A la venta el libro NUEVE MALES

Me complace anunciaros que ya está a la venta el libro "NUEVE MALES", editado por PR EDICIONES y que contiene nueve de las historias más duras y escalofriantes que haya podido escribir José Manuel Durán.

Estos son los títulos de los relatos...

EXORCISMO
EL CACHORRO
INVITACION INFERNAL
¡CORTALES LA CABEZA!
JUEGO DE PODER
EL REGALO DEL DIABLO
¡NO LO OLVIDES NUNCA!
YO LAS MATE
ESPERANZA

"NUEVE MALES" contiene el terror en estado puro y su lectura te hará pasarlo francamente mal...

El libro, de 164 páginas, no lo vas a encontrar en las tiendas ya que se vende bajo demanda pero te será fácil encontrarlo a través de Google y también lo puedes pedir directamente a la editorial. También puedes ponerte en contacto con nosotros si tienes problemas para encontrarlo y te diremos la forma más sencilla de hacerte con él.

Nueve historias terroríficas, escalofriantes, muy duras, muy crudas, muy del estilo de José Manuel Durán "Rain". Completamente inéditas.



UNICA OPORTUNIDAD

La niña jugaba en el patio con la pelota. La lanzaba con fuerza hacia la pared y regresaba de nuevo a sus manos. Llevaba mucho tiempo en la calle y de vez en cuando miraba hacia la ventana de su casa, esperando que su madre se asomara por ella para llamarla pero la ventana estaba vacía.


Miró hacia atrás y se sintió sola. La noche amagaba con hacer suyas las sombras que árboles, coches, farolas y edificios proyectaban sobre la calle. Ya era hora de estar en casa pero su madre había sido bastante precisa al respecto:






“Hasta que no me veas que te llamó por la ventana no entres a casa ni llames. ¿has entendido?”






Claro que lo había entendido. Ya tenía ocho años, edad suficiente para comprender algo tan sencillo como aquellas palabras. Sin embargo, ella se había dado cuenta que su madre parecía asustada. La voz le había temblado, de principio a fin, y miraba hacia la calle a través de la puerta abierta. Afuera había un señor mayor, de aspecto tenebroso. Los ojos de aquél hombre y de su madre se cruzaron durante unos segundos y la tensión pareció aplastar cualquier resquicio de tranquilidad que pudiera haber habido en la casa. Su madre había pronunciado aquellas palabras y después, sin apartar la vista del extraño visitante, la empujó suavemente hacia la calle.




Cuando la pequeña salió con la pelota entre las manos, el extraño visitante inclinó la cabeza para observarla a través de unas profundas ojeras, muy enrojecidas, que ocultaban unos ojos tan negros como la profundidad de una cueva. La niña se fijó en el individuo: Un hombre alto y extraordinariamente delgado. Su rostro ajado, cubierto de arrugas que cruzaban su cara como latigazos que laceran la piel de los torturados, mantenía una expresión lóbrega y la niña hundió su pequeña cabeza en su cuello. Al pasar junto al visitante, no se le ocurrió otra cosa que mirarlo desde abajo y, con una voz débil, decirle:






“Señor, no haga daño a mi mamá, por favor”






Pero eso había ocurrido hacía ya algo más de media hora. El atardecer había desaparecido por completo y la noche había llegado en silencio, instalándose en el lugar, engullendo la claridad como si de un monstruo horripilante se tratase. Las sombras eran dueñas de todo el patio. Si antes había otros niños jugando en las cercanías mientras sus respectivas madres los vigilaban desde los bancos cercanos, ahora ya no había nadie alrededor. Estaba sola. Completamente sola.


La niña soltó la pelota de entre sus manos y dejó que rodara y se alejara de ella, parándose junto a un árbol. Miró hacia la ventana de su casa. Había luz pero no vio a su madre. El hombre extraño aún no había salido y estuvo a punto de correr hacia la puerta y llamar. Pero recordó las palabras de su madre y evocó el miedo que reflejaba el temblor de su voz y la pena que cubría, en aquél momento, la expresión de sus ojos. Tal vez en aquél preciso momento, la niña supo que jamás volvería a ver a su madre.


Casi soltó un gritó al descubrir asomado en la ventana al hombre que había venido a visitar a su madre. Solo advirtió su silueta, pero era él, sin duda. Miraba hacia la calle, precisamente hacia el lugar donde ella se encontraba. Notó la intensa y penetrante mirada de dos ojos malvados que fueron capaces de rasgar el manto de la oscuridad para clavarse en ella. Tuvo miedo.


Mucho miedo.


La niña se orinó y el pis bajó por entre sus piernas mojando sus zapatos negros de charol. Estaba petrificada y permaneció en completo silencio, sin poder mover un solo músculo.


El hombre desapareció de la ventana. La puerta de la casa se abrió. Muy lentamente.


Su madre no surgió bajo el umbral pero sí aquél hombre, ataviado con un traje negro y un ridículo sombrero en la cabeza.


Comenzó a caminar hacia ella, saliendo de la casa.


La niña no se movió ni el más mínimo milímetro. Vio caminar al extraño visitante y lo hacía de un modo tardo y singular, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante y, de algún modo, tratara de acelerarse por momentos para quedar atascado posteriormente. Parecía que el eslabón de un invisible engranaje se había quedado atascado en el mecanismo. Aquello no impidió que el hombre llegara hasta la niña y la asiera por la muñeca, apretándola con fuerza.


La pequeña, al recibir el contacto de la mano la notó gélida. Sintió un pequeño pellizco, como si los dedos del misterioso hombre estuvieran cargados de electricidad. El hombre tiró de ella y, curiosamente, la niña no opuso resistencia alguna. Comenzó a caminar junto a él.


El anciano, más alto de lo que cabría esperar, caminaba con gran lentitud y se dirigía a un punto donde las sombras de la noche parecían si cabe más espesas; se acercaban hacia un lugar alejado de la carretera y la luz que desprendían las farolas, en un intento vano de arropar con tranquilidad todo aquel escenario abrupto.


