CUESTION DE TIEMPO


“Las Aventuras de Tom Carella”

EXTRACTO I


Si no se había volado la tapa de los sesos fue precisamente por los dos niños que yacían muertos en el suelo. Uno de ellos tenía la garganta rota, destrozada y aún así no tardaría en levantarse de nuevo. El otro había recibido un mordisco en el brazo y en apenas un par de horas la infección se había extendido como si el mismísimo Diablo le hubiera arrancado de cuajo su inocente alma.

Había sido espantoso. Hizo lo indecible para evitar el sufrimiento del chiquillo  pero no fue suficiente y ahora Tom se encontraba desolado. 

Jamás podría quitarse de la cabeza el horrible sufrimiento del pequeño, la agonía del niño que gritaba de dolor mientras la herida dejaba de sangrar para después comenzar a infectarse de un modo repugnante. Una costra oscura y espeluznante creció alrededor del mordisco para ir conquistando el resto del brazo. Ver crecer esa masa tenebrosa en el cuerpo del pequeño resultó algo que su estabilidad emocional  apenas pudo soportar. El avance inexorable de la infección alcanzando el pecho del niño, cuya piel se oscureció  por momentos hasta rodear su cuello, parecía una mutación extraña e imparable.  La fiebre asaltó al pequeño, que temblaba presa de las convulsiones. El brillo de sus ojos se fue apagando con cada estertor hasta que, por fin, murió.

Tom se había refugiado en el rincón del sótano donde permanecía oculto desde que empezó todo esto. Había llorado desconsoladamente y no podía apartar la vista de los cadáveres de los niños. Estaban muertos por su culpa. Las criaturas lograron entrar en el refugio  por la decisión que había tomado. Trataba de exculparse, de convencerse que no hubo otra opción, que la única posibilidad de sobrevivir era intentarlo pero no tuvieron suerte. Los niños murieron y él… él siguió con vida y no podía soportar el peso de la culpa, del arrepentimiento.

Al principio eran más personas allí dentro  pero con el tiempo se fueron marchando. No huían. Decidían salir al exterior para conseguir comestibles y cosas que pudiera ir necesitando el grupo. Se lo echaban a suertes. A él nunca le tocó abandonar el sótano. Al principio los exploradores regresaban con muchas cosas, pan, agua, leche, tabaco, ropa, zumos, después cada vez traían menos y finalmente… nunca regresaban. Así hasta que quedaron solamente los tres. Los dos niños muertos y Tom.

Cerca de tres meses llevaban encerrados en el sótano. Tres largos meses sin ver la luz del sol. Aquél lugar ya olía de tal manera que resultaba completamente inhabitable. En una esquina podían apreciarse las heces y los charcos  de meado, restos de vómitos y rastros de sangre. Sus cuerpos despedían un olor nauseabundo, quizá de un calibre parecido al de las criaturas que caminaban por las calles y que anhelaban capturar a personas vivas para alimentarse.

A Tom le preocupaba la salud de los muchachos. Se habían quedado solos. Por las noches, cuando el silencio era mucho más inquietante, podían escuchar claramente el arrastrar de pies por las calles cercanas, algunos gritos, disparos, coches que se alejaban y cuyo sonido se perdía en la distancia, respiraciones profundas… los niños lloraban y él estaba asustado, tal vez incluso mucho más que ellos. El hambre los estaba debilitando.

Sin víveres, con apenas dos o tres botellas de agua, Tom sabía que era cuestión de tiempo que se vieran obligados a salir de su deplorable refugio. De hecho, el sentido común le gritaba constantemente que hacía muchos días que tenían que haberse marchado. Por miedo, por temor, por aquellos niños, Tom no decidió dar tan peligroso y quizá definitivo paso pero ahora no le quedaba otra opción. Además, lo que le llenaba de inquietud era que por las noches escuchaba  esas cosas que permanecían al otro lado de la puerta. Su pestilente olor se colaba por las rendijas, oía el inquietante ruido de las uñas de las criaturas arañar la madera y los fuertes golpes, a veces como si estuvieran llamando y otras… como si quisieran derribar la puerta.

Aquella mañana Tom había decidido explorar el exterior. Protegería a los niños con su vida. No estaba muy convencido de que pudieran salir y escapar pero no había otra opción. Morirían si permanecían encerrados en el sótano. Como dije, era solo cuestión de tiempo.

Cuando uno de sus antiguos compañeros de refugio regresó con algunos víveres, lo hizo lleno de horror y con una herida en la pierna. Decía que uno de aquellos monstruos le había mordido. No tardó en morir. La piel de su cuerpo se oscureció como cartón mojado, igual que le había sucedido ahora al niño, y murió al poco tiempo. Horas después regresó a la vida. Apenas pudo acabar con él. Mostraba una fuerza extraordinaria, una fiereza suprema pero logró machacarle la cabeza con un tubo de acero del que no se había apartado en ningún momento desde entonces. Aturdido y extasiado arrastró el cadáver hasta conducirlo a una esquina bajo la aterrorizada mirada de los niños. Cuando ellos pudieron dormir, rara vez lo hacían pero a veces el cansancio  vencía sus conciencias, se armó de valor y sacó el cuerpo fuera para evitar que siguieran contemplando la muerte tan de cerca y echó un vistazo al exterior. En ningún momento se le pasó por la cabeza abandonar a los chiquillos, solamente quería averiguar cómo estaban las cosas fuera. Y lo que vio lo llenó de pánico y terror. Regresó al sótano y se sentó junto a los cuerpos dormidos de los niños. Se encogió en un ovillo y se meció, lloriqueando como un niño hasta que se quedó dormido, con la esperanza de salir de allí derruida por el horror que había contemplado en el exterior. Era el fin, y solamente era cuestión de tiempo para que  ellos fueran alcanzados por tamaña monstruosidad.

