LA VOZ DE LOS DIABLOS


Abro  la puerta y me encuentro al grupo de padres plantado delante de mi casa. Están nerviosos, casi diría que asustados y lo estuvieron desde el mismo momento en que sus preciosos hijos los convencieron  para venir al cumpleaños.

Imagino que todos y cada uno de ellos intentaron persuadirlos, manifestando   que no era buena idea pero ya ves, al final vinieron, todos ellos, en contra de la voluntad de sus fantásticos y bien educados papás. Y ahora aquí están, con caras largas y miradas bajas, viniendo a recoger a sus hijitos del alma no vaya a ser que el malvado ogro haya devorado sus lindos y dulces cuerpercitos.

A pesar de que los habían dejado a las cuatro de la tarde y ahora eran ya casi las siete, ninguno de esos padres se alejó demasiado de la casa. Los había estado observando desde la ventana del salón y no tuve ningún reparo en mantener mi figura visible apoyada en el cristal, para hacerles entender que simplemente sabía que estaban ahí. Dieron vueltas, hablaron entre ellos, se metieron en el bar de enfrente y se asomaban cada pocos minutos para mirar hacia la casa. No sé qué esperaban escuchar, quizá gritos horrendos de las gargantas rotas de sus hijos si decidía  cortarlos en mil pedazos; no sé qué esperaban ver, tal vez a mí arrastrando sus pequeños cuerpos y echándolos en el contenedor de la basura. Pero nada escucharon y solamente me vieron a mí, colocado frente a la ventana, mirando directamente hacia ellos. Dudo que pudieran apreciarlo, pero yo sonreía de oreja a oreja.

-¿Dónde están los niños?.-pregunta unas de las madres. Noto  su voz poseída por un miedo tremendo que casi me hace estallar en maquiavélicas carcajadas pero al ver que la mujer se oculta detrás de la espalda de un fornido padre opto por no asustarla demasiado. Sonrío y respondo, aunque mi respuesta, a tenor por las expresiones en sus rostros, que muestran espanto y temor, no los tranquiliza.

-Vuestros hijos están en el sótano. 

Después de pronunciar aquellas palabras comprendo que suenan un tanto lúgubres, siniestras y que también resultan macabras. No se atreven a decirme nada más. Yo me aparto a un lado y les invito a entrar. No mueven ni un solo músculo, solamente sus ojos tratan de examinar con precisión lo que sus miradas alcanzan, esperando ver aparecer en cualquier momento los rostros alegres de sus amadas criaturas. Ya les he dicho que están en el sótano, no pueden verlos. Aún no…

Restando importancia al desprecio que me han hecho, comprendiendo que simplemente los padres estaban asustados por sus hijos, dejo la puerta abierta y les doy la espalda. Escucho algunos murmullos pero no entiendo las palabras que dicen, probablemente rugidos a modo de protesta. Si quieren entrar están invitados, la puerta permanece  abierta y en el fondo sé que lo harán, por muy asustados que estén, porque sus hijos se encuentran  bajo mi techo…

Para cuando entran yo ya estoy sentado en la butaca del salón. Los invito a tomar asiento, les ofrezco algo de beber pero se niegan tanto a una cosa como a la otra. Mueven sus cabezas de un lado a otro examinando mi casa y por consiguiente juzgándome pero yo soy lo que soy y nunca se lo he ocultado a nadie. Debo  admitir, por deferencia, que ellos tampoco.

Noto el ambiente tenso, bastante molesto, casi inquietante. Los observo con interés. Uno a uno, depositando mi mirada en los rostros de todos ellos. Se sobrecogen. El miedo que sienten los tiene completamente agarrotados y apestan a temor. No digo palabra alguna, es  absurdo mantener una conversación con ellos y al fin y al cabo tampoco tengo nada interesante que contarles y no me apetece hablarles del caluroso verano que estamos teniendo últimamente, lo cual resulta más que evidente.

Al advertir que alguno de ellos tiembla, que realmente se encuentran a disgusto y preocupados, no puedo hacer otra cosa que levantarme y finalmente dedicarles unas palabras.

-Pronto saldrán.-digo sin mirarlos directamente.-La fiesta tiene que estar a punto de terminar.

Unas risas infantiles que proceden de la lejanía no traen mucha tranquilidad, porque han sonado  distantes y distorsionadas. Me encojo de hombros. Las risas de unos niños no pueden  sonar mal de ninguna manera.

-Parece que ya vienen.-murmuro.

Pero tardan en aparecer  hasta que finalmente la puerta que conduce al sótano se abre produciendo un golpe inesperado que sobresalta a los padres de aquellos niños. Uno a uno van emergiendo del sótano, caminando con extrema lentitud.

Están completamente desnudos y sus cuerpos se encuentran cubiertos de sangre. Arrastran en sus miradas un brillo maligno y sus labios forman una sonrisa de entera satisfacción. Llevan en sus manos un largo y afilado cuchillo que aún chorrea sangre y  que sueltan a medida que se acercan a sus padres. Los recojo para dejarlos sobre   la mesa.

-Perdón, enseguida arreglo todo esto.

Los padres de todos aquellos niños no dicen absolutamente nada. Están asombrados pero se van relajando porque sus hijos se encuentran  bien, aparentemente.

Llamo a mi pequeño, que tarda en subir las escaleras. Es el único que está vestido, el único que no está manchado de sangre, el único que lleva en sus ojos el brillo característico de la inocencia de un niño. Sonrío antes de dirigirme a él.

-Carlos, lleva a tus amigos al baño y que se limpien bien, después que se vistan que sus padres y madres están impacientes por llevárselos.

Mi hijo llama a sus amigos y los siete pequeños giran sus cuerpos desnudos y se acercan. Carlos sube unas escaleras para ir a la planta de arriba y los otros niños lo siguen como autómatas, en fila de a uno, en perfecto y ominoso silencio. Resulta escabroso contemplar sus finas pieles oscuras cubiertas de sangre  y cuando desaparecen me vuelvo  hacia los padres.

