CITA CON LA MUERTE


El motor del coche rugía bajo la lluvia. Dentro del vehículo, un hombre barbudo de cuarenta años se aferraba al volante y mantenía los ojos clavados en la poca visibilidad que facilitaba la lóbrega  tormenta que se había desatado apenas hacía veinte minutos. El cielo, cubierto de un manto oscuro y tenebroso, arrojaba agua como si deseara ahogar a todos los habitantes del planeta. Las gotas de lluvia golpeaban la carrocería y el ruido que producían estaba poniendo de los nervios al hombre que dudaba si detenerse en el arcén para protegerse  del temporal o seguir conduciendo hasta su destino final. Optó por continuar adelante. Tenía un trabajo que realizar  y no podía faltar a su cita ni retrasarse. El cielo se iluminaba cada pocos segundos para dejar paso a fuertes explosiones que hacían retumbar los cristales del automóvil. Estaba claro que el hombre conducía bajo el epicentro de la tormenta.

No se detuvo. Levantó el pie del acelerador pero siguió conduciendo colocando todos y cada uno de los sentidos sobre la calzada. Los faros del coche apenas desgarraban la oscuridad, una oscuridad que parecía agitarse en la noche, bajo el diluvio, como seres diabólicos y amenazantes. Entonces, casi de refilón, sus ojos detectaron movimiento a un lado del camino.

No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Una figura caminaba por la derecha, bajo el aguacero. Llevaba un traje de agua de color verde completamente empapado y portaba una vieja maleta. El hombre arrugó su rostro en señal de sorpresa y aminoró más aún la velocidad. ¿Quién en su sano juicio podía estar caminando por la carretera a esas horas y con semejante temporal?

Tocó la bocina manteniendo aún la sorpresa anclada en su rostro pero la figura siguió caminando, como si aún no se hubiera percatado de su presencia. El hombre apenas podía vislumbrar con detalle la figura que deambulaba y más parecía una masa verde oscura que chorreaba agua que una persona desorientada. Le llamó la atención la maleta que portaba en su mano izquierda. Por lo que podía intuir, pesaba demasiado y la figura se detenía cada pocos metros para dejarla en el suelo y al instante agarrarla con la otra mano. El hombre miró el reloj del salpicadero y masculló una maldición que arrojó a través de sus dientes apretados. Llegaba tarde. Y podía tener problemas por ello si no resolvía el asunto de forma satisfactoria. A veces ocurría, pocas, la verdad, pero se les permitía una serie de errores si estaban justificados aunque una tormenta, por muy terrible que  fuera, no entraba dentro de esas “anomalías que te permiten faltar a la cita”. De cualquier modo, la realidad era que no llegaba, que la persona con la que había quedado iba a librarse de su encuentro y era evidente que tenía que poner remedio a una situación que por mucho que adornara en su informe le podría ocasionar serios problemas. Entonces, sabiendo que su cita se anulaba en ese preciso instante y que hiciera lo que hiciese no podría llegar,  prestó mayor atención a la figura que caminaba delante suyo y se encogió de hombros: Ahí estaba la solución.

Tocó la bocina y el ruido quedó ahogado por el retumbar de un poderoso trueno, después, un nuevo relámpago alumbró la escena para apagarse de inmediato y permitir  el rugido del cielo enfurecido. Volvió a presionar el claxon y esta vez la figura se detuvo en seco. El hombre vio que se giraba unos instantes. Llevaba una capucha puesta por lo que su rostro permaneció oculto bajo ella, ayudado por el manto de oscuridad que cubría   el exterior. Aún así, la figura comenzó a caminar hacia el coche.

El hombre no dudó en ningún momento en apretar el botón para bajar la ventanilla que estaba situada a su derecha. Observó un momento la oscuridad que reinaba a su alrededor, iluminada tenebrosamente por los relámpagos que se sucedían ininterrumpidamente, como latigazos en la espalda de un esclavo, y se estremeció notablemente. Miró  la figura que caminaba hacia el coche. Era una masa deforme envuelta en un traje de agua completamente empapado. Vio que esa figura alargaba la mano. En un primer momento el hombre pensó que la figura asomaría su cabeza para preguntar si podía subir pero dado el aguacero que estaba cayendo y el frío que entraba por el hueco que había dejado el cristal, era comprensible que  decidiera entrar directamente; él habría hecho lo mismo.

La puerta del coche se abrió y la figura pronunció algo con una voz que sonó muy débil, apenas perceptible. No pudo ver su rostro, que permanecía oculto bajo la capucha del traje de agua. Con un moviendo rápido, entre truenos y relámpagos y el sonido de un viento que trataba de llevarse violentamente las intensas gotas de agua para traer otras muchas en su lugar, la figura agarró la maleta y la colocó en la parte trasera, después, aún en el exterior, se quitó rápidamente el traje de agua y lo dejó caer en el  suelo. Se introdujo en el coche tomando asiento, cerró la puerta y volvió su rostro hacia el conductor.

El hombre abrió la boca, estupefacto, y no pudo evitar echar un exhaustivo vistazo a la mujer que se había sentado junto a él.

Abrió tanto los ojos que a punto estuvieron de salírsele de sus órbitas al contemplar las hermosas piernas que habían quedado al descubierto cuando la corta falda negra se subió más allá de la mitad de los muslos.  Recorrió aquellas piernas lentamente con la mirada y se fijó en los bonitos zapatos de tacón de aguja que cubrían sus pies. A pesar del traje de agua que había pretendido protegerla de la lluvia, el cuerpo de la mujer estaba completamente mojado y no pudo evitar que sus ojos  se posaran en la camisa blanca de manga corta que tenía pegada y que descubría, bajo la tela húmeda, un busto enorme libre de cualquier atadura; los pezones erectos se marcaban tras la fina tela. El hombre, recuperado parcialmente de la sorpresa, se sintió obligado a levantar la cabeza y descubrió el bello rostro de una mujer de labios finos y cubiertos de carmín. Sus miradas se cruzaron y él se bañó en el color celeste de sus ojos. El pelo rubio y liso de la mujer estaba completamente mojado, lo que le otorgaba un aspecto muy excitante.

-¡Qué suerte que has pasado por aquí!.-dijo la mujer bajando la mirada y girando su cuerpo para colocarse el cinturón.-Estoy completamente empapada.

