ELLA NO

Vaya decepción, de todos los posibles asesinos le tuvo que tocar a la rubia. ¡Maldita sea!

Te invitan a pasar el fin de semana a un campamento y cuando llegas a él, ves las viejas casetas junto a un bosque tenebroso y un embarcadero solitario donde un pequeño lago, oscuro y siniestro, se muestra silencioso e inquietante a medida que cae la noche. Si a esto le añades un grupo de adolescentes, lo tienes todo hecho: Un asesino acabará con todos y cada uno de nosotros de la forma más abominable. 

Entre risas lo comentas pero cuando estamos todos dormidos, cada ruido procedente del bosque, probablemente creado por algún animal, nos  hace estremecer. Y luego están los gritos de las chicas y después el primer cuerpo ensangrentado colgado de un árbol, con los ojos arrancados y abierto en canal. Vomitas, porque nadie tiene estómago para soportar semejante horror y te encierras con los demás en la caseta más grande, esa misma donde la noche anterior has bebido alcohol, has fumado porros y has paseado coca por tu nariz. Pero ya no es tiempo de bromas ni diversión. Uno de nosotros ha muerto y eso no está bien. 

Al principio todos pensamos que algún loco enmascarado, tipo Jason, está haciendo de las suyas y yo, como soy el chico guapo del grupo, el más musculoso y el más inteligente, supongo que seré el último en caer, es más, en las películas son personas como yo las que  se libran de todo esto, salvan a la chica y se zumban  al malo. Y aquí  la chica, la más buenorra del equipo, la rubia, es  la que al final acaba con todos nosotros.

No mola estar en esta situación, se pasa muy mal,  porque a pesar de que después de descubrir el primer cuerpo (un empollón de gafas y encima gordito)  piensas que no tenemos que separarnos de ninguna manera,  hay alguno que tiene ganas de mear y vaya por Dios, el excusado siempre está fuera así que uno de nosotros abre la puerta y se adentra en la oscuridad, con sus dos santos cojones. Y ese tío  no regresa, se lo habrán cargado con los pantalones bajados sin haber tenido tiempo de gritar para alertarnos. No lo volveremos a ver, quizá nos encontraremos con su cadáver mutilado y completamente desnudo más adelante, por lo que tocará vomitar otra vez. La rubia sale a buscarlo, ella, que con lo buena que está debía ser la primera víctima, la chica libertina que se lía con uno de nosotros y que cae en las garras del asesino en el desarrollo de una escena picante. Pero aquí no, porque ella es la mala.

Ruidos extraños, golpes en la puerta, viento y tormenta. Todos nerviosos miramos por la ventana y vemos sombras errantes convertidas en monstruos que se mueven de forma diabólica. Son arboles empujados por el viento pero ya no pensamos con claridad y entonces alguien pregunta dónde estaba cada uno de nosotros cuando la gente ha ido cayendo como moscas, porque a estas alturas el grupo de nueve adolescentes ha quedado reducido a cinco y la rubia,  que no ha regresado y que se está poniendo fina, acabando con unos y con otros pero claro, eso no lo sabemos todavía. 

Pues sí. La sospecha crece y desconfiamos de nosotros mismos,  hasta el punto de que hacemos grupos reducidos de dos personas pero como somos cinco (la rubia sigue ahí fuera) pues yo me quedo solo porque por algún motivo que desconozco no se fían de mí. Y es normal porque yo les he invitado a este campamento, soy hijo del dueño y me conozco todo de arriba abajo, por lo que piensan que algo tengo que ocultar, lo cual es cierto. 

En algún momento descubrirán un sótano bajo nosotros y bajarán aterrados a él pese a mis consejos. No deben ver lo que hay ahí abajo pero no me hacen caso, es más, me atan con una cuerda que han encontrado en un armario y me dan un puñetazo en la cara, algo totalmente innecesario. Les digo que soy inocente pero no me escuchan, bajan al sótano y descubren las viejas manchas de sangre, las fotos de miles de rubias colgadas en un altar iluminado por decenas de velas, los grilletes de las paredes y el arcón frigorífico del fondo. Y lo abrirán porque tienen miedo y eso los anima a permanecer allí, para saciar su curiosidad. Todo el mundo espera encontrar un cuerpo con los ojos bien abiertos pero solo hay carne congelada, aunque no precisamente de animal…

Cuando suban yo ya no estaré aquí porque no me han atado bien,  saldré fuera para huir de estos idiotas. Desapareceré durante bastante tiempo, ellos seguirán pensando que yo soy el malo y en algún momento aparecerá la rubia con sus largas piernas arañadas y su chaqueta vaquera entreabierta. Su rostro, bello como el de un ángel, estará desencajado y parecerá tener miedo. La muy cabrona está fingiendo,  les dirá que han intentado matarla y se ganará la confianza del grupo. Como actriz la chica no tiene precio.  Ahora la  mala de la historia está con los pobres desgraciados que asegurarán puertas y ventanas para evitar que yo entré allí y acabe con ellos. ¡Son tontos!