-En unos minutos estarán listos. Quizá debí haber previsto esto pero ya saben que los niños son impredecibles. Carlos los ayudará a limpiarse y después bajarán ya vestidos, luego se los podrán llevar y espero, de corazón lo digo, que se lo hayan pasado bien.

Ninguno dice nada. Noto en sus rostros cierta repulsión y en sus miradas brillos delatores de burla, como un alarde infinito de superioridad. Los maldigo en silencio y no puedo evitar sonreír porque, de algún modo, ya están malditos, atrapados por los prejuicios.

Permanecemos en silencio. Yo los observo. Para ser un grupo de demonios no tienen muy mala pinta aunque esos ropajes negros y las oscuras ojeras que rodean sus ojos podrían delatarlos al conocimiento  de los entendidos. Lo que de ningún modo los ayuda a pasar inadvertidos, sin duda, son las pequeñas orejas acabadas en punta, como la hoja de cuchillos afilados. Ellos me miran de soslayo, con sus pupilas agraviadas por un color realmente inquietante pero prestan  demasiada atención a las escaleras vacías por donde han desaparecido sus hijos. Supongo que un ser humano como yo, sencillo y normal, no reúne los requisitos necesarios para que me presten un poco de atención ni mi hogar, pequeño, luminoso y humilde, no es digno de su presencia y respeto. A mí me da igual, si he invitado a esos niños a mi casa ha sido para celebrar el cumpleaños de mi hijo que se hizo amigo de estos pequeños diablos en el colegio. He cumplido las normas, he celebrado la fiesta siguiendo las indicaciones escritas en el manual que nos facilitaron en el colegio y creo que se lo han pasado bien. Mi hijo estará feliz y eso es lo único que me importa.

Desde la planta de arriba nos llegan las voces y las risas de los niños y poco a poco van apareciendo, bajando lentamente por las escaleras, como autómatas. Ya están vestidos. Sus ropas oscuras convierten sus figuras en rasgos de penumbras inquietantes y maquiavélicas. Pasan por mi lado con expresiones sombrías cubriendo sus rostros pálidos y demoníacos y alargan sus pequeños brazos para agarrar las manos de sus papás. Sus caras son inexpresivas, como tablas podridas repletas de bichos. Se van marchando con sus padres, uno a uno los veo salir por la puerta y perderse en las calles, dirigiéndose a sus lúgubres hogares. Ninguno de ellos se despide, tampoco lo hacen  sus padres y los últimos ni siquiera realizan el esfuerzo de cerrar la puerta a sus espaldas. Me encojo de hombros y entonces me doy cuenta de que mi hijo no ha bajado aún. Lo llamo y no responde.

Cierro la puerta de la calle y dirijo mi mirada a la puerta abierta del sótano. Supongo que debo limpiar todo aquello… 

-¿Carlos? ¿Estás bien? Voy a adecentar el sótano, cuando bajes puedes ponerte algo de comer, la nevera está llena.

No me responde pero no subo para comprobar cómo se encuentra  y me dirijo al sótano. Bajo las escaleras y al llegar  alargo la mano para encender la luz y comenzar a limpiar los restos de la fiesta de cumpleaños. La verdad es que tiene pinta de que los chavales se lo han pasado muy bien. Escucho ruidos en la cocina y supongo  que mi hijo  está  haciéndose un bocadillo o se calentará la pizza que sobró anoche. Después se irá a la cama. En cuanto acabe de limpiar  me tumbaré  con él unos minutos y hablaremos.

Observo el sótano y me da pereza empezar. Lo primero que voy a hacer es descolgar los cuerpos abiertos en canal que penden del techo. Siete en concreto, uno por cada amigo de mi hijo. El suelo está completamente cubierto de sangre y hay restos de vísceras por todas partes. Supongo que traje demasiada comida para que a los pobres diablos no les faltara de nada.

Sobre la mesa que coloqué en el centro hay cuatro cabezas cortadas con la boca abierta. Por ellas asoman sus largas y oscuras lenguas, atravesadas por alfileres  negros. Las lenguas están  destrozadas, agujereadas por completo, por lo que intuyo que los muchachos se lo han pasado francamente bien. A las cabezas les faltan los ojos. Dos agujeros desagradables están en su lugar, cavidades vacías, de horrible aspecto. Los diablos se los han tenido que comer. Por lo que me dijeron, son de las golosinas más sabrosas.

Agarro las cabezas y las meto dentro de un saco. Después descuelgo los cuerpos abiertos en canal y me imagino a los amiguitos de mi hijo disfrutando como genuinos diablos,  abriendo esos vientres fríos y rígidos para meter sus cabezas entre las entrañas. “El Juego de los Valientes”, que suelen llamarlo, pero no sé bien por qué.

Tras el esfuerzo que supone apilar los cuerpos de los desconocidos en un rincón y que después debo trocear e introducir en bolsas de basura para tirarlas en el contenedor antes de la medianoche, que es cuando pasa el camión de la limpieza, me pregunto cómo podré quitar la  sangre del suelo y las paredes. Mi idea inicial había sido forrar todo con plástico y papel para evitar las manchas pero Carlos me había dicho que entonces sería “menos divertido” y ante todo está la felicidad de mi hijo. Tenía mucho trabajo por delante y al menos iba a necesitar un par de días para dejar aquello como si nada hubiera ocurrido.

Recojo las velas negras que había colocado en el suelo, en los vértices de un pentagrama dibujado con tiza, ya apagadas y casi consumidas y las meto en otra bolsa. Las lanzo junto al bulto donde están las cabezas cercenazas. Miro en rededor. Hay  restos de cadáveres a un lado y otro del sótano. Siento  algunas arcadas al descubrir trozos de hígado pisados, hecho papillas encima de unos platos e intestinos resbalando entre las sillas. No han comido mucho, la verdad, y es una pena tirar todo aquello pero no queda otra opción.

Cuando decido descansar son ya las dos de la mañana. Me ha costado mucho llevar los cuerpos desmembrados al final del jardín  para dejarlos en el contenedor. Incluso he tenido que  pedir al conductor del camión que aguardara unos instantes pues le señalé que  aún debía recoger las cabezas del cumpleaños y él, lejos de molestarse y poner cara de energúmeno, se bajó del camión y me echó una mano. 

