Examinó con atención los informes que contenía el maletín hasta que encontró la ficha de una mujer de apenas 25 años de edad. Cerró los ojos y movió la cabeza con carácter de preocupación y una vez más se sintió impotente y malvado.

Examinó con atención el contenido del dossier y leyó con interés las cláusulas de un contrato firmado hacía años por unos padres desafortunados que encontraron la muerte prematuramente y tuvieron la mala suerte de toparse  con el Diablo en su camino hacia la oscuridad.

Contempló la imagen de la joven, una pequeña fotografía de carnet. Era guapa, hermosa más bien y maldijo su trabajo de nuevo, como tantas otras veces.

Guardó todo en el maletín y lo cerró. El metro ya llegaba a su destino. Se puso en pié al tiempo que el metro frenaba. Las puertas se abrieron y el hombre se apeó en la estación. Nadie más bajó del metro. Miró a su alrededor y leyó los letreros luminosos sobre fondo naranja que colgaban del techo, con el nombre de las calles que se encontraban en la superficie. Consultó su reloj de muñeca y después comenzó a caminar hacia una dirección determinada…

…el hogar de la persona cuyo contrato de vida expiraba en las próximas horas.






CUESTION DE TIEMPO


“Las Aventuras de Tom Carella”

EXTRACTO I


Si no se había volado la tapa de los sesos fue precisamente por los dos niños que yacían muertos en el suelo. Uno de ellos tenía la garganta rota, destrozada y aún así no tardaría en levantarse de nuevo. El otro había recibido un mordisco en el brazo y en apenas un par de horas la infección se había extendido como si el mismísimo Diablo le hubiera arrancado de cuajo su inocente alma.

Había sido espantoso. Hizo lo indecible para evitar el sufrimiento del chiquillo  pero no fue suficiente y ahora Tom se encontraba desolado. 

Jamás podría quitarse de la cabeza el horrible sufrimiento del pequeño, la agonía del niño que gritaba de dolor mientras la herida dejaba de sangrar para después comenzar a infectarse de un modo repugnante. Una costra oscura y espeluznante creció alrededor del mordisco para ir conquistando el resto del brazo. Ver crecer esa masa tenebrosa en el cuerpo del pequeño resultó algo que su estabilidad emocional  apenas pudo soportar. El avance inexorable de la infección alcanzando el pecho del niño, cuya piel se oscureció  por momentos hasta rodear su cuello, parecía una mutación extraña e imparable.  La fiebre asaltó al pequeño, que temblaba presa de las convulsiones. El brillo de sus ojos se fue apagando con cada estertor hasta que, por fin, murió.

Tom se había refugiado en el rincón del sótano donde permanecía oculto desde que empezó todo esto. Había llorado desconsoladamente y no podía apartar la vista de los cadáveres de los niños. Estaban muertos por su culpa. Las criaturas lograron entrar en el refugio  por la decisión que había tomado. Trataba de exculparse, de convencerse que no hubo otra opción, que la única posibilidad de sobrevivir era intentarlo pero no tuvieron suerte. Los niños murieron y él… él siguió con vida y no podía soportar el peso de la culpa, del arrepentimiento.

Al principio eran más personas allí dentro  pero con el tiempo se fueron marchando. No huían. Decidían salir al exterior para conseguir comestibles y cosas que pudiera ir necesitando el grupo. Se lo echaban a suertes. A él nunca le tocó abandonar el sótano. Al principio los exploradores regresaban con muchas cosas, pan, agua, leche, tabaco, ropa, zumos, después cada vez traían menos y finalmente… nunca regresaban. Así hasta que quedaron solamente los tres. Los dos niños muertos y Tom.

