EL HOMBRE MALO


Hundió el pie en el pedal y las ruedas chirriaron sobre el asfalto. El cuerpo de la niña saltó por los aires y golpeó el cristal, que se hundió hacia el interior para reventarse después en múltiples pedazos.  Decenas de esquirlas diminutas volaron vertiginosamente hacia el conductor y se clavaron en  sus ojos. El coche siguió avanzando ya con las ruedas inmóviles y pegó varias sacudidas hasta quedarse detenido junto a un árbol. Ernesto aulló de dolor a causa de los fuertes golpes que se había dado en la cabeza. Tenía las piernas doloridas y los brazos entumecidos. La sangre resbalaba por sus mejillas, procedentes de sus ojos, rotos a causa de la cantidad abundante de cristales que los habían perforado. Con la oscuridad como única protección y el dolor acompañando cada movimiento que ejecutaba, a su mente le vino la imagen espantosa de la misteriosa niña que había surgido repentinamente en mitad del camino. 

No la había visto. No estaba allí y de repente apareció frente a los faros del coche, en mitad de la noche, vestida con aquél ropaje blanco y sucio…

Trató de evitar el choque. Movió el volante con brusquedad y pisó el freno, pero fue  demasiado tarde. El coche arrolló el cuerpo frágil y diminuto  de la niña, que con su pelo húmedo y negro azabache, como una  sombra espesa, permaneció inmóvil hasta el mismo instante del impacto, mirándolo directamente con unos ojos cubiertos de  arrugas de aspecto infernal.

Sucedió todo tan rápido, en tan breves milésimas de segundos, que parecía mentira que pudiera retener la escena entre sus ensangrentadas retinas como si fuera una película que hubiera visto mil veces. 

En el momento de la colisión, justo antes de que el cuerpo de la pequeña niña recibiera el golpe y saliera despedida por los aires, contempló su rostro y  advirtió que la mirada que expresaban sus ojos era temible, atroz, como si en lugar de una niña perdida fuera una bestia maléfica procedente del inframundo. Jamás podría olvidar aquella boca negra que parecía  un simple agujero en un rostro maldito y marmóreo.

Ernesto no estaba del todo  convencido de que lo que hubiera atropellado fuera una niña normal y corriente y no podía quitarse de la cabeza la imagen fatal de la fantasmagórica chiquilla. ¿Y si se trataba de un espectro errante o de otra criatura  mucho más temible? Había gente que contaba historias horrendas sobre aquellos parajes, nunca jamás había creído en ellas pero ahora dudaba de si los terroríficos relatos pudieran contener retazos veraces.

Escuchó un ruido cerca. Prestó atención, mas el silencio lo arropó con una indiferente frialdad. Ernesto trató de moverse pero las piernas no le respondían. Tal vez se las había roto, no se las sentía, ni siquiera le dolían. En cambio, el brazo derecho lo tenía rígido y el hombro se le había dislocado. El dolor resultaba terrible pero lo que más le preocupaba eran las heridas en los ojos. Notaba los diminutos cristales horadando en  su interior, como si le hubieran clavado puntas en sus globos oculares; estaba completamente ciego. Se asustó y pensó que nunca jamás recuperaría la vista.

Volvió a escucharse el ruido. Esta vez mucho más cercano. 

Había alguien ahí. Ernesto pidió ayuda, suplicó y enmudeció ante la posibilidad de que la persona que merodeaba por las cercanías fuera la niña que había atropellado… sintió miedo, pavor. Un inquietante e intenso escalofrío se clavó en mitad de su espalda, como si un vampiro hubiera introducido en ella una de sus uñas afiladas. Su cuerpo se estremeció. Poco después, escuchó varias respiraciones a su alrededor y sintió la presencia de numerosas  personas a su lado.

En un primer momento la esperanza lo abrazó y pensó que otros automovilistas habían sido testigos del accidente y acudían para socorrerlo. Sin embargo, un frío demoledor, casi invernal, cubrió su cuerpo y comenzó a temblar. Algo no andaba bien…

Las respiraciones continuaban presentes y estaban tan cerca que podía oler el fétido hedor que emanaba de sus bocas. Algo le tocó. Notó un contacto glacial que lo sujetaba por los brazos y las piernas. Trataban de sacarlo del coche. Sonrió y agradeció la presencia de sus salvadores pero de su boca sólo escapó un borbotón de sangre.

Quedó tendido en el suelo, sobre la hierba. Ernesto trataba de hablar pero un aliento horripilante que se colocó a pocos centímetros de su boca lo convenció para permanecer en el más absoluto de los silencios. Fuera lo que fuere aquello no era humano.

Pese a la oscuridad que se había adueñado de su ser, con los ojos terriblemente desgarrados por las hirientes heridas, Ernesto se convenció de que algo extraordinario, alejado  de lo normal, estaba sucediendo. 

Oía jadeos, percibía mucho movimiento a su alrededor. Contabilizó cuatro o cinco personas junto a él. Ninguna voz. Ninguna palabra de ánimo o consuelo. Pero al menos lo habían sacado del coche y eso era un gran alivio. Trató de pronunciar unas palabras pero volvió a escupir sangre hasta que por fin su voz, atropellada por los estertores y la tos, salió al exterior como el llanto aquejado de un animal herido.

-¡La niña!, ¡No la vi!, ¡Lo siento!

Notó que todo a su alrededor quedaba en un extrañísimo silencio y las respiraciones parecieron desaparecer, barridas quizá por la incertidumbre o el miedo.  Duró demasiado poco. Volvían a estar allí y se sobresaltó cuando escuchó una voz que excavó en  sus oídos con una contundencia bárbara.

-¿Has visto a la niña?

La voz no dijo nada más. Lo agarraron de uno de sus brazos y tiraron de él. Se lo llevaban. Lo alejaban del coche, del lugar del accidente. Ernesto gritó al sentir el terrible dolor en su hombro, estaban a punto de arrancarle el brazo. Tiraban de él con muchísima fuerza;  trató de pedir auxilio, de convencerles para que paraban, quiso exigir  que llamaran a una ambulancia, que lo llevaran al hospital pero supo que aquellas personas, se trataran de quienes se tratasen, no iban a hacerle el más mínimo caso.

 Sintió que su cuerpo era arrastrado por el suelo, como un animal muerto. Sus gritos de dolor, sus suplicas, no sirvieran absolutamente de nada. Cuando se detuvieron y lo soltaron, le dolía cada centímetro de su piel. Le pareció que había pasado una eternidad

A su alrededor se movía mucha gente, como si hubieran llegado a algún lugar repleto de miles y miles de personas. El frío que había sentido hasta el momento se transformó en un calor asfixiante. Ernesto notó el fuego de unas llamas cercanas sobre su rostro. Comenzó a sudar copiosamente. 

Tenía la certeza  que decenas de ojos tenebrosos lo escrutaban desde la oscuridad en la que estaba sumido, como si fuera el centro de una curiosidad que operaba desde las sombras.

-Dice que ha visto la niña.-pronunció una voz dirigiéndose con toda probabilidad a alguien de mayor autoridad.

Ernesto escuchó unos pasos que se acercaban  y se detuvieron a su lado. Notó el hedor infecto de un aliento grosero y desagradable.