En algún momento, mientras se alejaban, la niña, con la mano levantada, sujetada por el visitante, volvió la cabeza y la dirigió hacia la ventana de su casa, deseando distinguir entre la oscuridad la silueta de su madre, pero no la vio y, con lágrimas bajando por sus temblorosas mejillas, miró al frente y después al señor que la llevaba de la mano. La cogía con fuerza y ella supo que no tenía intención de soltarla.


Quiso gritar. Pedir ayuda. Patalear. No hizo nada de eso. Simplemente caminaba junto a él. Pretendió hablar con el hombre, preguntarle a dónde la llevaba. No se atrevió. Estaba asustada y la voz no podía salir de su garganta.


Oyó los hundidos latidos de su corazón, golpeando su pecho, como nudillos invisibles que sacuden la superficie de una puerta. Escuchó la paulatina respiración del hombre que tiraba de ella. El sonido la hizo estremecer. Comenzó a sentir angustia.


En ese momento ella se detuvo. Clavó sus pies en el suelo y trató de zafarse del desafecto asidero en el que se había convertido la mano glacial del desconocido.


Entonces dijo “¡Basta!” y pataleó y gritó.


El hombre de detuvo. Inclinó la cabeza y la observó con mirada abisal que hizo palidecer a la niña. Rompió a llorar y sus gemidos cada vez resonaban con mayor potencia. Si alguien los viera allí, en el patio, sabría que algo andaba mal, que aquél hombre trataba de llevarse a la niña y entonces… entonces llamarían a la policía o a su mamá y ella estaría a salvo.


Alguien tenía que oírla gritar.


Alguien tenía que verla patalear.


Su madre ya habría salido a buscarla, ¿Verdad?


¿Dónde estaba? ¿Por qué no venía?


El hombre la sujetó con fuerza y la niña subió la cabeza. Sus miradas se cruzaron y la pequeña enmudeció, de inmediato. El rostro hollado por las arrugas del anciano mostraba tal expresión austera que la niña estuvo a punto de ahogarse en sus propias lágrimas.


Los ojos negros del hombre, su piel ennegrecida pegada al rostro, la estaba asustando a tal punto que sus pequeñas piernas, mojadas por el pis, temblaban peligrosamente. Tal vez no la sujetaran por mucho tiempo.


El hombre abrió la boca para decir algo y la niña descubrió una hilera de dientes podridos y amarillentos. Vio la lengua negra que ocultaba en su interior, como una sanguijuela que se agita presa de la angustia. Entonces la voz del individuo brotó.






-“No lo pongas más difícil, tengo que llevarte conmigo”






La niña enmudeció. El hombre no había movido la boca y, sin embargo, la voz había salido de entre sus labios con una fuerza y potencia que estuvieron a punto de reventarle los oídos. Los ojos del desconocido se clavaron en los suyos y, en ese momento, volvió a escuchar la trémula voz que estalló entre las paredes de su frágil cerebro:






-“Ahora eres mía. Me perteneces”






Después de estas palabras, el anciano tiró de la niña y prácticamente se la llevó a rastras. La pequeña miró por última vez hacia el edificio donde se encontraba su casa. La ventana estaba vacía.


¿Y su madre? ¿Por qué la había abandonado? ¿La habría matado aquél hombre que la agarraba con tanta fuerza?


Vio la pelota con la que minutos antes había estado jugando, inmóvil en el patio. Aquél iba a ser su último recuerdo.


El anciano y la niña se dirigieron hacia un punto oscuro situado al fondo de un pequeño parque. A medida que se iban acercando, se produjo un leve destello entre las sombras, como un fogonazo. Duró apenas unas décimas de segundo, lo suficiente para que el brillo perdurara en las retinas de la niña.


A medida que caminaban hacia el punto donde se había producido el destello, tanto el anciano como la pequeña advirtieron la repentina aparición de una bruma misteriosa que comenzó a emerger de la oscuridad. Flotaba a ras del suelo, dirigiéndose hacia ellos a una velocidad vertiginosa. En cuestión de segundos, ambos se vieron engullidos por aquella espesa niebla. La niña notó que el hombre le apretaba la muñeca con mayor fuerza. Oyó su voz de nuevo, en el interior de su cabeza:






-No tengas miedo






Aquellas palabras, que sonaron entre las paredes de su cerebro de manera portentosa, no la tranquilizaron. Con recelo, miró hacia arriba para ver la silueta difuminada del hombre alto y delgado que la llevaba agarrada de la mano. La niebla que los envolvía era tan espesa que sólo veía retazos oscuros del traje negro. Aún así, notaba la gélida mano aferrando con fuerza su muñeca y apreciaba los largos y delgados dedos del anciano presionando enérgicamente. Intentó mirar hacia atrás y pudo ver el edificio en el que estaba su casa difuminado, oculto tras la niebla. Creyó ver luces en las ventanas y después las tinieblas engulleron aquellas imágenes y todo se volvió oscuro.


O casi todo.


Mientras caminaba junto al hombre que se la llevaba, la niña comenzó a ver pequeñas formas que iban y venían entre la niebla. Comenzó a sentir un miedo atroz cuando reconoció aquellas extrañas formas como rostros. Pero no eran rostros humanos.


No.


Parecían monstruos deformes.


Multitud de caras horribles, con muecas en lugar de expresiones, se asomaron entre la bruma para observarlos. Sentían curiosidad absoluta por la niña, ignorando por completo al hombre que se la llevaba y a quien aquellos seres conocían y respetaban. La pequeña, sin embargo, era como ellos habían sido antes. Entraba al nuevo mundo y aquellos rostros, picados por el huroneo, se asomaban rasgando la tela brumosa para echar un vistazo. La niña pataleó y cerró los ojos. Gritó. No quería ver aquellas caras amorfas ni sentir sus atroces miradas de espanto y horror.