-Espero que los chicos se lo hayan pasado bien.

-Yo creo que sí. Gracias

Se marchó y permanecí unos instantes observando el camión, hasta que las luces se extinguieron en la oscuridad. Encendí un cigarrillo, lo fumé tranquilamente y después volví al interior para seguir limpiando.

Oigo ruido a mis espaldas y me giro. Carlos está  sentado en mitad de las escaleras, con la cabeza  hacia abajo. Tiene  la barbilla pegada al pecho. Me siento  junto a él.

-¿Qué te pasa, Carlos, no te lo has pasado bien?

Se encoge de hombros pero no levanta la cabeza. Parece triste y le paso el brazo por los hombros. No se mueve.

-¿Qué te ocurre?

No me responde. Me agacho sobre él y le pido que levante  su cabeza pero no quiere hacerlo. Trato  de levantársela yo pero no lo consigo. Le obligo a ello y al hacerlo descubro que sus ojos están cubiertos de  lágrimas.

-¿Te han hecho daño tus amigos?

Niega con la cabeza y se levanta para subir corriendo. Voy  tras  él y lo pillo mirando por la ventana. No puedo entender qué es lo que ha pasado en la fiesta para que ahora se comporte de este modo   y juro que si alguno de esos pequeños diablos le ha hecho algo no dudaré  en ajustar cuentas con sus padres, por muy demonios que estos sean. Carlos había insistido mucho en invitar precisamente a esos amigos  y no a otros compañeros de colegio. Quería precisamente al grupo de esos siete muchachos que vivían en este pequeño y oscuro pueblo en el que habíamos caído sin comprender que casi nos estábamos metiendo en el mismísimo infierno. Nunca supimos, hasta que fue demasiado tarde, que habíamos comprado una casa en un pueblo maldito y aunque en el colegio mi hijo jugaba con  niños humanos, aquí, en esta población, sólo había demonios y era fácil vivir con ellos si aceptabas sus normas y costumbres. Y nosotros lo hicimos. Hoy había sido el primer cumpleaños que mi hijo había celebrado con ellos y nos ajustamos a las directrices establecidas. Aún así, nunca fuimos bien recibidos. Ellos, los demonios,  aunque parezca extraño entenderlo, nos tenían miedo a nosotros, los humanos, como si fuéramos bichos raros. 

Necesito saber por qué Carlos se encuentra  tan triste y deprimido. Comienzo  a hablarle. Sigue dándome la espalda. Mira por la ventana. Tiene los brazos levantados y las palmas de las manos pegadas al cristal, al igual que su frente. Guardo silencio, extrañado, cuando descubro un inesperado resplandor en el exterior. Me asomo a la otra ventana. No me doy cuenta de que Carlos abandona su posición y desaparece en una de las habitaciones.

Fuera está  ocurriendo algo extraño. El resplandor, tembloroso e inquietante, procede de varias antorchas colocadas en círculo alrededor de la casa. Están clavadas en el jardín y nosotros nos encontramos  en el centro. Junto a aquellas antorchas  vislumbro la silueta de siete niños vestidos enteramente de negro y no dudo de que son los mismos que han estado horas antes en la fiesta de cumpleaños. Esta vez sus padres no aparecen por ninguna parte. 

Por primera vez desde que nos mudamos a aquella casa estoy asustado. Nunca los diablos, ni tampoco los demonios, habían hecho algo tan extraño e intuyo que no significa nada bueno. Escucho ruido a mis espaldas pero no me giro, supongo que Carlos permanece  tan asustado como yo. 

No quito ojo de la visión que me aguarda en el exterior. Las siete diminutas figuras permanecen  inmóviles, con sus rostros volcados hacia la casa. Desde la distancia puedo apreciar  sus pupilas dilatadas y encendidas, recubiertas de un fulgor rojizo que me hace palidecer. Temo por mi vida y sobre todo por la de mi hijo pero no muevo  ni un solo músculo. Ha sido un error convivir con los demonios, no cabe duda. La tranquilidad nos ha arropado hasta este mismo momento pero aquellos seres son  perversos por naturaleza y ahora, por algún motivo, están aquí y vienen  a por nosotros. Son unos malditos críos pero no hay  nada que hacer, solo espero que no quieran entrar, que todo no sea más que una broma para asustarnos. Si es así, lo están consiguiendo. 

Apenas me da tiempo de girarme cuando vuelvo  a escuchar un ruido extraño a mis espaldas pero consigo ver venir el filo del hacha que se aproxima vertiginosamente hacia mí. Antes de recibir el impacto y de que mi cabeza vuele para estrellarse contra la pared, puedo fijarme en la expresión maléfica que contiene el rostro de Carlos. Parece que lleva  una máscara cubriendo su angelical cara, tal vez para semejarse a ellos,  y en el momento en que mi cabeza se separa del cuerpo, comprendo y acepto  que mi querido hijo ha decidido dejar  de ser humano para convertirse en  diablo.

Algo ocurrió en la fiesta de cumpleaños, algo que le llamó poderosamente la atención, que le excitó y entusiasmó, que le hizo querer ser como ellos y entendió que tal vez  (quizá aconsejado por sus amigos) la única forma de abrazar el Mal fuera  realizando un acto malvado. Y el cabrón de Carlitos ha  decidido  liquidar  a su querido papá. 

Tal vez en su defensa esgrimirá el argumento de que las voces de los diablos le animaron a ejecutar tan salvaje acto  y en esta ocasión, casi de forma literal, no le faltará razón…




CITA CON LA MUERTE


El motor del coche rugía bajo la lluvia. Dentro del vehículo, un hombre barbudo de cuarenta años se aferraba al volante y mantenía los ojos clavados en la poca visibilidad que facilitaba la lóbrega  tormenta que se había desatado apenas hacía veinte minutos. El cielo, cubierto de un manto oscuro y tenebroso, arrojaba agua como si deseara ahogar a todos los habitantes del planeta. Las gotas de lluvia golpeaban la carrocería y el ruido que producían estaba poniendo de los nervios al hombre que dudaba si detenerse en el arcén para protegerse  del temporal o seguir conduciendo hasta su destino final. Optó por continuar adelante. Tenía un trabajo que realizar  y no podía faltar a su cita ni retrasarse. El cielo se iluminaba cada pocos segundos para dejar paso a fuertes explosiones que hacían retumbar los cristales del automóvil. Estaba claro que el hombre conducía bajo el epicentro de la tormenta.

