ORGULLOSA DE MI FAMILIA


Nunca nos hizo gracia irrumpir en una casa que no nos pertenecía, perturbando la paz de sus inquilinos, asustándolos incluso. Y comprendemos que los dueños de esta vivienda hayan hecho lo imposible para echarnos de aquí. Creedme, si hubiéramos tenido otra alternativa no habríamos entrado aquí pero no había ninguna opción, no se nos presentaron otras oportunidades y todo se reduce a una simple cuestión de supervivencia.

Lo han intentado de todas las maneras posibles y no han logrado librarse de ninguno de los miembros de mi familia. Duele que  nos hayan tratado como a seres miserables y repugnantes, como si no tuviéramos también el derecho a exigir una casa digna, a dormitar bajo techo  y la vida, la puta vida, no nos ha dejado otra alternativa que la de invadir el espacio de esas personas que ahora nos gritan, patalean y tratan de agredirnos cuando detectan nuestra presencia.

No estaríamos aquí dentro si  la casa hubiera estado ocupada. Estaba libre. Un hogar desperdiciado. Si entramos aquí es porque no vivía nadie, absolutamente nadie y sí, nos adueñamos del lugar. Naturalmente que está mal pero yo también me veo en la obligación de buscar la manera de dar cobijo a mi familia. No puedo permitir que deambulen de un lado a otro en la calle, pasando frío, ocultándose de la lluvia y evitando el agrio temporal. Aquí, al menos, vivimos bajo un techo seguro.

No tenemos luz y eso no nos importa. Hace frío, pero es más soportable que el del exterior. Nos agrupamos y dormimos cerca, rodándonos, dándonos calor. Y sin embargo, no gozamos de la tranquilidad necesaria porque cuando al cabo de varias semanas considerábamos que este era nuestro hogar, nuestro nuevo y definitivo hogar, sus dueños llegaron para echar un vistazo y nos vieron aquí dentro. Sus rostros se llenaron de espanto y horror al detectar nuestra presencia y gritaron aterrorizados al descubrir que habíamos violado su intimidad. Se fueron cerrando la puerta violentamente, asustados. Nada nos dijeron. Simplemente temblaron sorprendidos. Les dimos miedo. Y pensé que no volverían más, que se habían dado por vencidos. Pero me equivoqué. Era demasiado bonito pensar que de algún modo habían renunciado a su hogar, un hogar que desde el primer momento en el que entramos supimos que no nos pertenecía.

Y esta vez no vinieron solos. Los dueños de la casa estaban acompañados de un hombre extraño, un hombre que nos dio un miedo atroz y que  sólo asomó su rostro por la ventana para  observarnos con detenimiento, como si estuviera en un zoo y nosotros fuéramos  leones encerrados en pequeñas y sucias  jaulas. Lo miramos y nuestros ojos se cruzaron. Sentí pavor, un miedo visceral como jamás había sentido y en aquél momento me preocupé por la suerte de mi familia. Me acobardé y huí de la vista de aquél misterioso hombre. Se marchó también. Escuché cómo se alejaba de la casa junto a los dueños y me apresuré por llegar a la ventana, la misma por la que segundos antes el hombre nos había estado observando; los vi marcharse. Se me heló la sangre al descubrir que mientras los dueños de la casa se metían en un coche, el hombre lo hacía en una furgoneta blanca con un logotipo en el lateral que primero me hizo estremecer y luego temer por la vida de mi familia.

Lo más aterrador fue advertir que los propietarios de la vivienda que habíamos ocupado le entregaban las llaves de la casa a ese aterrador hombre, que ocultaba su cabeza bajo una gorra azul que llevaba el mismo dibujo horrible que viera en el cuerpo de la furgoneta.
Después de cerciorarme de que se habían marchado supuse que era una mera cuestión de tiempo que nos sacaran de la casa. Y lo harían por la fuerza. Reuní a mi familia en el salón. Éramos tantas que casi ya ni cabíamos pero las obligué a agruparse y sobre todo a prestar atención, incluso a las más jóvenes.  Nuestra tranquilidad, nuestra seguridad, se había estrellado estrepitosamente, como si un verdugo le hubiese cortado la cabeza de un cruel hachazo.

Se asustaron tras escuchar mis palabras. No pude evitar el temblor en mi voz y no supe trasmitirles otra cosa que no fuera el temor. Se alarmaron y propusieron abandonar, huir de inmediato y casi apoyo aquella postura pero… ¿A dónde íbamos a ir? No teníamos muchas opciones y entonces se me pasó por la cabeza la loca idea de luchar, impedir que nos sacaran de aquí, plantar cara. Hubo dudas, pero en general estuvieron de acuerdo y en aquél mismo momento creí que era un error pero por alguna razón no dije nada y dejé que se organizaran para lo que podría significar la batalla más importante de nuestra mísera existencia.
Tal y como dije, fue cuestión de tiempo. 

Tres días después el hombre de la gorra aparcó su furgoneta frente a la casa. Los centinelas, apilados en las diferentes ventanas nos advirtieron de su llegada. Me asomé para comprobar que efectivamente era así. El hombre tenía medio cuerpo dentro de la furgoneta. Había  abierto la puerta lateral y cogía cosas de su interior. Se estaba preparando para entrar y su intención (yo lo supe desde el primer momento) no era echarnos  por las buenas sino aniquilarnos a todas.

Cuando el hombre sacó su cuerpo del vehículo, llevaba puesta aquella despreciable gorra y vestía un mono de color azul con el mismo logotipo que me horrorizara la primera vez que lo viera,  grabado a la altura de su corazón y también, por lo que pude advertir, a ambos lados de los hombros. Escuché exclamaciones y murmullos de algunos miembros de mi familia y no dije nada. No había tiempo para tratar de tranquilizarlas. Esto podía significar el fin de nuestra existencia.

El hombre llevaba el rostro cubierto por una mascarilla de color blanco y sus ojos, de mirada tensa y diabólica, estaban protegidos por gruesas gafas que le otorgaban un aspecto ridículo. Pero no sentíamos ganas de burlarnos. Sacó una especie de botella con una manguera del interior de la furgoneta, algo parecido a un extintor, y cerró la puerta de la furgoneta. No pude evitar que  vieran el círculo rojo impreso en el lateral, en cuyo centro había el dibujo de una gigantesca cucaracha atravesada por una gruesa línea también de color rojo, el mismo logotipo que el hombre lucia en su gorra y buzo de trabajo.

Gran parte de los miembros de mi familia murmuraron, otras se alarmaron y varias de ellas huyeron. Sin embargo, me enorgullecí de todas aquellas que permanecieron imperturbables en sus puestos prestas para el combate. 

El exterminador giró su cuerpo y comenzó a avanzar hacia la puerta de la casa. Nosotras nos agazapamos, siguiendo el plan establecido. Nos subimos por las paredes, aguardamos agarradas en los marcos de la puerta, en el suelo, dispuestas a saltar en cualquier momento sobre el enemigo. Probablemente no teníamos nada que hacer, sobre todo si el exterminador lanzaba el veneno por las ventanas antes de entrar en la casa. De todos modos ha sido una suerte que  este hombre acuda en  solitario para combatirnos, la batalla quizá resulte  más sencilla, lo que no quiere decir que si vencemos, si salimos airosas de todo esto, no tengamos que cambiar de vivienda. Nuestros días aquí, de un modo u otro, se han acabado por completo, eso  lo sabemos todas y cada una de nosotras.