Cuando todos duermen, porque incluso en estos momentos el sueño les vence, la rubia decapitará a uno de ellos y así quedarán menos. Una chica encontrará el cuerpo en la cama del desdichado, a la sazón el novio de turno, y gritará y gritará y gritará. Todos despertarán y yo, picado por la curiosidad, me asomaré por la ventana. Entonces me verán y gritarán todos a la vez, la rubia también,  que tiene que disimular. Relacionarán mi presencia aquí fuera con la muerte ocurrida ahí dentro. Nadie razona, nadie deduce que yo no he podido ser porque las ventanas y las puertas siguen cerradas, lo que significa que uno de ellos es el responsable de todas y cada una de las muertes. Tienen fijación conmigo y uno de los chicos, con un orgasmo de adrenalina sin precedentes, sale al exterior a partirme la cara. Y yo corro, que tonto no soy, y me interno en el bosque. Entonces en el interior ocurren más muertes porque la rubia está que se sale.

Mata a todos con el rostro crispado por la rabia. La sangre resbala por sus mejillas y aún así es hermosa como la más impenetrable oscuridad. La rubia golpea una y otra vez los cuerpos ya muertos y sus piernas tiemblan de excitación. Después coge un hacha, son esas cosas que aparecen de repente en cualquier lado, como por arte de magia, y sale a la noche. 

Deambula junto al bosque buscando a sus presas y después camina al lado del lago. Hace un frío que pela pero ella está excitada y sus pechos suben y bajan  mientras con las manos sujeta el hacha, por cierto, bien afilada.

El tipo duro me encuentra y me parte la cara. Un puñetazo, ¡dos!, ¡tres!, me rompe la nariz, me saca los dientes y golpea más y más. Por el rabillo del ojo, inyectado en sangre, veo que la chica  avanza hacia nosotros. Podía haber avisado al espabilado que me está dejando como un cromo pero me quedo encandilado con la presencia de la rubia.

Se detiene mientras el tonto este no deja de golpearme. Jadea como un animal pero golpea como un boxeador profesional. Veo que la rubia me sonríe y yo le guiño un ojo, o lo intento, porque no sé si no los puedo abrir a causa del dolor o no los puedo cerrar a consecuencia de las heridas, en cualquier caso miro (o no) a la muchacha y cuando levanta el hacha por encima de su cabeza, antes de descargar el golpe mortal, la chaqueta vaquera se abre hacia los lados y sus grandes pechos quedan expuestos al aire. Estiro el brazo para agarrarlos pero estoy demasiado lejos y, la verdad, no sé en qué estoy pensando.

El hacha cae  con fuerza sobre el tipo que está encima de mí y la hoja se le clava en la espalda. Se queda un momento inmóvil y abre los ojos como preguntando qué cojones está pasando. No se lo digo, es más, intento alejarme a rastras cuando veo que el hacha sube de nuevo y cae otra vez con rabia sobre su nuca.

Algo ha sonado, se le han roto todos los huesos y el chico queda en una postura espantosa e imposible junto a mis pies. La rubia respira agitada y yo la observo, de arriba abajo, de abajo arriba. Es preciosa incluso así, manchada de sangre, con cara de loca y ese olor a muerte que la rodea. Me gusta, desde el primer momento que la vi.


Por ella mataría pero al ver que se aproxima y eleva el hacha por encima de sus hombros,  sé que lo único que haré por ella será morir.




VOCES QUE EMPUJAN



Fue sencillo acceder a su mundo. Me lo puso bastante fácil. El incauto trepó por la verja del cementerio y en un salto se encontró entre las tumbas, mientras la fina lluvia escapaba de un cielo cubierto por un manto oscuro de nubes grises. Estaba asustado y sin embargo el muchacho, de apenas  quince años, se encontraba decidido a realizar el experimento.