-¿Qué es lo que has hecho?

La voz se coló por sus oídos como un taladro que pretendía llegar hasta  su cerebro. Las imágenes dantescas explotaron en su interior, unas imágenes que a toda costa debía ocultar. Balbuceó, pero en realidad no quería responder.

-¡Dime!.-exigió la voz mucho más potente.-¿Qué es lo que has hecho?

Ernesto necesitaba ocultar la respuesta. No podía reconocer sus actos malvados. Debía mantenerlo  todo en secreto.

-¡Has visto a la niña! ¿Qué has hecho?

Ernesto no entendía bien la relación que podía existir entre la visión horrenda de la niña que había provocado el accidente y sus actos oscuros, pertenecientes a  un  pasado reciente pero sabía que la voz que le hablaba se estaba refiriendo a lo ocurrido hacía apenas tres meses atrás.

Postrado en el suelo, prácticamente inmóvil a causa de los dolores y con los ojos cubiertos de sangre y cristales, notaba gran cantidad de personas que olían francamente mal situadas a su alrededor e intuyó  que formaban un círculo. El se encontraba en el centro. 

-Es la última vez que te lo pregunto… ¿Qué has hecho?

Ernesto no sabía quiénes eran esas personas o qué eran, porque las sensaciones que tenía era que no se trataba  precisamente de humanos. Aún así,  no podía confesar la aberración que había cometido. Era algo que había mantenido en secreto desde el principio, desde el primer momento en que lo escogió al verlo en el patio del colegio, a través de la verja  y sufrió una fijación tremenda hacia el chiquillo. Para sí quedaba la emoción  y los preparativos del seguimiento al que lo sometió durante semanas, el bien orquestado secuestro, el glorioso  momento del abuso en el bosque y el posterior asesinato.

-¡¡Quemadlo y enterradlo!!.-gritó la voz.

Ernesto sintió que varias manos lo alzaban del suelo. Manos frías, de pieles muertas y repugnantes. Gritó pidiendo ayuda pero la imagen de la niña que apareciera repentinamente en la carretera surgió en su cerebro y sus ojos muertos y oscuros lo dejaron petrificado, como si su alma se estuviera muriendo.

Balancearon su cuerpo, a derecha e izquierda…

Nadie podía saber lo que había hecho.  Era imposible que esa gente tuviera conocimiento de su atrocidad y sin embargo tenía la seguridad de que   su secreto por fin se había desvelado. No quiso confesar su crimen, nadie encontró el cuerpo del pequeño, nadie sabe dónde está enterrado, no pueden relacionarlo con la tragedia.

…a  medida que se balanceaba, Ernesto notaba las llamas más cercanas hasta que…

Había sido muy cuidadoso. El cuerpecito del niño estaba bien oculto, sepultado. Nadie jamás iba a encontrarlo. Y le había pillado el gusto a su ferocidad hasta el punto de que  quería repetirla varias veces más en un futuro no muy lejano;  ahora parecía imposible que pudiera dar alimento a sus salvajes instintos.

…las manos soltaron su cuerpo y Ernesto se dirigió hacia las llamas…

Gritó al sentir los mordiscos del fuego. Se agitó y aulló de dolor pero las llamas lo abrazaron con la pasión de un enfermo de amor. El olor a carne quemada llegó hasta su nariz y vomitó sobre sí mismo mientras su piel se iba ennegreciendo. 

…sacaron el cuerpo inerte de Ernesto y lo volvieron a arrastrar por el suelo hasta que lo condujeron a las profundidades de un espeso bosque.
Lo tiraron en un agujero y comenzaron a tapar el cadáver…

Entre los árboles, una niña vestida de blanco observaba la escena a través de sus ojos oscuros. Sujetaba la mano de un niño aterido por el frío que miraba hacia el gentío y comprobaba como el hombre malo era enterrado en el bosque. Sintió un fuerte alivio en su interior. Atrás quedaron los dolorosos momentos, el rostro perverso del hombre malo que le había hecho sufrir, que le había separado de sus padres, que le había encerrado en la húmeda oscuridad; el hombre malo que le había causado tanto dolor, que le había hecho cosas muy malas, el hombre malo que lo golpeó hasta morir, el hombre malo con aquella expresión   horrible cuando estaba encima de él y que nunca jamás podría olvidar.

El cuerpo de Ernesto quedó completamente enterrado y en ese momento la niña comenzó a caminar hacia el grupo de gente que había obrado como en situaciones anteriores; tiraba de la mano del niño. A medida que la muchacha se acercaba, las personas que se encontraban allí fueron retrocediendo, dejando paso para la pequeña  y  su acompañante.

Los dos chiquillos  se detuvieron  frente a la tumba de Ernesto. Los ojos oscuros y agrios de la niña miraron a  cada uno de los presentes. Los recordaba a todos, de cuando  eran tan pequeños como el nuevo niño. Habían crecido deprisa y habían sufrido tanto como su  reciente amigo. Todos  tenían algo en común.

-Quédate con ellos.-dijo la niña y el pequeño negó con la cabeza.-Hazlo Daniel, cuidarán de ti.
-No, no, tengo miedo…
-No tienes nada que temer.-dijo la niña con voz amable mientras miraba el montón de tierra donde estaba sepultado el cuerpo de Ernesto.-Aquí estarás bien. Es tu nuevo hogar.
-¿Y tú, adónde vas?

La niña lo miró con una pequeña sonrisa. Su rostro  mostraba una tristeza agonizante, se dio la vuelta  y comenzó a caminar hacia la oscuridad. Daniel vio cómo se marchaba y después miró a su alrededor. Se bajó los pantalones y orinó sobre la tumba de Ernesto, después centró su atención hacia la pequeña silueta que la niña iba dejando a medida que se alejaba…

…hasta que finalmente desapareció engullida por las sombras.

Las personas que se encontraban junto a él le sonreían; se acercaron y lo abrazaron. Se lo llevarían  a un lejano lugar donde estaría a salvo.  Se sentía feliz, su interior había encontrado la paz y el descanso eterno.

Daniel miró hacia el horizonte, hacia el punto en que la niña había desaparecido y entendió que su amiga se marchaba en busca de nuevos hombres malos.


EL CARNICERO


El hacha cayó con violencia sobre el cuerpo tendido en la mesa. El ruido del acero cortando la pierna del desdichado sonó de una forma muy desagradable dentro del sótano. Los gritos de las mujeres encadenadas se convirtieron en un coro de voces diabólicas. El robusto verdugo contempló el miembro mutilado y después echó un vistazo al río de sangre que emanaba de la herida. Levantó de nuevo el hacha por encima de su cabeza y la dejó caer para partir en  dos el torso del hombre muerto.

La sangre saltó sobre el rostro sombrío del carnicero, como si hubiera metido el hocico en un nido de arañas venenosas y sacó la lengua para recorrer sus labios y llevarse consigo restos de sangre. Saboreó su esencia y arrugó la frente. Escuchó los gemidos de las mujeres encadenadas a pocos metros de distancia y se dio la vuelta para contemplarlas.