Tal vez el exterminador cometió una estupidez auspiciado por un alarde de confianza que iba a suponer una oportunidad para mí y mi familia. Introdujo la llave en la cerradura. Al parecer tenía intención de entrar tranquilamente por la puerta principal, acceder al inmueble y atacarnos con sus gases y venenos, esparciéndolo sobre las esquinas con la pretensión de matarnos.

Y fue al abrir la puerta cuando realmente me sentí orgullosa de mi familia. Se abalanzaron sobre el despreciable exterminador como auténticas guerreras. Cayeron desde el techo y cubrieron la espalda del desgraciado hombre, que apenas dispuso de tiempo para  reaccionar. Creo que se sorprendió al vernos todas allí, agazapadas junto a la puerta, cubriendo el suelo y las paredes por completo, observándolo con desidia. Éramos muchas más de las que llegó a ver desde la ventana cuando visitó la casa junto a los dueños de la casa. Tal vez esperaba que estuviéramos ocultas en las grietas, escondidas en los armarios, temiendo por nuestra vida. Se acabó retroceder. Era el momento de plantar cara.

El exterminador profirió un grito que sonó tan distorsionado como ridículo  detrás de su asquerosa y repugnante mascarilla. Trató de huir. Giró su cuerpo y sus botas negras aplastaron a algunos miembros de mi familia. Escuché sus chillidos cuando sus cuerpos se rompieron y eso, lejos de despertar nuestro temor, nos enfureció. Además, estábamos hambrientas, muy hambrientas.

Caímos sobre el hombre saltando desde las paredes y aferrándonos a su buzo, tratando de penetrar por alguna abertura. Nos introdujimos  en el interior de sus botas, deslizándonos por sus piernas, llegando a sus pies. Recorrimos su cuerpo buscando aberturas, cubriendo su cuello. Alguna de nosotras pudo acceder al interior y mordió con rabia inusitada la carne  del exterminador. Aulló de dolor cuando su rostro se cubrió de numerosos cuerpos oscuros que se movían vertiginosamente. Contemplé la escena orgullosa, satisfecha y escuché claramente los júbilos de mis compañeras cuando alguna de ellas rasgó la mascarilla que protegía su boca y nariz y logró colarse en su interior. Otras pudieron desplazar las gafas que cubrían sus ojos y los dejaron libres. Llegaron hasta allí, con fiereza. El hombre se agitó con fuerza, aplastó a muchas más de mi especie pero no cesamos en nuestro empeño. Resultaba cómico ver cómo se golpeaba el cuerpo con sus brazos para tratar de aplastarnos. Algunas caímos, muchas muertas, otras desorientadas pero la mayoría se aferró como pudo a la ropa del hombre, mientras otras subían desde el suelo para cubrir por completo el cuerpo del desdichado y otras lograban entrar a través de los guantes y se colaban por el cuello para resbalar por su espalda.

Mordimos con fuerza. Le hicimos sangrar. Y lo más curioso de todo es que nos gustó esa sensación de superioridad. Fue rápido pero gritó todo lo que quiso e incluso un poco más. Desgarramos sus ropas y como un enjambre nos colamos en su interior. El resto fue bastante fácil. Aprovechamos su boca abierta y otros orificios de su cuerpo  para meternos dentro, una tras otra. Bajamos por su garganta, caminamos por su recto, nos hicimos paso entre las orejas;  éramos tantas que todas no pudimos tener el privilegio de alimentarnos de sus entrañas.. Pronto dejó de agitarse.

El cuerpo cayó al suelo agarrotado. Durante un tiempo más sus piernas se movieron como el rabo cortado de las lagartijas. Quedó cubierto en milésimas de segundo por muchas de nosotras y enterramos su cuerpo bajo nuestra masa, que se movía estrepitosa y sin orden, buscando un hueco porque el que acceder.

No tardó mucho en quedar reducido a un amasijo de huesos y nosotras no tardamos demasiado en dejarlos secos, blancos y relucientes. Fue un manjar impresionante, algo que nunca llegamos a imaginar.

Cuando todo acabó tomamos la retirada y nos preparamos para abandonar la vivienda. Algo había cambiado en nuestro interior. Nos sentíamos más vigorosas y fuertes, invulnerables, superpoderosas. Sin embargo, la sensación más especial era que estábamos excitadas y yo, personalmente, orgullosa, muy orgullosa de toda mi especie.

Teníamos la convicción de que habíamos cambiado. Nuestra conducta iba a ser  diferente a partir de ahora. Habíamos luchado con rabia y ferocidad, sabiendo que muchas de nosotras iban a caer pero se acabó eso de rendir pleitesía a los seres humanos. Se acabó huir y rendirse. Desde este momento  haríamos frente al enemigo. Y ya no nos importaba si la siguiente vivienda en ser ocupada tendría inquilinos o no. Es más, queríamos entrar en miles de casas, asomar nuestras cabecitas y abalanzarnos inexorable y violentamente sobre  sus habitantes para devorarlos,  saciar nuestro voraz apetito y cumplir con el nuevo destino que se abría ante nosotros.

Y con ese pensamiento salimos a la calle, con astucia y precaución, perfectamente organizadas.



Nunca nos veréis llegar. Asomará la cabecita de una de nosotras por el fregadero o recorreremos en pequeño número el interior de los armarios, explorando, y puede que acabéis con ellas pero somos más, muchas más, las que permanecemos ocultas en vuestras viviendas.

Entraremos en vuestros hogares y aunque solo advirtáis la presencia de un pequeño puñado de nosotras… el resto estamos ahí, agazapadas, aguardando el momento oportuno en que se designe el ataque definitivo.

Y somos tantas, es tal nuestro número repartido a lo largo y ancho del mundo, que me satisface intuir lo poco que vais a durar bajo nuestros pequeños y repugnantes cuerpecitos…

Vuestros llantos nos darán la fuerza necesaria para engulliros y convertiros en simples restos óseos mientras el planeta, en su agonía, nos agradece nuestro esfuerzo por liberarle de la peor plaga que durante siglos lo ha habitado.


MAMMATUS


MAMMATUS
“Las Tristes e Hirientes  Lágrimas de Dios”

Esta historia está dedicada a Susana Griso y Alfonso Egea,  con la esperanza de que jamás tengan que dar una noticia de este tipo.

Si alguien tiene la suerte de leer estas líneas y ha sobrevivido a la furia que   el cielo desencadenó, nos gustaría que recordara la fecha del 22  de Noviembre de 2014  como el día en que la Humanidad se enfrentó prácticamente a su absoluta exterminación.