Bajo el brazo llevaba una bolsa en cuyo interior ocultaba un Tablero de Ouija, en una bolsa guardaba un grabador, un paquete de cigarrillos, una libreta y una pequeña linterna. Quería grabar las voces de los muertos, contactar con los espíritus y acceder al Más Allá. Ignora el muchacho que los muertos dejan de hablar en el mismo momento en el que pierden la vida. No sabe que los espíritus no existen, que el peso de la nada emerge como un monstruo para llevarse los recuerdos de los vivos y reducirlos a sombras errantes que se evaporan  como el agua de un radiador. Ahora bien, se le va a permitir que contacte con el Más Allá porque aquí nos encontramos nosotros y estamos ansiosos por atraparlo.

Busca un lugar que le agrada, entre dos tumbas, bajo un pequeño tejadillo, frente a los nichos. Abre la bolsa y deja la Ouija en el suelo. Tiene un vaso que coloca en el centro del tablero. Saca el grabador. Comprueba la cinta, las pilas y se presenta.

Se llama José e invita a los muertos a dejar su voz grabada. No lo harán, porque los muertos no tienen ningún poder,  ya no existen. Ha pulsado el botón rojo. La cinta comienza la grabación. Sólo se registrarán ruidos que alguien algún día escuchará. Cualquier sonido, el ladrido de un perro, el llanto lejano de un bebé, la bocina de un coche, un trueno o la propia respiración del muchacho será interpretado como la voz gutural de los muertos. Se equivocan Los muertos ya no pueden hablar.

Coloca el dedo en el vaso. Hace preguntas absurdas, quiere que los espíritus de personajes famosos respondan a sus interrogantes. No hay famosos al  otro lado, ni familiares ni amigos salvo un inquietante silencio. El vaso no se mueve. Aquí sólo estamos nosotros.

Se produce un ruido en la oscuridad, más allá de las viejas tumbas. El muchacho siente un escalofrío y se levanta asustado. Escruta las sombras y apenas divisa una masa oscura que se arrastra por el suelo, con lentitud. Después, aterrorizado, ve dos puntos brillantes que lo observan tras las lápidas. Es un viejo gato negro pero él lo interpreta como una presencia fantasmal provocada por sus burdos experimentos. ¡Ha logrado comunicarse con el Más Allá!

Es en ese preciso momento,  su mente está alterada y receptiva, cuando nosotros tenemos acceso y entramos. Somos varios y no tenemos piedad.

Penetramos en su interior, como una bocanada de aire y bajamos por su garganta hasta expandirnos por las entrañas del incauto.

El joven sufre una arcada y vomita pero nosotros seguimos dentro, ya no saldremos.

Se encuentra mal, siente mareos y vomita de nuevo. Su estómago le arde, le duelen los brazos, sus piernas tiemblan y apenas se sostiene en pie. Quiere marcharse de allí. Deja el grabador y la Ouija y huye despavorido del cementerio. Se aleja por el camino sin mirar atrás. Nosotros lo acompañamos.

Le lloran los ojos, se inclina en el suelo, la sangre le sale por la boca tras cada arcada. Teme no llegar hasta su casa, donde creerá estar a salvo. Ya nadie puede hacer nada por él, se encuentra bajo nuestro control y no cederemos.

El chico clava sus rodillas en el suelo y grita pidiendo auxilio. Su voz apenas es audible y en su lugar emerge un sonido atroz que es  nuestro aliento.

El chico nada es. Nos ha invitado a entrar y estamos en su interior. No sobrevivirá.

Varias personas se asoman a las ventanas y ven al joven retorciéndose en la calle y ahogándose en sus propios vómitos. Sus rostros pegados al cristal de los ventanales se muestran secos y temerosos. Ellos saben lo que está pasando. Conocen de nuestra existencia. Nada harán salvo bajar las persianas y refugiarse en la tranquilidad de sus hogares. Nos tienen miedo.

Una vez más, habitamos un cuerpo hasta consumirlo. Cuando su vida se extinga nosotros regresaremos a la oscuridad, donde aguardaremos el momento oportuno en el que un nuevo incauto decida jugar con lo prohibido.
 