Las cinco presas estaban completamente desnudas y sus cuerpos oscuros y tenebrosos se agitaban como sombras tras una implacable oscuridad. El carnicero desvió un momento la mirada para observarlas. Se movían frenéticamente, como serpientes a punto de abalanzarse sobre su presa. Eran muy delgadas pero poseían una fuerza extraordinaria. Los eslabones de las cadenas chirriaban como si  de gritos agónicos se tratasen. Sonrió. Todos los intentos por romper las cadenas resultaban infructuosos, además, si por alguna casualidad uno de los eslabones se acababa por romper, ninguna de ellas podría escapar porque estaban unidas unas a otras y no tenían la capacidad de usar su propia voluntad. Estaban prisioneras, totalmente.

El carnicero volvió a su trabajo. Agarró la pierna mutilada del cuerpo que estaba destrozando y la lanzó a una cesta que había en el suelo, repleta de varios  trozos humanos, algunos de ellos irreconocibles, aunque en su mayoría eran manos y pies.

Levantó de nuevo el hacha y ejecutó golpe  tras golpe hasta que el cadáver quedó reducido a trozos pequeños e insignificativos. Agarró la cabeza cercenada y la contempló durante unos instantes. Con ella entre las manos caminó por el sótano para acercarse a un arcón frigorífico que abrió no sin cierta dificultad. En su interior, completamente congeladas, yacían esparcidas una docena de cabezas cortadas, la mayoría de ellas con los ojos abiertos y cristalizados y las bocas sujetas  a una expresión horrenda. Sin prestarles demasiada atención, el carnicero lanzó la cabeza junto a las otras y dejó caer la tapa, que se cerró  con cierta violencia.

Tal vez a causa de este nuevo sonido, o probablemente por el olor a la sangre y la cercanía de abundante carne humana, las cinco mujeres parecieron enloquecer de inmediato. Sus movimientos eran mucho más bruscos y sus delgados cuerpos se agitaban con vehemencia. El carnicero se quedó parado para contemplarlas. Parecían sanguijuelas, cucarachas deformes y asustadas. El las había privado de su libertad y de algún modo se consideraba su dueño… pero ellas no parecían estar de acuerdo con aquél planteamiento. 

Las cinco mujeres tenían el pelo largo y descolorido, con una tonalidad grisácea que chocaba bastante con sus oscuros cuerpos. Sus rostros deformados por la expresión de la maldad lo miraban a través de unos ojos negros y profundos… pero lo más terrible eran sus bocas desencajadas, donde asomaban afilados dientes que como cuchillos cortaban la carne humana como si de mantequilla se tratara. 

-¿Tenéis hambre, preciosas?.-preguntó el hombre. Sabía perfectamente que aquellas mujeres habían perdido el don del habla y que ahora no eran más que monstruos rabiosos y sedientos de sangre y carne humana. El carnicero era consciente  que si ellas tenían la oportunidad de atraparlo no dudarían en devorarlo en cuestión de segundos, como una jauría de perros. Estaban hambrientas y nunca eran saciadas. Cuando las alimentaba permanecían relajadas por espacio de ocho horas para, después, volver a comportarse como locas embravecidas, ansiosas de conseguir nuevos alimentos.

El mundo ahora era así. Había cambiado totalmente, de la noche a la mañana. Nadie sabía de dónde habían surgido monstruos como aquellas mujeres pero lo cierto es que eran reales, tan reales que en aquellos mismos momentos las estaba contemplando.

Se acercó a la mesa y con sus manos enguantadas y manchadas de sangre recuperó algunas de las vísceras que habían quedado esparcidas sobre la mesa  y las lanzó hacia el grupo de mujeres.

Se abalanzaron sobre las entrañas como si llevaran sin probar bocado desde hacía meses. Las cadenas tiraban de sus cuellos pero ellas luchaban por estirarse y hacerse con la presa. Cuando lo consiguieron, sus manos deformadas aferraron los trozos humanos y se los llevaron a la boca. El sonido de los dientes aplastando la carne resultó demasiado estridente para el carnicero, que se vio obligado a darse la vuelta y dejar de contemplar la escena.

No sabía por qué las tenía allí. No era necesario. Si estaban atadas era por su propia protección. Las había encontrado en la calle, deambulando por callejones tenebrosos. Ocurrió  un accidente en la carretera, cerca de la ciudad. Uno de los furgones que llevaba a los nuevos especimenes se había siniestrado y la carga, entre ellas esas cinco mujeres, había escapado. Sabía que las estaban buscando aunque los militares no podían campear a sus anchas por las ciudades porque corrían el riesgo de  ser atacados en cualquier momento. Siempre se repetía lo mismo: “El mundo ya no es  el  mismo”

Recogió los restos humanos de la mesa y los fue depositando convenientemente en cestillos. Después cogió otro cuerpo del suelo (había un montón de ellos tirados a su lado, haciendo una pequeña montaña) y comenzó a trocearlo con gran habilidad, siempre con la ayuda de su afilada hacha. 

Su trabajo no era agradable y pensó en ello mientras se dirigía de nuevo al arcón frigorífico para depositar una nueva cabeza humana. Si las guardaba era porque nadie las quería. Comprar un hígado o riñón, un trozo de pierna, un pulmón o un brazo ya era bastante duro para sus clientes pero una cabeza con rostro… no, eso no era soportable. Sin embargo, si las guardaba era porque otros clientes sin escrúpulos y bien adinerados pagaban cantidades desorbitadas por ellas.

El negocio le iba bien. No podía ser de otra manera. Trabajo no le faltaba. Remuneraba a los chicos que traían los cuerpos de personas muertas y examinaba que habían fallecido  sin que la infección les hubiera afectado. Después los troceaba, convertía  sus cuerpos en pequeñas muestras de carne. Podía pasarse toda la tarde y bien entrada la noche  troceando cuerpos como un hombre sin escrúpulos y el género se le escapaba de las manos. En los últimos dos meses había ganado más que en toda su vida y la clave era precisamente porque ellos necesitaban comer imperiosamente y sólo anhelaban carne humana. Cuando estaban hambrientos resultaban extremadamente peligrosos, se mostraban agresivos y era difícil mantenerlos a tu lado. Tener varios especimenes prisioneros como los tenía él resultaba un riesgo para la vida pero la gente… la gente tenía miedo de denunciar que sus familiares habían cambiado y los escondían y alimentaban como bien podían.

El gobierno solía llevarse a los infectados y los ejecutaban, sin miramientos. Hacían   redadas, entraban en las casas particulares para examinarlas y llevarse a todos los que se encontraran, sin importar sexo o edad. Eso era antes…, ahora todo era mucho más complicado porque caminaban impunemente por las calles. Salir al exterior era una completa locura, un suicidio. 

Aún así, las personas valientes lo hacían para salvar la vida de sus familias. Los infectados, personas que por alguna razón habían enfermado hasta transformarse en seres deformes y hambrientos, deambulaban por las calles buscando alimento. Era un espectáculo sobrecogedor. Caminaban completamente desnudos y sus cuerpos adelgazaban a pasos agigantados, como si estuvieran siendo devorados por un virus que los consumía desde el interior. Y sufrían mutaciones. El color de la piel se tornaba oscuro y deprimente, las expresiones faciales se arrugaban de forma demoníaca y sus bocas se torcían porque los dientes crecían alarmantemente, afilados, aptos para triturar con una facilidad pasmosa cualquier cuerpo humano.