Abrió los ojos de nuevo con la esperanza de que todo no hubiera sido más que una jugarreta de su imaginación pero los rostros horripilantes seguían flotando en el aire, asomándose una y otra vez para observarla con detenimiento e interés. Vio que abrían sus grandes bocas y de ellas emanó un murmullo fragoroso que encogió el corazón de la niña. Junto a aquellas ininteligibles palabras, algunas de las cuales parecían querer sin acierto pronunciar su nombre, surgieron brazos con vago aspecto humano. Los brazos se agitaban como espadas sangrientas rasgando la niebla, que caía a los lados como trozos de papel. Aquellas extremidades abultadas y gibosas acababan en una especie de manos deformes cuyos dedos, largos y extremadamente delgados, parecían los tentáculos de un pulpo. Y todos aquellos brazos, todas aquellas manos, querían atraparla.


La niña se detuvo en seco. Agitó su pequeño brazo con la intención de zafarse de la mano del hombre viejo que se la llevaba y logró librarse durante breves segundos. Sorprendida, se giró vertiginosamente y su diminuto cuerpo estuvo a punto de caer al suelo pero logró mantener el equilibrio y comenzó a correr, huyendo de aquel escalofriante hombre vestido de negro, de aquella espesa y estremecedora niebla donde los rostros deformes no dejaban de mirarla, sus brazos horribles trataban de darle alcance y sus voces rotas pronunciaban su nombre.


Corrió despavorida, huyendo del tormento, dejando el horror a su espalda. Oyó a la voz portentosa y arrogante que se coló en su cerebro y la hizo daño cuando el hombre viejo, que era quien hablaba, masculló las palabras:






-“Vuelve. No debes regresar… por favor, ahora me perteneces”






La niña no se dio la vuelta y trató de apagar la voz que se había encendido en su cerebro. Ella estaba decidida a volver y, como si el hombre viejo se diera por vencido, su voz dejó de repicar en las paredes de su cerebro.


Mientras corría, echó la cabeza hacia atrás para descubrir que ya había salido de la niebla. Se detuvo unos momentos. Advirtió que varias siluetas oscuras se agitaban tras la bruma, como si estuvieran atrapadas en su interior, como si no pudieran salir de allí. Poco después, la niebla se evaporó y con ella todo lo que ocultaba…


…salvo la pasmosa figura del anciano, que la observaba a través de unas profundas ojeras. La niña comenzó a caminar hacia atrás, alejándose de él, en el mismo momento en que creyó descubrir en el rostro del viejo, una expresión austera y triste. Después, el hombre se quitó el sombrero y dejó que éste resbalara entre sus manos para caer al suelo. Luego desapareció. O mejor dicho, hubo un momento en el que el misterioso hombre… ya no estaba allí.


La niña se volvió de nuevo y se encaró hacia su libertad. Vio el patio donde había estado jugando pocos minutos antes. Lo cruzó corriendo, pasando junto a su pelota y se dirigió, con lágrimas bajando como cascadas por las frías mejillas, hacia su casa, gritando con fuerza el nombre de su mamá.


A medida que se iba acercando vio un coche de la policía con las luces encendidas y un agente uniformado junto a la puerta del portal. Pasó junto a él sin que el oficial le dedicara una sola mirada. Subió las escaleras y llegó hasta el angosto pasillo que la separaba de la entrada a su casa. La puerta estaba abierta. Se acercó lentamente. Al llegar bajo el umbral, vio a su madre arrodillada en el suelo, llorando desconsoladamente, agarrándose el pecho, desgarrado por el dolor, Gritaba como una posesa, como si su alma se estuviera quemando en las brasas del infierno. Una mujer, vestida de policía, trataba de calmarla pasando su brazo por el hombro y meciéndola.


La niña trató de hablar pero las palabras no salieron de su boca. Tal vez estaba afectada por ver a su madre en ese estado.


Le hubiera gustado correr hacia ella y abrazarla pero sus piernas no se movieron, parecía estar inmóvil, como una chincheta clavada en el suelo. Pretendió hacer ruido con la mano, pero sus brazos permanecieron quietos, agarrotados. Se limitó a mirar intensamente a su madre, con la esperanza de que ésta levantara la cabeza y pudiera verla. No lo hizo. Lloraba inclinada sobre su pecho, dando golpes al suelo, puñetazos tremendos cargados de furia, rabia y desesperación. Era imposible tratar de llamar su atención y los policías miraban a su madre con rostros serios y consternados.






-Encontraremos al hijo de puta que le ha hecho eso a su hija, no se preocupe.






Aquellas palabras de la mujer policía le resultaron tremendamente dolorosas y sintió que se ahogaba. Entonces, la niña sintió un dolor agudo e intenso en su pecho y apoyó sus rodillas en el suelo. Abrió la boca para gritar de dolor pero nada salió a través de ella. Comenzó a tener frío y vio estupefacta que su vestido estaba completamente mojado. Le dolían las piernas, sentía una sensación asquerosa, sucia y dolorosa bajo el vientre y la sangre resbalaba por entre sus piernas. Le dolían los pequeños pechos, como si un animal depravado la hubiera mordido, y notó pinchazos en los brazos, en las piernas, en la boca. Le faltaba el aire. Se llevó las manos a la garganta. Algo la presionaba, algo le cortaba el aire.


La niña rodó por el suelo mientras su vida se consumía y nadie en aquella habitación hacia nada. Ni su madre ni la policía. Era como si no la vieran.


Era como si ella no estuviera allí.


Y en realidad… no lo estaba.


Apenas una hora antes la policía había sacado su cuerpo del río, donde un despreciable la había tirado después de abusar de ella y asesinarla con una toalla que colocó alrededor del cuello.


Hoy, diez años después de aquél suceso, algunos dicen haber visto a una niña jugando con una pelota en el patio y cuando alguien se acerca a ella simplemente desaparece manteniendo una sonrisa jovial en su rostro.


