TODO HA TERMINADO, POR FIN

El menudo cuerpo del niño yacía bajo sus manos. Con los dedos temblorosos acarició su rostro aún caliente. Todavía mantenía los ojos abiertos donde una mirada lejana lo observaba desde el abismo de la muerte. 

Antes de depositar el cadáver en el suelo dejó que las lágrimas resbalaran por sus mejillas. Los gruesos dedos de sus peludas manos acariciaron el cuello del chiquillo y se estremeció al recordar el sonido que había producido cuando los frágiles huesos se habían partido.

Se levantó. Afligido y consternado. Destrozado y abatido.

Sus piernas temblaban. Su corazón saltaba dentro de su pecho como una pelota perdida, sin dueño, y una profunda pena atravesaba su alma, partiéndola en dos. Evitó mirar el cuerpo de su propio hijo, que yacía inmóvil en el suelo del cuarto de baño, observando hacia el infinito.

Se miró en el espejo y vio su rostro cubierto de arrugas. Los ojos castaños parecían estar bañados de una oscuridad que había creado la profunda tristeza que lo embargaba.  Había matado a su propio hijo. Con aquellas horrendas manos que ahora sentía sucias y doloridas. Apretó  su delgado cuello hasta que se  partió y el quejido que brotó de la boca del niño en el instante final le había arrugado su conciencia.

Levantó las manos y las contempló horrorizado.  Lanzó un grito desgarrador que emanó de la profundidad de su ser y golpeó el espejo con todas sus fuerzas. Su puño se hundió en él y las esquirlas de cristal saltaron como moscas espantadas por el rabo de un demonio. Su mano se cubrió de sangre mientras los trozos de espejo esparcidos por el suelo y el lavabo reflejaban  su rostro tembloroso. La sangre goteó de entre sus dedos. Bramó, pero no de dolor por la herida causada sino por tener a su lado el cuerpo inerte de su hijo. Estaba muerto. Le había quitado la vida en apenas unos minutos.

Con un lento caminar, salió del cuarto de baño y cerró la puerta, como si ese simple hecho sirviera para borrar de un plumazo la cruenta muerte que el niño había encontrado bajo su tiento.

Se sentó en el sofá del salón, frente a la televisión aún encendida y comenzó a llorar desconsolado. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué es lo que había ocurrido en su mente para actuar así? No tenía perdón de Dios, por eso lo mató. Allí mismo. Decidido había actuado,  con una mezcla de rabia, dolor y violencia  pillándolo desprevenido como desprevenido se puede pillar a un niño de tan solo doce años…

Daniel era un pequeño muy especial. Siempre lo había sido. Su esposa y él habían intentado educarlo de la mejor manera posible pero no pudieron enderezarlo, ni siquiera las visitas a los especialistas  surtieron efecto. Era evidente que todo iba a acabar mal y ahora allí estaba el muchacho, muerto, tirado en el suelo del cuarto de baño, como un calcetín viejo. 

Enterró su rostro entre las manos y lanzó un doloroso grito  que podría haber sido producido por la garganta quemada de un viejo  diablo. Tantos secretos que habían ocultado, tanto horror sumido en el silencio más opresivo y ahora, con arrojo y valor, todo aquello había llegado  a su fin.

Daniel no merecía vivir. No después de lo que había hecho. Por eso lo mató. Pese a sus doce cortos años su propio hijo no tenía nada que envidiar al mismísimo Mal. Y aquella tarde había cruzado la línea si es que quedaba alguna por cruzar.

La vida de su  hijo se había escurrido  de entre sus dedos. Notó el último aliento que expulsó la boca del muchacho y que ya olía a muerte. Mientras apretaba su cuello con fuerza inusitada y una desesperación desnuda de coraje, había contemplado  cómo se apagaba el brillo de la mirada de su hijo a medida que el aire no entraba en sus pulmones. Lo había golpeado con sus pequeñas manos mientras apretaba y apretaba. Las piernas del pequeño se habían movido grotescamente, pataleando sin orden alguno, en un atisbo de desesperación por mantener la vida ligada a su alma pero  no dejó de apretar hasta que los ojos abiertos del niño lo miraron desde la lejana oscuridad. Y entonces comprendió que, por fin, todo había acabado.

Con una fuerza que no supo de dónde había sacado, se acercó al teléfono y realizó una llamada. Habló con la policía. Les contó todo, absolutamente todo. No tardarían en acudir prestos a su casa.

Se acercó cabizbajo a las escaleras que conducían al segundo piso. Pasó por delante del cuarto de baño pero eludió mirar hacia allí. Cada peldaño resultaba un fuerte dolor para sus débiles piernas y tuvo que apoyarse en la barandilla. Su mano cubierta de sangre dejó un pequeño rastro en la madera. Siguió avanzando, con lágrimas en los ojos, un vacío en el estómago y la garganta atrapada en un único nudo.  

Caminó por el estrecho pasillo hasta que no pudo más y el llanto le obligó a hincar sus rodillas en el suelo. Temblaba de angustia y dolor. Las lágrimas cubrían sus ojos, ahora irritados y tan rojos como la sangre que seguía manando de las heridas de su mano. A lo lejos, como el maullido de un gato en celo, se escuchaban ya las sirenas de la policía.

Se levantó y retrocedió hasta regresar a lo alto de las escaleras. Se sentó. No tenía fuerzas para seguir en pié. Le costaba respirar y se derrumbó  hasta el mismo momento en que escuchó el sonido de las sirenas llegando  con rapidez. Después, el ruido de las ruedas de los coches patrulla al frenar. Voces exaltadas. Pasos acelerados y golpes en la puerta.

La echaron a bajo y varios hombres uniformados irrumpieron en la casa con armas en la mano. Vociferaron hasta que vieron al hombre sentado en lo alto de las escaleras, con el rostro cubierto de sangre y la mirada extraviada.

Lo apuntaron. Le pidieron que levantara las manos y bajara muy lentamente pero el hombre se mecía sobre sí mismo y gruñía como un animal herido.

Dos agentes registraron las habitaciones de la planta de abajo mientras otra pareja caminaba hacia el hombre sin dejar de apuntarlo.
Hallaron el cadáver del muchacho. Uno de los policías salió lívido ante la atroz visión del cuerpo del niño y su espantosa expresión en el rostro, con los ojos vidriosos y secos abiertos de par en par y una larga lengua azul que bajaba hasta su cuello.

El hombre se levantó y lejos de bajar hacia los policías los miró durante unos segundos y después giró su cuerpo. 

Pidieron que se detuviera. No lo hizo. Siguió caminando. Los policías lo siguieron. 