La única forma de calmarlos era alimentándolos. Y a eso se dedicaba él. Vendía comida para infectados.

Cada mañana abría su negocio y mantenía las puertas amarradas con un candado porque los infectados aparecían también, como si supieran que él podía aliviarles el dolor que sentían. Si se ponían muy violentos y hacían amago de entrar,  les lanzaba algún trozo de carne y entonces permanecían tranquilos, casi dormidos, durante   horas. Y eso era lo que necesitaban las personas, remanso de calma. Cuando eran asediados por los infectados, no podían hacer otra cosa que conseguir algo de comida para entregárselo y entonces… podían dormir con tranquilidad o escapar hacia otra ubicación.  Por eso el negocio le iba bastante bien.

Cuando el carnicero acabó de trocear los cuerpos que ese día le habían traído sus ayudantes, decidió darse una buena y larga ducha de agua caliente para quitarse toda la sangre y el olor a muerte de encima.  Después decidió dormir un poco. Tenía la conciencia tranquila. El no era quien pagaba por llevarse trozos humanos para alimentar a bichos infernales, él simplemente se dedicaba a partir cadáveres  en pedazos  bien pequeños para hacer las ventas bastante más económicas. Con un simple pie  los compradores podían mantener inactivos a los infectados durante dos o tres días. Las manos duraban bastante menos y los intestinos…, bueno, pensar en los intestinos era un tanto desagradable. 

Jamás había matado a nadie. Todo lo que vendía ya entraba muerto en su carnicería. No hacía preguntas a sus ayudantes, que le proporcionaban la mercancía día tras día. A veces tres ejemplares, en otras ocasiones incluso media docena. Cada vez era más difícil encontrar muertos recientes (los infectados no probaban bocado si la comida  llevaba tres días muerta, salvo si se congelaba) y suponía que los reponedores  bien que podrían tomarse ciertas libertades para conseguir el género si querían cobrar y aunque había visto marcas extrañas y heridas recientes en los cadáveres… nunca había hecho preguntas.

Así estaban las cosas y el no podía hacer absolutamente nada por cambiarlas. El mundo había muerto y ahora todo consistía en sobrevivir. Sabía que era cuestión de tiempo que su negocio quebrara. Además, el dinero que le pagaban por su género era muy posible que no valiera absolutamente para nada. Ya no se podía comprar nada, no mientras el virus siguiera infectando a más y más personas y ya se contaban por millones. Apenas había nadie por las calles. Si querías salir a dar una vuelta debías hacerlo con una bolsa de comida para suavizar las agresiones de los infectados. Y cada vez había más. A su negocio le quedaban a lo sumo dos o tres semanas… ¿Y después? 

Tampoco lo hacía por dinero. Llegaban muchas personas desesperadas, en su mayoría cabezas de familia, que contaban terribles historias, de cómo sus hijos se encontraban escondidos en algún lugar, asediados por aquellas cosas aborrecibles y que necesitaban comida para saciar el apetito de los infectados. Y después le confesaban, ya con las bolsas en las manos,  que no tenían dinero para pagar. Y él a veces se encogía de hombros y les regalaba parte de su género. Era un hombre fornido, con un gran corazón que hacía un trabajo tan despreciable como necesario.

La ducha le había sentado francamente bien. Ahora se encontraba en la cama, durmiendo a pierna suelta. Roncaba con un remanso absoluto de tranquilidad. No escuchó que la puerta de su habitación se abría y varias sombras se colaban en su interior. Las cinco mujeres habían logrado liberarse de sus cadenas y ahora rodeaban su cama. Parecían estar mucho más delgadas que antes,  sus largas cabelleras cubrían parte de sus rostros deformes. Sus bocas se entreabrían y la blancura de sus afilados dientes se asomaba entre sus rotos labios. Lo observaron durante varios minutos hasta que finalmente decidieron marcharse. Rompieron la ventana de la habitación y saltaron hacia la calle, una  tras otra. El ruido despertó al carnicero.

Le dio tiempo de ver a las dos últimas mujeres desapareciendo por el hueco de la ventana y se incorporó completamente empapado en sudor. Durante unos instantes pensó que todo se había tratado de un sueño, no era posible que sus cinco huéspedes hubieran escapado pero al recibir el frío procedente de la ventana rota tuvo que admitir que lo que había visto en realidad había sucedido.

Permaneció en silencio el tiempo suficiente como para hacerse algunas preguntas. No le habían atacado e ignoraba la razón. Tal vez…

Corrió presa del pánico hacia el sótano para comprobar que el género seguía intacto, se imaginaba que las infectadas habían arramblado con todo, de ahí su excesiva tranquilidad. Pero no habían tocado absolutamente  nada. Simplemente las cadenas se rompieron y se sintieron libres. Comprobó anonadado que las cestas repletas de miembros humanos seguían estando en el mismo lugar, con los trozos apuntados correctamente ordenados y distribuidos. Ni siquiera se habían acercado a la comida y eso era algo nuevo, inaudito e inexplicable. Ni la radio ni la televisión habían hablado nunca de ese cambio en el comportamiento. Lo más lógico era que lo hubieran destrozado a mordiscos, que lo hubieran devorado.

Con las primeras luces del alba, el carnicero abrió la persiana de su negocio y al subirla contempló anonadado que había una larga cola de cuerpos desnudos, de expresiones horripilantes, de bocas desencajadas y de dientes blancos y afilados. La marabunta de criaturas infectadas parecía nerviosa. Se movían intranquilos y eran tantos que su vista no alcanzaba el final de la fila. Le extrañó lo ordenado que estaban, lo educado que parecían. Sintió miedo y pensó que se abalanzarían sobre él, para destrozarlo, pero la agresividad parecía haberlos abandonado. 

Estaban allí porque querían comida. Y él tenía comida. No para todos, sin duda. Confuso y a la vez emocionado, el carnicero abrió las puertas de su local y los infestados comenzaron a entrar muy lentamente, sin colarse unos a otros, haciendo gala de una paciencia fuera de lugar. Lo miraban con interés, con ansia, como si él fuera la única persona capaz de aliviar el dolor que el hambre que sentían les afligía en su estómago. Comenzó a despachar a los primeros. Brazos, piernas, codos, incluso sacó alguna de las cabezas del arcón, estómagos, dedos, hígados…

Los infectados alargaban sus oscuros brazos y se llevaban el género. Lo miraban con ojos agradecidos y después se marchaban para comer tranquilamente, manteniendo siempre el orden. El carnicero  sintió lástima por ellos y le sorprendió que no le atacaran. Era la primera vez que ellos se comportaban así delante de un ser humano vivo.

Siguió repartiendo la mercancía. Vísceras y trozos de pierna, nuevas cabezas, más brazos, pies, muslos, glúteos… no daba abasto y sudaba copiosamente. Después de varias horas de trabajo ininterrumpido, comprobó que cada vez eran más los infestados que se acercaban, que la calle estaba completamente abarrotada  de personas afectadas por el maligno virus y entonces se sobrecogió porque en un par de horas no tendría comida suficiente para todos ellos… ¿Y entonces? ¿Qué sucedería?