Algo ocurrió en la cabeza de Tom dos o tres días después. Quizá a causa de la desolación, la impotencia, el hambre, la tristeza y el miedo que destilaban los ojos de los niños que ahora estaban a su cargo. No podían permanecer allí durante más tiempo. Habló con los pequeños, que comenzaron a llorar cuando les anunció que los dejaría  solos.

-No os preocupéis.-dijo Tom abrazándolos.-No podemos seguir aquí  más tiempo, al menos no de este modo. Hace falta comida, un lugar más amplio y seguro. Esas cosas saben que estamos aquí, deambulan por las calles esperando que salgamos y se acercan por las noches para hacer guardia frente a la puerta. Tengo que salir, buscar comida y encontrar un lugar mejor que este. Os prometo que no os pasará nada y regresaré muy pronto, no os abandonaré. Os doy mi palabra.

Lloraron los tres durante mucho tiempo y finalmente Tom se marchó. Nunca olvidará el rostro de desolación de aquellos dos niños cuando le vieron marchar…

…regresó con dos bolsas cargadas de víveres y se  topó  la puerta del sótano abierta. Las soltó petrificado por el temor   y corrió hacia el refugio. Encontró una escena terrible. Uno de los chicos estaba muerto, con la garganta destrozada por un enorme  mordisco mientras el otro chico se retorcía en el suelo presa del dolor. La herida en el brazo tenía muy mal aspecto.

Maldijo su mala suerte. Golpeó el suelo con los  puños preso de la rabia y la desesperación hasta hacerse añicos los nudillos. La sangre salpicó sus manos y eso no le importó. No sintió dolor, solo un desgarro demoledor en su alma.

Tras la muerte de los muchachos, Tom no podía permanecer más tiempo en aquél maldito lugar. Junto a los víveres había encontrado un arma, una pequeña pistola. No había tenido problemas en el exterior, quizá la suerte le hubiera sonreído pero esa misma suerte se había transformado en un cruel monstruo que logró perturbar  su refugio y había asesinado a las dos personas que estaban a su cargo, a las que les prometió que nada les iba a suceder. Tom lloró y lloraría el resto de su vida, le quedara lo que le quedase.

Había sopesado la posibilidad de quitarse la vida. De hecho, tenía  clavadas las rodillas en el suelo y con los ojos anegados en lágrimas se colocó el cañón de la pistola sobre la sien. Tal vez no hubiera tenido el valor suficiente, no podía saberlo, pero la imagen de los niños muertos en el suelo, inmóviles, pensó que le darían fuerza  para hacerlo y ése fue precisamente el motivo de que decidiera no matarse, al menos no de momento.

Los niños…

Volverían a la vida. Tal y como había hecho su amigo y posiblemente tantas otras personas en el mundo. Y regresarían de la muerte convertidos en monstruos ávidos de sangre y carne humana. La idea de que aquellos muchachos caminaran por las calles con el rostro desfigurado y sus frágiles cuerpos devorados lentamente  por una infección inexplicable, persiguiendo a vivos de los que alimentarse, le horrorizada. Lo más sencillo, lo más sensato hubiera sido quitarse la vida y acabar con todo de una maldita vez… o, también era otra posibilidad, escapar del sótano y buscar  supervivientes, una oportunidad de seguir viviendo aunque tuviera que enfrentarse a esas criaturas horrendas que parecían haber surgido de la oscuridad para sembrar el caos y la aniquilación de la raza humana tal y como hoy la conocemos. Sin embargo, no podía permitir que aquellos niños se convirtieran en seres grotescos e inhumanos.

Cuando los chicos recobraron la vida supo inmediatamente que había acertado al quedarse allí, aguardando el momento preciso que acababa de llegar.

Los dos niños, convertidos ahora en cadáveres vivientes, se levantaron del suelo manteniendo en su rostro una expresión demoníaca y perversa. Los ojos,  blancos completamente, miraban a Tom como si del fondo de un abismo se tratase.  Oyó los extraños sonidos que salían del interior de sus bocas oscuras, la rigidez de sus miembros al moverse y avanzar inexorablemente hacia él. Tom sintió una tristeza extrema al contemplar a los dos niños… pero ya no eran niños sino monstruos hambrientos y despiadados.

Agradeció tener la fuerza suficiente para permanecer allí, esperando aquél momento. Le hubiera gustado no haberlos visto convertidos así, en seres maquiavélicos y deformes. Pero se sintió dichoso porque haberles dado la espalda y fallarlos otra vez hubiera sido mucho más doloroso. Si antes de la transformación tenía dudas, al verlos como una broma de mal gusto de un Demonio sin corazón, advirtió que las fuerzas perdidas las recuperaba de inmediato.

No dejó que se acercaran demasiado. Alargó el brazo y disparó dos veces. Las balas entraron limpiamente en las cabezas de los niños y sus pequeños cuerpos cayeron al suelo con estrépito. Quedaron quietos, inmóviles, como si nunca se hubieran levantado. Tom permitió que sus ojos dejaran escapar algunas lágrimas y trató de no mirar los cadáveres. Sabía que ya no volverían a levantarse, o al menos quería pensar que en realidad no lo harían.