El hombre se acercó a una puerta cerrada y colocó la mano en el pomo. Antes de girar ladeó la cabeza y su triste rostro se dirigió hacia los agentes. Sin dejar de mirarlos, mientras lloraba, abrió la puerta. 

Agachó la cabeza cuando entendió que uno de los policías iba a disparar. Escuchó la detonación y después sintió que el plomo mordía su cuello. La bala salió por el otro lado y se incrustó en la pared.

Cayó al suelo, sin vida, convencido de que la policía le culparía de toda la atrocidad y con la seguridad de que jamás podría explicar que si había matado a su pequeño con sus propias manos fue por el horror que Daniel, sangre de su sangre,  había desencadenado en el interior de aquella habitación y de las muertes que había causado durante los  tres últimos años.

 Nadie iba a creerle. El montón de cadáveres que los agentes encontrarían en la habitación, amontonados como restos de basura, y entre los que se encontraba su propia esposa, era responsabilidad de su hijo pero nadie en su sano juicio sabría nunca la verdad ni sospecharían que Daniel, tan delgado y tan joven, pudiera ser el artífice de semejante  matanza.

Daniel era un chico terriblemente malvado, desde su más tierna infancia. A veces, ellos pensaban que el mal había tomado posesión de su cuerpo desde el mismo día que nació.  Los demonios habitaban en su interior, no tenían duda alguna.  Pero no. Nadie se lo creería, nadie podría sospechar jamás la verdad. Y él lo sabía. Cuando caía al suelo entendía que le achacarían a él todas aquellas  horribles muertes, y muchas más que se había visto obligado a ocultar enterrando los cuerpos en el jardín  o hundiéndolos en el lago con la única intención de proteger a Daniel, por quien sin duda   sentía  un miedo atroz. Al menos le quedaba el consuelo de haber acabado con el mal  encarnado en la Tierra a pesar de que se tratara de su propio hijo. Nadie descubriría la verdad y hablarían de él como de un perturbado  que coleccionaba cadáveres mientras Daniel  se convertiría  en una víctima más de un horror incomprensible para la sociedad.  Pero nada importaba ya, en absoluto, todo había terminado, por fin.  El monstruo había muerto.


-¡¡Deprisa, llamad a una ambulancia!.-gritó uno de los agentes tras entrar de nuevo  en el cuarto de baño y descubrir  que el pequeño Daniel  observaba desde el suelo con los ojos brillantes .-¡El niño está  vivo!



LAS PALABRAS MIENTEN

Diecisiete años en la cárcel por dos crímenes que no cometí. 

Diecisiete años de angustia y tristeza por la muerte de mi esposa a quien yo no maté. 

Diecisiete años de penuria y dolor por el asesinato de mi hija, a quien yo su vida no arrebaté.
Nadie es capaz de entender lo que he pasado encerrado en mi celda, deseando cada día morir, rezando cada noche para que alguien me barra de este mundo porque yo nunca tuve el valor suficiente para acabar con mi vida.

Diecisiete años preso del dolor, .llorando a cada momento, recordando los rostros de mi mujer, de mi adorable hija, a quienes amé profundamente. La tristeza me envolvió cada segundo de esos diecisiete años porque  a medida que pasaba el tiempo sus caras sonrientes y alegres se iban difuminando y mi mente no era capaz de retener vivos los recuerdos. Morían otra vez dentro de mí, como gotas de agua escurriéndose de entre mis dedos.

Diecisiete años que ya han pasado y mañana mismo me pondrán en libertad. ¿Libertad? Me echan a la calle, para que me enfrente al mundo, un mundo cruel que piensa que fui capaz de matar a mi mujer, de acabar con la vida de mi pequeña. Las amaba, como nada he amado en este mundo y jamás les hice daño alguno. Hubiera dado mi vida por salvar la de ellas. El tormento que he sufrido todos estos años lo repetiría mil veces si de algún modo  volvieran a la vida. 

Saldré a la calle y la mirada de la gente me llamará asesino una y otra vez. Me señalarán con el dedo. Me insultarán.

Entraré en mi casa y la soledad más cruel y dolorosa me abofeteará con su rostro severo. Prefiero morir. Muerto debí estar desde el mismo día en que ellas se fueron.

Murieron una junto a la otra. Con las manos entrelazas y los ojos abiertos de par en par. Un crimen atroz. Un acto cruel y salvaje. ¿Por qué las mataron? ¿Por qué murieron?

Diecisiete años es mucho tiempo para pensar. Al principio odié a Dios por llevarse a mi pequeña, por quitarle la vida tan pronto, por permitir que la hicieran sufrir ante los ojos de su madre. Mi amada esposa comprobó el lento agonizar de su propia hija y no hay nada más cruel para una madre que ver cómo a uno de sus hijos se lo lleva la muerte de un modo despiadado y aterrador. Lo insulté. Lo maldije. No se quejó. No respondió. No me pidió perdón y supe que allí donde todo el mundo reza no hay más que un pesado vacío en forma de sarcástica sonrisa.

Cuando me comunicaron la muerte de las dos personas que más amaba en esta vida sentí que mi alma se rompía en mil pedazos, que mi corazón explotaba y su sangre se derramó abrasando mi interior. Noté un dolor profundo en mi cabeza, un quejido de angustia y pena que aún perdura y que me ha acompañado todos estos  años. Yo también morí en aquél momento, de otra manera, sin duda, pero muerto quedé.

Y cuando me arrestaron como autor de sus muertes supe que ya no volvería a vivir. 

¿Cómo pueden pensar que yo fui capaz de matarlas? ¿Cómo es posible que las pruebas apuntaran directamente hacia mí?

Encontraron ropa ensangrentada en el interior de la bañera, a escasos metros de los cadáveres. Hallaron mi ADN en los cuerpos de las víctimas. ¿Cómo no iban a encontrarlo si eran mi esposa y mi hija? En mi coche, debajo del asiento, descubrieron el cuchillo con el que se cometieron los crímenes. Y esto, para mí, no tiene explicación. Allí estaban mis huellas, en la empuñadura. No había lugar a dudas. Para la policía, para los medios de comunicación, para mis propios vecinos, solamente había un único culpable y tenía mi nombre y mis apellidos.

Mis abogados nada pudieron hacer por sembrar la duda razonable. Rechacé la estrategia de simular un trastorno de la personalidad con lo que, una pretendida enajenación mental, me habría encerrado en un centro mental por espacio de dos años. Yo no quise decir que escuchaba voces. ¿Por qué mentir si era inocente? Diecisiete años. Esa fue mi condena. Y no me importó porque nada soy sin ellas.