El carnicero repartió sus  existencias cada vez más nervioso y preocupado hasta que finalmente se acabaron  e indicó con los brazos que no disponía de más género, que la exigencia  había sido muy grande, que no podía ofrecerles más comida…

…el rugido que brotó de las gargantas muertas de los infectados se convirtió en un profundo y gutural sonido que hizo temblar los cimientos de la carnicería. El hombre retrocedió asustado y la marabunta de hambrientos infectados lo contempló durante unos instantes…
…después, agacharon las cabezas y se dieron la vuelta para perderse entre las calles.

Parecían tristes, alicaídos. Era evidente que algo había cambiado en ellos y el carnicero percibió mucha tristeza procedente de aquellos seres sin voluntad.

Nada podía hacer por ellos salvo esperar la llegada de sus trabajadores con la mercancía. Tenía nuevos clientes y la demanda era mayor, quizá debía plantearse la inquietante posibilidad de buscar género un poco más fresco para que sus nuevos clientes tuvieran algo de comer y estaba seguro que sabría dónde encontrarlo y cómo hacerlo.

Era evidente que las perspectivas del negocio habían crecido, tal vez aquellas cosas no le pagaran con dinero pero se sentía útil realizando una buena obra donde las personas solamente trataban de huir de los monstruos o simplemente  destruirlos. 

El no, él se había convertido más que en un aliado en su proveedor y estaba dispuesto a realizar las cosas más indecentes, sobrecogedoras y reprobables si ello hacía  feliz a todos aquellos infectados que simplemente necesitaban engullir carne humana para reducir temporalmente el intenso e insoportable dolor que sentían tanto en sus estómagos como en sus inermes conciencias.



AL OTRO LADO DE LA PARED


Mi vecina es una escandalosa, especialmente cuando practica sexo con su novio. Y lo hace tan a menudo, y habitualmente de madrugada, que es rara la noche en la que no despierto a causa de sus gritos enloquecedores,  frenéticos y pasionales.

Pero no son solo sus berridos de hiena, a eso podría acostumbrarme. El verdadero problema es el cabecero de la cama, que golpea la pared una y otra vez con cada empujón de su puñetero novio. La verdad es que me los imagino a los dos desnudos en plena faena encima de la cama y la escena no resulta tan desagradable. Ella está bastante bien, tiene un cuerpo bonito  y él, bueno, él…  sus imágenes están vetadas en mi cabeza.

Muchas veces pienso que me gustaría estar al otro lado de la pared, montado a horcajadas sobre Dolores y embistiéndola como un animal embravecido. Tengo que conformarme con tocarme; lamentablemente yo  duro bastante menos que la dichosa parejita porque cuando ya he terminado los tortolitos siguen empeñados en continuar, con sus jadeos, gritos, exclamaciones  y el puñetero cabecero erre que erre contra la pared.

Los fines de semana me da exactamente igual que le den al mambo una y otra vez, incluso cuando trabajo de tarde. Por mí pueden follar todo lo que sus cuerpos aguanten y por lo que llevo comprobado aguantan mucho. Los dos cabrones son tan insaciables como incansables. Sin embargo lo llevo bastante mal  cuando tengo relevo  de mañana, como esta semana, no puedo soportar sus estridentes jadeos, los golpes en la pared, los rugidos  de gata en celo que  Dolores escupe a través de su boca hambrienta de sexo. ¡Tengo que levantarme a las cuatro de la mañana, por Dios! Tal vez mucha gente no lo entienda;  para mí supone  una tortura.

Jamás les he dicho nada. No me he quejado.  Si soy del todo sincero, me da bastante vergüenza llamar a la puerta y pedirle a mi vecina que deje de berrear como una cerda. Al menos a él rara vez lo escucho, es bastante más moderado. No. Jamás me he referido a este asunto cuando he coincidido con  Dolores  por las escaleras pero hoy estoy francamente sensible y llevan ahí dale que te pego casi tres horas y sus chillidos  me resultan  bastante más horrendos que otras veces , tanto, que estoy  más cachondo de lo habitual.

La verdad es que estoy hasta los cojones. Me he puesto tapones en los oídos pero  todavía oigo a la hija  de puta chillar como si la estuvieran cortando en pedazos. Y la cama. Golpe tras golpe en la pared. Uno tras otro. Parecen puñetazos  o los zarpazos de una bestia inmunda. Horrible. Incluso he subido el volumen de la televisión pero ni los tiros de la vieja película de vaqueros donde unos forajidos   asaltan el ferrocarril cargado de oro logran mitigar el conciertazo sexual que acontece en la casa de al lado. ¡Malditas paredes! Permiten todo sonido y ya estoy cansado. Se lo están pasando jodidamente bien y eso es algo que comienza a darme rabia.

Dos horas para levantarme e ir a trabajar y no dejo de dar vueltas sobre  la cama. Golpeo la almohada, hundo mi cabeza en ella y estos dos cabrones no tienen pinta de dejarlo. Que están disfrutando es algo obvio, lo sé yo y todo el vecindario pero hoy… hoy voy a joderles el sexto o séptimo polvo.

Me pongo unos vaqueros y una camiseta  para estar medianamente presentable cuando alguno de los dos abra la puerta. Me imagino a Dolores completamente desnuda, o quizá envuelta en una bata sugerente e invitándome a sumarme al folleteo nocturno… aunque seguramente me abrirá el pringao de su novio con la espada desenvainada. Da igual. Para tocar los cojones estoy yo ahora.
Salgo de mi piso y dejo la puerta abierta. Ni siquiera he cogido las llaves. No voy a tardar demasiado. Llamó al timbre y los gritos en  la casa de mi vecina se convierten en bramidos infernales. Nunca he escuchado a un cerdo lanzar sus alaridos en el matadero pero imagino que deben sonar muy parecidos.

Pese a mi insistencia, los gritos de Dolores no persisten y se oyen ruidos muy extraños en el piso. Deben de estar sobre una mesa, en la encimera, sobre la lavadora o en el puto suelo.  De cualquier modo la tiene que estar poniendo fina aunque viendo lo que ella está disfrutando miedo me da su novio, que debe acabar el pobre como a mí me gustaría acabar alguna vez. Ya he dicho que me entusiasmaría  estar al otro lado de la pared, es algo que no voy a negar.

Empiezo llamando sutilmente a la puerta. Nada. Siguen follando como conejos. Harto de todo, acabo por propinar patadas tremendas a la puerta. Sé que los cobardes de mis vecinos andan ojeando a través de sus respectivas mirillas pero ninguno de ellos tendrá el valor suficiente para abrir sus puertas y sumarse a mis protestas. ¡Amargados de mierda!

Un momento. Por fin. Dolores ha dejado de gritar. O bien ya han llegado al final (cosa que me extrañaría) o mis golpes han surtido efecto. Por si acaso sigo dando patadas. No pienso detenerme hasta que se abra la puta puerta. 

Oigo ruidos al otro lado. Pasos. Alguien se acerca a la puerta. Dejo de dar golpes. La cerradura suena. Se disponen a abrir. Esbozo una sonrisa en mi cara de pocos amigos y me preparo para recibir a cualquiera de los dos idiotas.