Cerca de tres meses llevaban encerrados en el sótano. Tres largos meses sin ver la luz del sol. Aquél lugar ya olía de tal manera que resultaba completamente inhabitable. En una esquina podían apreciarse las heces y los charcos  de meado, restos de vómitos y rastros de sangre. Sus cuerpos despedían un olor nauseabundo, quizá de un calibre parecido al de las criaturas que caminaban por las calles y que anhelaban capturar a personas vivas para alimentarse.

A Tom le preocupaba la salud de los muchachos. Se habían quedado solos. Por las noches, cuando el silencio era mucho más inquietante, podían escuchar claramente el arrastrar de pies por las calles cercanas, algunos gritos, disparos, coches que se alejaban y cuyo sonido se perdía en la distancia, respiraciones profundas… los niños lloraban y él estaba asustado, tal vez incluso mucho más que ellos. El hambre los estaba debilitando.

Sin víveres, con apenas dos o tres botellas de agua, Tom sabía que era cuestión de tiempo que se vieran obligados a salir de su deplorable refugio. De hecho, el sentido común le gritaba constantemente que hacía muchos días que tenían que haberse marchado. Por miedo, por temor, por aquellos niños, Tom no decidió dar tan peligroso y quizá definitivo paso pero ahora no le quedaba otra opción. Además, lo que le llenaba de inquietud era que por las noches escuchaba  esas cosas que permanecían al otro lado de la puerta. Su pestilente olor se colaba por las rendijas, oía el inquietante ruido de las uñas de las criaturas arañar la madera y los fuertes golpes, a veces como si estuvieran llamando y otras… como si quisieran derribar la puerta.

Aquella mañana Tom había decidido explorar el exterior. Protegería a los niños con su vida. No estaba muy convencido de que pudieran salir y escapar pero no había otra opción. Morirían si permanecían encerrados en el sótano. Como dije, era solo cuestión de tiempo.

Cuando uno de sus antiguos compañeros de refugio regresó con algunos víveres, lo hizo lleno de horror y con una herida en la pierna. Decía que uno de aquellos monstruos le había mordido. No tardó en morir. La piel de su cuerpo se oscureció como cartón mojado, igual que le había sucedido ahora al niño, y murió al poco tiempo. Horas después regresó a la vida. Apenas pudo acabar con él. Mostraba una fuerza extraordinaria, una fiereza suprema pero logró machacarle la cabeza con un tubo de acero del que no se había apartado en ningún momento desde entonces. Aturdido y extasiado arrastró el cadáver hasta conducirlo a una esquina bajo la aterrorizada mirada de los niños. Cuando ellos pudieron dormir, rara vez lo hacían pero a veces el cansancio  vencía sus conciencias, se armó de valor y sacó el cuerpo fuera para evitar que siguieran contemplando la muerte tan de cerca y echó un vistazo al exterior. En ningún momento se le pasó por la cabeza abandonar a los chiquillos, solamente quería averiguar cómo estaban las cosas fuera. Y lo que vio lo llenó de pánico y terror. Regresó al sótano y se sentó junto a los cuerpos dormidos de los niños. Se encogió en un ovillo y se meció, lloriqueando como un niño hasta que se quedó dormido, con la esperanza de salir de allí derruida por el horror que había contemplado en el exterior. Era el fin, y solamente era cuestión de tiempo para que  ellos fueran alcanzados por tamaña monstruosidad.

Algo ocurrió en la cabeza de Tom dos o tres días después. Quizá a causa de la desolación, la impotencia, el hambre, la tristeza y el miedo que destilaban los ojos de los niños que ahora estaban a su cargo. No podían permanecer allí durante más tiempo. Habló con los pequeños, que comenzaron a llorar cuando les anunció que los dejaría  solos.

-No os preocupéis.-dijo Tom abrazándolos.-No podemos seguir aquí  más tiempo, al menos no de este modo. Hace falta comida, un lugar más amplio y seguro. Esas cosas saben que estamos aquí, deambulan por las calles esperando que salgamos y se acercan por las noches para hacer guardia frente a la puerta. Tengo que salir, buscar comida y encontrar un lugar mejor que este. Os prometo que no os pasará nada y regresaré muy pronto, no os abandonaré. Os doy mi palabra.