El hombre no pudo evitar acariciar con su mirada los pechos de la mujer que podían verse perfectamente tras su ceñida ropa. Los grandes senos se marcaban con tanta fuerza que se imaginó tener la cabeza entre ellos. No dijo nada. Sacudió sus pensamientos, que en ningún momento saltaron de su imaginación, y pisó el acelerador con suavidad mientras la tormenta seguía desencadenada en el exterior. La lluvia caía con fuerza brutal sobre la calzada y el ruido que producía en el coche semejaba al sonido de miles de pájaros que pretendían destruir la carrocería a base de agresivos picotazos. El hombre, mientras conducía bajo el fuerte temporal, no pudo evitar mirar de soslayo las curtidas piernas de la  desconocida, acariciándolas con su mirada. Las vio temblar y estuvo tentado de ofrecerle algo de ropa para que se cubriera pero se lo pensó mejor y siguió conduciendo. Era preferible  verla así…

No hablaron durante largo tiempo. El coche parecía internarse a través de una carretera solitaria, como si estuviera accediendo a un mundo siniestro y desconocido del que nunca jamás regresarían.

-¿Cómo te llamas?.-dijo finalmente el hombre.

La mujer no respondió. Miró hacia ella y la vio con los ojos cerrados. Parecía dormida. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado y el hombre la examinó durante unos instantes. Decidió detener el coche en el arcén. Dejó el motor en marcha. Se volvió hacia ella. ¿Qué edad podía tener? Era una mujer joven, todavía no habría llegado a la treintena y era preciosa. Contempló en silencio cómo el pecho subía y bajaba a causa de su profunda respiración. Examinó sus piernas, con esos muslos relativamente separados, cutidos al sol… subió su mirada y las volvió a posar sobre los turgentes pechos. Abrió la boca y se pasó la lengua por los labios, después contempló la cara de la mujer. Era hermosa. Tenía la boca entreabierta y respiraba tranquilamente. Estuvo a punto de tocarla pero se contuvo. Se colocó nuevamente frente al volante e hizo que el coche avanzara. En silencio, estuvo pensando en la mala suerte que había tenido. El maldito temporal le había retrasado y ésa era la razón, la única razón, de que aquella mujer estuviera sentada en el interior de su coche. Era una desgracia para ella, sin duda, pero se sentía obligado a cubrirse las espaldas y garantizar a sus superiores una solución al problema de por qué la cita no se había producido y el escogido seguía viviendo. “Un alma por otra alma” y todo se quedaría en una pequeña bronca, sin que le abrieran un expediente por su incompetencia. Nunca le había pasado algo parecido, jamás había faltado a su cita pero sabía de otros compañeros que habían salvado el culo haciendo lo que estaba a punto de hacer él. 


Inmerso en sus pensamientos, el coche continuó avanzando por la carretera desierta. La tormenta, embravecida, seguía sacudiendo el exterior y el cielo, agresivo y violento, amenazaba con caerse en cualquier momento. El manto oscuro y terrorífico que lo cubría cada minuto que pasaba adquiría un aspecto más temible. En algún momento, el hombre se sintió observado y al girar su cabeza descubrió que la mujer lo contemplaba con el  rostro cansado a través de sus grandes y hermosos ojos.

-Es una pena.-murmuró el hombre volviendo la vista al frente.

-¿El qué?

-Tenía una cita, un trabajo que realizar y no he llegado a tiempo.

-¿Era muy importante?.-preguntó la mujer moviéndose incómoda en el asiento.

-Para mí solo es un trabajo pero para ellos, para mis jefes, es de vital importancia claro.

-¿Y vas a tener problemas?

El hombre permaneció en silencio varios segundos antes de contestar y lo hizo  sin apartar la mirada de la carretera.

-No, gracias a ti no los tendré.

El cuerpo de la mujer sufrió una pequeña sacudida, como si hubiera intuido el peligro  y pensando que quizá podría tomar  la decisión de saltar con el vehículo en marcha, el hombre pisó un poco más el acelerador y se internaron, más aún, en la oscuridad.

-¿Cómo te gustaría morir?

La pregunta  explotó dentro de la cabeza de la mujer que abrió sus grandes ojos y los pegó en la silueta del hombre, que seguía con la vista al frente, aferrando el volante con fuerza.

-No tengas miedo.-el hombre desvió su rostro hacia la mujer, mantenía en el interior de sus ojos un brillo de tristeza.-No puede ser de otro modo.

-Detén el coche, por favor.-pidió la mujer poniéndose tensa.

El hombre suspiró consternado y aceleró un poco más. El sonido del motor, que ahora rugía con potencia, se confundió con el ruido de los truenos que  gritaban  sobre sus propias cabezas.

-A las dos y cuarto de la madrugada, en un pueblo que aún está a varios kilómetros de distancia, un hombre de 58 años tenía que morir.
La mujer miró inconscientemente el reloj del salpicadero. Marcaban las tres y media.

-Yo tenía un trabajo que realizar, debía matar a ese hombre a la hora indicada y no he podido llegar…

-Eres un asesino.-dijo la mujer con una entonación que pareció convertirse en  una pregunta.

-Sí y no.-dijo el hombre sin dejar de mirar la carretera.

-¿Por qué tenías que matarlo? ¿Qué es lo que te había hecho?

-A mí nada, la verdad. No lo conozco.-suspiró el hombre con cierto tono de resignación.-Yo soy un simple empleado…

-¿Un asesino a sueldo?.-preguntó la mujer que  llevó una  mano a la puerta y con la otra se aflojó el cinturón.

-Podría decirse así.-respondió pensativo el hombre.-Pero no exactamente.

-¿Por qué tenía que morir ese hombre?

-No lo sé, la verdad. Yo no hago preguntas. Tenía que visitarlo a las dos y cuarto exactamente  para llevármelo.

-¿Llevártelo?

-Sí, así funciona esto…

La mujer logró quitarse el cinturón completamente e intentó abrir la puerta decidida a saltar para huir pero por más que lo intentó no pudo hacerlo. Miró espantada  hacia el hombre y se encontró con su mirada. La observaba con lástima.

-Eres una preciosidad.

-No me hagas nada, por favor…

-No tengo alternativa.-suspiró el hombre.

-Claro que la tienes. Puedes dejarme marchar.

-Entonces yo tendré problemas.

-¿Por qué?

-Es complicado.  Ese hombre no ha muerto y en su lugar tengo que entregar otra alma. Esto funciona así, ¿Entiendes?