Ahora me dan la libertad. Y no la quiero. No tiene sentido ser arrojado de nuevo a la sociedad cuando mi vida ya ha terminado. Es vacía y gris.  Y sin embargo, me sacan a la calle, como un cubo de basura.  Si fuera fuerte, si tuviera voluntad, me agarraría a estos barrotes y no permitiría que mi condena terminara. Ellas descansan en paz y yo no quiero ser libre. Pero me obligan. Me condenan a salir de prisión. A rehacer mi vida, una vida que no quiero vivir, no sin ellas.

Cuando llega mi hora y la puerta de mi celda produce un chasquido para indicarme que puedo empujarla y salir del pequeño habitáculo que ha sido mi hogar durante los últimos diecisiete años, mis ojos se vuelven vidriosos y mi mirada borrosa. Siento una pena profunda y mi cuerpo empieza a temblar. Es miedo. Miedo a la soledad.

La voz de un guardia pronuncia mi nombre pero no me decido a salir de la celda hasta que veo al hombre uniformado que me indica con el rostro adusto y severo que abandone mi celda. Paso junto a él y cuando lo hago me da una palmada en la espalda y me susurra que por fin soy libre, que puedo marcharme a mi casa. Apenas levanto la cabeza para dedicarle una sonrisa. ¿Qué hogar me espera sin la presencia de mi mujer y de mi hija? Una tortura mucho más dolorosa que la de haber sido encerrado durante tanto tiempo por unos crímenes que no he cometido.

El guardia me conduce hacia una zona donde hay una ventanilla y tras ella una mujer regordeta saca una bolsa de plástico donde están mis llaves, un mechero, la cartera y un paquete de chicles que debe estar caducado. No pierde el tiempo en mirarme aunque tampoco puedo decir que yo le haya dedicado un momento, ni siquiera por educación. Recojo mis cosas con pesar y miró al guardia. Es un buen tipo. Y creo que piensa lo mismo de mí  porque nunca he dado problemas. 

Salgo de la cárcel arrastrando los pies. Escucho la puerta de metal cerrarse tras mi espalda y miró de frente hacia el mundo, hacia la vida que se abre ante mí como un abismo infernal.

Y sonrío. Mis ojos se mantienen fijos en el horizonte, donde el sol trata de salir por encima de las montañas. Levanto la cabeza orgulloso y comienzo a caminar como si los sombríos acontecimientos no me hubieran privado de la libertad durante estos diecisiete años.

Todo salió mal. Las dos muertes. La de mi mujer. La de mi hija. La ejecución de los crímenes fue perfecta, así como la elaboración de los preparativos pero no me dio tiempo de borrar todas las huellas ni de desprenderme de los cadáveres. Todo sucedió demasiado deprisa  y fui poco previsor.

¿De qué cojones te extrañas? ¿Estás desorientado? ¿Tratas de encontrar el momento en el que esta comedia ha llegado a su fin?

Te lo he advertido desde el comienzo. Lo primero que has leído ha sido la clave que no has sabido interpretar y que ahora te mantiene confuso: “Las Palabras Mienten” y eso es precisamente lo que he estado haciendo desde el primer momento en que la policía me puso la mano encima.: Mentir, mentir y mentir. 

Desgraciadamente a ellos no les engañé como he podido hacerlo contigo. Tal vez ellos hayan sido más inteligentes que tú. Te he tendido mi mano y la cogiste. No has aprendido nada de esta vida y has confiado en un auténtico desconocido. Te han conmovido mis palabras, te he manipulado para que apreciaras una tristeza extrema  y has sentido lástima por quien realmente asesinó a su esposa e hija. ¿Y ahora qué? No puedes dar marcha atrás. Me has abierto tu interior. Has permitido que entre en tu corazón. Ahora estás débil e indefenso, eres vulnerable. 

Te recuerdo que en estos momentos soy libre y camino por las calles con la convicción de que la próxima vez seré mucho menos  descuidado. No cometeré los mismos errores.

¿Y sabes una cosa? Me apetece conocerte  un poquito mejor…




 

LAS TRES MALDITAS

Me visitaron en mitad de la noche, en algún momento entre las dos y las tres de la madrugada. Hora de fantasmas, según algunos…

Tres mujeres de armas tomar. Bellas y hermosas, espectaculares, con cuerpos soberbios y descomunales, de esas damiselas que quitan el hipo, te dejan sin aliento y  te ponen en pié de guerra. Creo que ya me entiendes…

Tres chicas en mi habitación. Con la puerta cerrada y en  penumbra. 

Mujeres cañón. Chicas de bandera. Piernas esbeltas. Tetas grandes. Melena largas  y manos sensuales.

Vestían de rojo, con trajes de noche que marcaban sus curvas de un modo excitante aunque, para mi gusto, la tonalidad de la piel de estas muchachas era demasiado blanca. Sus rostros y brazos desnudos destacaban entre la penumbra y les conferían un aspecto estrictamente fantasmal pero los sinuosos movimientos de sus caderas, los voluminosos pechos y sus bocas abiertas de forma sensual me hicieron perder la razón y olvidarme de semejantes  tonterías.

Parecían mujeres   de otro mundo.  Modelos retocadas con Photoshop.  Guapas y explosivas. Chicas de fábula. Apetecibles e irrechazables. Derramaban hermosura con cada uno de sus  gestos;  cada poro de sus cuerpos  destilaba perfección. Eran lindas y encantadoras…

…pero no tanto como para no fijarme en determinados detalles, algo extraños e incómodos.

Estaban por ejemplo sus miradas. Digamos que no eran lujuriosas ni nada por el estilo. No emanaban deseo. Para que me comprendas, no estaban allí para darme masajes eróticos con final feliz.   Al contrario. Sus expresiones resultaban tenebrosas y oscuras. Sus ojos parecían carecer de brillo alguno, como si pertenecieran a personas muertas. Y luego estaban esas  manchas oscuras de sus mejillas.

Lloraban. Las tres. Y lo hacían mientras me observaban. Me estremecí. Miedo pasé. Aunque me costó concretar qué me había llamado la atención de sus mejillas descubrí que las lágrimas que resbalaban desde el  interior de sus ojos estaban salpicadas de sangre y dejaban a ambos lados de sus blanquecinos rostros unos surcos inquietantes que me hicieron palidecer.  Cuando levantaron sus brazos vi que también estaban manchados de un inquietante rojo escarlata  y las manos de aquellas mujeres yacían cubiertas por completo de sangre.