Lloraron los tres durante mucho tiempo y finalmente Tom se marchó. Nunca olvidará el rostro de desolación de aquellos dos niños cuando le vieron marchar…

…regresó con dos bolsas cargadas de víveres y se  topó  la puerta del sótano abierta. Las soltó petrificado por el temor   y corrió hacia el refugio. Encontró una escena terrible. Uno de los chicos estaba muerto, con la garganta destrozada por un enorme  mordisco mientras el otro chico se retorcía en el suelo presa del dolor. La herida en el brazo tenía muy mal aspecto.

Maldijo su mala suerte. Golpeó el suelo con los  puños preso de la rabia y la desesperación hasta hacerse añicos los nudillos. La sangre salpicó sus manos y eso no le importó. No sintió dolor, solo un desgarro demoledor en su alma.

Tras la muerte de los muchachos, Tom no podía permanecer más tiempo en aquél maldito lugar. Junto a los víveres había encontrado un arma, una pequeña pistola. No había tenido problemas en el exterior, quizá la suerte le hubiera sonreído pero esa misma suerte se había transformado en un cruel monstruo que logró perturbar  su refugio y había asesinado a las dos personas que estaban a su cargo, a las que les prometió que nada les iba a suceder. Tom lloró y lloraría el resto de su vida, le quedara lo que le quedase.

Había sopesado la posibilidad de quitarse la vida. De hecho, tenía  clavadas las rodillas en el suelo y con los ojos anegados en lágrimas se colocó el cañón de la pistola sobre la sien. Tal vez no hubiera tenido el valor suficiente, no podía saberlo, pero la imagen de los niños muertos en el suelo, inmóviles, pensó que le darían fuerza  para hacerlo y ése fue precisamente el motivo de que decidiera no matarse, al menos no de momento.

Los niños…

Volverían a la vida. Tal y como había hecho su amigo y posiblemente tantas otras personas en el mundo. Y regresarían de la muerte convertidos en monstruos ávidos de sangre y carne humana. La idea de que aquellos muchachos caminaran por las calles con el rostro desfigurado y sus frágiles cuerpos devorados lentamente  por una infección inexplicable, persiguiendo a vivos de los que alimentarse, le horrorizada. Lo más sencillo, lo más sensato hubiera sido quitarse la vida y acabar con todo de una maldita vez… o, también era otra posibilidad, escapar del sótano y buscar  supervivientes, una oportunidad de seguir viviendo aunque tuviera que enfrentarse a esas criaturas horrendas que parecían haber surgido de la oscuridad para sembrar el caos y la aniquilación de la raza humana tal y como hoy la conocemos. Sin embargo, no podía permitir que aquellos niños se convirtieran en seres grotescos e inhumanos.

Cuando los chicos recobraron la vida supo inmediatamente que había acertado al quedarse allí, aguardando el momento preciso que acababa de llegar.

Los dos niños, convertidos ahora en cadáveres vivientes, se levantaron del suelo manteniendo en su rostro una expresión demoníaca y perversa. Los ojos,  blancos completamente, miraban a Tom como si del fondo de un abismo se tratase.  Oyó los extraños sonidos que salían del interior de sus bocas oscuras, la rigidez de sus miembros al moverse y avanzar inexorablemente hacia él. Tom sintió una tristeza extrema al contemplar a los dos niños… pero ya no eran niños sino monstruos hambrientos y despiadados.

Agradeció tener la fuerza suficiente para permanecer allí, esperando aquél momento. Le hubiera gustado no haberlos visto convertidos así, en seres maquiavélicos y deformes. Pero se sintió dichoso porque haberles dado la espalda y fallarlos otra vez hubiera sido mucho más doloroso. Si antes de la transformación tenía dudas, al verlos como una broma de mal gusto de un Demonio sin corazón, advirtió que las fuerzas perdidas las recuperaba de inmediato.