-¿Otra alma?

-¡Tengo que matarte! ¡Dime cómo quieres morir!

La mujer permaneció en silencio sin entender las extrañas palabras que el hombre pronunciaba.

-Por favor.-volvió a decir.-Dime cómo quieres morir.

-Por qué yo…

-¡Porque estás aquí! ¡Porque ese hombre no ha muerto! ¡Porque tengo que hacer mi trabajo!  He fallado y debo asumir mi responsabilidad pero si te entrego a ti, si acabo contigo, entonces ellos me darán otra oportunidad.

-¿Quién eres?.-preguntó la mujer asustada.

El hombre detuvo el coche en seco, en mitad de la carretera. La lluvia caía con extrema violencia sobre la carrocería, los relámpagos permitían que las sombras se redujeran a tenues penumbras que se apagaban al instante  cuando los berridos de las nubes rugían con potencia. Sin dejar de sujetar el volante, sin dejar de mirar hacia el frente, el hombre contestó a la pregunta que la mujer le había formulado:

-Soy la muerte.

Tras aquellas palabras, la tormenta pareció detenerse al instante y un silencio ominoso se adueñó del interior del vehículo. Tan sólo la respiración agitada de la mujer podía escucharse. El hombre desvió la cabeza y la  miró directamente.

-No quiero matarte pero no tengo otra opción. Si no les entrego un alma inmediatamente ellos perderán la paciencia y entonces…

-¿Quiénes son ellos?

-No lo sé.-respondió el hombre con sinceridad.-Pero se alimentan de las almas y es su hora de comer.

Miró una vez más el bello cuerpo de la mujer, la vio temblar, quizá de frío, probablemente de miedo y la devoró con la mirada. Era demasiado hermosa para perder la vida tan pronto. Si pudiera encontrar a alguien más, alguien que estuviera tan cerca como esa mujer, alguien que no le importara en absoluto, que le diera exactamente igual si vivía o si por el contrario moría… entonces podría…

De pronto, el hombre ladeó la cabeza y tuvo una idea. Sonrió  Era una completa locura, un pensamiento absurdo,  pero podría funcionar. Pulsó un botón junto al volante y los pasadores de las puertas subieron, produciendo un sonido desagradable. 

-Márchate.-dijo.

La mujer abrió la puerta y salió rápidamente del coche. Permaneció unos instantes mirando hacia el hombre, creyendo que quizá él también saldría para agredirla, matarla y dejar su cadáver junto a la carretera pero el hombre permaneció sentado frente al volante. La mujer comenzó a correr, alejándose por el mismo lugar por el que habían venido, recorriendo la carretera sin mirar atrás. La oscuridad la devoró y su silueta desapareció engullida por las sombras.

El hombre forzó una sonrisa y contempló sus ojos oscuros en el espejo retrovisor, después salió del coche.

Necesitaba a alguien que estuviera muy cerca,  quedaba poco tiempo para tranquilizarlos, tenía que entregar un alma, el alma de  alguien que se encontrara en las cercanías y solamente se le ocurrió adueñarse de una de las personas que de algún modo había formado  parte de todo aquello desde el principio…

Giró su cabeza en varias direcciones hasta que encontró un punto concreto y comenzó a caminar lentamente hacia allí. La figura del hombre cada vez resultaba más grande, como si se estuviera acercando al objetivo de una cámara, como si todo esto no fuera más que una película y su imagen ocupara toda la pantalla de un viejo televisor.  Se aproximaba, despacio, sin prisa. Su imagen cada vez era más grande, cada vez estaba más cerca,  hasta que su rostro, en el que mantenía una expresión de esquiva frialdad, cubrió por completo toda la escena.

Ahora solamente eran sus ojos enormes, oscuros y tenebrosos, los que miraban hacia el frente  a través de aquél objetivo, de aquella ficticia cámara,  para clavarlos  directamente sobre  la persona que estaba leyendo esta historia. 

Sonrió.

Las palabras en la pantalla, que hasta ahora habían permanecido estáticas,  parecieron temblar detectando la inquietud del lector, que no apartaba sus ojos de estas líneas, sorprendido por el inesperado giro que habían tomado. 

Y entonces, a medida que la persona que leía  iba recorriendo estas frases, las palabras comenzaron A CONVERTIRSE EN MAYUSCULAS Y LA VOZ DE LA MUERTE ESCRIBIÓ   UNA PREGUNTA TERRIBLE QUE LO DEJO PETRIFICADO:

QUERIDO LECTOR, AMADA LECTORA, ¿COMO QUIERES MORIR?


ORGULLOSA DE MI FAMILIA


Nunca nos hizo gracia irrumpir en una casa que no nos pertenecía, perturbando la paz de sus inquilinos, asustándolos incluso. Y comprendemos que los dueños de esta vivienda hayan hecho lo imposible para echarnos de aquí. Creedme, si hubiéramos tenido otra alternativa no habríamos entrado aquí pero no había ninguna opción, no se nos presentaron otras oportunidades y todo se reduce a una simple cuestión de supervivencia.

Lo han intentado de todas las maneras posibles y no han logrado librarse de ninguno de los miembros de mi familia. Duele que  nos hayan tratado como a seres miserables y repugnantes, como si no tuviéramos también el derecho a exigir una casa digna, a dormitar bajo techo  y la vida, la puta vida, no nos ha dejado otra alternativa que la de invadir el espacio de esas personas que ahora nos gritan, patalean y tratan de agredirnos cuando detectan nuestra presencia.

No estaríamos aquí dentro si  la casa hubiera estado ocupada. Estaba libre. Un hogar desperdiciado. Si entramos aquí es porque no vivía nadie, absolutamente nadie y sí, nos adueñamos del lugar. Naturalmente que está mal pero yo también me veo en la obligación de buscar la manera de dar cobijo a mi familia. No puedo permitir que deambulen de un lado a otro en la calle, pasando frío, ocultándose de la lluvia y evitando el agrio temporal. Aquí, al menos, vivimos bajo un techo seguro.