Cabizbajo y triste, Tom salió del sótano y alcanzó la puerta que daba al exterior. Miró hacia la calle. Todo estaba completamente en silencio, como un paraje desolado. Los coches permanecían en mitad de la carretera, muchos de ellos con las puertas abiertas. Descubrió algunos cadáveres parcialmente devorados tirados en la calle, atestados por algunas ratas que se estaban dando un buen festín. Ningún alma viva recorría las calles, tampoco ninguna muerta. Tom se encontraba sólo pero no tenía miedo. Lo que había vivido en aquél sótano las últimas semanas, la pérdida de los niños, su conversión en monstruos, le había cambiado por completo la vida y estaba dispuesto a enfrentarse a todo lo que estuviera por llegar…

…por muy perversas, malvadas e inquietantes que fueran las paranoias del escritor que le había dado la vida y peligrosas las aventuras que para él estaban  destinadas.


LA CABAÑA DE LOS MONSTRUOS


"La cabaña quedó reducida a cenizas y en su interior perecieron decenas  y decenas  de historias escritas y cientos y cientos de cuentos por escribir”

(Matt Cassidy)



Caminaba por el sendero mientras una fina lluvia caía sobre su cuerpo. Estaba completamente empapado pero no le importaba en absoluto. Su rostro desencajado, su mirada perdida y su ceño fruncido demostraban que en aquellos momentos era una auténtica bomba de relojería. Aferró la escopeta entre sus dos manos y siguió caminando hasta que en un punto del camino decidió apartarse para adentrarse definitivamente en el bosque.

Ya estaba cerca. Podía olerlo y sus gruesos dedos apretaron con tanta fuerza el arma que estuvo a punto de hacerla añicos. Rabia y dolor. Desesperación.

Las ramas de los árboles trataban de arañar sus piernas y brazos con la intención de provocarle laceraciones pero su ropa gruesa lo protegía. Se detuvo unos instantes. Ante su presencia, los pájaros habían dejado de cantar. El silencio más extremo podía sentirse en un bosque espeso y oscuro, donde ni la más pequeña alimañaza hacia gala de moverse entre los matorrales. Sabía además, que a medida que fuera acercándose la soledad y el silencio serían mucho más temibles. Se sobrecogió y por su cabeza se le pasó la posibilidad de abandonar tamaña locura, de regresar al pueblo y decepcionar a todas aquellas personas que habían depositado sus esperanzas en él.

Apretó los dientes y sus botas pisaron con mayor fuerza la hierba. Las ramas de los arbustos se partían bajo su peso; el sonido se ahogaba rápidamente, como si se produjera con  timidez y recelo.

Vio la luz entre los árboles, a varios metros de distancia y se detuvo para examinar el paraje. La pequeña cabaña se encontraba en mitad de un claro, rodeado de gruesos árboles, que parecían férreos guardianes protectores. Comprobó que la escopeta estaba cargada. Dos cartuchos. Más que suficiente.

Se aproximó con cierta precaución, empuñando el arma, con el dedo en el gatillo, presto a disparar en cualquier momento. A medida que se iba acercando llegaba hasta  su nariz el aroma a madera quemada y se imaginó que en la cabaña habían encendido la chimenea. En ese momento se dio cuenta del frío intenso que lo rodeaba pero las voces que sonaban dentro de su cabeza le animaron a seguir caminando para ejecutar el plan que se le había encomendado.

La luz se distinguía a través de una de las pequeñas ventanas. Sin duda estaba dentro y eso de algún modo le alivió. Las voces guardaron silencio durante breves instantes para después mostrarse inquietas y perversas. Sacudió su cabeza. Nada. Las voces no cayeron. Seguían allí. Le dolían los oídos de escucharlas mañana y noche, de sentir su presencia en su interior. La única forma de parar todo aquello era hacerlas caso. Acabar con la maldición de una maldita vez. Y para ello él tenía que morir. Y moriría. Por eso estaba allí. Para matarlo.

Dos tiros en la cabeza. Ni uno más. Ni uno menos. Ese era el plan.

Llegó hasta la cabaña. Las voces enmudecieron expectantes. Quedaba tan poco tiempo que ahora habían decidido guardar silencio para saborear el momento final. Para él esto no significaba calma alguna porque podía sentirlas, arrastrándose por su cabeza, como babosas que dejan su asqueroso rastro, como la mierda de las ovejas en el camino. 

Se asomó por la ventana. El interior de la cabaña parecía muy confortable. Vio la chimenea y sitió envidia por las llamas que bailaban con confundida libertad. Dentro debía estarse tan bien… en cambio fuera ya era de noche, llovía cada vez con más insistencia y el frío era mucho mayor que al principio. Con su rostro compungido y mientras caían gotas por su cara escrutó con desmedido interés cada rincón de la cabaña y entonces lo vio, tal y como se imaginaba.

Estaba sentado frente a una mesa, ante un pequeño ordenador. Escribía con rapidez. Sus dedos recorrían las teclas con fuerza y a gran velocidad. Las palabras y las frases salpicaban la pantalla y el muchacho parecía disfrutar con lo que estaba haciendo. Le hubiera disparado desde allí mismo pero... ¿Y si fallaba? Las voces entonces se burlarían de él y ya no podría soportar tanta humillación. Debía hacer las cosas bien, tal y como ellas se lo habían indicado. Había aceptado hacía mucho tiempo que él solamente era una simple marioneta, que ellas lo gobernaban todo, eran las controladoras, las reinas de su vida y debía asumir su papel. Y eso estaba haciendo. 