Prefiero que sea Dolores, la verdad. Me gustaría verla toda sudorosa, con sus enormes ojos verdes y su melena rizada de color cobrizo, oliendo a sexo.  Sería casi un sueño. Sin embargo, soy consciente que probablemente abra su novio con el ceño fruncido y me estampe un puñetazo en la cara, sin mediar palabra alguna.  Denuncia al canto, por supuesto.

Mi sorpresa es mayúscula.

La puerta se abre y no aparece  mi vecina la ninfómana. Tampoco el imbécil de su novio. En su lugar, veo el rostro regordete y asustado de un hombre de edad avanzada que al verme abre del todo la puerta. 

No puede ser. Va vestido como… ¿un sacerdote? Ya lo creo que sí. Incluso lleva una Biblia abierta en una mano y en la otra… un enorme crucifijo.

-Dios le bendiga.
-¿Qué cojones?

Extiende su mano y me entrega el crucifijo. De nuevo se escuchan los gritos de Dolores en su habitación. Han vuelto a empezar… ¿Qué demonios pinta aquí un jodido sacerdote?

-Ayúdeme buen hombre.-me dice con un susurro de voz. El cura tiembla como un niño asustado. La Biblia se mueve tanto entre sus manos que parece que se va a caer en cualquier momento. Tiene el rostro plagado de arrugas, más parece una máscara monstruosa que la cara de un ser humano. Es tan viejo y está tan arrugado que parece  un higo. Se da la vuelta y se dirige a la habitación. ¿Qué tipo de orgía ocurre allí dentro?  A este tipo le gusta el mambo, claro.

La puerta se cierra cuando él entra. Oigo que dice algo pero su voz casi queda recluida a la nada por los alaridos exhaustos  de Dolores. La muy jodida debe estar en el séptimo cielo otra vez aunque más parece que sus gritos proceden de las oscuras profundidades del infierno.

¡Qué cojones, ya que estamos yo también quiero mirar! ¿Participar? ¡¡Ya veremos!!

Cruzo el umbral y no me molesto en cerrar la puerta. Llevo  el crucifijo en las manos. La imagen de Cristo tiene el rostro desfigurado y está manchado de algo oscuro. Llego hasta la puerta de la habitación. Los gritos de Dolores son tremendos, horripilantes. Se me está poniendo la piel de gallina.  Escucho claramente  el cabecero golpeando la pared con impetuosidad. ¡Madre mía, estos dos se merecen un monumento!

Abro la puerta y la escena que se presenta ante mis ojos me deja completamente petrificado.

-¡La madre que lo parió!

Mi vecina Dolores está en la cama. Se encuentra completamente desnuda, con las piernas abiertas de par en par. Todo su sexo se muestra ante mí, abierto, como la boca de un lobo. Sin embargo, no es esto lo que me esperaba… o al menos no así.

Tiene los tobillos atados a los pies de la cama y los brazos sobre su cabeza, sujetos  al cabecero por fuertes cuerdas. Su cuerpo está magullado, con laceraciones en las rodillas y marcas de quemaduras en muslos, vientre, pecho y brazos. El puto sacerdote la ha torturado. ¡Maldito cabrón!

-No le mires a los ojos.

Tarde llegan las palabras del cura, demasiado tarde. ¿Cómo no voy a mirarla a los ojos si parece que tiene dentro de ellos dos bombillas encendidas? Toda la belleza del rostro de mi vecina es cosa del pasado. Ahora parece la cagarruta de un perro. Tiene la piel ennegrecida, sus pupilas están incandescentes, parecen brasas ardientes. Sus labios han engordado lo suficiente como para parecer demoníacos y multitud de arrugas se agitan bajo la piel de su rostro, como gusanos en la tierra.  Una visión espantosa, execrable.

Berrea como una condenada y la cama se eleva varios centímetros del suelo, para golpear con fuerza la pared y caer al suelo de sopetón. Ni sexo ni folleteo ni nada parecido. ¡Esto es mucho más interesante!

-¡Enséñale el crucifijo!.-ordena el sacerdote. Lo tiene que repetir dos o tres veces porque no reacciono hasta que finalmente vuelvo a ser dueño de mis actos. Dolores, o lo que cojones sea eso ahora, trata de elevarse de la cama pero las cuerdas la mantienen sujeta. Vocifera cosas incomprensibles con una voz poderosa que debe salirle de las mismísimas extrañas. La cama se eleva. El cabecero golpea una vez más la pared. Al otro lado se encuentra  mi habitación. 

Lo peor de todo es que esta situación me está poniendo cachondo, mucho más que las imágenes que había creado en mi cabeza donde la viciosa de Dolores follaba a destajo   con su novio, que por cierto, yace en el suelo con el cuello partido, a la derecha de la cama.

Mi vecina, poseída o no, me resulta excitante. Por eso, ante la sorpresa del pánfilo sacerdote, un rechoncho siervo de Dios,  me acerco a él y le clavo el crucifijo en el ojo. Ahora puede decir el muy cabrón que tiene al Señor en su interior.

El orondo  cuerpo del cura cae junto a mis pies  con media lengua fuera y la Biblia queda tendida  en el suelo. No le propino una patada al puñetero libro para estamparlo contra la pared  porque sería un detalle grosero por mi parte.

¡Coño!, la puerta de la calle sigue abierta y probablemente los idiotas de mis otros vecinos seguirán con sus ojos pegados a las mirillas. Es pensar en la puerta y ésta se cierra muy lentamente, como en las películas de terror.

Sonrió pero mis labios recobran pronto su compostura, la ideal para una situación de estas características. Observo el cuerpo magullado de Dolores, que ahora respira mucho más tranquila y es cuando noto que la habitación está completamente helada como lo estaría la mano inerme de la muerte;  huele muy mal, a mierda básicamente.

-Hola, querida vecina.-digo para mis adentros pero mi voz suena en mitad de la habitación, mucho más profunda que de costumbre, de esas que molan y gustan en la radio.-Hace tiempo que quería tener un buen revolcón contigo.

La verdad es que hermosa, lo que se dice hermosa no está en estos momentos. Es asquerosa, repugnante, nadie en su sano juicio se atrevería a meter nada entre sus muslos, y mucho menos en su horrenda boca, pero a estas alturas ya debes comprender que yo, muy bien de la cabeza lo que se dice muy bien, no estoy. No supone ninguna sorpresa para ti, ¿verdad?

Lo que ocurre es que la muy golfa me ha puesto caliente durante meses y ya es hora de pasar un rato con Dolores, que pese a estar tomada por el Mal, continúa teniendo  las tetas grandes y  bonitas y parece dispuesta a dejarse arrastrar a mi propio infierno. Miro de soslayo el cuerpo muerto de su novio, que parece mirarme con los ojos abiertos y cara de estúpido y le mando a freír espárragos.

Dolores me observa con sus ojos candentes  y un  rostro pérfido  y demoníaco. Me sorprende pero no me asusta. Es más, me atrae. 