No dejó que se acercaran demasiado. Alargó el brazo y disparó dos veces. Las balas entraron limpiamente en las cabezas de los niños y sus pequeños cuerpos cayeron al suelo con estrépito. Quedaron quietos, inmóviles, como si nunca se hubieran levantado. Tom permitió que sus ojos dejaran escapar algunas lágrimas y trató de no mirar los cadáveres. Sabía que ya no volverían a levantarse, o al menos quería pensar que en realidad no lo harían.

Cabizbajo y triste, Tom salió del sótano y alcanzó la puerta que daba al exterior. Miró hacia la calle. Todo estaba completamente en silencio, como un paraje desolado. Los coches permanecían en mitad de la carretera, muchos de ellos con las puertas abiertas. Descubrió algunos cadáveres parcialmente devorados tirados en la calle, atestados por algunas ratas que se estaban dando un buen festín. Ningún alma viva recorría las calles, tampoco ninguna muerta. Tom se encontraba sólo pero no tenía miedo. Lo que había vivido en aquél sótano las últimas semanas, la pérdida de los niños, su conversión en monstruos, le había cambiado por completo la vida y estaba dispuesto a enfrentarse a todo lo que estuviera por llegar…

…por muy perversas, malvadas e inquietantes que fueran las paranoias del escritor que le había dado la vida y peligrosas las aventuras que para él estaban  destinadas.


LA CABAÑA DE LOS MONSTRUOS


"La cabaña quedó reducida a cenizas y en su interior perecieron decenas  y decenas  de historias escritas y cientos y cientos de cuentos por escribir”

(Matt Cassidy)



Caminaba por el sendero mientras una fina lluvia caía sobre su cuerpo. Estaba completamente empapado pero no le importaba en absoluto. Su rostro desencajado, su mirada perdida y su ceño fruncido demostraban que en aquellos momentos era una auténtica bomba de relojería. Aferró la escopeta entre sus dos manos y siguió caminando hasta que en un punto del camino decidió apartarse para adentrarse definitivamente en el bosque.

Ya estaba cerca. Podía olerlo y sus gruesos dedos apretaron con tanta fuerza el arma que estuvo a punto de hacerla añicos. Rabia y dolor. Desesperación.

Las ramas de los árboles trataban de arañar sus piernas y brazos con la intención de provocarle laceraciones pero su ropa gruesa lo protegía. Se detuvo unos instantes. Ante su presencia, los pájaros habían dejado de cantar. El silencio más extremo podía sentirse en un bosque espeso y oscuro, donde ni la más pequeña alimañaza hacia gala de moverse entre los matorrales. Sabía además, que a medida que fuera acercándose la soledad y el silencio serían mucho más temibles. Se sobrecogió y por su cabeza se le pasó la posibilidad de abandonar tamaña locura, de regresar al pueblo y decepcionar a todas aquellas personas que habían depositado sus esperanzas en él.

Apretó los dientes y sus botas pisaron con mayor fuerza la hierba. Las ramas de los arbustos se partían bajo su peso; el sonido se ahogaba rápidamente, como si se produjera con  timidez y recelo.

Vio la luz entre los árboles, a varios metros de distancia y se detuvo para examinar el paraje. La pequeña cabaña se encontraba en mitad de un claro, rodeado de gruesos árboles, que parecían férreos guardianes protectores. Comprobó que la escopeta estaba cargada. Dos cartuchos. Más que suficiente.

Se aproximó con cierta precaución, empuñando el arma, con el dedo en el gatillo, presto a disparar en cualquier momento. A medida que se iba acercando llegaba hasta  su nariz el aroma a madera quemada y se imaginó que en la cabaña habían encendido la chimenea. En ese momento se dio cuenta del frío intenso que lo rodeaba pero las voces que sonaban dentro de su cabeza le animaron a seguir caminando para ejecutar el plan que se le había encomendado.