Miró al joven que escribía en el ordenador. De vez en cuando se detenía para llevarse un cigarrillo a la boca y leer el texto que acababa de escribir. En la mesa había una botella de licor medio vacía y un vaso con café descansaba justo al lado. En aquél momento, el escritor le dio un sorbo y pareció saborearlo con auténtico placer.

Había muchos libros y cuadernos tirados en el suelo, en un desorganizado orden solo asimilable por el escritor. Sin duda trabajaba en una nueva historia y estaba completamente enfrascado en ella. En el momento en que, por algún motivo, el escritor desvió la cabeza para mirar hacia la ventana, tuvo que ocultarse con un movimiento brusco. Era extraño. Las voces no le habían advertido de ello y estuvo a punto de ser descubierto. Puso mayor atención y al escuchar el sonido de los dedos pulsando con fuerza las teclas se decidió a mirar de nuevo. El escritor continuaba inmerso en su tarea. No había detectado su presencia. Mejor así. Todo sería mucho más fácil.

Contaba con el factor sorpresa como aliado. La ejecución iba a ser muy sencilla, sin mayores complicaciones. Irrumpiría por la puerta principal. La reventaría de una sola patada y entonces el escritor se levantaría sorprendido y bajo el umbral aparecería él, con la escopeta entre las manos y el rostro magullado por una expresión de rabia y rencor. No dudaría en apretar el gatillo. Una y dos veces. Un disparo en el pecho. El otro en la cabeza y entonces todo, absolutamente todo, quedaría en paz. Y las voces permanecerían en  silencio para siempre.

La gente del pueblo, por fin, podría dormir con la tranquilidad que se les arrebató desde el mismo momento en que el escritor apareció para alquilar la cabaña. 

¡Cuántos monstruos fueron creados en ese siniestro lugar! 
¡Cuánto horror! 
¡Cuánto miedo se ocultaba en el bosque! 
Asesinos despiadados; criaturas infernales; fantasmas errantes y seres monstruosos…
¡Cuántas pesadillas sembradas en el interior de la maldita cabaña!

Y él podía poner fin a todo aquello. En ese mismo momento. Dos disparos y todo finalizaría. Nadie más escribiría horrendos cuentos. No nacerían nuevos males. Muerto el creador… se acabaron los monstruos. Paz. Libertad. Tranquilidad.

Convencido de la buena obra que estaba a punto de realizar, sabedor de que las voces permanecían agazapadas en su interior, se dirigió lentamente hacia la puerta principal al tiempo que preparaba su arma. El dedo en el gatillo. El cañón al frente.

Mientras caminaba creyó escuchar, en la lejanía, el aullido inquietante de un lobo. Se detuvo y escrutó los árboles del bosque, ahora sumidos en la más espesa oscuridad. Se imaginó extrañas siluetas deformes y de demoníaco aspecto vagando por los alrededores, temerosos de acercarse.  Sin duda, el escritor dejaba escapar una vez más nuevos monstruos que salían del interior de su cabeza. 

Llegó hasta la puerta y en el momento en que levantó la pierna para propinarle un terrible puntapié, se abrió, como si alguien la estuviera empujando con una suavidad extrema.

Frente a él se encontraba el escritor, que lo miraba sin mostrar en su rostro la más mínima sorpresa.

-Hola, te estaba esperando.

El hombre permaneció inmóvil con el arma entre las manos. Notó que en su cabeza las voces se arrastraban inquietas, como ratas en las cloacas, pero en ningún momento hablaron. Lo hizo de nuevo el escritor, con voz tranquila, sin que las sílabas reflejaran el más pequeño de los temblores.

-Has venido a matarme. Pasa. No te pondré las cosas más difíciles.

El escritor miró al hombre y en vista de que éste seguía sin moverse y le apuntaba con la escopeta, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la mesa en la que minutos antes había estado sentado. 

“¿Qué cojones está haciendo el tipo este? ¿Va a ponerse a escribir cuando irrumpo en su refugio para asesinarlo? ¿Cómo sabe que estaba aquí, que iba a matarlo?”

Precisamente eso era lo que estaba haciendo. El escritor había tomado asiento y volvía a mover sus dedos por encima de las teclas, que presionaba con suavidad. Las letras iban salpicando la pantalla en blanco. Frases largas. Párrafos completos.

-Antes de disparar y acabar lo que has venido hacer… ¿Te importa que termine este relato? Será el último, te lo prometo.

El hombre de la escopeta entró en la cabaña. Miró estupefacto al escritor que no había levantado la cabeza de la pantalla y seguía escribiendo.

-Será sólo un momento. Te lo prometo. Dile a las voces que no se preocupen, que todo tiene su fin.

Las voces parecieron reírse dentro de su cabeza y murmuraban satisfechas. Se mostraban  felices. Nunca antes las había sentido así. 

-¿Qué estás escribiendo?
-Mi muerte.-respondió el escritor sin levantar la vista de la pantalla.-El fin de todo.

El hombre buscó con la vista una silla sobre la que acomodarse. Iba a concederle aquella última voluntad al joven escritor. Como la última cena a un preso que va a ser ejecutado en la silla eléctrica. Bien mirado, parecía una escena romántica y se sintió gozoso de participar en ella.