Ocurrió temprano, a primeras horas de la mañana,  cuando el cielo adquirió un aspecto especialmente extraño. Había sido una noche calurosa, impropia para la época en la que estábamos. La atmósfera se había secado de forma singular, como si se hubiera cargado de una angustiosa electricidad. Un  molesto olor a humedad se extendió a lo largo y ancho del planeta. En un principio pensamos que el insólito fenómeno se había producido únicamente  en nuestra parte del mundo, el lugar en el que vivíamos, pero a las pocas horas los medios de comunicación informaron de la misma situación en cada rincón de  la Tierra, sin excepciones.

La inesperada situación nos parecía bastante curiosa y al principio resultaba fascinante. El cielo había adoptado una forma inquietante, como si se hubiera cubierto de una masa gelatinosa, un manto compacto de algodón. Varias nubes impresionantes y de un sucio color gris se asomaron bajo esa misteriosa superficie  y lo que nos llamó poderosamente  la atención era la forma de las mismas. Parecían huevos colgados de un techo especialmente espeluznante. Aquél techo era el propio cielo y aquellos huevos una formación de nubes compactas que impresionaban en un primer momento y estremecían a medida que las observabas porque nunca, jamás, habíamos contemplando nada parecido.

El cielo estaba repleto de esas burbujas redondeadas, como gotas de lluvia gigantescas, como apenadas lágrimas de Dios que no llegaban a desprenderse de sus mejillas. Muchos lo hablamos y llegamos a la misma conclusión: El cielo parecía estar forrado de una especie de panel, como  en una colmena,  donde las nubes grises, de cierto tono azulado, formaban numerosos puntos hinchados que cubrían el cielo hasta perderse en la lejanía del horizonte. Mirases donde mirases allí estaban esos huevos suspendidos, esos globos flotantes,  hasta donde abarcaba la vista.



En cierto modo era un espectáculo hermoso y fascinante, una novedad para todos los que estábamos allí e imaginamos que los habitantes del resto del mundo  experimentaban algo semejante.  Supimos más tarde que en el mismo momento en que nosotros estábamos contemplando el fenómeno, varios meteorólogos repartidos en informativos de medio mundo trataban de restar importancia a la situación aduciendo que aunque rara vez las nubes adquirían esas caprichosas formas no resultaba ninguna novedad y mucho menos un problema.

¡Imbéciles! No tenían ni puta idea de lo que estaba ocurriendo y, peor aún, de lo que estaba a punto de suceder, de lo que significaba la presencia de aquellas cosas. Ninguno de ellos se dio cuenta (o al menos ni uno solo de esos idiotas lo mencionó). El cielo estaba plagado de  extrañísimas nubes, de esos huevos que flotaban en el cielo, como si estuvieran a punto de desprenderse en cualquier momento  y estrellarse sobre nuestras cabezas. No había ni una sola zona despejada en todo el mundo, ni un solo tramo de cielo  que no mostrara tan temible aspecto por lo que todas esas tonterías de la temperatura, la humedad y posibles tormentas y tornados no valían más que para limpiarse el culo con ellas. Y decían que era algo normal, ¡¡Por favor!!

Tras la sorpresa del primer momento, poco a poco fue cundiendo el pánico, sobre todo cuando la tonalidad grisácea del cielo y de las asombrosas nubes varió paulatinamente hasta convertirse en una masa amarillenta donde destacaban esas bolas, esferas o como quieras denominarlas. Nosotros siempre nos referimos a ellas como huevos.

La gente optó por encerrarse en sus casas, al menos la mayoría, aunque no podían evitar asomarse por la ventana para seguir contemplando el fenómeno. De algún modo, el espectáculo que presentaba el cielo nos tenía atrapados, como si despertara en todos nosotros una inquietante fascinación aunque supiéramos, cada uno en su propio interior, que no traería nada bueno. 

Si esto nos parecía estremecedor mucho más inquietante era comprobar gracias a la Televisión que el cielo de todo el mundo, de absolutamente todo el mundo, tenía ese mismo aspecto. Las imágenes que se podían ver en los informativos eran espeluznantes y pavorosas. Daban miedo y muchas personas poco a poco fueron bajando  las persianas de sus hogares para no seguir siendo testigos de tamaña visión. 

Quienes tenían sótano en ellos se encerraron, quizá porque en el fondo de sus conciencias algo les decía que la tragedia estaba a punto de desencadenarse. Otros, muchos, quizá miles, se refugiaron en las iglesias como si sus rezos y oraciones pudieran secar lo que muchos consideraron las tristes lágrimas de Dios, que no tardarían en convertirse en hirientes y exterminadoras. Para nosotros, como os he dicho,  eran huevos y como huevos se quedaron. 



Permanecimos  durante algún tiempo más en mitad de la calle. Ningún coche circulaba por la carretera. Las autopistas estaban llenas de vehículos inmóviles y sus ocupantes se encontraban fuera mirando hacia el cielo, algunos de ellos con prismáticos y no sabemos con certeza si ellos pudieron apreciar  más detalles de los que nosotros contemplábamos  a simple vista.

Pudimos  comprobar, y lo comentamos  con las personas que estaban a nuestro alrededor,  que el ambiente se había secado aún más  pese al fuerte y pestilente  olor a humedad que nos llegaba desde arriba. Pensamos que en cualquier momento  esas extrañas nubes dejarían paso a una lluvia torrencial porque daba la impresión de que estaban reteniendo agua, como si fueran bolsas que se iban llenando poco a poco, globos hinchados de aire que rebosarían agua en cuestión de minutos. Lejos de convertirse en masas flotantes, oscuras y amenazantes, que pudieran anunciar tormenta, la tonalidad amarillenta del cielo fue creciendo y pensamos que el sol trataba de hacerse un hueco a través de la masa opaca que cubría el cielo mientras esos huevos mantenían un color blanco como la nieve. Pero no llovió y el aire que nos rodeaba cada vez era más denso y asfixiante, dando la impresión de que el oxígeno que respirábamos se iba consumiendo poco a poco. ¿Y si aquella especie de huevos nos estaban robando nuestra necesidad para respirar? Los pensamientos que estábamos teniendo no eran nada halagüeños pero la situación no parecía arrojar  ni un ápice de esperanza.

Ni la más leve brisa corría a nuestro alrededor y descubrimos algunos rostros cercanos que comenzaban a mostrar expresiones de preocupación, probablemente incluso los nuestros.

Y poco después, casi de forma inesperada, el cielo dejó de estar amarillo para convertirse en una masa rojiza incandescente donde las nubes de bola destacaban por adquirir una tonalidad marmórea y brillante, lo que les daba un aspecto de huevo mucho más real. En la Televisión, según supimos después, comenzaron a recomendar que la gente se encerrara en sus casas hasta nuevo aviso, aunque no arrojaron mucha más información.  El miedo se había instalado en el corazón de todos y cada uno de los humanos y jamás olvidaremos el rostro de espanto, horror y preocupación que vimos en Susana Griso y Alfonso Egea, que se mantuvieron al frente de “Espejo Público” hasta el momento en que la conexión se interrumpió definitivamente. Aún en sus miradas atrapadas por el miedo, en sus rostros temblorosos y casi desencajados, podía entenderse la condición de dos excelentes profesionales Fueron de los pocos que aguantaron estoicamente hasta el final. Mucha gente, con toda seguridad, se llegó a  sentir  orgullosa  de que optaran por reducir  con su presencia, si esto era posible, el terror que nos atenazaba a todos. 