No se detuvo. Levantó el pie del acelerador pero siguió conduciendo colocando todos y cada uno de los sentidos sobre la calzada. Los faros del coche apenas desgarraban la oscuridad, una oscuridad que parecía agitarse en la noche, bajo el diluvio, como seres diabólicos y amenazantes. Entonces, casi de refilón, sus ojos detectaron movimiento a un lado del camino.

No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Una figura caminaba por la derecha, bajo el aguacero. Llevaba un traje de agua de color verde completamente empapado y portaba una vieja maleta. El hombre arrugó su rostro en señal de sorpresa y aminoró más aún la velocidad. ¿Quién en su sano juicio podía estar caminando por la carretera a esas horas y con semejante temporal?

Tocó la bocina manteniendo aún la sorpresa anclada en su rostro pero la figura siguió caminando, como si aún no se hubiera percatado de su presencia. El hombre apenas podía vislumbrar con detalle la figura que deambulaba y más parecía una masa verde oscura que chorreaba agua que una persona desorientada. Le llamó la atención la maleta que portaba en su mano izquierda. Por lo que podía intuir, pesaba demasiado y la figura se detenía cada pocos metros para dejarla en el suelo y al instante agarrarla con la otra mano. El hombre miró el reloj del salpicadero y masculló una maldición que arrojó a través de sus dientes apretados. Llegaba tarde. Y podía tener problemas por ello si no resolvía el asunto de forma satisfactoria. A veces ocurría, pocas, la verdad, pero se les permitía una serie de errores si estaban justificados aunque una tormenta, por muy terrible que  fuera, no entraba dentro de esas “anomalías que te permiten faltar a la cita”. De cualquier modo, la realidad era que no llegaba, que la persona con la que había quedado iba a librarse de su encuentro y era evidente que tenía que poner remedio a una situación que por mucho que adornara en su informe le podría ocasionar serios problemas. Entonces, sabiendo que su cita se anulaba en ese preciso instante y que hiciera lo que hiciese no podría llegar,  prestó mayor atención a la figura que caminaba delante suyo y se encogió de hombros: Ahí estaba la solución.

Tocó la bocina y el ruido quedó ahogado por el retumbar de un poderoso trueno, después, un nuevo relámpago alumbró la escena para apagarse de inmediato y permitir  el rugido del cielo enfurecido. Volvió a presionar el claxon y esta vez la figura se detuvo en seco. El hombre vio que se giraba unos instantes. Llevaba una capucha puesta por lo que su rostro permaneció oculto bajo ella, ayudado por el manto de oscuridad que cubría   el exterior. Aún así, la figura comenzó a caminar hacia el coche.

El hombre no dudó en ningún momento en apretar el botón para bajar la ventanilla que estaba situada a su derecha. Observó un momento la oscuridad que reinaba a su alrededor, iluminada tenebrosamente por los relámpagos que se sucedían ininterrumpidamente, como latigazos en la espalda de un esclavo, y se estremeció notablemente. Miró  la figura que caminaba hacia el coche. Era una masa deforme envuelta en un traje de agua completamente empapado. Vio que esa figura alargaba la mano. En un primer momento el hombre pensó que la figura asomaría su cabeza para preguntar si podía subir pero dado el aguacero que estaba cayendo y el frío que entraba por el hueco que había dejado el cristal, era comprensible que  decidiera entrar directamente; él habría hecho lo mismo.

La puerta del coche se abrió y la figura pronunció algo con una voz que sonó muy débil, apenas perceptible. No pudo ver su rostro, que permanecía oculto bajo la capucha del traje de agua. Con un moviendo rápido, entre truenos y relámpagos y el sonido de un viento que trataba de llevarse violentamente las intensas gotas de agua para traer otras muchas en su lugar, la figura agarró la maleta y la colocó en la parte trasera, después, aún en el exterior, se quitó rápidamente el traje de agua y lo dejó caer en el  suelo. Se introdujo en el coche tomando asiento, cerró la puerta y volvió su rostro hacia el conductor.

El hombre abrió la boca, estupefacto, y no pudo evitar echar un exhaustivo vistazo a la mujer que se había sentado junto a él.

Abrió tanto los ojos que a punto estuvieron de salírsele de sus órbitas al contemplar las hermosas piernas que habían quedado al descubierto cuando la corta falda negra se subió más allá de la mitad de los muslos.  Recorrió aquellas piernas lentamente con la mirada y se fijó en los bonitos zapatos de tacón de aguja que cubrían sus pies. A pesar del traje de agua que había pretendido protegerla de la lluvia, el cuerpo de la mujer estaba completamente mojado y no pudo evitar que sus ojos  se posaran en la camisa blanca de manga corta que tenía pegada y que descubría, bajo la tela húmeda, un busto enorme libre de cualquier atadura; los pezones erectos se marcaban tras la fina tela. El hombre, recuperado parcialmente de la sorpresa, se sintió obligado a levantar la cabeza y descubrió el bello rostro de una mujer de labios finos y cubiertos de carmín. Sus miradas se cruzaron y él se bañó en el color celeste de sus ojos. El pelo rubio y liso de la mujer estaba completamente mojado, lo que le otorgaba un aspecto muy excitante.

-¡Qué suerte que has pasado por aquí!.-dijo la mujer bajando la mirada y girando su cuerpo para colocarse el cinturón.-Estoy completamente empapada.