-No hace falta que te sientes.-dijo el escritor.-esto casi está. Tan sólo un minuto…

El hombre recorrió la cabaña con los ojos, observando todo con desmedido interés. Era confortable. Ni muy grande ni muy pequeña. Se agradecía el calor que desprendía la chimenea. Apenas estaba amueblada. Lo justo para una persona que se pasaba horas y horas sentado en una silla de madera frente a su ordenador, creando historias y cuentos de miedo y horror. “La cabaña de los monstruos” la llamaban la gente del pueblo. Desde la llegada del escritor todos habían sentido pánico de acercarse por la zona. Se oían lamentos, se veían cosas extrañas, ocurrían demasiados hechos misteriosos y todo ello porque un presuntuoso escritor aficionado creaba horrendos pasajes en su cabeza y sembraba el terror como si de sonrisas  macabras se trataran. Era un tipo peligroso y las voces lo querían muerto. Y él estaba allí para ejecutar el plan.

-Ya está.-dijo el escritor.-El relato se ha terminado. Ahora puedes disparar y matarme. Estoy en tus manos.

El muchacho se levantó con el rostro expresando una plena satisfacción por el trabajo realizado y miró con orgullo el texto finalizado que ahora estaba saliendo a través de una vieja impresora. El hombre de la escopeta lo miró confundido.

-No te preocupes. Haz lo que tengas que hacer. Mata el problema. Las voces te dejarán tranquilo. Solo tienes que apretar el gatillo tal y como habías pensado. Un primer disparo en el pecho y después en la cabeza. Muerto el perro se acabó la rabia.

“¿Cómo puede conocer mis intenciones? Sabía que iba a venir, que iba a propinarle dos únicos disparos…”

-Te preguntarás por qué conozco ciertos detalles.-dijo el escritor con una sonrisa en los labios. Aquello asustó al hombre. ¿Acaso había leído su mente? Lo apuntó con la escopeta y su dedo tembló sobre el gatillo. El escritor levantó las manos, sumiso.-Tienes dudas. No deberías tenerlas, Jason. Estás aquí para lo que estás y no puedes ahora echarte atrás.

El hombre de la escopeta notó que su corazón latía con mayor intensidad y sus manos comenzaron a quedar salpicadas de sudor. Vio tan tranquilo al escritor que estaba a punto de morir que no comprendía por qué no se encontraba asustado. Y había dicho su nombre, ¿Cómo era posible?

-Sabes mi nombre…
-Lo sé todo de ti, Jason, por supuesto.-dijo el escritor.-Yo te creé.
Un fuerte pitido  se instaló en sus oídos y estuvo a punto de agachar la cabeza pero se mantuvo en pié, con el arma firme entre las manos.
-¿Qué… qué has dicho?
-Lo has oído perfectamente, Jason, no seas testarudo.

Estuvo a punto de apretar el gatillo. De disparar sobre el cuerpo del escritor pero se contuvo, quizá todavía no era el momento. Pero faltaba poco, las voces estaban inquietas, comenzaban a despertar…

-No sé qué quieres decir…

El escritor miró al hombre y comprendió que estaba asustado. Sintió cierta decepción porque no se lo había imaginado así. Se resignó,  había que aceptar las cosas como eran. Lo miró y sonrió.

-Eres uno de mis personajes, Jason. El elemento más importante de este extraño relato. Yo te he creado. Te he dado la vida.

El hombre bajó de inmediato el arma.

-No, Jason, por favor. No me decepciones. Tienes una misión que realizar, un plan que ejecutar.
-No entiendo…
-Ya lo creo que sí.-dijo el escritor aún con las manos levantadas.-Yo he instalado las voces en tu cabeza. Les he dado la vida del mismo modo que te he dado la vida a ti. Ellas solamente te dicen lo que yo quiero que hagas…
-Pero eso es…
-¿Matarme? ¡Claro que sí! Para eso has sido creado, Jason, para matarme. Para acabar con todo esto, para permitirme descansar en paz. Estoy harto de crear monstruos  en esta cabaña  que apesta a soledad y que solo ha logrado hundirme más y más en mi porquería, en mis decepciones. Tú estás ahí para acabar con todo esto, para liberarme por fin de mi maldita prisión.  Y debes hacerlo, Jason. Aunque ello pueda decepcionar a mis lectores.

“¡Hazlo!” gritó una voz dentro de la cabeza de Jason. “¡Dispara!” dijo otra. “¡Acaba con él!” ordenó una tercera.

El escritor movió la cabeza hacia un lado, sonrió y cerró los ojos como muestra de agradecimiento.

Jason  apretó el gatillo y el disparo alcanzó el pecho del escritor, que se abrió como una boca horrenda de la que escapó sangre y vísceras. Su cuerpo voló varios metros y se estrelló junto a la chimenea para resbalar lentamente por la pared y quedar inmóvil en el suelo, manteniendo una grotesca expresión en su rostro. Jason dio varios pasos hacia el frente y colocó el cañón de la escopeta sobre la cabeza del escritor. Cerró .los ojos y apretó de nuevo el gatillo. La detonación retumbó en el bosque como un trueno en mitad de una cruel tormenta.

La cabeza del escritor reventó como lo haría una sandía al estrellarse contra el suelo y quedó convertida en un amasijo repugnante de carne, sangre y huesos.