A partir de entonces, todo sucedió demasiado deprisa y poco pudimos hacer salvo  correr en busca de un lugar seguro si es que existía algo de ello en alguna parte del mundo.

El cielo pareció arder. Tuvimos la impresión de que el sol había explotado tras las nubes que cubrían el cielo y que los rayos las mordían para penetrar por sus grietas. Era cuestión de tiempo de que nos alcanzaran y destruyeran…

Quizá como dijo alguien, la luna se había hecho añicos, o un cometa había perforado nuestra atmósfera. Tal vez una lluvia de meteoritos  se aproximaba velozmente hacia nosotros…Todas estas alternativas era viables, o en aquél momento nos lo parecían  pero la salvedad de que  el cielo estuviera  cubierto a lo largo y ancho del   mundo… no señalaba otra cosa que un inminente y devastador final. 

Nos pareció tan  extraña e irreal la masa roja que se había originado sobre nuestras cabezas, que  nuestra mente se cubrió de  la imaginación de uno de los maestros del terror, Stephen King, como si ese o cualquier otro psicópata que se divierte escribiendo horribles y terroríficas pesadillas, se  hubiera inventado algo de este tipo. Sin embargo, esto era real, real como la vida misma, como el calor que experimentábamos y que surgió de improvisto, bajando del cielo como un fuego arrollador.

 Y mientras tanto, permaneciendo  ajenas a todo lo demás, esas nubes blancas con forma de huevo flotaban en lo alto, como carcasas, semejantes a bombillas, a trozos de algodón que engordaban muy lentamente.

Y en algún momento, mientras el aire se volvía casi irrespirable, mientras el cielo parecía convertirse en una masa roja incandescente, como si estuviera ardiendo por completo, aquellas masas pálidas  se movieron.

 Y comenzó el horror. Llegó el final.

Las nubes blancas se desprendieron del cielo y en lugar de precipitarse sobre todos nosotros, aplastando ciudades  y todo lo que encontraran a su paso, flotaron durante unos instantes para demostrarnos que eran compactas. No se trataba de nubes de ningún tipo. Aquellos estúpidos meteorólogos estaban terriblemente equivocados. No sabían nada en concreto de este fenómeno y no podemos culparles de ello porque en realidad nadie podía prever nada de este tipo.

Obviamente tampoco eran huevos pero aquellas cosas sí tenían su forma. Ahora que flotaban en el aire, como una flotilla de naves extraterrestres que se disponía a invadir la Tierra y aniquilar a todos sus habitantes (creemos que alguien mencionó también algo de esto en algún momento) podían verse más claramente al desprenderse del cielo cada vez más agitado y rojo, como si allí arriba se estuviera desencadenando una guerra nuclear de terribles consecuencias. La estructura ovoide de esos artefactos y su aparente cuerpo  metálico no dejaba lugar a dudas: No eran nubes y obviamente  no tenían un origen humano.

Alguno quizá pensó que podía tratarse de un arma secreta que estaba probando algún gobierno que había perdido la razón más de lo habitual o que se había desencadenado una guerra mundial con la excusa de poner sobre la mesa el fruto de una tecnología hasta el momento desconocida. Sin embargo sabemos, por los datos que pudimos recoger de otros supervivientes, que el mundo estaba completamente aterrado y que todos los gobiernos sacaron sus ejércitos a la calle aunque, si somos del todo sinceros, no sirvió absolutamente de nada. No había forma humana de defenderse de todo aquello.

Corrimos despavoridos de un lado a otro buscando un refugio. Vimos a muchas personas que hasta ese momento habían permanecido a nuestro lado ocultándose en las alcantarillas, como ratas que intuyen el hundimiento del barco en el que hasta ese momento se encontraban y no se lo reprochamos. Ojala hayan tenido suerte y vivan para reencontrarnos. 

Esos objetos flotaban en el aire. Había decenas de ellos, cientos, miles, millones repartidos por todo el mundo. Podrían tener una altura de cuatro o cinco metros por tres de ancho. Blancos todos ellos, sin distintivos, con forma ovalada y permanecían estáticos, bajo el cielo rojo, atroz y abominable, que se agitaba como un bosque en llamas por encima de ellos.

Durante horas permanecieron quietas. Parecían estar observando todo a su alrededor y fuera lo que fuesen daba miedo sentirlos ahí arriba, como ojos acechantes e inteligentes.   Nos quedó claro que tenían una estructura metálica, que eran objetos, nada de formas gaseosas ni nada que pudiera considerarse como un fenómeno atmosférico porque, produciendo un ruido semejante al chirriar de una puerta con las bisagras oxidadas, todas aquellas formas ovaladas se fueron abriendo muy lentamente.

 Los misteriosos objetos flotantes se partieron en dos, como almejas que se abren, como huevos rotos antes de ser echados a una sartén.  Y su interior no estaba vacío. Ojala lo hubieran estado pero no disfrutamos de esa suerte.

En el mismo instante en que aquellas cosas se abrieron apareció una masa oscura y deforme que brillaba bajo un hermoso color verde esmeralda. Parecía gelatina, una sustancia semejante al blandiblu con el que jugábamos de niño. Su aspecto era aterrador pues no tenía forma definida, como la espesa yema de unos huevos podridos. 

Si ya hacía un calor extremo, ahora resultaba mucho más intenso. Poco después nos enteramos de lo que estaba sucediendo realmente. Los océanos, mares y ríos fueron succionados a una velocidad vertiginosa. Ingentes cantidades de agua se elevaron en el aire para  precipitarse  hacia arriba, colándose en el interior de aquellos artefactos, devoradas por las masas oscuras e informes de su interior, como babosas  bebiendo nuestra propia vida.

Llegó a ser terrible el espectáculo que dejaron atrás, cuando por fin las cosas aquellas se cerraron y se esfumaron, elevándose en el aire muy lentamente, produciendo un ruido estridente y ensordecedor. Ya cerradas volvían a parecer huevos pendidos del cielo rojizo y ardiente y comenzaron a desaparecer lentamente,  introduciéndose en la masa roja que ahora era el cielo hasta desaparecer por completo, como si las lágrimas de Dios se hubieran secado con un pañuelo invisible aunque más bien nos recordaban, en ese preciso momento, a cómo desaparecen los supositorios cuando son introducidos en el culito de un niño.

Pensamos que todo había acabado, que pese al temible e inquietante aspecto de un cielo que parecía cubierto de sangre, al marcharse aquellas cosas la calma regresaría. Fue desolador comprender que ahora estábamos más cerca del final.

Los que tuvimos oportunidad de verlo meses después simplemente lloramos. El corazón se nos encogió y casi perdimos el don del habla. No había agua en todo el planeta. Nada en absoluto. Los océanos eran inmensas masas de tierra seca y vacía, cubiertas por restos de la fauna marítima que habían muerto, pudriéndose por  completo. El hedor a pescado podrido perdurará a través de los años, garantizando el recuerdo atroz de lo que ha sucedido.