Otros comentan entre murmullos, que en ese mismo lugar, algunas noches ven surgir de la nada una extraña niebla de la que emerge un hombre horrendo que recorre el patio buscando algo desesperadamente y todos destacan el molesto gesto de desprecio y soberbia que acompaña su enjuto rostro.


Pero todo son historias y rumores, nada hay comprobado de todo esto. Sin embargo, muchos son los que insisten que el alma de una niña, triste y solitaria, vaga por los alrededores esperando encontrar el camino por el que avanzar y ansía encontrar aquello que rechazó.


Tal vez algún día comprenda y asuma que Dios solo da una oportunidad para llevarte con Él. Ella lo rechazó y ahora deberá vivir arrastrando las consecuencias de su decisión durante toda la eternidad.



PINCELADAS DE HORROR

Con lo que me costó que dejará de gritar y lo divertido que fue enterrarlo, cuando lo vi surgir de entre la tierra... Tuve que emplearme a fondo y empezar de nuevo.




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Siempre supe que estabas en la oscuridad, acechando, buscando mis momentos de debilidad.

Eres más, mucho más que imaginación y siento pavor ante tu presencia.
Tú sonríes, te divierte saber que te tengo miedo.


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Desde el otro lado te asomas para echar un vistazo
observas a los vivos y la envidia arruga la voluntad de tu alma
Yaces en la muerte oscura, caminando, esperando el momento adecuado
para avalanzarte sobre nosotros, atrapar a uno de los vivos y ocupar su cuerpo
Tienes paciencia, esperas sin prisa... el miedo es tu puerta de acceso
la noche trae los demonios que te acompañan, la lucha es desigual
lograrás tu objetivo, conseguirás tu sueño...
 

MI VECINO ES UN VAMPIRO

Se lo advertí a mi mamá y como respuesta recibí una bofetada de las que suenan con estrépito y te mantienen el moflete rojo y calentito durante un buen rato. Me fui a la habitación aguantando las lágrimas y cerré la puerta tras de mí.


La entiendo. Desde que perdió a mi padre anda buscando su media naranja y sale a menudo con sus amigas, en busca de un hombre que le ofrezca la seguridad que ya no tiene.


Hace dos meses se mudó a la casa de al lado un vecino nuevo. Es un tipo alto, delgado, tiene el pelo negro y las cejas pobladas. Debe de tener mucho dinero por el lujoso coche que hay aparcado junto a su casa. Es un hombre maduro, que parece culto y educado, guapo y atractivo y mi madre se ha fijado en él como lo haría cualquier otra mujer. Siempre viste trajes oscuros y lleva en su mano derecha, adornando uno de sus largos y delgados dedos, un ostentoso anillo al que he visto brillar durante algunas noches.


Desde que tenemos a este hombre como vecino, mi madre viste mejor. Trata de estar lo más guapa posible, se peina y se pinta mucho y constantemente está mirando por la ventana para ver cuando el desconocido sale y entonces ella abre la puerta de la casa y con una excusa barata, trata de “tropezarse” con él en las proximidades de nuestro jardín. Incluso ha dejado de tomar café con sus amigas. O bien se ha obsesionado, fascinado, con la impresionante figura del vecino o se ha enamorado de él como lo haría una quinceañera. De cualquier modo, ella no ve lo mismo que yo e indudablemente sabe menos que yo.


Si me escuchara, si me dejara advertirle, le podría decir que ese vecino que le ha engatusado sólo sale por las noches y que durante el día las persianas de sus ventanas están completamente bajadas, evitando que los rayos del sol violen el descanso oscuro de su hogar.


Creo que mi mamá se llevaría una fuerte desilusión si supiera que, poco antes del amanecer, cada día, una joven de dudosa reputación golpea con sus nudillos la puerta de la casa de ese vecino. Pocos segundos después la puerta se abre y aparece la esbelta y delgada figura del hombre, que se echa a un lado para que la chica pase. Tal vez te preguntas cómo puedo saber esto. Bien, la ventana de mi habitación da precisamente hacia la casa de mi vecino así que… también puedo afirmar (y he perdido muchas horas de sueño para comprobarlo) jamás he visto salir a ninguna de esas mujeres.


Creo que el vampiro ha sometido a una extraña influencia a mi madre y la ha enamorado con sus poderes malignos. En más de una ocasión lo he visto, de madrugada, frente al ventanal de la planta baja. Era inquietante observar su imponente figura tras el amplio cristal, mirando directamente hacia mi casa. En varias ocasiones he creído que estaba mirando hacia mi habitación, como si supiera que lo estaba observando y he advertido el brillo de sus ojos malignos destacando en la oscuridad, incluso la mueca de una siniestra sonrisa, que dejaba entrever la blancura de sus largos y afilados colmillos.


Cuando descubrí que era un vampiro entré como un niño asustado a la habitación de mi madre y se lo dije. Me pegó para que no dijera tonterías y me mandó a mi cuarto. Ahora, quizá para demostrarme la estupidez de mi acusación, lo ha invitado a cenar y me ha pedido que me comporte en la mesa como un niño grande y educado. ¿Y cómo debe comportarse uno cuando el invitado de su mamá es un vampiro?


A estas alturas debo reconocer que la presencia de mi vecino no me había llamado la atención ni lo más mínimo y el comportamiento de mi mamá me parecía más el de una mujer desesperada y necesitada de cariño que de una obsesión peligrosa. Sin embargo, una película de terror que dieron por la tele hace algunas semanas, “Noche de Miedo,” donde una mama invitaba a cenar a un vecino vampiro, me hicieron prestar más atención a los detalles y ahora me veo como el protagonista de la película. Mamá invitará sí o sí al vampiro a mi casa y una vez dentro… ¡¡podrá entrar cuantas veces quiera!!


Creo que la opción más correcta es fingir que no sé nada. Cenar con ellos, participar en la conversación y dejar que pasen las horas, si el nuevo vecino no sabe que conozco su secreto entonces nos dejará tranquilos. No sé si él, con sus poderes vampíricos, podrá leer mis pensamientos porque si lo hace descubrirá que yo conozco su verdad y entonces nos matará. Y yo no quiero morir. Y no quiero que mate a mi mamá.