La luz se distinguía a través de una de las pequeñas ventanas. Sin duda estaba dentro y eso de algún modo le alivió. Las voces guardaron silencio durante breves instantes para después mostrarse inquietas y perversas. Sacudió su cabeza. Nada. Las voces no cayeron. Seguían allí. Le dolían los oídos de escucharlas mañana y noche, de sentir su presencia en su interior. La única forma de parar todo aquello era hacerlas caso. Acabar con la maldición de una maldita vez. Y para ello él tenía que morir. Y moriría. Por eso estaba allí. Para matarlo.

Dos tiros en la cabeza. Ni uno más. Ni uno menos. Ese era el plan.

Llegó hasta la cabaña. Las voces enmudecieron expectantes. Quedaba tan poco tiempo que ahora habían decidido guardar silencio para saborear el momento final. Para él esto no significaba calma alguna porque podía sentirlas, arrastrándose por su cabeza, como babosas que dejan su asqueroso rastro, como la mierda de las ovejas en el camino. 

Se asomó por la ventana. El interior de la cabaña parecía muy confortable. Vio la chimenea y sitió envidia por las llamas que bailaban con confundida libertad. Dentro debía estarse tan bien… en cambio fuera ya era de noche, llovía cada vez con más insistencia y el frío era mucho mayor que al principio. Con su rostro compungido y mientras caían gotas por su cara escrutó con desmedido interés cada rincón de la cabaña y entonces lo vio, tal y como se imaginaba.

Estaba sentado frente a una mesa, ante un pequeño ordenador. Escribía con rapidez. Sus dedos recorrían las teclas con fuerza y a gran velocidad. Las palabras y las frases salpicaban la pantalla y el muchacho parecía disfrutar con lo que estaba haciendo. Le hubiera disparado desde allí mismo pero... ¿Y si fallaba? Las voces entonces se burlarían de él y ya no podría soportar tanta humillación. Debía hacer las cosas bien, tal y como ellas se lo habían indicado. Había aceptado hacía mucho tiempo que él solamente era una simple marioneta, que ellas lo gobernaban todo, eran las controladoras, las reinas de su vida y debía asumir su papel. Y eso estaba haciendo. 

Miró al joven que escribía en el ordenador. De vez en cuando se detenía para llevarse un cigarrillo a la boca y leer el texto que acababa de escribir. En la mesa había una botella de licor medio vacía y un vaso con café descansaba justo al lado. En aquél momento, el escritor le dio un sorbo y pareció saborearlo con auténtico placer.

Había muchos libros y cuadernos tirados en el suelo, en un desorganizado orden solo asimilable por el escritor. Sin duda trabajaba en una nueva historia y estaba completamente enfrascado en ella. En el momento en que, por algún motivo, el escritor desvió la cabeza para mirar hacia la ventana, tuvo que ocultarse con un movimiento brusco. Era extraño. Las voces no le habían advertido de ello y estuvo a punto de ser descubierto. Puso mayor atención y al escuchar el sonido de los dedos pulsando con fuerza las teclas se decidió a mirar de nuevo. El escritor continuaba inmerso en su tarea. No había detectado su presencia. Mejor así. Todo sería mucho más fácil.

Contaba con el factor sorpresa como aliado. La ejecución iba a ser muy sencilla, sin mayores complicaciones. Irrumpiría por la puerta principal. La reventaría de una sola patada y entonces el escritor se levantaría sorprendido y bajo el umbral aparecería él, con la escopeta entre las manos y el rostro magullado por una expresión de rabia y rencor. No dudaría en apretar el gatillo. Una y dos veces. Un disparo en el pecho. El otro en la cabeza y entonces todo, absolutamente todo, quedaría en paz. Y las voces permanecerían en  silencio para siempre.