Podríamos haber vivido con esto pero no fue lo único que ocurrió. Poco después de que aquellas cosas desaparecieran, el cielo dejó de agitarse para partirse en mil pedazos. No sabríamos describirlo de otra manera  pero millones de pequeños fragmentos rojos incandescentes se precipitaron inexorablemente hacia la Tierra. El ruido fue ensordecedor, como si hubiera estallado una bomba sobre nuestras cabezas.

Aquellos trozos ardientes destruyeron ciudades enteras y arrasaron bosques de un plumazo, que quedaron convertidos en nada en cuestión de segundos. Perecieron millones de personas, aplastados por los edificios que quedaron derruidos, agonizando bajo los escombros, solicitando ayuda… hasta morir definitivamente.

El fuego consumió el planeta, llevando consigo todas las reservas de oxígeno de un aire que quedó completamente contaminado. Fue el fin de todo. Un final horroroso y terrible.

Nosotros sobrevivimos, no sabemos por qué, pero somos un pequeño grupo de personas que tenemos el consuelo de sentirnos cerca los unos de los otros, aunque quizá hubiera sido preferible haber fallecido porque no sabemos lo que nos encontraremos en el exterior cuando decidamos abandonar nuestro  refugio. Y eso será dentro de poco, porque se nos han agotado  las reservas y ya no sabemos qué hacer para mantenernos con vida.

Nos sentimos enfermos y ya no somos los mismos. Afuera se escuchan sonidos extraños. Hace semanas que no oímos gritos de auxilio pero los ruidos están ahí. Parecen máquinas trabajando y explorando. De algún modo sentimos que no son de este mundo y si detectan nuestra presencia estamos convencidos de que nos aniquilarán porque quizá seamos, para ellos, los únicos restos de la Humanidad.

Queremos pensar que si nosotros hemos sobrevivido es posible que lo hayan hecho otras personas y por esa razón estamos escribiendo esta historia, por si en alguna ocasión alguien puede leer estas líneas. Nuestro deseo es que sean guardadas, para que todos recuerden lo qué ha pasado aunque en realidad no podamos explicar absolutamente nada de lo ocurrido.

Nosotros pronto saldremos ahí fuera. No nos queda otra salida. Estamos tan débiles y contaminados por algo que ha caído desde los cielos que no soportaremos mucho más aquí y sabemos que tras abandonar el refugio solamente nos aguarda la muerte.

El objetivo de estas líneas también es  rendir homenaje a esos grandes profesionales que durante sus vidas informaron de numerosas tragedias. Todavía se habla entre nosotros  de las caras consternadas y tristes de Alfonso Egea y Susana Griso (vuelvo a mencionarlos porque para muchos son considerados héroes), que a diferencia de muchos otros permanecieron en antena mirando directamente hacia  la cámara. Fueron  emotivos aquellos primeros planos, con sus ojos anegados en lágrimas y el temblor de sus labios, el miedo en sus voces… y sin embargo estuvieron allí, acompañando a su audiencia hasta el momento en que todo terminó. Y ellos sabían que era el final y aún así decidieron hacer su trabajo, desapareciendo al pié del cañón. Estas hojas son   un sincero abrazo a todos los que optaron por permanecer en pie hasta el instante final.

Me comunican que  han decidido que mañana será el día en el que saldremos al exterior.  Los rugidos de las máquinas  se van alejando para inspeccionar   otras zonas, no demasiado distantes, la verdad, lo que no nos hace sentir muy seguros. Pero ya no tenemos nada que echarnos a la boca. Nos morimos de hambre y sed. Algunos de nosotros no podremos dar ni un solo paso y seremos un lastre para los más fuertes. Tendrán que abandonarnos. Hay niños entre nosotros, quizá ellos tengan más suerte, podrían tener una oportunidad, convertirse en nuestro futuro. Así lo esperamos. Tal vez todavía exista la opción  de que la Humanidad no se extinga por completo. 

Personalmente, y si te soy sincero,  no lo creo. Ahí fuera están ellos, no sé quiénes o qué son, pero han venido a por todos nosotros y siguen destruyendo el planeta con una furia demoníaca.. Ahora son ellos los dueños, nuestros dioses. No sé cuándo se irán o si lo harán definitivamente pero no podemos esperar ni un solo minuto más.

Tenemos que salir. Quizá, si tenemos suerte, en algún otro momento podamos retomar estas páginas para que juntos recordemos en qué se ha reducido nuestra existencia,   pero si ese hecho no se produce significará, sin lugar a dudas, que  ninguno de nosotros ha logrado sobrevivir. 

Y con toda probabilidad,   eso es lo que sucederá.





EL GORDITO

Me complace anunciaros que se ha publicado un relato en el blog  Fanzine y quiero brindaros la oportunidad de leerlo pues personalmente le tengo cierto cariño al relato y tiene su historia detrás.

El texto se lo dedico a Iñaki Gómez Ocerin, por la inspiración y por lo que él sabe que es mejor no contar...

"El Gordito" viene acompañado de una imagen espectacular realizada por Carlos Rodon.

Disfrutad, si podéis,  de este relato... aunque no todos llegarán hasta el final.

UNA HISTORIA DE AMOR


Iluminados por pequeños faroles clavados a pocos metros de distancia, los dos hombres cavaban bajo la atenta mirada de Ursula. Uno de ellos, mientras echaba la tierra hacia el montón que tenía a su derecha, miró a la mujer que los había contratado y mojó sus labios con la lengua. Lo tenía asombrado. Era hermosa, con unos ojos grandes y verdes, repletos de vitalidad y energía y una melena pelirroja que caía por su espalda, invadida por preciosos y diminutos rizos. El hombre siguió trabajando y de vez en cuando desviaba la mirada hacia ella, recorriendo sus grandes piernas que estaban protegidas por unos pantalones de cuero muy ajustados que ensalzaban sus muslos y la pomposidad de un culito prieto y respingón. Estaba excitado y no le habría importado que la mujer se hubiera fijado en su miembro erecto ni tampoco que se lo  agarrara para  manosearlo 

-Daos prisa, está a punto de amanecer.

Los dos hombres se detuvieron en el acto y miraron a la mujer, que parecía nerviosa a cada minuto que pasaba. Miraba constantemente hacia la entrada del cementerio, escrutaba las sombras como si tuviera la habilidad de ver más allá de la oscuridad y observaba el horizonte, donde ya se vislumbraba las primeras pinceladas de un futuro amanecer. En pocos minutos el sol comenzaría a asomar tras las montañas para realizar su camino habitual, ofreciendo con toda probabilidad un día de intenso  y sofocante calor, algo que nadie podía evitar.

Los dos hombres se observaron  unos instantes y se encogieron de hombros. Ninguno de ellos había comprendido las prisas de la mujer por acabar el trabajo antes de las primeras horas de la mañana. Era muy importante para ella  terminar la faena durante la noche. Sin embargo, ya le habían advertido que dejar al descubierto una tumba que llevaba enterrada la friolera de cincuenta años necesitaba su tiempo y que no debería preocuparse por los curiosos. El cementerio estaba demasiado lejos del pueblo,  rara vez los municipales hacían la ronda y mucho menos tan temprano.  A lo sumo, alguna pareja de drogadictos o una persona que paseaba  su perro podría resultar un inconveniente pero ninguno de ellos miraría dentro del cementerio. Debería estar tranquila y relajarse un poco.