Si ya me encontraba asustado, cuando abrieron sus bocas  sentí tal terror que hubiera salido volando por la ventana si mis fuerzas me lo hubieran permitido porque sus bocas, abiertas grotescamente como una mueca deformada en rostros cubiertos por una maldad estremecedora, enseñaron la hilera de unos dientes negros y podridos.

Ya no me parecían tan bellas ni hermosas. Ya no me excitaban tanto. Es más, me sentía extraño porque en realidad nada sentía, ni siquiera el latido de mi corazón.

Miré hacia abajo, quizá porque comprendía que algo no andaba bien y descubrí un enorme boquete en mi pecho. Vi mis tripas sanguinolentas como un revuelto de carne  sin determinar y mi corazón roto en tres pedazos exactamente iguales, como una manzana partida para compartir entre tres comensales.

¿Dolor? Eso era lo extraño. Ninguno. 

Sin comprender absolutamente nada, las tres mujeres me miraron con cierto interés morboso. Supongo que a estas alturas nada bueno podía  esperar de todo esto salvo que acabase  pronto.

Deduje (en un alarde de inteligencia sin precedentes) que me quedaba muy  poquito en este mundo si es que todavía seguía en él. “Se llevarán mi alma”, pensé,  si  eso era lo que habían venido a buscar. “Probablemente también  se coman  mi corazón”, murmuré,  porque parecían muy  hambrientas. De cualquier modo, su presencia en mi habitación no era nada relajante porque sí, estaban muy buenas, las tres, pero tenían esos detalles que te echaban para atrás, por no añadir (pues vergüenza me da) que en la entrepierna no  sentía absolutamente nada y no me apetecía echar un vistazo para comprobar si allí abajo estaba todo bien.  Considéralo orgullo de hombre, si quieres. 

En definitiva, su  visita no resultó  agradable. Y ellas lo sabían, porque sonrieron  aunque sus miradas en todo momento me parecieron tristes y lejanas, como si sintieran lástima  por mí, algo que me dejó desconcertado.

Supongo que el alma se me escapó en el mismo momento en que las vi inclinarse sobre mí y mi conciencia fue barrida por un abrigo de sombras imprecisas. Mi vida se entregó  a la oscuridad y nadie me pidió opinión al respecto. Me dejé llevar. Nada pude hacer para evitar todo esto porque no se trataba  de un sueño del que fuera a despertar. Era  tan real como la vida misma, una vida agotada y que ya no me pertenecía.

Ellas eran Las Tres Malditas, tres seres abyectos  que a veces se cuelan en la habitación de los hombres solitarios.


Yo, por mi parte, solamente soy un pobre desgraciado que ha sido condenado al sufrimiento perpetuo sin conocer causa ni razón.


SEGUNDA OPORTUNIDAD

En el mismo instante en que estaba a punto de cometer el asesinato que había planeado a conciencia, una bala perforó su cabeza y le quitó la vida. Mientras caía, prácticamente muerto, lanzó una mirada hacia su objetivo y lo vio alejarse, perdiéndose en la distancia.

Su cuerpo fue alzado por dos fuertes matones a quienes no les importó que sus trajes negros se mancharan de sangre y lo trasladaron en el maletero de un  coche. Se detuvieron sobre el  puente de la ciudad y lanzaron el cadáver al río.

Cinco meses después regresó a la vida.

Y no lo hizo solo. Un ejército inmenso de muertos vivientes se levantó de sus tumbas. Nadie supo jamás la causa que hizo posible semejante barbaridad pero allí estaban, caminando por las calles, desorientados.

Avanzaban lentamente, con movimientos robóticos, con las cabezas inclinadas hacia un lado y observaban a su alrededor con la boca abierta y los ojos caídos, como si estuvieran allí contra su voluntad. El hedor a muerte que dejaban a su paso era insoportable.

Entre aquella marabunta de gente muerta que había recobrado la vida se encontraba nuestro amigo. No entendía lo que le estaba pasando. Todavía recordaba el disparo que le había destrozado la cabeza y notaba un dolor agudo en el centro de su cerebro. No podía verse, pero cualquiera que lo mirara descubriría un orificio desagradable en su nuca, el lugar por el que había entrado la bala. El trozo de acero no se había quedado dentro de su cabeza sino que había buscado un punto de salida y lo había hecho a la altura de la boca por lo que en lugar de una parecía tener dos. Aún así no sentía dolor.

Miró embobado a su alrededor. Imitó a sus compañeros y gruñó como lo haría un animal. Notaba sus piernas rígidas. No podía doblar las rodillas y se sentía ridículo avanzando de esa manera pero algo superior a él le obligaba a no detenerse en ningún momento. Vio a varios de sus compañeros y se llenó de horror. Eran cadáveres vivientes con todas las de la ley. Sus rostros estaban mutilados a causa de la putrefacción. El pelo hecho jirones, las moscas y los gusanos pegados a la carne  se movían asquerosamente, alimentándose de ellos. Olían mal. Apestaban. Y sin embargo, de algún modo le pareció divertido, sobre todo cuando vio que los vivos se asustaban y corrían despavoridos de un lado a otro. Huían de ellos como de la peste. Y hacían bien porque al verlos sintió un hambre atroz. No dudó en morder cuando pilló a uno de ellos. No le importó los gritos. No sintió los puñetazos que le daba. Simplemente disfrutó de su miedo. De la textura de la carne humana. Del sabor de la sangre. Jamás había probado nada tan maravilloso.

Prácticamente lo había devorado por completo. No lo había hecho solo. Otros muertos, quizá más vagos que el resto, se habían cansado de perseguir a los vivos y se acercaron hasta su comida. Gruñó para espantarlos. No lo hicieron. Comieron del cadáver. Hurgaron en su interior. Le sacaron las tripas. Le vaciaron el cerebro. Y a él, no le importó.

Con la barbilla manchada de sangre. Con restos de carne entre sus dientes. Con más hambre si cabe agitándose en su insatisfecho estómago, nuestro amigo avanzó sin rumbo fijo. Las cuencas vacías de sus ojos  se fijaron en las fugaces figuras humanas que trataban de encontrar refugio. Caían como moscas. Gritaban como cerdos. Sabían a gloria.

Mientras caminaba se topó con un grupo de muchachos adolescentes, tres chicas y dos chicos, que estaban siendo  rodeados por varios cadáveres putrefactos. Si en algún momento tuvo conciencia, si algo de ella yacía en algún punto de su destrozado cerebro, en aquél momento brilló por su ausencia. Se unió al festín. Era mucha comida. Y no fue suficiente. Tenía más hambre. Mucha más que al principio. Probar la carne humana no saciaba su apetito voraz hasta que algo brilló dentro de su cabeza. Un vago recuerdo que poco a poco fue cobrando fuerza en algún punto de su interior. Un rostro deforme que se presentó tras las sombras de su memoria. 