Jason sintió en ese momento un dolor insoportable en la cabeza. Las voces gritaron al unísono, presa de una angustia terrible como si se estuvieran quemando vivas dentro de su cerebro. Las escuchaba llorar de terror y suplicaban. Sentía que agonizaban, que eran exterminadas por una fuerza sobrenatural. Morían.  Hundió las rodillas en el suelo ante la pesadez que sentía en todo su cuerpo y comprobó que la vida se le escapaba lentamente. Quedó tendido en el suelo, con los ojos abiertos, mirando hacia la puerta principal para ver…

…como de entre los árboles del  bosque se acercaban  para entrar en la casa multitud de criaturas deformes, demonios, bichos infernales, asesinos implacables, fantasmas apesadumbrados, seres no humanos con expresiones taciturnas. Todos ellos parecían tristes y deprimidos, con sus miradas lacónicas y decepcionadas.

Jason aceptó que su vida se extinguía, como la de todos aquellos monstruos que habían salido de la mente enferma de un escritor sin talento ni futuro. 

Por la puerta entraban más y más pesadillas, muchos males, eternos monstruos que se refugiaban en la pequeña cabaña, como si quisieran encerrarse en su maldito hogar, un hogar del que iban a ser desahuciados de manera inminente. Y todos ellos observaban alicaídos el cadáver del escritor al que adoraban por haberles sacado de las espesas sombras para ofrecerles la vida.

En el pueblo la gente no tardaría  en  apreciar las altas llamas que se habían formado en el bosque, atrapando los fornidos árboles que iban a quedar consumidos inmediatamente por el fuego,  un fuego intenso donde se agitaban las llamas como si de una danza violenta de brujas y  diablos se tratara. Todo ardía alrededor y se escuchaban lamentos agónicos, gritos desgarradores… 

…podía sentirse una profunda pena, una enorme desolación, la tristeza más absoluta.

La cabaña quedó reducida a cenizas y en su interior perecieron decenas  y decenas  de historias escritas y cientos y cientos de cuentos por escribir.

Las autoridades  solamente descubrirían el cuerpo carbonizado de un hombre robusto que empuñaba una escopeta que prácticamente se había consumido por el fuego. Del joven escritor no hallaron ni el más pequeño  rastro y los monstruos…

…los monstruos nunca fueron encontrados. Hay quien todavía cree que gozan de una libertad espeluznante en las profundas y tenebrosas  cuevas  del infierno. Otros, sin embargo…

…sospechan que continúan habitando entre las paredes inquietantes, eternas  y libertinas del  confuso cerebro de su maquiavélico y perverso creador.




OSCURO CONTRATO


OSCURO CONTRATO 

by  Matt Cassidy

-El viejo tiene los ojos abiertos, ¿Seguro que está muerto?

Elena y Alfonso  entraron en la habitación y se cubrieron la nariz con la mano. Se situaron sobre la cama, junto a Ramiro. Contemplaron el cuerpo desnudo del anciano y sintieron un escalofrío al descubrir pústulas negras en diferentes partes de su cuerpo, como si su piel estuviera ya podrida. De hecho, el hedor en la habitación era prácticamente insoportable. 

-Claro que está muerto, ¿No lo  hueles?
-Ya pero… ¿Has visto sus  ojos?

Elena miró a sus dos compañeros y después observó el cuerpo esquelético del viejo. Debía tener mucho más de 70 años y podía llevar muerto uno o dos días, poco más. Demasiado pronto para que el cadáver desprendiera tan pestilente olor. 

Víctor Quebrada llevaba muerto seis semanas.
Elena no se había equivocado en su edad. Tenía 92 años y llevaba dos postrado en la cama, como un mueble viejo e inservible.
Sin embargo, no era la primera vez que Víctor moría.

Olía francamente mal. Tal vez no era el cuerpo, enjuto y arrugado del viejo, sino la habitación, que podría llevar hermética años enteros sin que la luz  se colara en su interior. Las ventanas, probablemente cerradas durante tanto tiempo, habían impedido  que el dormitorio se ventilara, provocando  que allí dentro se formara un cóctel explosivo: un calor tremebundo, una oscuridad inquietante, olor a vinagre, a cerrado, a viejo, a humedad…

En realidad, simplemente huele a muerte.

Elena contempló los ojos del anciano. Estaban abiertos, como si observaran desde el fondo de un pozo. Vidriosos y grandes, expresivos y temibles. Parecían repletos de vida. Sin embargo  permanecían completamente inmóviles, como canicas de cristal. Acercó una linterna al rostro del viejo y éste no movió los ojos. Ni el más leve pestañeo. Colocó su mano sobre ellos y se los cerró. Ahora sí que parecía un muerto más.

Mientras sus dos compañeros salían de la habitación y continuaban con el saqueo, llevándose todo lo que de valor pudieran  encontrar, que la verdad sea dicha, era bastante poco, Elena no se movió del dormitorio  donde el  anciano había encontrado la paz.

Miró a su alrededor. Todo estaba lleno de bolsas de ropa usada y maloliente, de cajas de cartón repleta de libros antiquísimos que destilaban un aroma a humedad que echaba para atrás. Las paredes de la habitación estaban amarillentas, con manchas oscuras, como caras demoníacas, dibujadas por el tiempo que llevaban sin pintar. Los muebles viejos y apolillados conferían al dormitorio unos detalles atemporales.  Y lo que  no encajaba en aquél sitio era el ordenador de alto rendimiento que había sobre la mesa. Aunque tenía la pantalla apagada, Elena oyó el ventilador del aparato en pleno funcionamiento, por esa razón se aproximó y movió el ratón. Al instante, la pantalla de 17 pulgadas se iluminó.