No tenemos luz y eso no nos importa. Hace frío, pero es más soportable que el del exterior. Nos agrupamos y dormimos cerca, rodándonos, dándonos calor. Y sin embargo, no gozamos de la tranquilidad necesaria porque cuando al cabo de varias semanas considerábamos que este era nuestro hogar, nuestro nuevo y definitivo hogar, sus dueños llegaron para echar un vistazo y nos vieron aquí dentro. Sus rostros se llenaron de espanto y horror al detectar nuestra presencia y gritaron aterrorizados al descubrir que habíamos violado su intimidad. Se fueron cerrando la puerta violentamente, asustados. Nada nos dijeron. Simplemente temblaron sorprendidos. Les dimos miedo. Y pensé que no volverían más, que se habían dado por vencidos. Pero me equivoqué. Era demasiado bonito pensar que de algún modo habían renunciado a su hogar, un hogar que desde el primer momento en el que entramos supimos que no nos pertenecía.

Y esta vez no vinieron solos. Los dueños de la casa estaban acompañados de un hombre extraño, un hombre que nos dio un miedo atroz y que  sólo asomó su rostro por la ventana para  observarnos con detenimiento, como si estuviera en un zoo y nosotros fuéramos  leones encerrados en pequeñas y sucias  jaulas. Lo miramos y nuestros ojos se cruzaron. Sentí pavor, un miedo visceral como jamás había sentido y en aquél momento me preocupé por la suerte de mi familia. Me acobardé y huí de la vista de aquél misterioso hombre. Se marchó también. Escuché cómo se alejaba de la casa junto a los dueños y me apresuré por llegar a la ventana, la misma por la que segundos antes el hombre nos había estado observando; los vi marcharse. Se me heló la sangre al descubrir que mientras los dueños de la casa se metían en un coche, el hombre lo hacía en una furgoneta blanca con un logotipo en el lateral que primero me hizo estremecer y luego temer por la vida de mi familia.

Lo más aterrador fue advertir que los propietarios de la vivienda que habíamos ocupado le entregaban las llaves de la casa a ese aterrador hombre, que ocultaba su cabeza bajo una gorra azul que llevaba el mismo dibujo horrible que viera en el cuerpo de la furgoneta.
Después de cerciorarme de que se habían marchado supuse que era una mera cuestión de tiempo que nos sacaran de la casa. Y lo harían por la fuerza. Reuní a mi familia en el salón. Éramos tantas que casi ya ni cabíamos pero las obligué a agruparse y sobre todo a prestar atención, incluso a las más jóvenes.  Nuestra tranquilidad, nuestra seguridad, se había estrellado estrepitosamente, como si un verdugo le hubiese cortado la cabeza de un cruel hachazo.

Se asustaron tras escuchar mis palabras. No pude evitar el temblor en mi voz y no supe trasmitirles otra cosa que no fuera el temor. Se alarmaron y propusieron abandonar, huir de inmediato y casi apoyo aquella postura pero… ¿A dónde íbamos a ir? No teníamos muchas opciones y entonces se me pasó por la cabeza la loca idea de luchar, impedir que nos sacaran de aquí, plantar cara. Hubo dudas, pero en general estuvieron de acuerdo y en aquél mismo momento creí que era un error pero por alguna razón no dije nada y dejé que se organizaran para lo que podría significar la batalla más importante de nuestra mísera existencia.
Tal y como dije, fue cuestión de tiempo. 

Tres días después el hombre de la gorra aparcó su furgoneta frente a la casa. Los centinelas, apilados en las diferentes ventanas nos advirtieron de su llegada. Me asomé para comprobar que efectivamente era así. El hombre tenía medio cuerpo dentro de la furgoneta. Había  abierto la puerta lateral y cogía cosas de su interior. Se estaba preparando para entrar y su intención (yo lo supe desde el primer momento) no era echarnos  por las buenas sino aniquilarnos a todas.

Cuando el hombre sacó su cuerpo del vehículo, llevaba puesta aquella despreciable gorra y vestía un mono de color azul con el mismo logotipo que me horrorizara la primera vez que lo viera,  grabado a la altura de su corazón y también, por lo que pude advertir, a ambos lados de los hombros. Escuché exclamaciones y murmullos de algunos miembros de mi familia y no dije nada. No había tiempo para tratar de tranquilizarlas. Esto podía significar el fin de nuestra existencia.

El hombre llevaba el rostro cubierto por una mascarilla de color blanco y sus ojos, de mirada tensa y diabólica, estaban protegidos por gruesas gafas que le otorgaban un aspecto ridículo. Pero no sentíamos ganas de burlarnos. Sacó una especie de botella con una manguera del interior de la furgoneta, algo parecido a un extintor, y cerró la puerta de la furgoneta. No pude evitar que  vieran el círculo rojo impreso en el lateral, en cuyo centro había el dibujo de una gigantesca cucaracha atravesada por una gruesa línea también de color rojo, el mismo logotipo que el hombre lucia en su gorra y buzo de trabajo.

Gran parte de los miembros de mi familia murmuraron, otras se alarmaron y varias de ellas huyeron. Sin embargo, me enorgullecí de todas aquellas que permanecieron imperturbables en sus puestos prestas para el combate. 

El exterminador giró su cuerpo y comenzó a avanzar hacia la puerta de la casa. Nosotras nos agazapamos, siguiendo el plan establecido. Nos subimos por las paredes, aguardamos agarradas en los marcos de la puerta, en el suelo, dispuestas a saltar en cualquier momento sobre el enemigo. Probablemente no teníamos nada que hacer, sobre todo si el exterminador lanzaba el veneno por las ventanas antes de entrar en la casa. De todos modos ha sido una suerte que  este hombre acuda en  solitario para combatirnos, la batalla quizá resulte  más sencilla, lo que no quiere decir que si vencemos, si salimos airosas de todo esto, no tengamos que cambiar de vivienda. Nuestros días aquí, de un modo u otro, se han acabado por completo, eso  lo sabemos todas y cada una de nosotras.

Tal vez el exterminador cometió una estupidez auspiciado por un alarde de confianza que iba a suponer una oportunidad para mí y mi familia. Introdujo la llave en la cerradura. Al parecer tenía intención de entrar tranquilamente por la puerta principal, acceder al inmueble y atacarnos con sus gases y venenos, esparciéndolo sobre las esquinas con la pretensión de matarnos.