Ese era el plan. Y era bueno. Cenar fingiendo no saber. Comportarme como lo haría ante una persona normal y corriente. Pero mi madre echó por el retrete esta idea con su primer comentario. Me quedé helado y las piernas me temblaban, sentí tanto miedo, que no me avergüenza reconocer que me oriné encima.


Cuando el vecino llamó a la puerta mi madre le abrió mostrando una sonrisa casi tan amplia como su escote. Se dieron dos besos en las mejillas y él aguardó pacientemente bajo el umbral hasta que le dijo:


-Entra, eres nuestro invitado..


Metedura de pata de libro. Todo el mundo sabe que los vampiros no pueden entrar en una casa hasta que no son invitados por su dueño y mi madre lo había hecho. Sin embargo, a esto no me refería sino a las palabras que pronunció poco después y que sonaron como puñetazos en mi estómago.


Levantó la voz y me llamó. Me acerqué con cierto recelo, fingiendo como lo podría hacer un niño que teme la llegada del demonio. Me sudaban las manos y las escondí en los bolsillos del pantalón, donde había ocultado un crucifijo y una cabeza de ajo. Armas poderosas contra los vampiros, como todos sabemos.


-David, ven a saludar al nuevo vecino.-Mi mamá se volvió hacia el invitado.-¿Sabes? Es un chico muy bueno pero con mucha imaginación, no ha parado de repetir que eres un vampiro. ¿Te lo puedes creer? Estos chicos de hoy en día…


El mundo se me cayó encima y el vampiro clavó su tosca mirada de diminutos ojos, en lo más profundo de mi alma. Sentí que me estrujaba con su poder maligno y por unos momentos noté una presión en mi garganta. Creo que estuvo a punto de matarme en ese mismo momento pero mi madre me salvo la vida con la misma sutileza con la que nos había condenado:


-¿Pasamos al salón y cenamos?






El vampiro sonrió al mirar a mi mamá, que se convirtió en un pimiento morrón de lo roja que se puso y agarró del brazo al vecino maligno del que estaba prendada de amor. Yo los seguí aunque hubiera querido salir huyendo por la puerta y buscar ayuda, pero no podía dejar sola a mi mamá. Agarré con fuerza el crucifijo que tenía escondido y me lo colgué del cuello. Con la cabeza de ajo hice algo más asqueroso. La mordí y la chupé, aguantando estoicamente el desagradable sabor que explotó en mi interior como un bálsamo demoníaco. Estuve a punto de vomitar pero luché contra las arcadas. Si el vampiro se acercaba a mí iba a recibir una desagradable sorpresa. Armado de valor, convencido de que estaba protegido, entré en el salón con una sonrisa de satisfacción.




Y aquí estoy, en la mesa, a puntito de cenar, junto a un vampiro. Esto, como se suele decir, no ocurre todos los días y un niño dudo que sea suficiente para combatir y vencer a una criatura de la noche.


Mi mamá le está sirviendo una copa de vino y por unos momentos me estremezco al pensar que el rojo líquido que golpea la copa cuando el hombre la sube hacia sus labios es sangre humana. Rápidamente expulso esa idea de mi cabeza porque mi madre nunca le daría eso a nadie.


El vampiro sorbe de la copa y su mirada ladina se posa en mi tembloroso rostro. ¡Esta bebiendo! Debe de ser un viejo truco, una de sus artes vampiricas. Todos sabemos que los vampiros no pueden probar otro alimento que no sea la sangre. En un instante, la copa está vacía y mi madre se la llena de nuevo mientras le agarra del brazo y le lanza una mirada provocativa y sensual. Los ojos del vecino bajan irremediablemente hacia el generoso escote y después me mira de nuevo. Doy un paso hacia atrás al sentir la maldad que desprenden sus ojos y la maquiavélica mueca que a modo de sonrisa han mostrado sus labios.


En ese mismo momento entiendo que me he convertido en su objetivo. No sé qué puede querer de mi mamá (aunque me lo puedo imaginar, la usará de recipiente, como a las otras mujeres) pero estoy convencido de lo que quiere de mi: Que no cuente a nadie lo que sé; que no desvele su secreto. En realidad no sé lo que suelen hacer los vampiros en estos casos pero imagino que la mente de mi vecino baraja dos alternativas:


Primera: Puede usar sus dones vampíricos y anular mi voluntad, sometiéndome a un olvido que me puede convertir en un vegetal.


Segunda: Destrozarme la garganta de un mordaz mordisco y extraerme cada gota de mi sangre.


Me estremezco al pensar en cualquiera de estas dos posibilidades.


-Así que… piensas que soy un vampiro, ¿Verdad?.-suena la potente y varonil voz de mi vecino mientras pone los codos sobre la mesa. Tiene las manos finas, blancas, los dedos muy delgados, de uñas algo largas pero muy bien cuidadas. Mi mamá lo mira fascinada. Ya no tengo duda alguna de que está enamorada. De cualquier modo, esta noche es muy vulnerable y yo, que conozco la realidad, puedo protegerla. ¿A quién quiero engañar? No sé cómo se lucha contra un vampiro. El crucifijo que pende de mi cuello no parece surtir efecto alguno, es más, el vecino lo mira constantemente y muestra una abierta mueca con su boca que parece más una burla cruel que una sonrisa. El aliento a ajo que emana de mi boca tampoco parece provocar respuesta alguna en nuestro invitado…


-Dime.-vuelve a hablar el invitado.-¿Por qué piensas que soy un vampiro? ¿No eres ya demasiado mayor para creer en esas cosas?