-Por favor, daos prisa. Ya queda poco tiempo.

Ursula les dio la espalda a los dos hombres y estos siguieron cavando. La tierra estaba dura y costaba mucho más de lo que estimaron en un primer momento pero no cejaron en su empeño. Se dieron cuenta que la mujer se alejaba unos instantes. Probablemente iría al coche en el que había venido, un vehículo de lujo, con las lunas tintadas y un chofer de cuello espantosamente corto que no se había bajado del coche en ningún momento salvo para abrir la portezuela por la que  Ursula había bajado, como si de una estrella de cine se tratara.

Había contactado con ellos en un tugurio en el que acostumbraban a beber  copas muy baratas y donde se reunía parte de la miseria de los pueblos de los alrededores. Si bien ellos eran clientes habituales, a la mujer y a su fornido chofer nunca los  habían visto y no casaban con el sucio lugar donde simplemente pretendían emborracharse. Se quedaron perplejos cuando la puerta del local se abrió y apareció la sensual mujer, que caminó sobre finos tacones, contoneando su cuerpo con tal gracia y provocación que las bocas de todos y cada uno de los hombres formó una enorme O. Y cuando Ursula se sentó en la mesa donde ellos se encontraban, apenas fueron capaces de levantar los ojos  más allá de los prominentes pechos que se sujetaban, tersos y turgentes, bajo la negra camiseta sin mangas que la mujer lucía casi desafiante.

Entendieron el trabajo perfectamente. No pidieron explicaciones ni se preguntaron por qué precisamente a ellos, que eran dos simples idiotas sin trabajo formal.  El dinero era abundante y fácil y solamente tenían que abrir  una jodida tumba. No había nada de malo en todo aquello y si finalmente lo había, no les importaba en absoluto. Y además, la compañía de aquella explosiva mujer ya era suficiente excusa para aceptar sin pensar demasiado sobre lo que estaban a punto de hacer… 

Mientras cavaban y sudaban como si trabajaran en el interior de una mina, ya con los brazos doloridos por el esfuerzo y con los montones de tierra a sus lados cada vez más elevados, ambos se imaginaban encima de la mujer, disfrutando de los maravillosos placeres de las curvas de su esplendoroso cuerpo. Y se les pasó por la cabeza a los dos cansados y excitados hombres, en algún momento, coger a la mujer y forzarla entre las tumbas. Y probablemente lo hubieran hecho si no fuera por el robusto chofer que esperaba en la entrada del cementerio, sentado frente al volante, como un fiel perro guardián.

Ursula caminó hacia la entrada del cementerio con la mirada señalando hacia el horizonte. Una expresión de intensa preocupación amaneció en su rostro, cubierto de una belleza sublime. La tonalidad casi marmórea de su piel le otorgaba una hermosura  de gigantes dimensiones y su figura se perfilaba entre las sombras como una llama que trata de desprenderse de la vela a la que yace atrapada.

Los dos hombres cavaban con intensidad. De vez en cuando miraban a su alrededor, no porque tuvieran miedo sino porque sentir  a la mujer cerca les envolvía de una sensación placentera que con toda probabilidad culminarían cuando regresaran al local, donde podrían  gastar el dinero ganado, emborracharse y escoger a alguna puta con la que satisfacerse como animales en celo.

Mientras ellos trataban de llegar hasta el ataúd, las palas producían un tosco sonido y los jadeos se escuchaban más allá de los muros, como el espeluznante lamento de los muertos; Ursula salió del cementerio y cruzó la puerta principal que los dos hombres habían forzado para poder entrar. Se detuvo unos instantes. Sus ojos yacían vidriosos. Estaba a punto de llorar y subió el brazo para con la palma de la mano impedir que las lágrimas resbalaran por sus pálidas mejillas. En aquél momento, el chofer bajó del coche y se la quedó mirando, fijamente, con rostro serio e imperturbable. Sus miradas se cruzaron pero en un primer momento  no dijeron nada. Entre ellos simplemente bailó el silencio.

-¿Hay algún problema?.-dijo el hombre por fin,  con un acento extraño.

-Ya queda poco.-respondió Ursula y comenzó a caminar hacia el coche.

-¿Estás segura de lo que estás haciendo?

-Lo estoy.

-¿Y ellos… saben lo que están a punto de desenterrar?

Ursula se encogió de hombros y sus labios formaron una pequeña y escueta sonrisa, triste y amargada.

La mujer pasó por al lado del hombre cuando éste metía la mano en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta y sacaba un paquete de tabaco. En la otra mano llevaba un mechero. Mientras Ursula abría el maletero, el chofer se encendió un cigarrillo, aspiró el humo, lo retuvo unos instantes y lo soltó, mirando hacia las nubes lejanas que si antes estaban protegidas por la oscuridad ya manchaban el cielo con sus sedosos cuerpos blancos.

El maletero se cerró con un fuerte golpe y el hombre se sobresaltó de tal manera que el cigarrillo se le escurrió de entre los dedos.

-Eso te matará, Alex, ¿Lo sabes, verdad?

El hombre sonrió y recogió el cigarrillo.

-Eso será si no lo haces tú antes.-respondió el hombre con el rostro serio y las cejas agachadas como un lobo que perfila la debilidad  de su presa.

Ursula pasó por su lado. Había cogido unos guantes de cuero negro  de la parte trasera del coche y llevaba una ballesta entre las manos.

-Ten el coche preparado.-masculló la mujer sin mirarlo siquiera y caminó de nuevo hacia el cementerio.-Tenemos muy poco tiempo y esta será nuestra única oportunidad.

-Oye, preciosa.-dijo el hombre con una voz cantarina que disgustó a Ursula.-¿Ya saben esos dos gilipollas que están desenterrando a uno de los vampiros más crueles y sanguinarios que haya parido el mundo de las sombras?

La mujer se detuvo unos momentos y se dio la vuelta. Sintió una rabia visceral golpeando cada músculo de su cuerpo y también un miedo atroz. Se le pasó por la cabeza estrujar la cabeza de aquél estúpido y convertir su cerebro en pasta para la carroña pero a su mente acudió la imagen del cuerpo incorrupto que yacía  dentro de la tumba que estaba a punto de ser exhumada. Sus ojos verdes vibraron para  indicar que los recuerdos que llegaban hasta ella estaban siendo terriblemente duros y dolorosos. Ladeó la cabeza y le dio la espalda al chofer, que sonrió al verla marchar y depositó su mirada  en el culo de la mujer para acariciarlo con los ojos.

-¡Arranca el puto coche!.-exclamó Ursula cuando su cuerpo había sido ya engullido por la oscuridad..-En cuanto lo saquen de ahí todo sucederá demasiado deprisa!