La gente del pueblo, por fin, podría dormir con la tranquilidad que se les arrebató desde el mismo momento en que el escritor apareció para alquilar la cabaña. 

¡Cuántos monstruos fueron creados en ese siniestro lugar! 
¡Cuánto horror! 
¡Cuánto miedo se ocultaba en el bosque! 
Asesinos despiadados; criaturas infernales; fantasmas errantes y seres monstruosos…
¡Cuántas pesadillas sembradas en el interior de la maldita cabaña!

Y él podía poner fin a todo aquello. En ese mismo momento. Dos disparos y todo finalizaría. Nadie más escribiría horrendos cuentos. No nacerían nuevos males. Muerto el creador… se acabaron los monstruos. Paz. Libertad. Tranquilidad.

Convencido de la buena obra que estaba a punto de realizar, sabedor de que las voces permanecían agazapadas en su interior, se dirigió lentamente hacia la puerta principal al tiempo que preparaba su arma. El dedo en el gatillo. El cañón al frente.

Mientras caminaba creyó escuchar, en la lejanía, el aullido inquietante de un lobo. Se detuvo y escrutó los árboles del bosque, ahora sumidos en la más espesa oscuridad. Se imaginó extrañas siluetas deformes y de demoníaco aspecto vagando por los alrededores, temerosos de acercarse.  Sin duda, el escritor dejaba escapar una vez más nuevos monstruos que salían del interior de su cabeza. 

Llegó hasta la puerta y en el momento en que levantó la pierna para propinarle un terrible puntapié, se abrió, como si alguien la estuviera empujando con una suavidad extrema.

Frente a él se encontraba el escritor, que lo miraba sin mostrar en su rostro la más mínima sorpresa.

-Hola, te estaba esperando.

El hombre permaneció inmóvil con el arma entre las manos. Notó que en su cabeza las voces se arrastraban inquietas, como ratas en las cloacas, pero en ningún momento hablaron. Lo hizo de nuevo el escritor, con voz tranquila, sin que las sílabas reflejaran el más pequeño de los temblores.

-Has venido a matarme. Pasa. No te pondré las cosas más difíciles.

El escritor miró al hombre y en vista de que éste seguía sin moverse y le apuntaba con la escopeta, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la mesa en la que minutos antes había estado sentado. 

“¿Qué cojones está haciendo el tipo este? ¿Va a ponerse a escribir cuando irrumpo en su refugio para asesinarlo? ¿Cómo sabe que estaba aquí, que iba a matarlo?”

Precisamente eso era lo que estaba haciendo. El escritor había tomado asiento y volvía a mover sus dedos por encima de las teclas, que presionaba con suavidad. Las letras iban salpicando la pantalla en blanco. Frases largas. Párrafos completos.

-Antes de disparar y acabar lo que has venido hacer… ¿Te importa que termine este relato? Será el último, te lo prometo.

El hombre de la escopeta entró en la cabaña. Miró estupefacto al escritor que no había levantado la cabeza de la pantalla y seguía escribiendo.

-Será sólo un momento. Te lo prometo. Dile a las voces que no se preocupen, que todo tiene su fin.

Las voces parecieron reírse dentro de su cabeza y murmuraban satisfechas. Se mostraban  felices. Nunca antes las había sentido así. 

-¿Qué estás escribiendo?
-Mi muerte.-respondió el escritor sin levantar la vista de la pantalla.-El fin de todo.

El hombre buscó con la vista una silla sobre la que acomodarse. Iba a concederle aquella última voluntad al joven escritor. Como la última cena a un preso que va a ser ejecutado en la silla eléctrica. Bien mirado, parecía una escena romántica y se sintió gozoso de participar en ella.