Y fue al abrir la puerta cuando realmente me sentí orgullosa de mi familia. Se abalanzaron sobre el despreciable exterminador como auténticas guerreras. Cayeron desde el techo y cubrieron la espalda del desgraciado hombre, que apenas dispuso de tiempo para  reaccionar. Creo que se sorprendió al vernos todas allí, agazapadas junto a la puerta, cubriendo el suelo y las paredes por completo, observándolo con desidia. Éramos muchas más de las que llegó a ver desde la ventana cuando visitó la casa junto a los dueños de la casa. Tal vez esperaba que estuviéramos ocultas en las grietas, escondidas en los armarios, temiendo por nuestra vida. Se acabó retroceder. Era el momento de plantar cara.

El exterminador profirió un grito que sonó tan distorsionado como ridículo  detrás de su asquerosa y repugnante mascarilla. Trató de huir. Giró su cuerpo y sus botas negras aplastaron a algunos miembros de mi familia. Escuché sus chillidos cuando sus cuerpos se rompieron y eso, lejos de despertar nuestro temor, nos enfureció. Además, estábamos hambrientas, muy hambrientas.

Caímos sobre el hombre saltando desde las paredes y aferrándonos a su buzo, tratando de penetrar por alguna abertura. Nos introdujimos  en el interior de sus botas, deslizándonos por sus piernas, llegando a sus pies. Recorrimos su cuerpo buscando aberturas, cubriendo su cuello. Alguna de nosotras pudo acceder al interior y mordió con rabia inusitada la carne  del exterminador. Aulló de dolor cuando su rostro se cubrió de numerosos cuerpos oscuros que se movían vertiginosamente. Contemplé la escena orgullosa, satisfecha y escuché claramente los júbilos de mis compañeras cuando alguna de ellas rasgó la mascarilla que protegía su boca y nariz y logró colarse en su interior. Otras pudieron desplazar las gafas que cubrían sus ojos y los dejaron libres. Llegaron hasta allí, con fiereza. El hombre se agitó con fuerza, aplastó a muchas más de mi especie pero no cesamos en nuestro empeño. Resultaba cómico ver cómo se golpeaba el cuerpo con sus brazos para tratar de aplastarnos. Algunas caímos, muchas muertas, otras desorientadas pero la mayoría se aferró como pudo a la ropa del hombre, mientras otras subían desde el suelo para cubrir por completo el cuerpo del desdichado y otras lograban entrar a través de los guantes y se colaban por el cuello para resbalar por su espalda.

Mordimos con fuerza. Le hicimos sangrar. Y lo más curioso de todo es que nos gustó esa sensación de superioridad. Fue rápido pero gritó todo lo que quiso e incluso un poco más. Desgarramos sus ropas y como un enjambre nos colamos en su interior. El resto fue bastante fácil. Aprovechamos su boca abierta y otros orificios de su cuerpo  para meternos dentro, una tras otra. Bajamos por su garganta, caminamos por su recto, nos hicimos paso entre las orejas;  éramos tantas que todas no pudimos tener el privilegio de alimentarnos de sus entrañas.. Pronto dejó de agitarse.

El cuerpo cayó al suelo agarrotado. Durante un tiempo más sus piernas se movieron como el rabo cortado de las lagartijas. Quedó cubierto en milésimas de segundo por muchas de nosotras y enterramos su cuerpo bajo nuestra masa, que se movía estrepitosa y sin orden, buscando un hueco porque el que acceder.

No tardó mucho en quedar reducido a un amasijo de huesos y nosotras no tardamos demasiado en dejarlos secos, blancos y relucientes. Fue un manjar impresionante, algo que nunca llegamos a imaginar.

Cuando todo acabó tomamos la retirada y nos preparamos para abandonar la vivienda. Algo había cambiado en nuestro interior. Nos sentíamos más vigorosas y fuertes, invulnerables, superpoderosas. Sin embargo, la sensación más especial era que estábamos excitadas y yo, personalmente, orgullosa, muy orgullosa de toda mi especie.

Teníamos la convicción de que habíamos cambiado. Nuestra conducta iba a ser  diferente a partir de ahora. Habíamos luchado con rabia y ferocidad, sabiendo que muchas de nosotras iban a caer pero se acabó eso de rendir pleitesía a los seres humanos. Se acabó huir y rendirse. Desde este momento  haríamos frente al enemigo. Y ya no nos importaba si la siguiente vivienda en ser ocupada tendría inquilinos o no. Es más, queríamos entrar en miles de casas, asomar nuestras cabecitas y abalanzarnos inexorable y violentamente sobre  sus habitantes para devorarlos,  saciar nuestro voraz apetito y cumplir con el nuevo destino que se abría ante nosotros.

Y con ese pensamiento salimos a la calle, con astucia y precaución, perfectamente organizadas.



Nunca nos veréis llegar. Asomará la cabecita de una de nosotras por el fregadero o recorreremos en pequeño número el interior de los armarios, explorando, y puede que acabéis con ellas pero somos más, muchas más, las que permanecemos ocultas en vuestras viviendas.

Entraremos en vuestros hogares y aunque solo advirtáis la presencia de un pequeño puñado de nosotras… el resto estamos ahí, agazapadas, aguardando el momento oportuno en que se designe el ataque definitivo.

Y somos tantas, es tal nuestro número repartido a lo largo y ancho del mundo, que me satisface intuir lo poco que vais a durar bajo nuestros pequeños y repugnantes cuerpecitos…

Vuestros llantos nos darán la fuerza necesaria para engulliros y convertiros en simples restos óseos mientras el planeta, en su agonía, nos agradece nuestro esfuerzo por liberarle de la peor plaga que durante siglos lo ha habitado.


MAMMATUS


MAMMATUS
“Las Tristes e Hirientes  Lágrimas de Dios”

Esta historia está dedicada a Susana Griso y Alfonso Egea,  con la esperanza de que jamás tengan que dar una noticia de este tipo.

Si alguien tiene la suerte de leer estas líneas y ha sobrevivido a la furia que   el cielo desencadenó, nos gustaría que recordara la fecha del 22  de Noviembre de 2014  como el día en que la Humanidad se enfrentó prácticamente a su absoluta exterminación.

Ocurrió temprano, a primeras horas de la mañana,  cuando el cielo adquirió un aspecto especialmente extraño. Había sido una noche calurosa, impropia para la época en la que estábamos. La atmósfera se había secado de forma singular, como si se hubiera cargado de una angustiosa electricidad. Un  molesto olor a humedad se extendió a lo largo y ancho del planeta. En un principio pensamos que el insólito fenómeno se había producido únicamente  en nuestra parte del mundo, el lugar en el que vivíamos, pero a las pocas horas los medios de comunicación informaron de la misma situación en cada rincón de  la Tierra, sin excepciones.