Jadea con dificultad. Su respiración es lenta y parece que tiene problemas en expulsar el aire. Recorro su cuerpo con mi mirada y noto que a cada segundo que pasa me siento más y más excitado. Dolores saca la lengua, una lengua muy larga y delgada  casi como la de una culebra y se humedece sus  mugrientos labios. Mueve su cuerpo como lo haría la bailarina de un sultán y su danza  se convierte en una lúgubre invitación  para  disfrutar, a tope, de su cuerpo.

Por ese motivo, y a pesar de que voy a ahorrarte la escena de sexo que se va a producir a continuación por resultar bastante desagradable,  hago un sutil y apenas perceptible movimiento con los dedos y las cuerdas que la tienen atada comienzan a moverse bajo mi influencia; queda desatada en cuestión de segundos. 

Dolores se incorpora en la cama y me observa con inquisitiva atención. Consciente o no, parece no comprender absolutamente nada y no quiero discernir, en este momento,  sobre la naturaleza de lo que sea que tiene ahí dentro y que ha tomado posesión tanto de sus actos como de su voluntad.  No es importante para mí porque sencillamente me da igual.

Parpadeo y la luz se apaga, como por arte de magia, aunque en realidad es un toque diabólico del que rara vez hago gala. Me quito la ropa con rapidez y ya con el cuerpo completamente desnudo me subo a la cama y estiro los brazos para agarrar las piernas  sucias y heridas de Dolores. Al tocarla la noto caliente, no tanto como yo, por cierto, y me siento dichoso por encontrarme por fin al otro lado de la pared. Esta vez seré yo quien empuje  con fuerza y pasión, como un animal enloquecido y los golpes del cabecero serán a mi cuenta.

Cuando entro en el cuerpo de  mi vecina, Dolores se estremece y exhala un quejido placentero. Pasa las  manos por mi espalda y me araña con sus uñas podridas provocándome varias  heridas de las que expulso sangre y pus y en ese momento mis ojos se vuelven mucho más incandescentes que los de Dolores, faltaría más.

Al final de todo, mis compañeros y amigos van a tener razón cuando dicen que en el fondo…  algo de diablo sí que tengo.