LA CASA DEL DIABLO

Son las ocho de la tarde, se escucha  bullicio en las calles. Al asomarme por la ventana descubro que hay mucha gente que camina de un lado para otro, la mayoría de ellos son  niños con bolsas llenas de chucherías, disfrazados de monstruos. Saltan alegres  y llaman a las casas de los desconocidos para recibir algún presente. Son felices bajo los horrendos disfraces de seres grotescos. Máscaras terroríficas de vampiros, brujas, duendes traviesos, muertos vivientes, fantasmas, payasos diabólicos e incluso superhéroes ocultan los rostros alegres de un puñado de niños que por una noche han perdido el miedo a la oscuridad y a los seres que habitan en ella. Buscan caramelos, pasteles, juguetes y bromas, mientras sus padres toman una cerveza en un bar cercano o conversan con otros padres con la cabeza ladeada para vigilarlos. Es una noche en la que la inocencia vence al temor y donde los protagonistas únicamente son los niños.

Yo aguardo con paciencia sentado en el salón de mi hogar, junto al fuego de la chimenea. He comprado muchas bolsas de golosinas y varias docenas de pasteles. En cualquier momento los niños se acercarán hasta mi puerta y llamarán, aunque sólo se aproximarán  los más valientes porque  yo  vivo en una casa bastante siniestra y separada del resto de edificios por un amplio y oscuro jardín donde infinidad de árboles apenas permite definir la silueta de mi siniestro hogar, aunque el resplandor de las luces encendidas indicarán que me encuentro aquí dentro. Durante el día, esta casa da miedo a los niños así que por las noches,  y en una tan especial como la de hoy, sólo los más intrépidos empujarán la verja para colarse en el interior del jardín y llegar hasta el umbral. Algunos vendrán y yo los espero.

Ocurre en el momento en el que suena el timbre de la puerta y oigo las risas nerviosas de un grupo  de niños. Las luces del salón parpadean y un rugido suena por encima de mi cabeza. En el exterior oigo lejanas voces que exclaman y con el corazón a golpes dentro de mi pecho me apresuro a abrir la puerta.

Ante mí media docena de niños tienen la cabeza levantada y miran hacia el cielo, con los ojos muy abiertos y la boca formando una inmensa O.

La noche se ha hecho de día. Un fuerte resplandor cubre el cielo y la luminosidad que emana de un enorme objeto que flota en el aire barre cualquier resquicio de oscuridad. Ya no hay sombras tras las que ocultarse. Veo impresionado aquel artefacto que parece pender de un hilo sobre toda la población y observo a todos los transeúntes con las cabezas giradas hacia arriba, observando ese prodigio. ¡Incluso los coches se han detenido en la carretera y sus ocupantes han salido al exterior para no perder detalle del objeto!

Suena un extraño silbido que procede de ese artefacto cuyo brillo poco a poco cobra una intensidad que hace daño a los ojos. Es cuando grito a los niños para que corran hacia el interior de mi casa. Les cuesta bajar la cabeza. Sus miradas sujetan el objeto que brilla en el cielo y permanecen como hipnotizados pero ha sido mi voz gutural lo que les ha sacado de su ensimismamiento. Me observan y abren los ojos como platos. Es posible que sea la primera vez que se dan cuenta de mi aspecto.

Me rasco las orejas puntiagudas y trato de espantar las moscas con el rabo. Vuelvo a rugir y les indico la puerta de mi casa, que permanece abierta. Desde aquí fuera puede apreciarse el resplandor del fuego de la chimenea y hasta nosotros llega la melodía escalofriante de una buena banda de heavy metal. Los niños dudan. Me observan y siento que se estremecen, después vuelven a dirigir sus cabezas hacia el artefacto que preside el cielo y corren asustados hacia las entrañas de mi hogar. Cuando el último de ellos, una niña de apenas cinco años de edad, cruza el umbral, la puerta se cierra de un portazo y los niños quedan atrapados en mi infierno particular.

El objeto del cielo se torna de un color rojo intenso y los cristales de las casas colindantes estallan en mil pedazos, excepto los ventanales de mi hogar, a través de los cuales se asoman las diminutas cabezas del grupo de niños que se encuentra dentro. Sus rostros tiemblan asustados, la niña llora y todos ellos observan el horror que se desencadena en la calle.

Los automóviles explotan, saltan por los aires envueltos en llamaradas y la gente que hay en su interior, también los que están alrededor, quedan completamente carbonizados. Se oyen gritos en todas direcciones, hay personas que corren despavoridas, algunas de ellas envueltas en llamas y caen al suelo, consumidos por la tragedia. 

El suelo vibra bajo mis pies y el sonido que emana del artefacto suspendido en el cielo ha sido eclipsado por los alaridos de estos humanos que encuentran su final  en la noche en la que tributan a la propia muerte y a  sus monstruos.