La inesperada situación nos parecía bastante curiosa y al principio resultaba fascinante. El cielo había adoptado una forma inquietante, como si se hubiera cubierto de una masa gelatinosa, un manto compacto de algodón. Varias nubes impresionantes y de un sucio color gris se asomaron bajo esa misteriosa superficie  y lo que nos llamó poderosamente  la atención era la forma de las mismas. Parecían huevos colgados de un techo especialmente espeluznante. Aquél techo era el propio cielo y aquellos huevos una formación de nubes compactas que impresionaban en un primer momento y estremecían a medida que las observabas porque nunca, jamás, habíamos contemplando nada parecido.

El cielo estaba repleto de esas burbujas redondeadas, como gotas de lluvia gigantescas, como apenadas lágrimas de Dios que no llegaban a desprenderse de sus mejillas. Muchos lo hablamos y llegamos a la misma conclusión: El cielo parecía estar forrado de una especie de panel, como  en una colmena,  donde las nubes grises, de cierto tono azulado, formaban numerosos puntos hinchados que cubrían el cielo hasta perderse en la lejanía del horizonte. Mirases donde mirases allí estaban esos huevos suspendidos, esos globos flotantes,  hasta donde abarcaba la vista.



En cierto modo era un espectáculo hermoso y fascinante, una novedad para todos los que estábamos allí e imaginamos que los habitantes del resto del mundo  experimentaban algo semejante.  Supimos más tarde que en el mismo momento en que nosotros estábamos contemplando el fenómeno, varios meteorólogos repartidos en informativos de medio mundo trataban de restar importancia a la situación aduciendo que aunque rara vez las nubes adquirían esas caprichosas formas no resultaba ninguna novedad y mucho menos un problema.

¡Imbéciles! No tenían ni puta idea de lo que estaba ocurriendo y, peor aún, de lo que estaba a punto de suceder, de lo que significaba la presencia de aquellas cosas. Ninguno de ellos se dio cuenta (o al menos ni uno solo de esos idiotas lo mencionó). El cielo estaba plagado de  extrañísimas nubes, de esos huevos que flotaban en el cielo, como si estuvieran a punto de desprenderse en cualquier momento  y estrellarse sobre nuestras cabezas. No había ni una sola zona despejada en todo el mundo, ni un solo tramo de cielo  que no mostrara tan temible aspecto por lo que todas esas tonterías de la temperatura, la humedad y posibles tormentas y tornados no valían más que para limpiarse el culo con ellas. Y decían que era algo normal, ¡¡Por favor!!

Tras la sorpresa del primer momento, poco a poco fue cundiendo el pánico, sobre todo cuando la tonalidad grisácea del cielo y de las asombrosas nubes varió paulatinamente hasta convertirse en una masa amarillenta donde destacaban esas bolas, esferas o como quieras denominarlas. Nosotros siempre nos referimos a ellas como huevos.

La gente optó por encerrarse en sus casas, al menos la mayoría, aunque no podían evitar asomarse por la ventana para seguir contemplando el fenómeno. De algún modo, el espectáculo que presentaba el cielo nos tenía atrapados, como si despertara en todos nosotros una inquietante fascinación aunque supiéramos, cada uno en su propio interior, que no traería nada bueno. 

Si esto nos parecía estremecedor mucho más inquietante era comprobar gracias a la Televisión que el cielo de todo el mundo, de absolutamente todo el mundo, tenía ese mismo aspecto. Las imágenes que se podían ver en los informativos eran espeluznantes y pavorosas. Daban miedo y muchas personas poco a poco fueron bajando  las persianas de sus hogares para no seguir siendo testigos de tamaña visión. 

Quienes tenían sótano en ellos se encerraron, quizá porque en el fondo de sus conciencias algo les decía que la tragedia estaba a punto de desencadenarse. Otros, muchos, quizá miles, se refugiaron en las iglesias como si sus rezos y oraciones pudieran secar lo que muchos consideraron las tristes lágrimas de Dios, que no tardarían en convertirse en hirientes y exterminadoras. Para nosotros, como os he dicho,  eran huevos y como huevos se quedaron. 



Permanecimos  durante algún tiempo más en mitad de la calle. Ningún coche circulaba por la carretera. Las autopistas estaban llenas de vehículos inmóviles y sus ocupantes se encontraban fuera mirando hacia el cielo, algunos de ellos con prismáticos y no sabemos con certeza si ellos pudieron apreciar  más detalles de los que nosotros contemplábamos  a simple vista.

Pudimos  comprobar, y lo comentamos  con las personas que estaban a nuestro alrededor,  que el ambiente se había secado aún más  pese al fuerte y pestilente  olor a humedad que nos llegaba desde arriba. Pensamos que en cualquier momento  esas extrañas nubes dejarían paso a una lluvia torrencial porque daba la impresión de que estaban reteniendo agua, como si fueran bolsas que se iban llenando poco a poco, globos hinchados de aire que rebosarían agua en cuestión de minutos. Lejos de convertirse en masas flotantes, oscuras y amenazantes, que pudieran anunciar tormenta, la tonalidad amarillenta del cielo fue creciendo y pensamos que el sol trataba de hacerse un hueco a través de la masa opaca que cubría el cielo mientras esos huevos mantenían un color blanco como la nieve. Pero no llovió y el aire que nos rodeaba cada vez era más denso y asfixiante, dando la impresión de que el oxígeno que respirábamos se iba consumiendo poco a poco. ¿Y si aquella especie de huevos nos estaban robando nuestra necesidad para respirar? Los pensamientos que estábamos teniendo no eran nada halagüeños pero la situación no parecía arrojar  ni un ápice de esperanza.

Ni la más leve brisa corría a nuestro alrededor y descubrimos algunos rostros cercanos que comenzaban a mostrar expresiones de preocupación, probablemente incluso los nuestros.