El hombre no pudo evitar acariciar con su mirada los pechos de la mujer que podían verse perfectamente tras su ceñida ropa. Los grandes senos se marcaban con tanta fuerza que se imaginó tener la cabeza entre ellos. No dijo nada. Sacudió sus pensamientos, que en ningún momento saltaron de su imaginación, y pisó el acelerador con suavidad mientras la tormenta seguía desencadenada en el exterior. La lluvia caía con fuerza brutal sobre la calzada y el ruido que producía en el coche semejaba al sonido de miles de pájaros que pretendían destruir la carrocería a base de agresivos picotazos. El hombre, mientras conducía bajo el fuerte temporal, no pudo evitar mirar de soslayo las curtidas piernas de la  desconocida, acariciándolas con su mirada. Las vio temblar y estuvo tentado de ofrecerle algo de ropa para que se cubriera pero se lo pensó mejor y siguió conduciendo. Era preferible  verla así…

No hablaron durante largo tiempo. El coche parecía internarse a través de una carretera solitaria, como si estuviera accediendo a un mundo siniestro y desconocido del que nunca jamás regresarían.

-¿Cómo te llamas?.-dijo finalmente el hombre.

La mujer no respondió. Miró hacia ella y la vio con los ojos cerrados. Parecía dormida. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado y el hombre la examinó durante unos instantes. Decidió detener el coche en el arcén. Dejó el motor en marcha. Se volvió hacia ella. ¿Qué edad podía tener? Era una mujer joven, todavía no habría llegado a la treintena y era preciosa. Contempló en silencio cómo el pecho subía y bajaba a causa de su profunda respiración. Examinó sus piernas, con esos muslos relativamente separados, cutidos al sol… subió su mirada y las volvió a posar sobre los turgentes pechos. Abrió la boca y se pasó la lengua por los labios, después contempló la cara de la mujer. Era hermosa. Tenía la boca entreabierta y respiraba tranquilamente. Estuvo a punto de tocarla pero se contuvo. Se colocó nuevamente frente al volante e hizo que el coche avanzara. En silencio, estuvo pensando en la mala suerte que había tenido. El maldito temporal le había retrasado y ésa era la razón, la única razón, de que aquella mujer estuviera sentada en el interior de su coche. Era una desgracia para ella, sin duda, pero se sentía obligado a cubrirse las espaldas y garantizar a sus superiores una solución al problema de por qué la cita no se había producido y el escogido seguía viviendo. “Un alma por otra alma” y todo se quedaría en una pequeña bronca, sin que le abrieran un expediente por su incompetencia. Nunca le había pasado algo parecido, jamás había faltado a su cita pero sabía de otros compañeros que habían salvado el culo haciendo lo que estaba a punto de hacer él. 


Inmerso en sus pensamientos, el coche continuó avanzando por la carretera desierta. La tormenta, embravecida, seguía sacudiendo el exterior y el cielo, agresivo y violento, amenazaba con caerse en cualquier momento. El manto oscuro y terrorífico que lo cubría cada minuto que pasaba adquiría un aspecto más temible. En algún momento, el hombre se sintió observado y al girar su cabeza descubrió que la mujer lo contemplaba con el  rostro cansado a través de sus grandes y hermosos ojos.

-Es una pena.-murmuró el hombre volviendo la vista al frente.

-¿El qué?

-Tenía una cita, un trabajo que realizar y no he llegado a tiempo.

-¿Era muy importante?.-preguntó la mujer moviéndose incómoda en el asiento.

-Para mí solo es un trabajo pero para ellos, para mis jefes, es de vital importancia claro.

-¿Y vas a tener problemas?

El hombre permaneció en silencio varios segundos antes de contestar y lo hizo  sin apartar la mirada de la carretera.

-No, gracias a ti no los tendré.

El cuerpo de la mujer sufrió una pequeña sacudida, como si hubiera intuido el peligro  y pensando que quizá podría tomar  la decisión de saltar con el vehículo en marcha, el hombre pisó un poco más el acelerador y se internaron, más aún, en la oscuridad.

-¿Cómo te gustaría morir?

La pregunta  explotó dentro de la cabeza de la mujer que abrió sus grandes ojos y los pegó en la silueta del hombre, que seguía con la vista al frente, aferrando el volante con fuerza.

-No tengas miedo.-el hombre desvió su rostro hacia la mujer, mantenía en el interior de sus ojos un brillo de tristeza.-No puede ser de otro modo.

-Detén el coche, por favor.-pidió la mujer poniéndose tensa.

El hombre suspiró consternado y aceleró un poco más. El sonido del motor, que ahora rugía con potencia, se confundió con el ruido de los truenos que  gritaban  sobre sus propias cabezas.

-A las dos y cuarto de la madrugada, en un pueblo que aún está a varios kilómetros de distancia, un hombre de 58 años tenía que morir.
La mujer miró inconscientemente el reloj del salpicadero. Marcaban las tres y media.

-Yo tenía un trabajo que realizar, debía matar a ese hombre a la hora indicada y no he podido llegar…

-Eres un asesino.-dijo la mujer con una entonación que pareció convertirse en  una pregunta.

-Sí y no.-dijo el hombre sin dejar de mirar la carretera.

-¿Por qué tenías que matarlo? ¿Qué es lo que te había hecho?

-A mí nada, la verdad. No lo conozco.-suspiró el hombre con cierto tono de resignación.-Yo soy un simple empleado…

-¿Un asesino a sueldo?.-preguntó la mujer que  llevó una  mano a la puerta y con la otra se aflojó el cinturón.

-Podría decirse así.-respondió pensativo el hombre.-Pero no exactamente.

-¿Por qué tenía que morir ese hombre?

-No lo sé, la verdad. Yo no hago preguntas. Tenía que visitarlo a las dos y cuarto exactamente  para llevármelo.

-¿Llevártelo?

-Sí, así funciona esto…

La mujer logró quitarse el cinturón completamente e intentó abrir la puerta decidida a saltar para huir pero por más que lo intentó no pudo hacerlo. Miró espantada  hacia el hombre y se encontró con su mirada. La observaba con lástima.

-Eres una preciosidad.

-No me hagas nada, por favor…

-No tengo alternativa.-suspiró el hombre.

-Claro que la tienes. Puedes dejarme marchar.

-Entonces yo tendré problemas.