Las casas arden, el cielo se vuelve gris plomizo y los cuerpos caen en las calles. Convulsionan y después permanecen inmóviles, muertos. Mis ojos, grandes y oscuros, muestran perplejidad pero presto atención al objeto suspendido en el cielo que poco a poco reduce su tamaño hasta adoptar el tamaño de una pelota de pin pon. Después, acompañado de un fuerte zumbido, simplemente deja de estar ahí y el silencio más atroz llega desde las alturas. 

Observo anonadado la destrucción ocasionada en las calles, las casas quemadas que desprenden llamas infernales, como brazos errantes que tratan de alcanzar las estrellas. Veo la cantidad de cadáveres desparramados en el suelo y escucho el llanto de las madres al encontrar los cuerpos carbonizados de sus hijos. ¡Cuánto dolor!

Giro mi cuerpo con violencia para dirigirme hacia mi hogar. Lo hago con tanta fuerza que las moscas posadas en mi cuerpo se alzan asustadas, pero pronto regresan a la carne muerta, junto a las larvas  y los gusanos. Mientras camino, veo los rostros asustados de los niños que miran desde la ventana de mi casa. Lloran, todos ellos lloran temerosos de lo que ha ocurrido aquí fuera y aterrorizados por mi presencia. Me acerco. Puedo oler su miedo.

Avanzo hacia la entrada y pocos metros antes de llegar  la puerta  se abre suavemente y me detengo en el umbral. Echo la vista atrás para contemplar el horror que ha llegado del espacio y después entro en mi hogar. La puerta se cierra con un golpe violento y escucho los lloriqueos de los niños que aguardan temblorosos en el salón, junto al fuego de la chimenea.

Es la hora de cenar y estoy hambriento.





¡MONSTRUOS!


La Policía no tardará en acudir al lugar de los hechos. Los vecinos han dado la voz de alarma. Se asomaron cuando golpeé con el hacha la puerta y entendí que si quería acabar con los monstruos debía darme prisa. No disponía de mucho tiempo.

La puerta quedó hecha añicos en cuestión de segundos, después entré en el piso.

Solté el hacha y aferré con fuerza la pistola. Estaba decidido a llevar a cabo lo que tenía pensado y no dudé cuando escuché un gemido en una de las habitaciones. Abrí la puerta de una patada y allí estaba uno de los monstruos, la mujer.

Iba vestida con unos pantalones vaqueros y un jersey rojo, tenía el rostro desencajado y las lágrimas bajaban en cascada por su rostro. Gemía y suplicaba, temblaba. Me acerqué y sin demorar más la espera apoyé el cañón en su cabeza y apreté el gatillo.

El disparo reventó su cabeza y provocó gritos de desconcierto entre los vecinos. Debía darme prisa, ya se escuchaban en el exterior  las sirenas de la Policía.

Dejé el cuerpo de la mujer allí tirado, en una pose grotesca y completamente irreconocible. Busqué al hombre, que sabía que estaba en algún punto de la casa, escondido como un cobarde. Podía escuchar sus gemidos.

Abrí una puerta. Un dormitorio vacío. Aún así miré debajo de la cama y en el interior de los armarios, lugares donde se esconden los monstruos.

Salí de allí con el temor de que no me diera tiempo de terminar la misión. Ya escuchaba alboroto en el portal y las sirenas de la Policía se encontraban demasiado cerca. Apenas tenía unos minutos, tal vez segundos.

De una patada abrí otra puerta y allí estaba el animal, en mitad del cuarto de baño. Temblaba como un pobre desgraciado. Al verme balbuceó algunas palabras y levantó las manos, en señal de rendición.

Escuché pasos por las escaleras, voces de alarma y gritos autoritarios. ¡Ya estaban aquí!

Miré al hombre y su rostro se encontraba enrojecido. Vi en los ojos su miedo y me sentí orgulloso de mí mismo. Después apreté el gatillo varias veces.

Irrumpieron en la casa

Yo miré la puerta de acero que había al fondo del pasillo y me dirigí allí. Voces agresivas sonaron a mi espalda. No me detuve, tampoco me giré. Quería llegar al final de mi destino. Y entonces escuché el sonido, como el rugido de un demonio. Después, como una picadura en mitad de la espalda, sentí el impacto. La bala atravesó  la piel y se introdujo en mitad de la espina dorsal. El dolor fue tan grande que se me doblaron las rodillas y las lágrimas brotaron por mis ojos.