Elena se quedó petrificada al observar un fondo negro sobre el que bailaba un dibujo que la hizo estremecer. Sobre un mar de aguas oscuras cubierto de una pequeña bruma de tonalidad azulada,  un hombre de manos esqueléticas remaba subido en una pequeña barca, adornada con varios cráneos humanos. Supo inmediatamente que era la representación de la Muerte, que mantenía el rostro oculto bajo la inquietante capucha negra de una indumentaria probablemente  manchada de la sangre de sus propias víctimas.

Ramiro y Alfonso ya han seleccionado los objetos que quieren llevarse
Entran en la habitación donde se encuentra Elena y la ven sentada frente al ordenador.  Se sorprenden.
Solamente le dicen lo que han encontrado: Algo de dinero, pequeños  objetos de valor, una muy buena televisión, cuadros raros que podrían venderse bien y… naturalmente ese ordenador que también se tienen que llevar.
Elena les hace un gesto con la mano para que no la molesten y les ordena que bajen las cosas y que luego ella hará lo propio con el ordenador.

La mujer escucha  la puerta de la calle al abrirse y los golpes bruscos de sus compañeros sacando las cosas. Los oye bajar por las escaleras de madera, cuyos peldaños crujen a medida que descienden. Si prestara atención incluso llegaría hasta ella el sonido de  la furgoneta cerrándose una vez todo estuviera dentro y después el motor en marcha. La esperarían para luego huir con el botín, bastante más pobre de lo esperado. La cuidadora del viejo les había informado mal esta vez y el muerto, desgraciadamente,  no era tan rico como cabía esperar.

Todavía había tiempo. Sus socios subirían de nuevo  si ella tardaba y buscarían más cosas para llevarse.  Tendrían que ayudarla también a bajar el ordenador, sola no podría hacerlo, al menos no de una  vez.

Se sentó y  movió con el ratón el cursor que situó sobre la imagen de la Muerte que navegaba  sobre las siniestras aguas.  La pantalla pareció apagarse y se iluminó de inmediato poco después…

Eso, eso, el viejo espera impaciente

…para enseñar un texto sobre un fondo blanco:

RENOVACION DE CONTRATO
A nombre de VICTOR QUEBRADA

La foto del anciano acompañaba el pequeño párrafo. Elena miró hacia atrás y se sobrecogió al recordar que en la cama yacía un cadáver. El aspecto en la imagen era exactamente igual al difunto.  Un rostro invadido por las arrugas, una vista cansada, pelo blanco, pómulos pronunciados, labios siniestros…

Al parecer, y por lo que Elena pudo deducir,  el viejo había estado rellenando un formulario pero no había podido enviar la información, tal vez porque su momento final lo había pillado justo en el instante en que estaba realizando la operación. Un recuadro rojo en cuyo interior se encontraba la palabra “enviar” parpadeaba a un lado de la pantalla. Elena se encogió de hombros y después de pensarlo durante varios segundos decidió enviarlo como si de la última voluntad del anciano se tratara.

En la pantalla del ordenador sonó una música siniestra y apareció nuevamente la foto del anciano pero esta vez parecía un poco más viejo si esto era posible. A la imagen le acompañaba un  pequeño texto escrito y subrayado en color negro: 

CONTRATO RENOVADO POR ESPACIO DE LOS TRES PROXIMOS AÑOS

El texto y la foto del viejo se esfumaron, todo ello tras la aparición de unas llamas infernales bastante mal hechas. Surgió de nuevo la imagen de la Parca montada en su barca. Esta vez la Muerte no se encontraba sola, había tres figuras sentadas junto a ella. Extrañada y curiosa, Elena agrandó la foto para examinarla mejor y su sangre se heló de inmediato al reconocer a esas personas.

Elena y sus dos amigos se encuentran  en la barca
Con rostros tristes y apesadumbrados
La Muerte se los lleva

Elena se levantó sobrecogida y la silla en la que estaba sentada cayó al suelo produciendo un fuerte estrépito. Por la puerta asomó Alfonso, uno de sus secuaces, con el rostro exaltado por la sorpresa y un arma en la mano. Primero miró hacia su compañera y después hacia la cama donde yacía el cuerpo del viejo…

…solo que ahora el anciano se estaba incorporando.

Alfonso le apuntó completamente asustado al tiempo que Elena se levantaba. ¿Qué es lo que había hecho? Miró aterrada hacia el anciano que se ponía en pié  con una amplia sonrisa en sus labios y los ojos abiertos de par  en par  y después dirigió su mirada hacia el ordenador. La barca que manejaba la Muerte continuaba navegando sobre aguas profundas, dirigiéndose probablemente al mismísimo infierno.

Alfonso dispara al anciano, que recibe los impactos en el pecho
Y en la cabeza.
A Víctor no le sucede absolutamente nada pero el cuerpo de Alfonso se tambalea.
De sus heridas emana sangre a borbotones.