Mi mamá se ríe. Le hace gracia todo lo que este hombre dice. Es evidente que aún soy un niño y que tengo edad más que suficiente para creer en cuentos de hadas, monstruos en el armario y lo que me venga en gana. Por eso no le contestó, simplemente aprieto las manos y los dientes y lo miro con intensidad y rabia, pero él me devuelve la mirada, una mirada intensa, desafiante y me veo obligado a agachar la cabeza. Mi mamá vuelve a reír y llena de nuevo la copa del invitado, que se ha quedado vacía. Después se levanta y se dirige a la cocina. En ese momento me lleno de terror porque la mirada de mi vecino ha cambiado radicalmente. Sus ojos se han vuelto duros y perversos, manteniendo un brillo intenso que me produce escalofríos. Vuelvo a orinarme encima y trago saliva. Cojo el crucifijo que descansa sobre mi pecho y lo levanto con la confianza necesaria como para que dé resultado.


No funciona. El vampiro estalla en una sonora carcajada.




-¡Qué divertido!.-exclama uniendo sus manos y abriendo su boca lo suficiente como para que perciba sus largos y afilados colmillos. Cuando mi mamá regresa el vecino cierra la boca pero mantiene una agradable sonrisa impresa en sus labios.


Sobre la mesa hay un puchero con sopa de pescado humeante, donde en un caldo de color anaranjado hay hundidas almejas, gambas, huevo y muchos otros ingredientes que le dan un sabor especial a la sopa de mi mamá. Sé que después hay pollo asado con una generosa ración de patatas fritas. Casi puedo decir que es mi cena favorita. Me ha sacado un zumo de naranja y detesto el zumo de naranja.


El invitado de mi mamá no me quita ojo mientras se mete la cuchara en la boca. Me fijo en si está realizando un truco o realmente está comiendo y me doy cuenta de que está haciendo esto último. Quizá los vampiros de verdad no son como los de las películas. Aún así, a mí no me engaña.. Nos quiere chupar la sangre, sin duda.


-No tengo hambre, mamá. ¿Puedo irme a mi habitación?


Pensé que mi madre iba a ponerse histérica y a empezar a gritar no se qué de la falta de respeto, la salud, la educación y el invitado pero lejos de hacer algo de esto, me mira y sonríe, otorgándome el permiso para abandonar la mesa. Supongo que en su cabeza ha llegado la idea de que es una excelente oportunidad para quedarse a solas con el vecino y llevarlo al sofá poco después, y hasta es posible que a su habitación, donde cerrará la puerta para que no escuche nada.


Me retiro, bajo la atenta mirada del vampiro. Subo las escaleras y cierro la puerta de la habitación de un portazo. Me quito los pantalones y los calzoncillos húmedos y me pongo el pijama. ¿Qué hago ahora?


Me gustaría dormir para que la noche pasara cuanto antes pero no puedo dejar a mi mamá ahí abajo, sola, aunque la escucho reír. Aún así, estoy convencido de que su risa se congelará tarde o temprano, cuando él le muestre sus colmillos y entonces… ya será tarde. Después vendrá a por mí. No sé si entrará por la puerta o lo hará por la ventana, como en la película, pero sé que esta noche lo hará de un modo u otro. Me siento mal porque estoy aquí encerrado, en mi habitación, mientras mi mamá corre peligro, junto al vampiro.


No deja de reírse. Es demasiado escandalosa aunque, si lo miro bajo otro prisma, podría afirmar que nunca antes la había visto tan feliz, ni siquiera con mi padre. Y ella se merece ser feliz. Yo quiero que lo sea. Me da rabia que no lo haya conseguido con un hombre normal, uno de esos que la cortejan y ella rechaza, y que se haya fijado en una criatura de la noche, en un monstruo ávido de sangre. Mi madre sigue riendo en el salón, sus carcajadas llegan hasta mí, se la nota feliz y eso me gusta.


Abro la puerta para escucharla de nuevo. Su felicidad me llega y me emociona. ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado?


De repente la risa de mi mamá deja de escucharse. Suena un extraño gemido, una especie de grito ahogado y entiendo que el vampiro ya la ha atacado.


Necesito echar un vistazo. Por eso salgo de la habitación, acompañado de un miedo atroz. Mis piernas tiemblan como flanes. Mi corazón late con fuerza y quiere escapar del pecho. Un sudor frío me resbala por la espalda y mi respiración es muy ruidosa.


Con una lentitud pasmosa, sabiendo que mis dudas pueden ser la causa que ayude a que estos sean los últimos instantes de mi madre, bajo las escaleras que conducen a la planta baja. Mis pies descalzos no hacen ruido alguno y eso juega a mi favor.


La puerta del comedor está entornada. Llego hasta ella y la empujo.


El espectáculo es horrible. Desgraciadamente me imaginaba algo parecido. En mi mente tenía la imagen del vampiro, con el rostro deformado y convertido en una alimaña de la noche, con sus largos comillos clavados en el cuello de mi madre y chupándole hasta la última gota de sangre. Mi madre, con los brazos caídos, blandos e inertes, los ojos cerrados, muerta.


Estas eran las imágenes que el miedo y el pavor arrojaban sobre mi mente desde el primer momento que supe de la noticia de esta velada. Eso era, exactamente eso, lo que esperaba encontrarme al abrir la puerta.


Y así ha sido…


… o casi.


Porque no es mi madre la que tiene los ojos cerrados sino su invitado. Porque no es mi mamá la que tiene los brazos blandos e inertes, sino el vecino. Porque no es él quien tiene el rostro deformado, convertido en una alimaña de la noche, sino mi mamá. Porque no es el misterioso vecino el que le está chupando la sangre a través de sus largos y afilados colmillos sino mi propia madre.


No entiendo nada y noto que mis muslos se vuelven calientes. He vuelto a mearme encima y es en ese momento cuando el cuerpo del hombre cae al suelo, como un burdo saco de patatas. El rostro ensangrentado y monstruoso de mi mamá se gira en mi dirección:


-Hola David, acércate cariño, es una pena que hayas descubierto el mayor de mis secretos. Eres igualito que tu padre. Lo siento pero debo hacer contigo lo mismo que hice con él.