Se levantó. Dejó de comer. Ladeó la cabeza. Gruñó. Lanzó un lamento profundo que hizo volver la cabeza a varios muertos vivientes que pronto le obsequiaron con su indiferencia. Aquél rostro poco a poco se fue aclarando en su interior. Apretó los puños con rabia. Profirió un grito desgarrador, cubierto por la impotencia. Todos los cadáveres que estaban a su alrededor se apartaron de aquél loco y trataron de buscar comida en zonas más concurridas, libres de idiotas. Nuestro amigo hincó sus rodillas en el suelo y algo brotó de las cavidades que ahora eran sus ojos. Parecía sangre. Eran lágrimas.

Enterró su rostro consumido por la soledad de una muerte oscura y los gusanos que habitaban en sus cuencas vacías emergieron por entre sus dedos. Los recuerdos le torturaban.

No pudo matar a aquél hombre que ahora aparecía en su cabeza con una fuerza dolorosa. Matarlo era lo que más deseaba en los últimos instantes de su vida. Sabía que sería lo último que iba a hacer y sin embargo fracasó. No pudo llegar hasta él. Lo mataron antes. Y ahora, que había regresado a la vida, tal vez podía tener una segunda oportunidad.

Se levantó lleno de odio. La rabia recorrió su cuerpo. Sintió fuerzas. El hambre se anuló por sus ansias de venganza. Matar. Matar. Matar. No para alimentarse. Solo para descansar en paz, para que su conciencia recobrara la calma. No importaba otra cosa que acabar con aquél despreciable hombre que había destrozado por completo su vida.

Aquél hombre que se jactaba de haber asesinado a su esposa.
Aquél hombre que se burlaba de cómo había violado a su hija poco antes de quitarle la vida.
Sandra. Elena. Su mujer. Su pequeña. Sus dos amores. Muertas.  

Había fracasado. No pudo protegerlas. Y cuando la ira y la venganza tomaron posesión de él y buscó la manera de acabar con la vida del hijo de puta, también había fracasado. Y los recuerdos le torturaban. El dolor apretaba su corazón, un corazón que ya no latía pero que en ningún momento había dejado de sentir amor por una familia que no tenía y un odio hacia un hombre que merecía morir. Ahora, la muerte le había obsequiado con una segunda oportunidad. Sabía dónde se tenía que dirigir. Muerto, quizá, las cosas fueran más fáciles. Le mataría. Le arrancaría los brazos. Le partiría las piernas. Le sacaría los ojos. Le aplastaría la polla. Le cortaría la lengua. Le sacaría las tripas y se las daría a las ratas. “Después, si la muerte aún me mantiene en pie podré disfrutar de mi felicidad” pensó.

Se alejó del grupo de muertos que estaba sembrando el caos en las calles de la ciudad y caminó  hacia una determinada dirección. La imagen del desgraciado ya se había perfilado con absoluta claridad en su cabeza. Nada de disparos. Le partiría los huesos con sus propias manos. Le quitaría la vida con sus dientes podridos.

Avanzó y se topó con algunos vivos que corrían de un lado a otro. Al verlo, alguno tropezó y gritó al ver que se acercaba. Ni siquiera lo miraba. Tenía hambre, sí. Mucha. Demasiada quizá para despreciar tanta comida pero era superior la sed de venganza que sentía. Los recuerdos de Sandra y Elena bailaban en su interior. Escuchaba sus risas y mientras avanzaba las lágrimas no dejaron de bajar del lugar donde antes estaban sus ojos. La tristeza lo embargaba. Acabaría con aquél hombre. Eso era lo único importante.

Llegó a su destino. Lo que es la vida. O lo que es la muerte en estos casos, justo en ese momento el cerdo salía del portal con el rostro desencajado. Llevaba un par de maletines. ¿Dinero? ¿Drogas? ¿Qué más daba? Como el resto de los vivos, trataba de llevarse lo mejor de sus pertenencias para huir a un lugar seguro y empezar de nuevo. Pero nadie entendía nada en absoluto. Tampoco aquél idiota. El mundo se había ido a la mierda. No existía un lugar seguro para nadie en ninguna parte. Los muertos caminaban a sus anchas. Hambrientos. Deseosos de acabar con la vida en el planeta. Nadie estaba a salvo. Absolutamente nadie.

El hombre estaba acompañado de dos de sus gorilas. Nuestro amigo los reconoció de inmediato. Uno de ellos le había quitado la vida. Pero ahora estaba allí de nuevo. Muerto y coleando.

Al verlo aparecer los dos secuaces se montaron en el coche y se marcharon. Nunca sabrían quién era aquel muerto que caminaba hacia ellos. Y no tendrían tiempo de pensar en ello porque pocos minutos después caerían en las garras de un nutrido grupo de muertos vivientes que avanzaba por la carretera.

Su objetivo se quedó petrificado cuando lo vio. Le cambió la cara por completo. En un primer momento pensó que le había reconocido pero aquello era imposible. Su rostro debía de  ser una caricatura deformada  de lo que un día fue.

El hombre soltó los maletines de golpe y quiso huir. Fue torpe. Tropezó con sus propios pies. Cayó al suelo. Gordo y calvo. La cara regordeta y roja como la de un tomate. Pataleó. Se arrastró por el suelo. Suplicó. Gritó. Maldijo y lloró. Se tapó la cabeza con sus temblorosas manos. Aquello le pareció divertido. Saboreó su miedo. Se rió cuando descubrió que los pantalones de aquél estúpido se humedecían. Estuvo a punto de abalanzarse sobre el autor de la muerte de Sandra y Elena y lanzó un quejido hacia los recuerdos de su esposa e hija. Apretó los puños. Unió sus labios. Las lágrimas dejaron de brotar de sus cuencas vacías.  Oyó ruido a su espalda. ¡No!, aquél hombre era para él. No iba a compartir la comida con nadie. Tenía que sufrir. Morir lentamente bajo el yugo de su odio. ¡Nadie iba a impedirlo! No volvería a fracasar y con la idea de enfrentarse a los intrusos, vivos o muertos, se giró lentamente, con la fijación  de mantenerse muerto a toda costa, al menos hasta que aquél gilipollas muriera despatarrado bajo la atenta mirada de sus inexistentes ojos.

Y cuando logró girarse por completo se llevó una inesperada sorpresa.

Fue como una patada en los cojones. Un puñetazo en el estómago. Sintió dolor en el corazón. Volvió a llorar. Y dejó caer los brazos.
Allí estaban. Sandra. Elena. Sus dos amores.