El chofer esperó a fumarse el cigarrillo por completo y después lanzó la colilla sobre unos matorrales. Miró a su alrededor y la penumbra que lo envolvía le hizo sentir temor. Creyó que decenas de ojos oscuros y malignos lo observaban desde diferentes flancos y se metió en el coche, deseando que todo acabara de una maldita vez. Alex sabía perfectamente que lo más fácil era marcharse, alejarse de allí y rezar para que ella no le encontrara porque entonces pagaría cara su traición… pero contribuir a esta locura, desenterrar el cuerpo de un jodido vampiro, uno de los más antiguos y temibles, era una estupidez, un completo esperpento. Estuvo tentado de apretar el acelerador y largarse, dejar allí a aquellos dos idiotas y a Ursula, a expensas del sanguinario vampiro. ¿Y que ganaría con eso? Seguir viviendo, sin duda. No estaba muy convencido de que las cosas fueran a ir bien si se mantenía fiel a su palabra, si se mantenía leal a la mujer que había salvado a su propia hija. No. Lo más inteligente era abandonar. Marcharse de allí. En contra de lo esperado, y sabiendo que quizá no viera más amanecer que el que estaba a punto de surgir desde el horizonte, permaneció quieto,  expectante, mirando directamente la puerta del cementerio por la que esperaba ver salir a Ursula sana y salva. Y sólo a ella.

Cuando la mujer  llegó hasta los dos hombres vio que estaban completamente inmóviles, observando hacia abajo. Al detectar su presencia, uno de ellos sonrió y le dijo que ya habían golpeado la tapa del ataúd. Ursula se estremeció y mantuvo la ballesta apuntando hacia abajo. Gracias a la oscuridad que aún reinaba el arma había pasado desapercibida. Ya estaba cargada. Una gruesa flecha con la punta de plata y manchada con un líquido negro se encontraba a punto de ser disparada. A su espalda, una pequeña carcasa con varias flechas más, todas ellas muy especiales y con un mismo objetivo.

Ursula se acercó, lentamente. Notaba sus piernas temblando, tal vez por la emoción, probablemente a causa del miedo. Habían pasado muchos años, demasiados quizá, y ahora, en apenas unos minutos, iba a volver a estar frente a él, de  nuevo. Cerró los ojos unos instantes, emocionada, compungida,  y su mano apretó la ballesta con fuerza, rabia y desesperación. Se acercó a los dos hombres y contempló el ataúd limpio  ya de tierra.

Ursula reflexionó durante unos instantes mientras los hombres la observaban expectantes. Desvió la cabeza hacia el horizonte. Apenas unos minutos y el sol asomaría su radiante cabeza… ¡Tenía que ser en ese preciso momento!

-¡Abridlo!

Los dos amigos se miraron y uno de ellos se llevó la mano manchada  de tierra a la cabeza y se rascó los cabellos.

-¿De verdad quiere hacerlo? No va a ser una visión muy agradable.

-¡Abridlo!.-repitió Ursula enérgicamente y dio varios pasos atrás. Los hombres la observaron unos instantes y después cruzaron sus miradas. Con una barra de acero trataron de romper la cerradura del ataúd para abrirlo definitivamente.

Ursula permaneció en silencio. Varias  lágrimas surcaban sus  ojos. Aferraba la ballesta con tanta fuerza que estuvo a punto de partirla en varios pedazos.

Sonó el ruido que indicaba que la cerradura había sido violentada. Uno de los hombres gritó eufórico y Ursula se acercó lentamente, con temor. Contempló a los dos hombres que miraban hacia arriba, con las miradas  ya cansadas y los rostros exhaustos por el esfuerzo de aquella noche. 

-¿Está segura?

Ursula no respondió, simplemente permaneció en silencio. Su rostro parecía haberse cubierto de una expresión que delatada cierta angustia, tosca y profunda. Finalmente, los hombres decidieron abrir el ataúd.

Se echaron para atrás inmediatamente ante la visión atroz del contenido. Uno de ellos lanzó un grito, el otro exclamó. Ursula cerró los ojos unos instantes y dio dos pasos hacia atrás. Levantó la ballesta.

El cuerpo de un hombre de rostro pálido y arrugado como la faz de un demonio permanecía inmóvil sobre el ataúd. Unos ojos azules, carentes de brillo, se agitaban como lenguas de serpiente de un lado a otro.

-¡¡Está vivo!!.-dijo la voz de uno de los hombres.

Indudablemente lo estaba, pero su aspecto era lamentable. El hombre del ataúd tenía el pelo grisáceo, largo hasta media espalda y vestía un ropaje negro y antiguo  hecho jirones. El pecho lo tenía completamente descubierto y podían apreciarse marcas extrañas en toda su piel, como si hubiera recibido quemaduras y latigazos. De su cuello pendía un crucifijo de madera. Una enorme estaca de acero   atravesaba su   corazón. Las manos del misterioso hombre la agarraban como si durante años hubiera querido arrancársela. Tenía los dedos rodeados de gruesos anillos de oro y su boca, de labios agrietados, mostraban una dentadura blanca como el marfil, de colmillos  largos y  afilados.

Los dos hombres quedaron absolutamente petrificados, hasta que la voz de Ursula sonó poderosa desde lo alto, justo cuando el sol ya comenzaba a asomar en la lejanía.

-¡Quitadle la estaca! ¡Vamos!

Tras su grito, Ursula echó un pie hacia atrás y levantó la ballesta. Aguardó con paciencia el momento en que la situación cambiaría radicalmente.

Los dos hombres se miraron asombrados por la visión  del extraño ser que había dentro del ataúd y aferraron con ambas manos la larga estaca de frío acero. Miraron absortos  la criatura humanoide  que yacía en el interior de  la tumba, con aquellos ojos, como bolas azules, que se movían rápidamente de un extremo a otro, inquietos, nerviosos, asustados… manteniendo quizá un brillo débil de esperanza.

Tiraron de la estaca hacia arriba, con todas sus fuerzas y del cuerpo del misterioso ser surgió un ronco alarido que heló la sangre de los dos saqueadores e hizo palidecer a las alimañas que hubiera en el interior del cementerio. Aquél grito, desgarrador y terrorífico, fue escuchado por el chofer que dentro del automóvil sudaba nervioso y preocupado.

Los dos hombres permanecieron quietos, observando,  con la estaca entre las manos, ya sacada del pecho de la criatura. . No tuvieron tiempo de hacer nada más.

Trataron de huir cuando el vampiro se incorporó y los amenazó  con una mirada perturbadora. Sus ojos ahora estaban cubiertos de una tonalidad amarilla, como brasas incandescentes. Abrió la boca y los afilados colmillos refulgieron amenazantes. Fue entonces cuando Ursula disparó la primera flecha.

El aullido del vampiro fue terrible tras  agarrar a uno de los hombres con sus manos blancas, frías y muertas. La flecha cruzó la distancia que separaba a Ursula del terror desencadenado en apenas décimas de segundo. Mordió el aire con vehemencia  y atravesó la garganta de uno de los profanadores, que perdió la vida en el mismo instante en que la madera perforaba su garganta y salía por su nuca, arrastrando consigo carne y tejidos. Ursula cargó de nuevo el arma.