Y ríe. Sus carcajadas manchadas de sangre penetran en mis oídos y me causan un miedo espantoso. Mi mamá se acerca y yo retrocedo, hasta que mi espalda choca contra la pared.


No puedo moverme. No puedo gritar.


Mi madre se acerca aún más. Me abraza y me besa. Lo que pienso que ha sido un beso, es en realidad un mordisco atroz que destroza mi garganta por completo. Muero, pero ella no permite que mi sangre caiga al suelo.


Se la bebe toda, hasta la última gota.





DESDE MI HABITACION

-Sería conveniente cortarle la cabeza al Hombre Lobo y llenar la boca de ajo al Vampiro después de meterle una bala de plata al primero y una estaca en el corazón al segundo.

Bien, la teoría ya la tenía. De hecho, las dos últimas semanas me había leído un montón de libros sobre este tipo de monstruos y tragado decenas de películas de terror. De todas ellas he aprendido mucho y creo que estoy preparado para combatir el mal que nos acecha, probablemente desde los albores de los tiempos.


Supe de la existencia de estas criaturas hará aproximadamente un mes y debo admitir que me costó aceptarlo aunque siempre he sido un chico abierto de mente y si bien todo esto podría parecer una locura, en ningún momento he dudado de lo que vi. El por qué sigo vivo es algo que no puedo explicar, quizá haya sido el Destino, Dios o la Providencia, pero más bien creo que han sido ellos, los monstruos, quienes me dejaron escapar con intenciones que comienzo a vislumbrar.

Mi primera intención fue huir. Que no soy un chico valiente es algo que todos saben en el instituto y nadie se habría extrañado pero, lo que me sorprendió y mucho, fue que decidiera plantarle cara al Mal, con los arrestos suficientes como para enfrentarme a esos seres yo solo. Bueno, debo admitir que intenté buscar ayuda. Primero hablé con mis padres y cuando de mi boca comenzaron a salir frases como “yo no he sido fueron los vampiros”, “uno de ellos era un hombres lobo” y añadía que esos bichos estaban matando a la gente del pueblo, lo primero que hicieron fue registrar mi habitación en busca de drogas. Y encontraron tabaco y algún que otro porro, por lo que me gané una buena paliza y un, según ellos, merecido castigo. Después lo intenté con algunos de mis mejores amigos, pero ellos tenían cosas mejores que hacer y se rieron de mí aunque no me importó, porque si hubiera sido yo también me habría burlado de ellos. En los momentos difíciles uno comprueba la calidad de sus amigos y yo pronto comprendí que no tenía ninguno.


Por eso estoy solo en esta lucha y si salgo airoso de ella tanto mis padres como aquellos que eran mis amigos tendrán que agradecerme que les haya salvado la vida. Por lo que sé, y creo que de esto sé más bien poco, en los bosques colindantes a mi población, habitan dos seres que quizá se hayan escapado del averno. Por un lado, un lobo salvaje a quien he visto atacar a un joven y despedazarlo con sus fauces para después adquirir la apariencia de un hombre desnudo, muy fuerte, muy alto, muy moreno y musculoso. Por otro lado, un ser abyecto, de piel arrugada del color de la cebolla y que tiene el valor de ir con una capa negra con el fondo del interior de un llamativo rojo escarlata, como si estuviera emulando a Christopher Lee en alguna de sus muchas y geniales películas, encarnando la figura de Drácula.


El por qué están aquí o el cómo han llegado es algo que ni conozco ni me interesa descubrir, por la sencilla razón de que lo único factible en este momento es destruir a esas criaturas e impedir que sigan sembrando la muerte y el horror. La posibilidad de que haya más criaturas de este tipo es algo que contemplo sin demasiada euforia y la acepto sin remisión pero debe quedar claro, para quien este leyendo esto, que mi objetivo principal es acabar con los únicos seres, perversos y demoníacos, con los que me he topado.


Voy a contarte cómo supe de su existencia, a fin de cuentas y aunque nadie me hace caso, escribirlo me ayudará a armarme de valor.


Regresaba de una desafortunada tarde de calor, tras un arduo entrenamiento en el gimnasio del instituto. Soy el portero gordito de un mediocre equipo de fútbol y quiero añadir, por si a alguien le interesa, que no me gustan los deportes pero a mi padre sí y es quien manda en casa. Para llegar a mi domicilio hay dos caminos, uno que es el más largo y que consiste en recorrer todo el pueblo y otro, una especie de atajo, que fue el que tomé. Tuve que internarme en el bosque pero eso es algo que he hecho millones de veces y nunca ocurrió nada extraordinario excepto en esta ocasión.


Me alegro mucho de mi decisión porque si no me hubiera topado con los monstruos en el bosque, viviría como el resto de los mortales, ajenos al peligro que acecha en la oscuridad, donde perturbadores seres del infierno campean a sus anchas, arrebatando las almas de los inocentes y alimentándose de sus cuerpos. Lo que vi… no tiene nombre o al menos yo no sé ponérselo.


Primero oí un ruido. El típico chasquido que produce una rama cuando alguien la pisa. Si me asusté o no es algo que no voy a decir en estos momentos pero empecé a correr llamando a mi madre y mis ojos se volvieron acuosos. Corrí y corrí. La tarde era ya prácticamente noche y por encima de las copas de los árboles advertí la presencia de la luna llena, tan grande y redonda como jamás había visto. Entonces escuché el grito y me detuve al instante. Presté mayor atención y solamente oía mi agitada respiración hasta que, de nuevo, alguien emitió un alarido que me desgarró el alma.


Que se trataba de una chica era algo evidente así que, más por curiosidad que valentía, intenté localizar el origen del grito pero sin resultado alguno. Un tercer alarido, procedente de una angustiosa garganta, rota y asustada, me ayudó. Caminé en esa dirección y entonces los vi.