-¿Por qué?

-Es complicado.  Ese hombre no ha muerto y en su lugar tengo que entregar otra alma. Esto funciona así, ¿Entiendes?

-¿Otra alma?

-¡Tengo que matarte! ¡Dime cómo quieres morir!

La mujer permaneció en silencio sin entender las extrañas palabras que el hombre pronunciaba.

-Por favor.-volvió a decir.-Dime cómo quieres morir.

-Por qué yo…

-¡Porque estás aquí! ¡Porque ese hombre no ha muerto! ¡Porque tengo que hacer mi trabajo!  He fallado y debo asumir mi responsabilidad pero si te entrego a ti, si acabo contigo, entonces ellos me darán otra oportunidad.

-¿Quién eres?.-preguntó la mujer asustada.

El hombre detuvo el coche en seco, en mitad de la carretera. La lluvia caía con extrema violencia sobre la carrocería, los relámpagos permitían que las sombras se redujeran a tenues penumbras que se apagaban al instante  cuando los berridos de las nubes rugían con potencia. Sin dejar de sujetar el volante, sin dejar de mirar hacia el frente, el hombre contestó a la pregunta que la mujer le había formulado:

-Soy la muerte.

Tras aquellas palabras, la tormenta pareció detenerse al instante y un silencio ominoso se adueñó del interior del vehículo. Tan sólo la respiración agitada de la mujer podía escucharse. El hombre desvió la cabeza y la  miró directamente.

-No quiero matarte pero no tengo otra opción. Si no les entrego un alma inmediatamente ellos perderán la paciencia y entonces…

-¿Quiénes son ellos?

-No lo sé.-respondió el hombre con sinceridad.-Pero se alimentan de las almas y es su hora de comer.

Miró una vez más el bello cuerpo de la mujer, la vio temblar, quizá de frío, probablemente de miedo y la devoró con la mirada. Era demasiado hermosa para perder la vida tan pronto. Si pudiera encontrar a alguien más, alguien que estuviera tan cerca como esa mujer, alguien que no le importara en absoluto, que le diera exactamente igual si vivía o si por el contrario moría… entonces podría…

De pronto, el hombre ladeó la cabeza y tuvo una idea. Sonrió  Era una completa locura, un pensamiento absurdo,  pero podría funcionar. Pulsó un botón junto al volante y los pasadores de las puertas subieron, produciendo un sonido desagradable. 

-Márchate.-dijo.

La mujer abrió la puerta y salió rápidamente del coche. Permaneció unos instantes mirando hacia el hombre, creyendo que quizá él también saldría para agredirla, matarla y dejar su cadáver junto a la carretera pero el hombre permaneció sentado frente al volante. La mujer comenzó a correr, alejándose por el mismo lugar por el que habían venido, recorriendo la carretera sin mirar atrás. La oscuridad la devoró y su silueta desapareció engullida por las sombras.

El hombre forzó una sonrisa y contempló sus ojos oscuros en el espejo retrovisor, después salió del coche.

Necesitaba a alguien que estuviera muy cerca,  quedaba poco tiempo para tranquilizarlos, tenía que entregar un alma, el alma de  alguien que se encontrara en las cercanías y solamente se le ocurrió adueñarse de una de las personas que de algún modo había formado  parte de todo aquello desde el principio…

Giró su cabeza en varias direcciones hasta que encontró un punto concreto y comenzó a caminar lentamente hacia allí. La figura del hombre cada vez resultaba más grande, como si se estuviera acercando al objetivo de una cámara, como si todo esto no fuera más que una película y su imagen ocupara toda la pantalla de un viejo televisor.  Se aproximaba, despacio, sin prisa. Su imagen cada vez era más grande, cada vez estaba más cerca,  hasta que su rostro, en el que mantenía una expresión de esquiva frialdad, cubrió por completo toda la escena.

Ahora solamente eran sus ojos enormes, oscuros y tenebrosos, los que miraban hacia el frente  a través de aquél objetivo, de aquella ficticia cámara,  para clavarlos  directamente sobre  la persona que estaba leyendo esta historia. 

Sonrió.

Las palabras en la pantalla, que hasta ahora habían permanecido estáticas,  parecieron temblar detectando la inquietud del lector, que no apartaba sus ojos de estas líneas, sorprendido por el inesperado giro que habían tomado. 

Y entonces, a medida que la persona que leía  iba recorriendo estas frases, las palabras comenzaron A CONVERTIRSE EN MAYUSCULAS Y LA VOZ DE LA MUERTE ESCRIBIÓ   UNA PREGUNTA TERRIBLE QUE LO DEJO PETRIFICADO:

QUERIDO LECTOR, AMADA LECTORA, ¿COMO QUIERES MORIR?


ORGULLOSA DE MI FAMILIA


Nunca nos hizo gracia irrumpir en una casa que no nos pertenecía, perturbando la paz de sus inquilinos, asustándolos incluso. Y comprendemos que los dueños de esta vivienda hayan hecho lo imposible para echarnos de aquí. Creedme, si hubiéramos tenido otra alternativa no habríamos entrado aquí pero no había ninguna opción, no se nos presentaron otras oportunidades y todo se reduce a una simple cuestión de supervivencia.

Lo han intentado de todas las maneras posibles y no han logrado librarse de ninguno de los miembros de mi familia. Duele que  nos hayan tratado como a seres miserables y repugnantes, como si no tuviéramos también el derecho a exigir una casa digna, a dormitar bajo techo  y la vida, la puta vida, no nos ha dejado otra alternativa que la de invadir el espacio de esas personas que ahora nos gritan, patalean y tratan de agredirnos cuando detectan nuestra presencia.

No estaríamos aquí dentro si  la casa hubiera estado ocupada. Estaba libre. Un hogar desperdiciado. Si entramos aquí es porque no vivía nadie, absolutamente nadie y sí, nos adueñamos del lugar. Naturalmente que está mal pero yo también me veo en la obligación de buscar la manera de dar cobijo a mi familia. No puedo permitir que deambulen de un lado a otro en la calle, pasando frío, ocultándose de la lluvia y evitando el agrio temporal. Aquí, al menos, vivimos bajo un techo seguro.