Y poco después, casi de forma inesperada, el cielo dejó de estar amarillo para convertirse en una masa rojiza incandescente donde las nubes de bola destacaban por adquirir una tonalidad marmórea y brillante, lo que les daba un aspecto de huevo mucho más real. En la Televisión, según supimos después, comenzaron a recomendar que la gente se encerrara en sus casas hasta nuevo aviso, aunque no arrojaron mucha más información.  El miedo se había instalado en el corazón de todos y cada uno de los humanos y jamás olvidaremos el rostro de espanto, horror y preocupación que vimos en Susana Griso y Alfonso Egea, que se mantuvieron al frente de “Espejo Público” hasta el momento en que la conexión se interrumpió definitivamente. Aún en sus miradas atrapadas por el miedo, en sus rostros temblorosos y casi desencajados, podía entenderse la condición de dos excelentes profesionales Fueron de los pocos que aguantaron estoicamente hasta el final. Mucha gente, con toda seguridad, se llegó a  sentir  orgullosa  de que optaran por reducir  con su presencia, si esto era posible, el terror que nos atenazaba a todos. 



A partir de entonces, todo sucedió demasiado deprisa y poco pudimos hacer salvo  correr en busca de un lugar seguro si es que existía algo de ello en alguna parte del mundo.

El cielo pareció arder. Tuvimos la impresión de que el sol había explotado tras las nubes que cubrían el cielo y que los rayos las mordían para penetrar por sus grietas. Era cuestión de tiempo de que nos alcanzaran y destruyeran…

Quizá como dijo alguien, la luna se había hecho añicos, o un cometa había perforado nuestra atmósfera. Tal vez una lluvia de meteoritos  se aproximaba velozmente hacia nosotros…Todas estas alternativas era viables, o en aquél momento nos lo parecían  pero la salvedad de que  el cielo estuviera  cubierto a lo largo y ancho del   mundo… no señalaba otra cosa que un inminente y devastador final. 

Nos pareció tan  extraña e irreal la masa roja que se había originado sobre nuestras cabezas, que  nuestra mente se cubrió de  la imaginación de uno de los maestros del terror, Stephen King, como si ese o cualquier otro psicópata que se divierte escribiendo horribles y terroríficas pesadillas, se  hubiera inventado algo de este tipo. Sin embargo, esto era real, real como la vida misma, como el calor que experimentábamos y que surgió de improvisto, bajando del cielo como un fuego arrollador.

 Y mientras tanto, permaneciendo  ajenas a todo lo demás, esas nubes blancas con forma de huevo flotaban en lo alto, como carcasas, semejantes a bombillas, a trozos de algodón que engordaban muy lentamente.

Y en algún momento, mientras el aire se volvía casi irrespirable, mientras el cielo parecía convertirse en una masa roja incandescente, como si estuviera ardiendo por completo, aquellas masas pálidas  se movieron.

 Y comenzó el horror. Llegó el final.

Las nubes blancas se desprendieron del cielo y en lugar de precipitarse sobre todos nosotros, aplastando ciudades  y todo lo que encontraran a su paso, flotaron durante unos instantes para demostrarnos que eran compactas. No se trataba de nubes de ningún tipo. Aquellos estúpidos meteorólogos estaban terriblemente equivocados. No sabían nada en concreto de este fenómeno y no podemos culparles de ello porque en realidad nadie podía prever nada de este tipo.

Obviamente tampoco eran huevos pero aquellas cosas sí tenían su forma. Ahora que flotaban en el aire, como una flotilla de naves extraterrestres que se disponía a invadir la Tierra y aniquilar a todos sus habitantes (creemos que alguien mencionó también algo de esto en algún momento) podían verse más claramente al desprenderse del cielo cada vez más agitado y rojo, como si allí arriba se estuviera desencadenando una guerra nuclear de terribles consecuencias. La estructura ovoide de esos artefactos y su aparente cuerpo  metálico no dejaba lugar a dudas: No eran nubes y obviamente  no tenían un origen humano.

Alguno quizá pensó que podía tratarse de un arma secreta que estaba probando algún gobierno que había perdido la razón más de lo habitual o que se había desencadenado una guerra mundial con la excusa de poner sobre la mesa el fruto de una tecnología hasta el momento desconocida. Sin embargo sabemos, por los datos que pudimos recoger de otros supervivientes, que el mundo estaba completamente aterrado y que todos los gobiernos sacaron sus ejércitos a la calle aunque, si somos del todo sinceros, no sirvió absolutamente de nada. No había forma humana de defenderse de todo aquello.

Corrimos despavoridos de un lado a otro buscando un refugio. Vimos a muchas personas que hasta ese momento habían permanecido a nuestro lado ocultándose en las alcantarillas, como ratas que intuyen el hundimiento del barco en el que hasta ese momento se encontraban y no se lo reprochamos. Ojala hayan tenido suerte y vivan para reencontrarnos. 

Esos objetos flotaban en el aire. Había decenas de ellos, cientos, miles, millones repartidos por todo el mundo. Podrían tener una altura de cuatro o cinco metros por tres de ancho. Blancos todos ellos, sin distintivos, con forma ovalada y permanecían estáticos, bajo el cielo rojo, atroz y abominable, que se agitaba como un bosque en llamas por encima de ellos.

Durante horas permanecieron quietas. Parecían estar observando todo a su alrededor y fuera lo que fuesen daba miedo sentirlos ahí arriba, como ojos acechantes e inteligentes.   Nos quedó claro que tenían una estructura metálica, que eran objetos, nada de formas gaseosas ni nada que pudiera considerarse como un fenómeno atmosférico porque, produciendo un ruido semejante al chirriar de una puerta con las bisagras oxidadas, todas aquellas formas ovaladas se fueron abriendo muy lentamente.

 Los misteriosos objetos flotantes se partieron en dos, como almejas que se abren, como huevos rotos antes de ser echados a una sartén.  Y su interior no estaba vacío. Ojala lo hubieran estado pero no disfrutamos de esa suerte.

En el mismo instante en que aquellas cosas se abrieron apareció una masa oscura y deforme que brillaba bajo un hermoso color verde esmeralda. Parecía gelatina, una sustancia semejante al blandiblu con el que jugábamos de niño. Su aspecto era aterrador pues no tenía forma definida, como la espesa yema de unos huevos podridos. 

Si ya hacía un calor extremo, ahora resultaba mucho más intenso. Poco después nos enteramos de lo que estaba sucediendo realmente. Los océanos, mares y ríos fueron succionados a una velocidad vertiginosa. Ingentes cantidades de agua se elevaron en el aire para  precipitarse  hacia arriba, colándose en el interior de aquellos artefactos, devoradas por las masas oscuras e informes de su interior, como babosas  bebiendo nuestra propia vida.