Tenían buen aspecto. Apenas se parecían a la imagen que perduraba en sus recuerdos pero eran ellas. Estaban hermosas. Sandra con el cuello partido le miraba con la cara llena de pústulas malolientes y unos labios casi negros mientras que Elena, que llevaba un vestido blanco manchado de sangre y barro, tenía una fuerte herida en la frente y la boca torcida. Aún así, estaban preciosas, quizá como nunca lo llegaron a estar jamás. 

Se quedó petrificado. No podía dar crédito y sin embargo se llamó estúpido. ¿Cómo no había  imaginado que ellas también podían haber  regresado de la muerte? Estaban allí, frente a él. Como un milagro.

Elena tenía hojas en el pelo rubio, que goteaba empapado. Se veían sus brazos llenos de moratones, los pies descalzos y las piernas cubiertas de arañados. Sandra, por su parte, tenía una profunda herida en la garganta. Había muerto desangrada, agonizando. Movió la cabeza y creyó intuir que sonreía. 

Elena avanzó hacia él. Su rostro cadavérico y podrido parecía brillar de felicidad. Le hubiera gustado correr pero sus rodillas no se doblaban. Levantó los brazos. La cogió y la pegó a su pecho. La besó. Sandra se acercó y se unió a ellos.

El hombre gordo, la persona que había convertido la vida de nuestro amigo en un infierno, el responsable de la muerte de su esposa e hija, se escabullía por el suelo, a gatas, temblando como un sonajero, y logró avanzar varios metros. Asustado, se levantó. Los miró unos instantes y con la certeza de que no reconocía  a ninguno de los tres corrió, huyendo de aquellos monstruos imposibles.


Ya no importaba, pensó nuestro amigo, y volvió a abrazar a su esposa e hija. Se sentía dichoso y feliz. La muerte les había concedido una segunda oportunidad.


EL PRINCIPE

Dedicado a la memoria de Oier Machio Gamero “Machaca”

Caminaban por la vía del metro con una  parsimonia  inquietante. Habían salido de la boca del túnel como si, repentinamente, la oscuridad los hubiera vomitado. Eran tres figuras estremecedoras, muy altas y delgadas. Dos hombres seguían a  una mujer de larga cabellera dorada Los tres vestían con ropaje negro y llevaban una gabardina que les  llegaba hasta la altura de los tobillos. Su modo de caminar, la manera en la que avanzaban entre los raíles, les confería una apariencia misteriosa y aterradora, como si fuesen espectros salidos de ultratumba.

Todos los que aguardábamos en los arcenes la llegaba del metro nos quedamos boquiabiertos contemplando aquella escena que rezumaba un tufillo  que nos hizo palidecer. La mujer llevaba el pelo suelto y su larga melena lisa caía más allá de los hombros. Su rostro, bello como el de un ángel, tenía una tonalidad grisácea en el que destacaban sus labios rojos y las gafas oscuras que le cubrían los ojos. Los dos hombres que la seguían, ambos calvos como bolas de billar, expresaban en sus rostros una mueca demoníaca que nos obligó a apartar la vista de inmediato.

Mientras aquellas misteriosas figuras avanzaban sobre la vía, advertí movimiento a mi alrededor y descubrí que la gente estaba nerviosa y agitada. Al prestar atención y apartar la mirada de los singulares movimientos de los desconocidos, me di cuenta que bajando las escaleras que comunicaban los diferentes andenes avanzaban varias figuras oscuras de parecido corte a las que habían salido del túnel.  

Bajaban con lentitud, sin prisa. Y mientras lo hacían nos observaban a través de unos ojos oscuros, tan negros como la boca de un lobo. Y sonreían, mostrando unas dentaduras blancas y relucientes. 

Se me hizo un nudo en la garganta mientras miraba a todas aquellas personas hombres y mujeres ataviados con ropajes oscuros, en su mayoría de cuero. Las botas que llevaban resonaban al pisar las baldosas del suelo, como una cacofonía infernal, quizá como el rugido de un demonio, tal vez como la sonrisa de una manada de animales que ha cercado a su presa. Me estremecí y noté que mis piernas temblaban.

Nos vimos rodeados por los enigmáticos desconocidos. Las tres figuras que caminaban por las vías se pararon en seco y sus cabezas se movieron precisamente para observar al grupo en el que yo me encontraba. Lo hicieron con una lentitud pasmosa, como si no pertenecieran a este mundo. La mujer de cabellera rubia y labios rojos dejó que sus gafas cayeran al suelo y sus ojos brillantes de un color verde esmeralda me taladraron, como si estuviera estudiando mi alma. Sonrió y vi sus largos dientes crecer como las uñas de un hombre lobo. Miré a mí alrededor. Las bocas de todas aquellas figuras oscuras, de rostros grises y miradas severas, estaban abiertas mientras esbozaban  sonrisas perversas que dejaban ver lo afilado de unos grandes colmillos. Mis rodillas chocaron con el suelo. Comencé a temblar como un niño asustado. Tenía miedo.

Dos chiquillos que estaban cerca de mí corrieron para protegerse en los brazos de su madre. Dos chicas comenzaron a sacar fotos de aquellos seres con sus móviles mientras cuchicheaban entre ellas. Una señora mayor no dejaba de agarrarse un crucifijo que colgaba de su cuello al tiempo que dos hombres trajeados miraban a su alrededor con rostros temblorosos. 

Entonces, de repente, las tres figuras que estaban aún en las vías del metro realizaron una proeza imposible y saltaron hacia arriba, elevándose cuatro o cinco metros para precipitarse  violentamente sobre el arcén en el que yo me encontraba. Los tres cayeron en cuclillas y la mujer de pelo dorado no apartó su mirada de mí en ningún momento. Sonreía, pero su boca era atroz, monstruosa. Sus ojos se movían ávidamente, refulgiendo en ellos un brillo extraño y diabólico.

Primero sucedió en el arcén de enfrente. Fue de improvisto. Nadie estaba preparado para ello. Los gritos me obligaron a mirar hacia allí. Y me llené de horror.

Varias de aquellas criaturas cubiertas con  indumentarias negras, que parecían recién salidas de un festival de heavy metal, se abalanzaron sobre las personas que se encontraban allí, absortas contemplando la presencia de los desconocidos. Vieron cómo la tranquilidad que sentían mientras esperaban la llegada del metro se había visto truncada por la presencia de aquella banda extraña de seres. Como los leones que se lanzan sobre su presa, las criaturas destrozaron a todas y cada una de las personas, que no pudieron hacer nada por salvarse. Las agarraron y las hicieron gritar de dolor mientras sus dientes desgarraban las gargantas de los desdichados. La sangre saltó por los aires a borbotones mientras aquellas criaturas, monstruos con vaga apariencia humana, clavaban sus dedos de uñas afiladas en los pechos de sus víctimas, perforando la carne y arrancando de cuajo los corazones, aún calientes, que ya habían dejado de latir.