El otro hombre miró asustado la caída del cuerpo de su amigo, la expresión de espanto que dibujaron sus inertes ojos y se orinó encima cuando el vampiro se giró y le lanzó el primer zarpado con una mano repugnante que más parecía la de un monstruo endemoniado que la de un ser de ultratumba. El vampiro abrió su boca y se dispuso a clavar sus colmillos sobre el cuerpo del desdichado, que trataba de huir trepando por el agujero que habían abierto para desenterrar la tumba, cuando la segunda flecha cruzó ante sus ojos como una exhalación y se incrustó  en el centro de su cabeza. Tras el impacto,  permaneció inmóvil, como flotando en el aire, con la boca y los ojos abiertos de par en par, para  caer después lentamente junto al cuerpo de su compañero.

El vampiro se giró y su rostro mostró una mezcla de rabia, furia y hambre atroz. Sus pupilas  amarillentas se cruzaron con la mirada  de Ursula, que lo observaba con el rostro emocionado. Sus ojos lloraban y las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Dejó caer la ballesta que quedó  junto a sus pies y pronunció el nombre de la criatura.

-Julian…

El vampiro movió la cabeza hacia un lado y empequeñeció sus ojos. Abrió la boca, enseñó  sus dientes y bajó después la cabeza para hincarlos sobre uno de los cuerpos inertes  de los profanadores. Bebió con ansia voraz y el sonido inquietante que se escuchaba mientras el ser de la noche chupaba la sangre del muerto hizo estremecer a la propia Ursula.

Se oyó un nuevo sonido en el cementerio, una especie de pitido, lo que hizo levantar la cabeza del vampiro, con la boca  ahora cubierta de sangre. Miró a Ursula unos instantes y creyó reconocer por unos momentos la belleza de la mujer, que no paraba de observarle ensimismada, como si fatales recuerdos hubieran tomado posesión de su alma oscura.

El vampiro gruñó como un animal. Se repitió el lejano sonido. Era  la bocina del coche que aguardaba junto a la puerta del cementerio. El ruido era insistente  y Ursula salió de su trance. Dejó de contemplar la figura monstruosa del vampiro, cuya piel ahora parecía adquirir un color más rosado y las facciones de su rostro se convertían casi en angelicales y bellas y centró su atención en el sol que asomaba su cuerpo dorado por el horizonte.

-¡Julian! ¡Debemos marcharnos, mi vida!

El vampiro dio un salto diabólico y  se plantó delante de la mujer, con la boca abierta, amenazante y los colmillos  aún enrojecidos.  
La criatura estuvo a punto de abalanzarse sobre Ursula, de despedazarla con los dientes pero algo brilló en el interior de los ojos del vampiro, que ahora volvían a ser azules, bellos y hermosos. Su melena había recobrado la tonalidad negra azabache que siempre lo caracterizó.  Ya con las facciones más suaves y con una expresión de genuina pasión gobernando su rostro, pronunció el nombre de su amada.

-¡Ur…su…la!

El vampiro cayó al suelo, consumido por la flaqueza. El horizonte se abrió en abanico para dar paso a un día que prometía ser soleado. Ursula corrió hacia él con lágrimas en los ojos mientras los primeros rayos del sol trataban de penetrar por entre las ramas de los árboles y alcanzarlos como el látigo del diablo.

-¡¡Julian!!

La debilidad atrapó al vampiro, que no se había saciado lo suficiente después de medio siglo preso en su tumba y parecía extenuado y frágil, como una muñeca de porcelana. Cuando los primeros rayos del sol atravesaron las espesas ramas de los árboles más cercanos y la radiante claridad amenazaba con cubrirlos por completo, Ursula hizo acopio de valor y tiró de él, llevándoselo a rastras. No iban a poder llegar al coche. Todo acabaría de aquel horrible modo, después de esperar tanto tiempo para reunirse con el amor de su vida. Al menos morirían juntos, convertidos en cenizas que serían barridas por el viento de un lado a otro para toda la eternidad… hasta quedar separaros definitivamente.

Optó por conducir a Julian hacia la tumba de la que había sido liberado, con la confianza de que la profundidad del agujero sirviera de férrea frontera que impidiera la llegada del sol. Aunque en el fondo sabía que simplemente era cuestión de tiempo y sólo era un modo de alargar lo inevitable: la muerte definitiva.

Entonces ocurrió algo extraño. Un manto oscuro cayó sobre ellos y la claridad del día se borró de inmediato. Ursula escuchó jadeos,  una profunda respiración y después una voz.

-Joder, sé que me voy a arrepentir de esto. Hubiera sido fácil dejaros morir aquí. Vosotros los vampiros me dais miedo, terror más bien y sé que acabaréis conmigo, vosotros o cualquiera de vosotros, en algún momento. Pero, qué diablos, Ursula, hiciste por mí lo que ningún vivo hizo jamás y le brindaste a mi pequeña niña una oportunidad que antes no tenía.

Reconoció la voz de Alex, el chofer. No se había limitado a quedarse sentado en el coche, esperando que ella llegara con Julian. Tenía planes para él. Lo necesitaba, para que su amor se alimentara de él como debía haber hecho antes de los hombres  a los que había contratado. Primero la sangre de dos muertos recientes y luego la de un vivo, sin que mediera entre ambos más que apenas unos minutos de diferencia. Era un paso necesario para que Julian recobrara su fortaleza. Y él lo sabía. Ursula estaba convencida de que el chofer conocía su final inminente. Y ahora estaba allí, salvándoles la vida a los dos. Algo incomprensible e inaudito, algo… humano.

Les había cubierto con una pesada manta y Ursula sintió un vacío doloroso cuando advirtió que Julian era apartado de su lado. Alex se lo llevaba en brazos, procurando que ningún rayo de sol tocara su cuerpo. El más mínimo roce y acabaría reducido a cenizas.

El tiempo que Ursula permaneció sola tirada en el suelo del cementerio, bajo la manta que la protegía de la muerte,  lloró desconsolada, con el corazón roto y los ojos cubiertos de gruesas lágrimas, tristes y desesperadas.

Alex volvió a por ella.

Sintió que era elevada en el aire y notó los fuertes brazos del hombre. Escuchó sus jadeos, la profunda respiración, el cansancio de su salvador. Temió que en cualquier momento la manta se desprendiera de su cuerpo y la intensa y poderosa luz del sol la azotara con la furia de mil infiernos. Pero no ocurrió nada de todo eso.

Ursula fue introducida en la parte trasera del coche, junto a Julian. Alex cerró la puerta y después subió para sentarse frente al volante.

-Ahora nos vamos a casa, parejita.-dijo con una sonrisa de satisfacción en su cara. Pisó el acelerador y bajó  la pendiente que llevaba a la población. Conduciría durante horas, dejando atrás pueblos y ciudades, surcando carreteras cubiertas de cientos de vehículos cuyos ocupantes ignorarían siempre que una pareja de extrañas criaturas nocturnas  viajaba en la parte trasera de su  coche. 

En algún punto del viaje, pese a la extrema debilidad de Julian y la emoción que embargaba a Ursula después de producirse por fin el encuentro tan esperado, ocurrió un hermoso detalle del que Alex no pudo darse cuenta. Bajo las mantas, las manos de los  dos vampiros se entrelazaron confesando el peso de un amor perpetuo que no se había derruido pese al transcurrir del tiempo, que los mantuvo separados y alejados hasta este preciso momento.