Llegó a ser terrible el espectáculo que dejaron atrás, cuando por fin las cosas aquellas se cerraron y se esfumaron, elevándose en el aire muy lentamente, produciendo un ruido estridente y ensordecedor. Ya cerradas volvían a parecer huevos pendidos del cielo rojizo y ardiente y comenzaron a desaparecer lentamente,  introduciéndose en la masa roja que ahora era el cielo hasta desaparecer por completo, como si las lágrimas de Dios se hubieran secado con un pañuelo invisible aunque más bien nos recordaban, en ese preciso momento, a cómo desaparecen los supositorios cuando son introducidos en el culito de un niño.

Pensamos que todo había acabado, que pese al temible e inquietante aspecto de un cielo que parecía cubierto de sangre, al marcharse aquellas cosas la calma regresaría. Fue desolador comprender que ahora estábamos más cerca del final.

Los que tuvimos oportunidad de verlo meses después simplemente lloramos. El corazón se nos encogió y casi perdimos el don del habla. No había agua en todo el planeta. Nada en absoluto. Los océanos eran inmensas masas de tierra seca y vacía, cubiertas por restos de la fauna marítima que habían muerto, pudriéndose por  completo. El hedor a pescado podrido perdurará a través de los años, garantizando el recuerdo atroz de lo que ha sucedido.

Podríamos haber vivido con esto pero no fue lo único que ocurrió. Poco después de que aquellas cosas desaparecieran, el cielo dejó de agitarse para partirse en mil pedazos. No sabríamos describirlo de otra manera  pero millones de pequeños fragmentos rojos incandescentes se precipitaron inexorablemente hacia la Tierra. El ruido fue ensordecedor, como si hubiera estallado una bomba sobre nuestras cabezas.

Aquellos trozos ardientes destruyeron ciudades enteras y arrasaron bosques de un plumazo, que quedaron convertidos en nada en cuestión de segundos. Perecieron millones de personas, aplastados por los edificios que quedaron derruidos, agonizando bajo los escombros, solicitando ayuda… hasta morir definitivamente.

El fuego consumió el planeta, llevando consigo todas las reservas de oxígeno de un aire que quedó completamente contaminado. Fue el fin de todo. Un final horroroso y terrible.

Nosotros sobrevivimos, no sabemos por qué, pero somos un pequeño grupo de personas que tenemos el consuelo de sentirnos cerca los unos de los otros, aunque quizá hubiera sido preferible haber fallecido porque no sabemos lo que nos encontraremos en el exterior cuando decidamos abandonar nuestro  refugio. Y eso será dentro de poco, porque se nos han agotado  las reservas y ya no sabemos qué hacer para mantenernos con vida.

Nos sentimos enfermos y ya no somos los mismos. Afuera se escuchan sonidos extraños. Hace semanas que no oímos gritos de auxilio pero los ruidos están ahí. Parecen máquinas trabajando y explorando. De algún modo sentimos que no son de este mundo y si detectan nuestra presencia estamos convencidos de que nos aniquilarán porque quizá seamos, para ellos, los únicos restos de la Humanidad.

Queremos pensar que si nosotros hemos sobrevivido es posible que lo hayan hecho otras personas y por esa razón estamos escribiendo esta historia, por si en alguna ocasión alguien puede leer estas líneas. Nuestro deseo es que sean guardadas, para que todos recuerden lo qué ha pasado aunque en realidad no podamos explicar absolutamente nada de lo ocurrido.

Nosotros pronto saldremos ahí fuera. No nos queda otra salida. Estamos tan débiles y contaminados por algo que ha caído desde los cielos que no soportaremos mucho más aquí y sabemos que tras abandonar el refugio solamente nos aguarda la muerte.

El objetivo de estas líneas también es  rendir homenaje a esos grandes profesionales que durante sus vidas informaron de numerosas tragedias. Todavía se habla entre nosotros  de las caras consternadas y tristes de Alfonso Egea y Susana Griso (vuelvo a mencionarlos porque para muchos son considerados héroes), que a diferencia de muchos otros permanecieron en antena mirando directamente hacia  la cámara. Fueron  emotivos aquellos primeros planos, con sus ojos anegados en lágrimas y el temblor de sus labios, el miedo en sus voces… y sin embargo estuvieron allí, acompañando a su audiencia hasta el momento en que todo terminó. Y ellos sabían que era el final y aún así decidieron hacer su trabajo, desapareciendo al pié del cañón. Estas hojas son   un sincero abrazo a todos los que optaron por permanecer en pie hasta el instante final.

Me comunican que  han decidido que mañana será el día en el que saldremos al exterior.  Los rugidos de las máquinas  se van alejando para inspeccionar   otras zonas, no demasiado distantes, la verdad, lo que no nos hace sentir muy seguros. Pero ya no tenemos nada que echarnos a la boca. Nos morimos de hambre y sed. Algunos de nosotros no podremos dar ni un solo paso y seremos un lastre para los más fuertes. Tendrán que abandonarnos. Hay niños entre nosotros, quizá ellos tengan más suerte, podrían tener una oportunidad, convertirse en nuestro futuro. Así lo esperamos. Tal vez todavía exista la opción  de que la Humanidad no se extinga por completo. 

Personalmente, y si te soy sincero,  no lo creo. Ahí fuera están ellos, no sé quiénes o qué son, pero han venido a por todos nosotros y siguen destruyendo el planeta con una furia demoníaca.. Ahora son ellos los dueños, nuestros dioses. No sé cuándo se irán o si lo harán definitivamente pero no podemos esperar ni un solo minuto más.

Tenemos que salir. Quizá, si tenemos suerte, en algún otro momento podamos retomar estas páginas para que juntos recordemos en qué se ha reducido nuestra existencia,   pero si ese hecho no se produce significará, sin lugar a dudas, que  ninguno de nosotros ha logrado sobrevivir. 

Y con toda probabilidad,   eso es lo que sucederá.





EL GORDITO

Me complace anunciaros que se ha publicado un relato en el blog  Fanzine y quiero brindaros la oportunidad de leerlo pues personalmente le tengo cierto cariño al relato y tiene su historia detrás.

El texto se lo dedico a Iñaki Gómez Ocerin, por la inspiración y por lo que él sabe que es mejor no contar...

"El Gordito" viene acompañado de una imagen espectacular realizada por Carlos Rodon.

Disfrutad, si podéis,  de este relato... aunque no todos llegarán hasta el final.