Vomité. Escuché entre arcadas que las personas que había a mí alrededor gritaban y trataban de huir. Después sus gritos fueron mucho más estridentes. Levanté la cabeza con miedo a presenciar el horror pero no pude bajar la mirada. Mis ojos, abiertos como dos huevos fritos,  se toparon con la aniquilación total de todas las almas inocentes. 

Vi a los dos niños caídos en el suelo y sobre ellos varias de aquellas cosas que les chupaban la sangre. El cadáver de su madre yacía algunos metros más adelante, vacía por completo.

Vi los dos cuerpos de las chicas tendidos en el suelo, con las cabezas ladeadas a un lado, con las gargantas abiertas de las que manaba sangre sobre la que muy pronto se abalanzaron las fantasmales presencias.

Vi el instante en el que la mujer del crucifijo recibía un mordisco en mitad de su rostro mientras la mano huesuda del agresor le arrebataba violentamente el objeto religioso y se lo metía en la boca para destrozarlo con los dientes.  Después, la mujer se precipitó al suelo y antes de que su cuerpo lo tocara otro ser la agarró entre sus brazos y le reventó la garganta de un gigantesco mordisco.

Vi a los dos hombres  trajeados correr en direcciones opuestas, ambos perseguidos por estos entes maléficos. Uno de ellos cayó despatarrado con un enorme boquete en su espalda, como si hubiera sido disparado con una recortada a bocajarro. El zarpazo que había recibido de uno de aquellos seres le había atravesado la piel y desgarrado varios de sus  órganos. Murió antes de tocar el suelo. No fue impedimento para que otro de los violentos seres, de pelo encrespado y botas cubiertas de barro, lo agarrara de la cabeza y lo arrastrara hacia una esquina, donde se inclinó sobré él para abrirle una herida en el cuello y vaciarlo completamente de sangre. El otro hombre no corrió mejor suerte. Escuché su grito y al girar la cabeza descubrí que  fue envestido por uno de los hombres calvos que habían surgido del túnel y lo despedazó en cuestión de segundos.

Traté de ponerme en pie. Quise pedir ayuda. Comencé a suplicar y enmudecí al notar frente a mí una presencia que percibía malvada. Levanté la mirada y allí estaba, el rostro gris plomizo de la mujer de pelo rubio que ahora me parecía perturbador y desagradable, con la intensidad de una mirada que procedía de unos ojos verdes y brillantes. La boca de aquella cosa estaba cubierta de manchas rojas, muy oscuras. La sangre bajaba por su barbilla y caía a través de la garganta, perdiéndose entre la apertura de un traje negro que ocultaba la redondez de sus grandes pechos.

Por fin pude levantarme. Quise retroceder cuando la criatura tendió sus manos hacia mí y avanzó. Miré de soslayo en rededor. Todos aquellos monstruos estaban ahora de pie, inmóviles. Miraban en mi dirección, como si estuvieran esperando que la mujer me destrozara de la misma forma que  ellos habían acabado con la vida del resto de los humanos. Y supe que en cualquier momento ella caería sobre mí. Podía sentirlo en la expresión de su diabólica mirada, en la lentitud de sus movimientos. Lo leía en su rostro. Lo notaba en el movimiento violento de la lengua que se veía tras la frontera afilada de unos colmillos manchados de sangre.

 Entonces, cuando creí que mi muerte estaba cerca ocurrió algo que me dejó perplejo. La mujer levantó su cabeza para dirigir su mirada más allá de  mi espalda y su rostro se cubrió de una expresión repugnante. Al mismo tiempo, todas aquellas criaturas hincaron una de sus rodillas en el suelo, colocaron sus manos sobre la otra e inclinaron la cabeza.

Desconcertado, estuve a punto de girarme cuando una mano enguantada se apoyó en mi hombro. Me sobresalté. Lentamente, temiendo enfrentarme a algo peor de lo que había visto hasta ahora, me giré para encararme con el recién llegado.

Era un tipo no más alto que yo, de fuerte complexión. Vestía una gabardina larga de cuero que no ocultaba el dibujo de la camiseta que llevaba y que correspondía a un famoso grupo de Black Metal. Los pantalones de cuero negro, ajustados y adornados con varias cadenas tenían el mismo dibujo que las botas camperas de larga punta y tosco tacón, también negras. Tenía pelo largo, liso, que le caía  más allá de los hombros y bajo su boca enseñaba una cuidada perilla que nacía de un grueso bigote no excesivamente poblado. Sonreía. Sus diminutos ojos me miraban directamente. La redondez de su cara me sorprendió. Había algo en él que me resultaba familiar pero no podía precisar de  qué se trataba.

Volvió a poner la mano sobre mi hombro. Lo hizo con fuerza. Di un respingo y me estremecí. Miré a mi alrededor. Allí estaban todas aquellas escuálidas figuras completamente inmóviles, como estatuas en un museo de cera. Rodilla en tierra, cabeza agachada, como si le rindieran pleitesía. 

Aquél tipo, sin quitar su mano de mi hombro, desvió la cabeza. El cuello le crujió como si sus vértebras se hubieran resquebrajado y miró directamente hacia la mujer. Yo hice lo mismo. Vi que ella agachaba la mirada y a pesar de que su rostro mostró cierta expresión de disgusto no dudó en indicar lealtad con la rodilla clavada en el suelo y su cabeza inclinada hacia delante. El tipo sonrió. Sus ojos oscuros ayudaron a que me sintiera un poco mejor y después me dirigió unas palabras.

-¿No me recuerdas, verdad?

Pese al temblor al pronunciar sus palabras, su voz, algo raspada, sonaba segura. Fruncí el ceño. Aquella voz… la había escuchado en alguna parte, hacía  años y no podía recordar dónde.

Me miró a los ojos. Sonreía. Su boca mostraba unos dientes tan blancos como el marfil. Vi sus largos y puntiagudos colmillos. No sentí miedo. Algo había en el interior de sus ojos, en la expresión de su mirada, que me tranquilizaba.

-Vaya, es un poco decepcionante. Han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos pero aún recuerdo el fuerte apretón de manos  que nos dimos. ¿Me has olvidado?

Le observé con detenimiento. Sin duda él me conocía. 