-No hace falta que te sientes.-dijo el escritor.-esto casi está. Tan sólo un minuto…

El hombre recorrió la cabaña con los ojos, observando todo con desmedido interés. Era confortable. Ni muy grande ni muy pequeña. Se agradecía el calor que desprendía la chimenea. Apenas estaba amueblada. Lo justo para una persona que se pasaba horas y horas sentado en una silla de madera frente a su ordenador, creando historias y cuentos de miedo y horror. “La cabaña de los monstruos” la llamaban la gente del pueblo. Desde la llegada del escritor todos habían sentido pánico de acercarse por la zona. Se oían lamentos, se veían cosas extrañas, ocurrían demasiados hechos misteriosos y todo ello porque un presuntuoso escritor aficionado creaba horrendos pasajes en su cabeza y sembraba el terror como si de sonrisas  macabras se trataran. Era un tipo peligroso y las voces lo querían muerto. Y él estaba allí para ejecutar el plan.

-Ya está.-dijo el escritor.-El relato se ha terminado. Ahora puedes disparar y matarme. Estoy en tus manos.

El muchacho se levantó con el rostro expresando una plena satisfacción por el trabajo realizado y miró con orgullo el texto finalizado que ahora estaba saliendo a través de una vieja impresora. El hombre de la escopeta lo miró confundido.

-No te preocupes. Haz lo que tengas que hacer. Mata el problema. Las voces te dejarán tranquilo. Solo tienes que apretar el gatillo tal y como habías pensado. Un primer disparo en el pecho y después en la cabeza. Muerto el perro se acabó la rabia.

“¿Cómo puede conocer mis intenciones? Sabía que iba a venir, que iba a propinarle dos únicos disparos…”

-Te preguntarás por qué conozco ciertos detalles.-dijo el escritor con una sonrisa en los labios. Aquello asustó al hombre. ¿Acaso había leído su mente? Lo apuntó con la escopeta y su dedo tembló sobre el gatillo. El escritor levantó las manos, sumiso.-Tienes dudas. No deberías tenerlas, Jason. Estás aquí para lo que estás y no puedes ahora echarte atrás.

El hombre de la escopeta notó que su corazón latía con mayor intensidad y sus manos comenzaron a quedar salpicadas de sudor. Vio tan tranquilo al escritor que estaba a punto de morir que no comprendía por qué no se encontraba asustado. Y había dicho su nombre, ¿Cómo era posible?

-Sabes mi nombre…
-Lo sé todo de ti, Jason, por supuesto.-dijo el escritor.-Yo te creé.
Un fuerte pitido  se instaló en sus oídos y estuvo a punto de agachar la cabeza pero se mantuvo en pié, con el arma firme entre las manos.
-¿Qué… qué has dicho?
-Lo has oído perfectamente, Jason, no seas testarudo.

Estuvo a punto de apretar el gatillo. De disparar sobre el cuerpo del escritor pero se contuvo, quizá todavía no era el momento. Pero faltaba poco, las voces estaban inquietas, comenzaban a despertar…

-No sé qué quieres decir…

El escritor miró al hombre y comprendió que estaba asustado. Sintió cierta decepción porque no se lo había imaginado así. Se resignó,  había que aceptar las cosas como eran. Lo miró y sonrió.

-Eres uno de mis personajes, Jason. El elemento más importante de este extraño relato. Yo te he creado. Te he dado la vida.

El hombre bajó de inmediato el arma.

-No, Jason, por favor. No me decepciones. Tienes una misión que realizar, un plan que ejecutar.
-No entiendo…
-Ya lo creo que sí.-dijo el escritor aún con las manos levantadas.-Yo he instalado las voces en tu cabeza. Les he dado la vida del mismo modo que te he dado la vida a ti. Ellas solamente te dicen lo que yo quiero que hagas…
-Pero eso es…
-¿Matarme? ¡Claro que sí! Para eso has sido creado, Jason, para matarme. Para acabar con todo esto, para permitirme descansar en paz. Estoy harto de crear monstruos  en esta cabaña  que apesta a soledad y que solo ha logrado hundirme más y más en mi porquería, en mis decepciones. Tú estás ahí para acabar con todo esto, para liberarme por fin de mi maldita prisión.  Y debes hacerlo, Jason. Aunque ello pueda decepcionar a mis lectores.