Otro disparo sonó y sentí el mordisco del acero al atravesar mi cabeza. Me sumergí en la oscuridad y mi última mirada se dirigió hacia  esa puerta de acero que se encontraba cerrada frente a mí.  He fracasado en mi tentativa aunque me llevo el mérito de haber acabado con  los monstruos.  Sin embargo…,  nadie comprenderá nada.

 

Los vecinos que se agolpaban en la puerta fueron retirados mediante empujones por varios agentes uniformados. La Policía encontró los cuerpos de la pareja que vivía en aquél piso. El autor de los hechos, que yacía en mitad del pasillo aún con el arma en la mano, será considerado un loco. Los vecinos hablarán de  él, dirán que era un hombre extraño y reservado pero que nunca había dado problemas. Manifestarán su horror ante la tragedia y los medios de comunicación, en un alarde de morboso espectáculo, destacarán sus oscuras aficiones con la idea de definir su personalidad y encontrar el motivo que lo impulsó a cometer los crímenes.

De la pareja asesinada sólo se dirá que eran personas muy amables y simpáticas, que eran buenos vecinos, un matrimonio ejemplar que pagaba las cuotas de la comunidad religiosamente.

Ninguno de esos vecinos hablará de los ruidos extraños que sonaban cada noche en el hogar del matrimonio asesinado ni de los gritos de dolor que brotaban de su interior.  No contarán las veces que vieron entrar mujeres a ese domicilio, mujeres que nunca nadie vio salir ni explicarán las excursiones nocturnas del matrimonio, portando grandes y pesadas bolsas de basura que introducían en el maletero de su coche.  Nadie destacará el nauseabundo olor que a menudo emanaba del interior de la casa. Todos guardarán silencio porque aún viven asustados.

Por extraño que parezca, y a pesar de suponer  un horror inquietante, la Policía nunca dirá qué había al otro lado de la puerta de acero ni la dantesca escena que los agentes encontraron en el interior de aquella horrenda habitación  y que quizá podría explicar la razón por la que un valiente quiso acabar con los monstruos.

Todo quedará sepultado en el más escandaloso de los silencios e incluso,  con el tiempo, quedará relegada al olvido la lluviosa mañana de Abril en la que, aparentemente, un hombre perdió la cabeza y decidió acabar con la vida de un matrimonio ejemplar.
 
 

ES HORA DE LAVANTARSE


Ha llegado el momento de rasgar la oscuridad que me abraza e incorporarme. Salir de esta fría prisión y abandonar el habitáculo cubierto por las sombras que me mantienen inmóvil. La sensación es angustiosa.  Un extraño hormigueo en mis articulaciones  se convierte en pequeños y molestos calambres.

Mi conciencia se ha desplazado  hacia un lado, como si hubiera sido barrida por una fuerza superior y sé que no la volveré a recuperar. Apenas tengo recuerdos y los pocos que quedan permanecen difusos, anclados en lo profundo de un interior que  no me pertenece. Básicamente son rostros que ya no reconozco, voces que  no entiendo, olores que no puedo interpretar.  No sé quién soy pero me siento obligado a levantarme. Ha llegado la hora, es el momento de hacerlo.

No soy el único. Sé que  muchos miles en mi misma situación han abierto los ojos y tratan de incorporarse. Somos una plaga que asolará el mundo, sembraremos la muerte y la destrucción, llevaremos el horror hacia el interior de todos vuestros corazones y romperemos vuestras almas, por el simple hecho de que disponemos de  esa virtud.

Saldremos a la noche. Caminaremos hacia la vida desde la propia muerte.  Avanzaremos sin impedimentos. Nos alzaremos en todas las partes del mundo y los cuerpos podridos de los que caerán, vendrán acompañados de enfermedades que convertirán vuestra supervivencia en una utopía.

Somos un enjambre de monstruos hambrientos, manejados por la furia que se ha desatado en el infierno. Los demonios luchan entre ellos y nosotros nos hemos convertido en sus juguetes, en simples herramientas de los malignos, que pretenden destruir el mundo.

Ellos nos dirigen y nos instigan con una agresividad que nos oprime desde nuestra propio profundidad. Estamos hambrientos y ansiamos comer. Estamos desesperados, furiosos. Olemos a los vivos. Los perseguimos. Nos los comeremos.

Caminamos. Avanzamos, al tiempo que nuestro cuerpo deja un aroma de peste y la piel ajada se descompone a cada paso. Somos monstruos enviados por la muerte.

Caos. Destrucción.

Futuro negro para una  Humanidad desesperada que se aproxima a la   extinción.

Es hora de levantarse, ya avanzamos por las calles de tu ciudad.