Bajó los brazos y resopló. Miró a los monstruos que había a nuestro alrededor. A medida que iba hablando yo también los observé con miedo y recelo. Continuaban en la misma pose, como simples peones en un tablero de ajedrez, como súbditos mostrando lealtad  a su señor.

-Han pasado muchas cosas desde la última vez que nos vimos Fortu, cosas muy extrañas que nunca te creerías aunque después de ver lo que estos idiotas han hecho creo que te puedes hacer una ligera idea.

¿Fortu? Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así. Había sido un apodo que utilicé cuando era poco más que un mocoso adolescente y aquél tipo… lo sabía.

Busqué en mi memoria. Me sumergí en la expresión de su rostro bonachón, en su graciosa mirada, en su voz y entonces agrandé los ojos y me acordé de uno de los amigos que tuve décadas atrás, que siempre había apreciado y hacía años no veía.  Aún así, su nombre me salió a modo de pregunta, algo que lamenté inmediatamente.

-¿Oier?

¡Claro que era él! Ahora lo reconocía completamente. Su cara regordeta, su amplia frente, la misma  perilla que llevaba la última vez que lo vi. Me abrazó con la torpeza y brusquedad que siempre le caracterizó. Rió con aquella carcajada escandalosa y cuando se apartó para mirarme de nuevo sus ojos tenían un brillo de inmensa felicidad.

-¡Cuánto tiempo! ¿Eh? ¿Sigues con tus cosas paranormales, ya sabes, la ouija y todo eso?.-me preguntó.

-Bueno, lo dejé hace tiempo, o más o menos .-respondí algo nervioso. Naturalmente que se trataba de mi amigo pero algo había cambiado en él. Aquellos ojos brillantes, los colmillos, la gente que nos rodeaba y que habían acabado con la vida de muchas personas delante de mis propias narices y que parecían respetarle. Todo aquello no importaba. Oier me miró directamente a los ojos y sentí una paz inmensa. Comencé a olvidar los últimos acontecimientos, las muertes, la presencia de aquellos monstruos y al mirarle de nuevo lo vi como era hace años, más joven, sin esos dientes horribles que me ponían los pelos de punta. Lo vi como lo que era, mi amigo. Estaba lleno de luz. Parecía inmensamente feliz.

-Pues es una pena. Nunca debiste dejarlo, por cierto… ¿Sigues jugando a Rol? Me acuerdo mucho de mi Gangrel, creo que nunca pudimos  imaginar que tus historias eran más reales de lo que pensábamos. . Si yo te contara… es todo una completa locura pero  bueno…si miras a tu alrededor creo que puedes hacerte una pequeña idea.

No estaba entendiendo nada de lo que me decía aunque sí recordaba algunas cosas. Había pasado tanto tiempo…

-¿Sabes, Fortu? No tenías que estar  aquí. Yo te agradezco de corazón que hagas esto por mí, que escribas una historia.  Nunca he dejado de acordarme de ti pero no es bueno que tú hayas acabado en este enredo.

¿De qué estaba hablando?

-Todos estos perros hambrientos se han alimentado delante de tus narices. Se merecen un escarmiento y te aseguro que durante el Consejo se les impondrá una pena ejemplar  pero no debiste presenciar tan desagradables sucesos. Habrá resultado espantoso para tus ojos.

Entonces volví a recordar. Fue como una sacudida dentro de mi pecho. Las dantescas escenas que había presenciado, la sangre, las muertes horribles... Y las miradas perversas de aquellas criaturas. La delgadez de sus cuerpos. La tonalidad gris de su piel. Los afilados colmillos. Las largas uñas en sus huesudas y perturbadoras  manos. La rabia con la que atacaban. El hambre voraz con el que se alimentaban y bebían la sangre de los desdichados. Y ahora, todos ellos estaban de pie, mirándome directamente. Todos ellos tenían unas ganas tremendas  de abalanzarse sobre mí, de destrozarme, de arrancarme el corazón y estrujarlo entre sus puños, de beber mi sangre para después tirarme a las vías, como habían hecho con varios de los cuerpos. Miré a Oier. Su sonrisa me tranquilizó. Me observaba con sus ojos casi cerrados. Sabía que nuestra vieja amistad serviría de impedimento para que esas criaturas acabaran con mi vida. Sonreí.

En ese momento la boca de Oier se cerró de inmediato y su sonrisa desapareció al instante. La negrura de su mirada se oscureció más aún y dio dos pasos atrás.

-No puedo ayudarte, Fortu. Mis cachorros están hambrientos y necesitan acabar lo que han empezado. Sin testigos.

-Pero…

Se encogió de hombros. Levantó los brazos hacia los lados y sonrió.

-La verdad es que podría ayudarte, ¿Sabes? Soy dueño y señor de todos y cada uno de ellos. Me pertenecen. Son de mi propiedad a pesar de que alguno de ellos ambiciona el poder que heredé de  mi Mentor.-mi antiguo amigo miró hacia la mujer rubia y noté que ella lo fulminaba con la mirada. Abrió la boca y una lengua viperina asomó entre sus dientes. Aún así se contuvo. Mostró respeto ante la presencia de su Príncipe.

Vi que mi amigo estaba a punto de girarse. Sabía que en ese mismo momento, cuando me diera la espalda y comenzara a caminar alejándose, su séquito lo entendería como una señal de consentimiento y entonces me harían pedazos.

-Por favor, tú puedes impedir todo esto.-le dije con la voz temblorosa cuando vi que comenzaba a caminar.

Se detuvo en el acto. Giró su cuerpo y me dirigió una penetrante mirada. Sonrió. Contempló a su progenie  durante breves instantes. Se encogió de hombros y se acercó de nuevo.

Mantuvo una cándida sonrisa sobre  su poblada perilla y me volvió a colocar la mano en  el hombro.

-Tienes razón, Fortu, yo puedo detener todo esto. Lograr que olvides nuestra presencia. Dejarte marchar.-suspiré aliviado al escuchar sus palabras.-Pero no quiero hacerlo.

Bajó su mano y se apartó.

Todas aquellas criaturas aullaron como lobos enloquecidos bajo la luna. Atravesaron mi cuerpo con sus zarpas. Me mordieron. Me hicieron pedazos bajo la atenta mirada de mi viejo amigo hasta que dejé de sentir poco más que una impenetrable oscuridad.

Como recuerdo me llevé  impresa la imagen de mi colega, Oier Machio Gamero, que contemplaba, orgulloso y satisfecho,  el loable comportamiento de sus chiquillos.


Se alejó sonriendo.  Sabe que es  eterno. Se  ha convertido en inmortal.