BAJO LA TORMENTA


Aurora despertó en el interior de la pequeña tienda de campaña. Era increíble que hubiera podido dormir a pesar de la ruidosa tormenta que se desataba en el exterior y el frío intenso que hacía. La oscuridad que la rodeaba incrementaba el sonido de la lluvia torrencial que caía con gran vehemencia sobre la tienda. Afortunadamente, dentro podía sentirse a salvo. 
Tanteó con la mano para tocar el cuerpo de su novio pero por más que estiró el brazo no logró encontrarlo. Intranquila, Aurora se incorporó y buscó con las manos en el duro suelo de la tienda y  halló lo que buscaba junto a sus botas de monte. Encendió la linterna e iluminó el interior de la tienda.
Se sobresaltó al verse sola. Javier no estaba y lo más extraño era que la ropa de su novio yacía hecha un ovillo en una esquina, junto a su  mochila. Hubiera pensado que Javier habría salido al exterior para echar una meada pero… ¿Desnudo?  Aquello no le cuadraba. Nerviosa y preocupada, Aurora lo llamó
-¿Javier, dónde estás?
Su voz sonó débil y angustiada. La única respuesta que Aurora recibió fue el sonido de la lluvia golpeando la tela de la tienda de campaña, como pequeños mordiscos de un ejército de hormigas hambrientas. 
El viento rugió en el exterior y parecía el aullido de un lobo feroz que expresaba su deseo de acercarse con la intención de  devorarla.
Un estruendoso trueno retumbó por encima de su cabeza y tuvo la impresión de  que el cielo podía caerse en cualquier momento.
Aurora temblaba de frío y la linterna bailaba entre sus manos. No quería apagarla, no podía quedarse a oscuras, ya no. Estaba sola y, por alguna razón, pensó que Javier no regresaría. No podía creer que la hubiera dejado sola. Sin duda tenía que existir alguna explicación y no iba a discutir con él si lo veía aparecer en cualquier momento. 
Tiritando de frío, trataba de evitar que el haz de luz iluminara el montón de ropa de su novio. Verla allí le hacía pensar cosas terribles y prefería  ocupar su cabeza en otros pensamientos más reconfortantes. Era increíble que se hubiera marchado sin nada encima, incluso sus botas estaban allí…
Dejó la linterna entre sus muslos y se aventuró a coger la mochila de Javier. Hurgó en su interior hasta encontrar  algo que pudiera servirle para estar un poco más tranquila. Sacó un cuchillo de monte que empuñó con fuerza, como si fuera el arma que iba a utilizar para salvar su vida.
Aurora se sentó en mitad de la pequeña tienda mientras escuchaba el ruido del agua arañando la tela y notaba como la tienda se estremecía cuando las fuertes ráfagas de aire arremetían con fiereza. Temió que en cualquier momento su endeble refugio no soportara el temporal y se viera al descubierto, indefensa bajo la tormenta. Sin embargo, quizá de un modo inexplicable, la tienda por el momento aguantaba.
Entonces escuchó algo extraño que procedía de fuera  y su cuerpo se puso en tensión. Instintivamente apagó la linterna y la oscuridad la rodeó con expresa agresividad. Agarró el cuchillo si cabe con más fuerza y comenzó a escuchar su propia respiración. Se mordió la boca para evitar que el  sonido la delatara pero muy pronto, en el silencio ominoso de la tienda de campaña, su corazón golpeó su pecho una y otra vez de forma agitada y temió que pudiera escucharse desde fuera. Aurora estaba asustada.
En el exterior, los sonidos que la habían puesto en alerta se volvieron a producir. Aurora estuvo a punto de gritar pero se mantuvo en silencio, aguardando. Estaba convencida de que alguien se encontraba ahí fuera, en las cercanías. Había escuchado pasos, alguien caminaba por los alrededores. Podía oírse con absoluta claridad, por encima del propio viento, de los mismos truenos,  las ramas se partían bajo el peso de una persona. El sentido común le indicaba que no podía ser otro que su novio Javier pero la prudencia, y sobre todo el temor, señalaban en una dirección opuesta, mucho más inquietante.
¿Quién podría estar ahí fuera?  Parecía estar dando vueltas alrededor de su refugio. ¿Se trataría de Javier?
Tal vez no tardaría en saberlo porque los pasos se fueron acercando hasta detenerse frente a la tienda. Aurora se aseguró de tener el cuchillo entre sus manos y respiró con dificultad. Estaba dispuesta a utilizarlo. Sí. Si era necesario lo haría. Sin dudarlo.
Oyó una voz que procedía del exterior.
-¿Hay alguien ahí?
Era la voz grave de un hombre.
Aurora quiso mantener el silencio pero se le escapó un pequeño gemido. La persona que estaba fuera comenzó a bajar la cremallera mal cerrada de la tienda e instintivamente  Aurora encendió la linterna para iluminar el rostro barbudo y arrugado de un hombre completamente empapado. Lanzó un grito aterrador, lo que no impidió que el desconocido entrara en la tienda.
Su ropa estaba sucia y embarrada y se sentó a su lado. La tienda era tan pequeña que resultaba inevitable que sus cuerpos se rozaran, por mucho que Aurora retirara sus brazos y piernas.
-¿Quién es usted?
-Menos mal que he visto la tienda, ahí fuera hace un tiempo de mil demonios.-dijo el hombre al tiempo que se frotaba las manos y se sacudía el cuerpo para entrar en calor.-¿Cómo es que estás sola aquí? No deberías acampar por esta zona, es muy peligroso.
Aurora estaba aterrada. Miró al desconocido que la observaba con desmedido interés. Parecía un vagabundo. La ropa que llevaba estaba muy vieja y su cuerpo despedía un olor a rancio que inundó el pequeño espacio de la tienda de campaña.
-Una chica tan joven y guapa como tú en un lugar tan apartado y solitario como este…
El hombre había dicho aquellas palabras moviendo la cabeza de un lado a otro, como si no entendiera del todo la presencia de la chica en aquél lugar.  Aurora le alumbró con la linterna. Era un hombre que podría tener tranquilamente cincuenta años aunque quizá la barba le hacía parecer bastante más viejo de lo que realmente era.  No le gustaba aquél hombre, en sus ojos  observó un destelló maligno.
-Será mejor que se vaya.-dijo Aurora.-Mi novio ha salido un momento y regresará muy pronto.
El hombre la miró y su rostro se volvió serio.
-No voy a marcharme, niña. Ahí fuera no hay nadie y yo me quedo aquí.
-Por favor, márchese.-casi suplicó.
-No puedo hacerlo, Aurora, hay un fuerte temporal y tardará mucho en despejarse.
Aurora observó impotente que  el hombre se tumbaba y apoyaba la cabeza en la mochila de su novio, encogía las piernas y metía sus manos en ellas, como un bebé. Lo vio cerrar los ojos…
…entonces se dio cuenta de algo que le había pasado inadvertido y que la dejó petrificada. Aquél hombre… había pronunciado su nombre. ¿Cómo era eso posible?
Asustada, a pesar del fuerte temporal, decidió marcharse. Prefería huir bajo la tormenta que quedarse junto  al  misterioso desconocido. Intuía que aquél hombre era un serio peligro para ella y que la hubiera llamado por su nombre no la tranquilizaba, sino todo lo contrario…
Aurora salió de la tienda. Un fuerte viento golpeó su rostro y millones de diminutas pero hirientes gotas de lluvia se abalanzaron sobre ella para envolverla  por completo. 
Ya en el exterior miró a su alrededor. Los árboles se agitaban como fantasmas errantes que trataban de alcanzarla y la noche era tan oscura que solamente los relámpagos que precedían a los fuertes truenos le permitieron  ver dónde se encontraba.
Y entonces las vio.
Con cada relámpago, uno tras otro,  comprobaba que estaban ahí.
La linterna se le cayó de las manos y rodó junto a sus pies hasta que chocó con una pequeña piedra y se apagó.
Una oscuridad opresiva la rodeaba de tal modo que no podía ver absolutamente nada. Aún así, sabía perfectamente lo que había visto.
Varias figuras negras se encontraban en las cercanías, sin forma definida pero con cierta apariencia humana. Un nuevo relámpago que iluminó absolutamente todo el cielo y que permaneció en el ambiente durante lo que  pareció una eternidad, le permitió comprobar que estaba rodeada por infinitas sombras difusas, como si se tratara de personas que la observaban bajo la fuerza de la  tormenta, formando un siniestro círculo a su alrededor.
Aurora sintió un miedo atroz cuando un fuerte trueno la extrajo de su ensimismamiento…
…hasta que ocurrió algo horrible.
Oyó la voz de Javier que la llamaba. Procedía del interior de la tienda de campaña…
Aurora giró su cuerpo y vio que por la entrada se asomaba el rostro preocupado de su novio; llevaba  una linterna en la mano.
En ese momento, del cielo surgió un rayo que se aproximó  a vertiginosa  velocidad  y golpeó un árbol cercano. El trueno posterior eclipsó el gritó de dolor del propio árbol al resquebrajarse. El grueso y viejo tronco  se partió en dos y se precipitó al suelo, acompañado de algunas llamas.
Aurora lanzó un alarido desgarrador cuando advirtió que el árbol caía inexorablemente hacia la tienda de campaña. El rostro de pavor de Javier es algo que Aurora nunca jamás podrá olvidar.
La tienda de campaña fue aplastada por el tronco partido  y nada se pudo hacer por Javier, que pereció en el instante del impacto. Un olor a madera quemada cubrió la zona.
Aurora quiso correr hacia la tienda pero alguien la agarró de la cintura. Al girarse asustada vio al hombre de la barba negra que le impedía acercarse.
-No puedes hacer nada, Aurora.
La chica trató de zafarse y lanzó gritos y puñetazos hasta que finalmente se dejó caer en el suelo, desconsolada. Las lágrimas brotaron en sus ojos.  El desconocido se agachó sobre ella.
-Es posible que no entiendas de momento lo que ha ocurrido pero debes recordar siempre estas palabras…
Dejó de llover de inmediato y la tormenta amainó. El cielo cubierto de nubes negras comenzó a descubrir  algunos claros y la luna llena, quizá más hermosa que nunca, se asomó perdiendo su timidez, iluminando con su penumbra el lugar. Las sombras oscuras se acercaron lo suficiente a Aurora para que ésta advirtiera que verdaderamente tenían aspecto humano aunque sus rostros estaban difusos… excepto el de una de ellas y se quedó perpleja al reconocer a su novio Javier, que la observaba en silencio, con una pequeña sonrisa entre  los labios.
-…eres una persona especial, Aurora, todavía no ha llegado tu momento y la vida te reserva sorpresas especiales.-dijo la voz del desconocido junto a su oído mientras sus gruesas manos le acariciaban la cabeza.
-¿Quién eres?.-preguntó Aurora y miró hacia las sombras.-¿Quiénes son?
-Lo importante.-respondió el hombre de la barba negra.-  es que tú  por el momento no eres uno de ellos.

Las siluetas oscuras se alejaron empujadas por el viento  hasta que se perdieron en la lejanía. La última que Aurora vio desaparecer fue  la que pertenecía a su novio Javier, que antes  de extinguirse en la nada la saludó con un leve movimiento de cabeza.
-No te preocupes.-dijo el desconocido.- volverás a encontrarte con él, pero para eso todavía falta mucho tiempo. Tranquila, cuidaremos de Javier.

Cuando Aurora quiso darse cuenta se encontraba sola en mitad del monte, junto a las secuelas de una implacable tormenta que parecía haber convertido la zona en un cruel campo de batalla. Sus ojos se dirigieron irremediablemente hacia la tienda de campaña, sepultada bajo el árbol caído y en cuyo interior se encontraba el cuerpo aplastado de su novio. El olor a madera quemada perduró en el ambiente durante varias horas más.
Mucha gente, tiempo después,  le diría que había tenido una suerte sublime, como si  un angel de la guarda  la hubiera  protegido, salvándole la vida en el último momento. 
. De cualquier modo, y a pesar de que los recuerdos acabarían por borrarse de su cabeza, Aurora siempre tendría la sensación de que su vida podía haberse quedado junto a la de su novio si un hombre misterioso y desconocido  no lo hubiera impedido.
Que siguiera viva era  un milagro o, quizá,  una simple cuestión de suerte.