No tenemos luz y eso no nos importa. Hace frío, pero es más soportable que el del exterior. Nos agrupamos y dormimos cerca, rodándonos, dándonos calor. Y sin embargo, no gozamos de la tranquilidad necesaria porque cuando al cabo de varias semanas considerábamos que este era nuestro hogar, nuestro nuevo y definitivo hogar, sus dueños llegaron para echar un vistazo y nos vieron aquí dentro. Sus rostros se llenaron de espanto y horror al detectar nuestra presencia y gritaron aterrorizados al descubrir que habíamos violado su intimidad. Se fueron cerrando la puerta violentamente, asustados. Nada nos dijeron. Simplemente temblaron sorprendidos. Les dimos miedo. Y pensé que no volverían más, que se habían dado por vencidos. Pero me equivoqué. Era demasiado bonito pensar que de algún modo habían renunciado a su hogar, un hogar que desde el primer momento en el que entramos supimos que no nos pertenecía.

Y esta vez no vinieron solos. Los dueños de la casa estaban acompañados de un hombre extraño, un hombre que nos dio un miedo atroz y que  sólo asomó su rostro por la ventana para  observarnos con detenimiento, como si estuviera en un zoo y nosotros fuéramos  leones encerrados en pequeñas y sucias  jaulas. Lo miramos y nuestros ojos se cruzaron. Sentí pavor, un miedo visceral como jamás había sentido y en aquél momento me preocupé por la suerte de mi familia. Me acobardé y huí de la vista de aquél misterioso hombre. Se marchó también. Escuché cómo se alejaba de la casa junto a los dueños y me apresuré por llegar a la ventana, la misma por la que segundos antes el hombre nos había estado observando; los vi marcharse. Se me heló la sangre al descubrir que mientras los dueños de la casa se metían en un coche, el hombre lo hacía en una furgoneta blanca con un logotipo en el lateral que primero me hizo estremecer y luego temer por la vida de mi familia.

Lo más aterrador fue advertir que los propietarios de la vivienda que habíamos ocupado le entregaban las llaves de la casa a ese aterrador hombre, que ocultaba su cabeza bajo una gorra azul que llevaba el mismo dibujo horrible que viera en el cuerpo de la furgoneta.
Después de cerciorarme de que se habían marchado supuse que era una mera cuestión de tiempo que nos sacaran de la casa. Y lo harían por la fuerza. Reuní a mi familia en el salón. Éramos tantas que casi ya ni cabíamos pero las obligué a agruparse y sobre todo a prestar atención, incluso a las más jóvenes.  Nuestra tranquilidad, nuestra seguridad, se había estrellado estrepitosamente, como si un verdugo le hubiese cortado la cabeza de un cruel hachazo.

Se asustaron tras escuchar mis palabras. No pude evitar el temblor en mi voz y no supe trasmitirles otra cosa que no fuera el temor. Se alarmaron y propusieron abandonar, huir de inmediato y casi apoyo aquella postura pero… ¿A dónde íbamos a ir? No teníamos muchas opciones y entonces se me pasó por la cabeza la loca idea de luchar, impedir que nos sacaran de aquí, plantar cara. Hubo dudas, pero en general estuvieron de acuerdo y en aquél mismo momento creí que era un error pero por alguna razón no dije nada y dejé que se organizaran para lo que podría significar la batalla más importante de nuestra mísera existencia.
Tal y como dije, fue cuestión de tiempo. 

Tres días después el hombre de la gorra aparcó su furgoneta frente a la casa. Los centinelas, apilados en las diferentes ventanas nos advirtieron de su llegada. Me asomé para comprobar que efectivamente era así. El hombre tenía medio cuerpo dentro de la furgoneta. Había  abierto la puerta lateral y cogía cosas de su interior. Se estaba preparando para entrar y su intención (yo lo supe desde el primer momento) no era echarnos  por las buenas sino aniquilarnos a todas.

Cuando el hombre sacó su cuerpo del vehículo, llevaba puesta aquella despreciable gorra y vestía un mono de color azul con el mismo logotipo que me horrorizara la primera vez que lo viera,  grabado a la altura de su corazón y también, por lo que pude advertir, a ambos lados de los hombros. Escuché exclamaciones y murmullos de algunos miembros de mi familia y no dije nada. No había tiempo para tratar de tranquilizarlas. Esto podía significar el fin de nuestra existencia.

El hombre llevaba el rostro cubierto por una mascarilla de color blanco y sus ojos, de mirada tensa y diabólica, estaban protegidos por gruesas gafas que le otorgaban un aspecto ridículo. Pero no sentíamos ganas de burlarnos. Sacó una especie de botella con una manguera del interior de la furgoneta, algo parecido a un extintor, y cerró la puerta de la furgoneta. No pude evitar que  vieran el círculo rojo impreso en el lateral, en cuyo centro había el dibujo de una gigantesca cucaracha atravesada por una gruesa línea también de color rojo, el mismo logotipo que el hombre lucia en su gorra y buzo de trabajo.

Gran parte de los miembros de mi familia murmuraron, otras se alarmaron y varias de ellas huyeron. Sin embargo, me enorgullecí de todas aquellas que permanecieron imperturbables en sus puestos prestas para el combate. 

El exterminador giró su cuerpo y comenzó a avanzar hacia la puerta de la casa. Nosotras nos agazapamos, siguiendo el plan establecido. Nos subimos por las paredes, aguardamos agarradas en los marcos de la puerta, en el suelo, dispuestas a saltar en cualquier momento sobre el enemigo. Probablemente no teníamos nada que hacer, sobre todo si el exterminador lanzaba el veneno por las ventanas antes de entrar en la casa. De todos modos ha sido una suerte que  este hombre acuda en  solitario para combatirnos, la batalla quizá resulte  más sencilla, lo que no quiere decir que si vencemos, si salimos airosas de todo esto, no tengamos que cambiar de vivienda. Nuestros días aquí, de un modo u otro, se han acabado por completo, eso  lo sabemos todas y cada una de nosotras.