El pobre desgraciado no entiende los impactos de bala que ha recibido. Alfonso ha visto cómo los trozos de acero han penetrado en el cuerpo del viejo pero éste ni se ha inmutado. En cambio, su propio pecho ha sufrido las sacudidas de los balazos. Y uno de ellos ha atravesado su corazón por lo que clava sus rodillas en el suelo. Observa estupefacto que la última bala  ha acertado en la cabeza del viejo  perforando su cuero cabelludo pero la herida del anciano desaparece de inmediato. Es entonces cuando siente que algo entra en su cabeza y después su vista se nubla y deja de sentir dolor. El cuerpo de Alfonso cae inerte al suelo.

Elena solloza asustada. No puede dejar de contemplar la imagen del ordenador. La Muerte conduce la barca hacia la penumbra de un horizonte lejano y oscuro. Mientras el viejo camina hacia ella con las manos levantadas, Elena tiene una idea y corre rauda y veloz hacia el ordenador. Mira de soslayo hacia su izquierda y ve que el viejo se aproxima lentamente. Quizá no tenga tiempo de intentar lo que le parece una auténtica locura.

La mujer va a tener suerte.
Ya lo creo que sí.
El tercer esbirro, Ramiro, entra en la habitación alertado por los disparos
Exclama de horror al contemplar a su amigo muerto.
Ve al viejo decrépito que lo observa con los ojos inyectados en sangre
Antes muerto, ahora vivo

-¿Qué cojones?

No llega a decir nada más. Trata de dar media vuelta pero algo oculto en la oscuridad lo agarra con fiereza y su cuerpo es desgarrado en cuestión de segundos por entidades invisibles que surgen de las sombras.

Elena no quiere mirar hacia atrás. No desea contemplar los cuerpos muertos de sus amigos y trata de rellenar en el ordenador un formulario similar al que descubriera  pocos minutos antes…

Chica lista sin duda, me encanta la gente así
Está rellenando un contrato
Coloca sus datos en los casilleros correspondientes…

…asombrada observa que su imagen aparece junto al texto. Es ella, sin duda, quizá con el aspecto que tendrá varios años más adelante pero se reconoce perfectamente. No entiende lo que está sucediendo pero cree hacer lo correcto. Siente la presencia del viejo junto a ella. No sabe si la va a atacar, si ella también morirá. Nota el aliento pestilente del viejo que inexplicablemente ha recobrado la vida, tal vez por su culpa.

El anciano pone sus manos sobre los hombros de Elena. Desliza sus dedos sobre la garganta de la mujer.  Son tan largos y fríos que parecen gusanos reptando por su piel. Solloza. Su cuerpo no deja de temblar, como la llama de una vela que arde en duelo por los difuntos. Varias lágrimas se agrupan en sus ojos y acaban por caer para resbalar lentamente por las mejillas.

Elena sabe que Víctor romperá su cuello cuando lo rodee con sus manos
Es cuestión de unas simples y pequeñas décimas de segundo
En cualquier momento escuchará sus huesos romperse con una facilidad extrema
No obstante, tiene una posibilidad, inquietante y brutal, pero una posibilidad…

No puede apartar su vista de la pantalla del ordenador. Ha rellenado todos los datos excepto la última pregunta. Tiene varias opciones. Es sobre la duración del contrato. Dos, cinco y nueve  años.

Escoge la primera opción. No sabe bien lo que significa pero elige dos años de contrato.

El viejo ya ha rodeado su cuello y comienza a apretar con fuerza brutal. Elena siente tanto dolor que está a punto de derrumbarse. 

En la pantalla del ordenador aparece un rectángulo rojo donde una palabra escrita en color negro le indica si desea confirmar el contrato, como la rúbrica necesaria para sellar un acuerdo formal. Con dificultad  estira el brazo y a duras penas, mientras se retuerce de angustia  bajo la intensa presión que el anciano ejerce sobre ella, logra pulsar la tecla correspondiente.

Tras la confirmación del contrato, Víctor se ve obligado a dejar de apretar
Es tarde, el cuerpo de Elena cae estrepitosamente al suelo y permanece inmóvil.
Está muerta

Víctor contempla sin sorpresa alguna la pantalla del ordenador, donde observa la barca de la Muerte viajando sobre turbulentas aguas repletas de seres deformes que se mueven bajo ellas. Se dirige hacia la deriva, hacia un destino lúgubre y oscuro. Sólo dos personas son ahora los verdaderos pasajeros. Alfonso y Ramiro permanecen en la barca, con las caras sujetadas  por el espanto y sus miradas vacías y muertas les confieren una apariencia espeluznante y terrorífica. Elena ha saltado al agua y nada hacia la orilla. Ha logrado escapar de la Muerte. Ha llegado a un tenebroso  acuerdo.

Diez días han pasado de todo esto.
Elena camina sin expresión definida por las calles de la ciudad
Parece desorientada, perdida en la noche oscura
Su cuerpo delgado, que apesta como la tierra de un vertedero, se arrastra entre la multitud
Busca…
… y no tardará encontrar

En la mente aturdida de Elena solamente hay una meta: Encontrar dos objetivos lo suficientemente valiosos e interesantes para la Muerte que justifique el contrato de dos años que ha firmado.  Y pronto hallará a sus víctimas. Dos personas. Dos desconocidos que morirán por ella para que la Muerte se los lleve en su lugar.

Cuando pase el tiempo y llegue el  momento en que el contrato expire, hará las diligencias necesarias para renovar el pacto  pero esta vez, quizá, escoja la opción más duradera, aunque eso suponga  privar de la vida a tantas personas como años desee permanecer entre nosotros.