“¡Hazlo!” gritó una voz dentro de la cabeza de Jason. “¡Dispara!” dijo otra. “¡Acaba con él!” ordenó una tercera.

El escritor movió la cabeza hacia un lado, sonrió y cerró los ojos como muestra de agradecimiento.

Jason  apretó el gatillo y el disparo alcanzó el pecho del escritor, que se abrió como una boca horrenda de la que escapó sangre y vísceras. Su cuerpo voló varios metros y se estrelló junto a la chimenea para resbalar lentamente por la pared y quedar inmóvil en el suelo, manteniendo una grotesca expresión en su rostro. Jason dio varios pasos hacia el frente y colocó el cañón de la escopeta sobre la cabeza del escritor. Cerró .los ojos y apretó de nuevo el gatillo. La detonación retumbó en el bosque como un trueno en mitad de una cruel tormenta.

La cabeza del escritor reventó como lo haría una sandía al estrellarse contra el suelo y quedó convertida en un amasijo repugnante de carne, sangre y huesos.

Jason sintió en ese momento un dolor insoportable en la cabeza. Las voces gritaron al unísono, presa de una angustia terrible como si se estuvieran quemando vivas dentro de su cerebro. Las escuchaba llorar de terror y suplicaban. Sentía que agonizaban, que eran exterminadas por una fuerza sobrenatural. Morían.  Hundió las rodillas en el suelo ante la pesadez que sentía en todo su cuerpo y comprobó que la vida se le escapaba lentamente. Quedó tendido en el suelo, con los ojos abiertos, mirando hacia la puerta principal para ver…

…como de entre los árboles del  bosque se acercaban  para entrar en la casa multitud de criaturas deformes, demonios, bichos infernales, asesinos implacables, fantasmas apesadumbrados, seres no humanos con expresiones taciturnas. Todos ellos parecían tristes y deprimidos, con sus miradas lacónicas y decepcionadas.

Jason aceptó que su vida se extinguía, como la de todos aquellos monstruos que habían salido de la mente enferma de un escritor sin talento ni futuro. 

Por la puerta entraban más y más pesadillas, muchos males, eternos monstruos que se refugiaban en la pequeña cabaña, como si quisieran encerrarse en su maldito hogar, un hogar del que iban a ser desahuciados de manera inminente. Y todos ellos observaban alicaídos el cadáver del escritor al que adoraban por haberles sacado de las espesas sombras para ofrecerles la vida.

En el pueblo la gente no tardaría  en  apreciar las altas llamas que se habían formado en el bosque, atrapando los fornidos árboles que iban a quedar consumidos inmediatamente por el fuego,  un fuego intenso donde se agitaban las llamas como si de una danza violenta de brujas y  diablos se tratara. Todo ardía alrededor y se escuchaban lamentos agónicos, gritos desgarradores… 

…podía sentirse una profunda pena, una enorme desolación, la tristeza más absoluta.

La cabaña quedó reducida a cenizas y en su interior perecieron decenas  y decenas  de historias escritas y cientos y cientos de cuentos por escribir.

Las autoridades  solamente descubrirían el cuerpo carbonizado de un hombre robusto que empuñaba una escopeta que prácticamente se había consumido por el fuego. Del joven escritor no hallaron ni el más pequeño  rastro y los monstruos…

…los monstruos nunca fueron encontrados. Hay quien todavía cree que gozan de una libertad espeluznante en las profundas y tenebrosas  cuevas  del infierno. Otros, sin embargo…

…sospechan que continúan habitando entre las paredes inquietantes, eternas  y libertinas del  confuso cerebro de su maquiavélico y perverso creador.