Tal vez el exterminador cometió una estupidez auspiciado por un alarde de confianza que iba a suponer una oportunidad para mí y mi familia. Introdujo la llave en la cerradura. Al parecer tenía intención de entrar tranquilamente por la puerta principal, acceder al inmueble y atacarnos con sus gases y venenos, esparciéndolo sobre las esquinas con la pretensión de matarnos.

Y fue al abrir la puerta cuando realmente me sentí orgullosa de mi familia. Se abalanzaron sobre el despreciable exterminador como auténticas guerreras. Cayeron desde el techo y cubrieron la espalda del desgraciado hombre, que apenas dispuso de tiempo para  reaccionar. Creo que se sorprendió al vernos todas allí, agazapadas junto a la puerta, cubriendo el suelo y las paredes por completo, observándolo con desidia. Éramos muchas más de las que llegó a ver desde la ventana cuando visitó la casa junto a los dueños de la casa. Tal vez esperaba que estuviéramos ocultas en las grietas, escondidas en los armarios, temiendo por nuestra vida. Se acabó retroceder. Era el momento de plantar cara.

El exterminador profirió un grito que sonó tan distorsionado como ridículo  detrás de su asquerosa y repugnante mascarilla. Trató de huir. Giró su cuerpo y sus botas negras aplastaron a algunos miembros de mi familia. Escuché sus chillidos cuando sus cuerpos se rompieron y eso, lejos de despertar nuestro temor, nos enfureció. Además, estábamos hambrientas, muy hambrientas.

Caímos sobre el hombre saltando desde las paredes y aferrándonos a su buzo, tratando de penetrar por alguna abertura. Nos introdujimos  en el interior de sus botas, deslizándonos por sus piernas, llegando a sus pies. Recorrimos su cuerpo buscando aberturas, cubriendo su cuello. Alguna de nosotras pudo acceder al interior y mordió con rabia inusitada la carne  del exterminador. Aulló de dolor cuando su rostro se cubrió de numerosos cuerpos oscuros que se movían vertiginosamente. Contemplé la escena orgullosa, satisfecha y escuché claramente los júbilos de mis compañeras cuando alguna de ellas rasgó la mascarilla que protegía su boca y nariz y logró colarse en su interior. Otras pudieron desplazar las gafas que cubrían sus ojos y los dejaron libres. Llegaron hasta allí, con fiereza. El hombre se agitó con fuerza, aplastó a muchas más de mi especie pero no cesamos en nuestro empeño. Resultaba cómico ver cómo se golpeaba el cuerpo con sus brazos para tratar de aplastarnos. Algunas caímos, muchas muertas, otras desorientadas pero la mayoría se aferró como pudo a la ropa del hombre, mientras otras subían desde el suelo para cubrir por completo el cuerpo del desdichado y otras lograban entrar a través de los guantes y se colaban por el cuello para resbalar por su espalda.

Mordimos con fuerza. Le hicimos sangrar. Y lo más curioso de todo es que nos gustó esa sensación de superioridad. Fue rápido pero gritó todo lo que quiso e incluso un poco más. Desgarramos sus ropas y como un enjambre nos colamos en su interior. El resto fue bastante fácil. Aprovechamos su boca abierta y otros orificios de su cuerpo  para meternos dentro, una tras otra. Bajamos por su garganta, caminamos por su recto, nos hicimos paso entre las orejas;  éramos tantas que todas no pudimos tener el privilegio de alimentarnos de sus entrañas.. Pronto dejó de agitarse.

El cuerpo cayó al suelo agarrotado. Durante un tiempo más sus piernas se movieron como el rabo cortado de las lagartijas. Quedó cubierto en milésimas de segundo por muchas de nosotras y enterramos su cuerpo bajo nuestra masa, que se movía estrepitosa y sin orden, buscando un hueco porque el que acceder.

No tardó mucho en quedar reducido a un amasijo de huesos y nosotras no tardamos demasiado en dejarlos secos, blancos y relucientes. Fue un manjar impresionante, algo que nunca llegamos a imaginar.

Cuando todo acabó tomamos la retirada y nos preparamos para abandonar la vivienda. Algo había cambiado en nuestro interior. Nos sentíamos más vigorosas y fuertes, invulnerables, superpoderosas. Sin embargo, la sensación más especial era que estábamos excitadas y yo, personalmente, orgullosa, muy orgullosa de toda mi especie.

Teníamos la convicción de que habíamos cambiado. Nuestra conducta iba a ser  diferente a partir de ahora. Habíamos luchado con rabia y ferocidad, sabiendo que muchas de nosotras iban a caer pero se acabó eso de rendir pleitesía a los seres humanos. Se acabó huir y rendirse. Desde este momento  haríamos frente al enemigo. Y ya no nos importaba si la siguiente vivienda en ser ocupada tendría inquilinos o no. Es más, queríamos entrar en miles de casas, asomar nuestras cabecitas y abalanzarnos inexorable y violentamente sobre  sus habitantes para devorarlos,  saciar nuestro voraz apetito y cumplir con el nuevo destino que se abría ante nosotros.

Y con ese pensamiento salimos a la calle, con astucia y precaución, perfectamente organizadas.



Nunca nos veréis llegar. Asomará la cabecita de una de nosotras por el fregadero o recorreremos en pequeño número el interior de los armarios, explorando, y puede que acabéis con ellas pero somos más, muchas más, las que permanecemos ocultas en vuestras viviendas.

Entraremos en vuestros hogares y aunque solo advirtáis la presencia de un pequeño puñado de nosotras… el resto estamos ahí, agazapadas, aguardando el momento oportuno en que se designe el ataque definitivo.

Y somos tantas, es tal nuestro número repartido a lo largo y ancho del mundo, que me satisface intuir lo poco que vais a durar bajo nuestros pequeños y repugnantes cuerpecitos…

Vuestros llantos nos darán la fuerza necesaria para engulliros y convertiros en simples restos óseos mientras el planeta, en su agonía, nos agradece nuestro esfuerzo por liberarle de la peor plaga que durante siglos lo ha habitado.