Una chica, a quien yo conocía porque el pueblo es muy pequeño y todos sabemos quiénes somos, estaba siendo alzada en el aire por un hombre delgado como el palo de una escoba. Daba repelus mirarlo y centré mi atención en las piernas de la muchacha, que se agitaban de un lado a otro. Junto a estas dos figuras había algo más. Un animal grande y salvaje, de intenso pelaje negro, que estaba haciendo algo en el suelo y emitía gruñidos espeluznantes. Miré con mayor atención y todavía hoy es el día en que me arrepiento. El animal estaba devorando a una persona. Se la estaba comiendo mientras el desdichado se agitaba con un aliento de vida y hasta mis oídos llegó el sonido de la carne desgarrada. Fue horrible pero no vomité, detalle que todavía me enorgullece.


Centré mi atención en la chica, que ya había dejado de gritar y de moverse. Por la postura en la que la figura delgada y pálida la sujetaba y por la dirección en la que caía su cabeza, supe que tenía el cuello roto. Aún así, aquella criatura no la soltaba y la mantenía en lo alto, sujetándola con una sola mano.


Era un “hombre” extraño (uso las comillas por razones obvias) y sus ojos oscuros parecían tener un brillo maquiavélico. Estoy convencido de que si me hubiera acercado más habría visto algo parecido a llamas en el centro de los mismos. Era siniestro y amenazador, con unas manos cadavéricas de dedos largos y delgados, adornados con unas uñas excesivamente afiladas. Y esa criatura abrió la boca y se asomaron dos largos colmillos, que más parecían la hoja de dos cuchillos y se clavaron en el cuello de la chica. Pude oír el asqueroso chupeteo cuando le extrajo la sangre. Aquí fue donde estuve a punto de vomitar y soporté, quizá estoicamente, unas arcadas pero no pude evitar que mi tos saliera como un diablo a través de la boca. Y entonces el Vampiro soltó a la muchacha y su cabeza se giró en mi dirección. Tenía toda la boca manchada de sangre, una sangre que resbalaba por su barbilla. El lobo, o lo que fuera aquello, dejó de comer y aulló bajo la luna, girando su cuerpo en mi dirección. Correr es poco para describir lo que hice a continuación. Solté la mochila con la ropa sudada y mientras huía me preguntaba por qué no había dedicado mi vida al atletismo en vez de perderla intentando parar balones de chicos con mala leche que solamente querían estrellar la pelota en mi cara.


Mientras corría me lamentaba por los kilos de más y maldije las tabletas de chocolate que solía comerme durante la noche a escondidas. Sudaba como un condenado a muerte (que creo que precisamente en eso me había convertido) y a los pocos metros ya me dolía el estómago y mis piernas se rindieron. Caí como un saco de patatas al suelo y cuando me di la vuelta ante mi se encontraban las dos siniestras criaturas.


Los ojos aterradores y amarillentos del animal eran quizá más terroríficos que sus fauces aún manchadas de sangre y carne humana.


La esbelta figura del Vampiro, con aquel rostro lívido de mirada macilenta, me sobrecogió.


Entonces, el extraño animal, que era el bicho más grande que jamás hubiera visto, acercó su hocico y me olisqueó. Miró al Vampiro (probablemente su dueño) y después aulló a la luna. Comenzó a agitarse furioso y por unos instantes pensé que se abalanzaría sobre mí para despedazarme. Por esa razón me tapé la cabeza con las manos, para no ver cómo saltaba y me clavaba aquellos dientes afilados. Lejos de eso, pude ver entre las fronteras que marcaban mis dedos, cómo el animal rodaba por el suelo y se agitaba de dolor bajo la insignificante mirada del Vampiro. El animal comenzó a transformarse, a sufrir un cambio imposible en su cuerpo, adquiriendo una apariencia humana. Y en eso se convirtió, en un hombre desnudo repleto de vello que ahora se encontraba arrodillado en el suelo y jadeaba de cansancio y dolor.


El vampiro colocó su huesuda mano sobre la cabeza de su siervo y ambos me miraron durante unos instantes. Después desaparecieron o simplemente dejaron de estar allí.


Durante estas semanas he intentado descubrir por qué me dejaron marchar, cuál fue la razón por la que yo sigo estando vivo y me temo que la causa es para que yo sufriera el tormento de la responsabilidad de las muertes que ellos perpetraron porque muchos me han acusado a mí, a un pobre muchacho, de los crímenes cometidos en la región los últimos meses. Dicen que tienen pruebas pero todo son mentiras. Aseguran que mi mente está perturbada pero no comprenden mi personalidad.


Lo que nadie puede saber es que demostraré al mundo que soy inocente y para ello voy a armarme de valor y buscaré a esas criaturas para acabar con ellas y fotografiarme con sus cabezas cortadas como si de trofeos de caza se trataran.


Quiero dejar todo esto escrito por si algo sale mal y soy vencido por esos demonios. Creo que estoy preparado para combatirlos pero uno no sabe cuándo las cosas se pueden torcer. Me alegro que seas tú (si es que hay alguien ahí) quien descubra la sinceridad de mis palabras y…


Vaya, debo dejar de escribir porque oigo pasos. Los enfermeros vienen a traerme comida. Antes de que abran mi celda tendré que esconder estas hojas porque no está permitido tener objetos en la habitación. Los doctores tienen miedo de que sea agresivo o cometa una estupidez así que guardaré las hojas debajo de la cama.


Esta es la parte que menos me gusta de todo esto, cuando los enfermeros sin escrúpulos entran con sus miradas vacías y opacas y me ponen la camisa de fuerza para después darme de comer. Me tratan como a un enfermo y yo no soy ningún enfermo. ¡Si ellos supieran los monstruos que hay ahí fuera! ¡Si ellos comprendieran que yo soy la única persona que puede destruir a esos monstruos y salvarles el pellejo!

Cuidado, ya vienen. Oigo las llaves en la cerradura y se disponen a entrar.


Guarda silencio. Si te preguntan… tú no sabes nada.


Hazte el loco como yo, es muy divertido…