Las Primeras Palabras de DANIEL RIBAS

Mi nombre es Daniel Ribas y tengo alrededor de los cuarenta años. Siempre he sido una persona normal o al menos yo me he considerado así. He vivido sin suerte, buscándome la vida usando el morro que tengo y viviendo prácticamente al día. Tengo mis defectos y mis virtudes, me considero muy atractivo y las mujeres me vuelven loco. Me gusta comer bien. Me gusta beber, de hecho admito que bebo mucho. Pero mi vida ha cambiado por completo, de forma radical.

He visto cosas imposibles. He estado en lugares donde nunca debí haber estado. Conozco secretos.

Sí, mi vida ha cambiado totalmente y se ha convertido en una angustiosa pesadilla de la que a duras penas he podido escapar. Me he dado cuenta de que soy un cobarde y que como persona valgo francamente poco, pero eso a ti no te importa y a mí, la verdad, hace tiempo que dejó de preocuparme.

No puedo contarte qué me ha pasado, creo que no podrías creerme, pero solo te diré que las cosas no son como parecen y, a medida que se me permita, voy a contarte mis experiencias con el mundo invisible, con el terror. Existen cosas imposibles y puedo dar fe de ello. Te lo dice una persona que ha logrado salvar el pellejo de ese mundo sombrío y siniestro que te enreda y engatusa de una forma tan infantil que cuando te das cuenta de que ya formas parte del juego, resulta complicado salir airoso de la trampa. Y yo lo hice. Logré eludir el juego macabro de las sombras pero ahora debo cargar con la culpa de vivir con ello.

Mi carácter se ha agriado y si antes era un hombre solitario, ahora lo soy más. No me fío de nadie, ni siquiera de mi sombra, que a veces se arrastra burlándose de mí. Ya no soy el mismo pero, por suerte, mantengo mi sentido del humor y es que creo que lo uso como una defensa para protegerme del horror. Quiero olvidar, pero no sé cómo hacerlo.

Ojalá pudiera contarte qué me ha ocurrido y por qué actué como lo hice, pero no creo que en estos momentos sea prudente. Confesarte que me engañaron, que me vi involucrado en un juego macabro donde la muerte y la oscuridad, perversa sin duda, hicieron de las suyas y liaron mi vida, mezclándola con la de una familia destinada a morir. Y murieron. Y yo debí haber muerto. Pero estoy aquí. ¡¡Vivito y coleando!! Desgraciadamente debo vivir con ello. Los recuerdos me atormentan y las noches se convierten en momentos terribles donde veo los rostros de todos aquellos que corrieron la suerte de verse anulados por su deseo de tratar con la oscuridad.

Fue un pacto terrible donde todo estaba perfectamente orquestado, donde cada detalle estaba previamente establecido. Estoy convencido que las cosas acabaron como tenían que hacerlo y nada que pudiera haber hecho entonces habría modificado el desenlace final.

Me engañaron. Me manipularon. Me han utilizado y trato de encontrar el lado positivo de las cosas. Le sonrío a la vida y me burlo de ella. Me burlo de mí mismo. Me burlo de ti.

Desde aquellos días me he dedicado a tratar con el lado oscuro y admito que me lo he pasado bomba porque ya todo me da igual. Lo siento por Laura, espero que sepa perdonarme. Lo siento por Elisabeth, no supe estar a la altura. Lo siento por todos ellos.

Intento convencerme de que fui un juguete al que desde las sombras supieron manipular y tengo la convicción de que incluso me dejaron escapar sin que entienda la razón principal. Tratar con la oscuridad me ha cambiado totalmente y hoy por hoy arriesgo mi vida con la esperanza de que vengan a por mí, de que me arrastren al mundo oscuro; no lucharé. Pero nadie ni nada me lleva al horror y de momento sigo con mi vida, una vida insólita donde sufro una realidad que nadie podría aceptar jamás.

Por ese motivo, mientras espero pacientemente la llegada de la oscuridad, desde aquí (y de vez en cuando) trataré de contarte la parte oculta de mi vida, los sucesos que me acompañan y los peligros a los que me he enfrentado. Quizá sea un error, tal vez algún día confiese todo lo que ocurrió hace dos años, pero esas cosas no dependen de mí sino de aquellos que puedan confiar en mi trabajo. Tal vez en alguna ocasión, en forma de libro, como una novela…

Espero que te diviertas con mis relatos, que te sumerjas en un mundo angustioso donde lo imposible se hace realidad; pero tómatelo todo como ficción, opta por pensar incluso que yo no existo en realidad, que todo es un invento, un cuento, que soy un vulgar personaje de ficción, quizá de esa forma puedas escapar de las garras de la muerte, tal vez de esa forma a ti no te propongan pactar con las sombras, posiblemente es la única manera en la que puedas evitar tratar con la oscuridad e indudablemente estar condenado a vivir eternamente, soportando la pena del recuerdo y la agonía de sentirte utilizado y engañado, al margen de descubrir que, como yo, eres un mísero cobarde.

Yo quiero morir y no puedo hacerlo. A veces pienso que ya estoy muerto, pero eso resulta imposible. Me noto vivo y eso me amarga la existencia.

Nos vemos pronto, mientras tanto recibe un fuerte abrazo de Daniel Ribas.

UN MUNDO DEMASIADO GRANDE PARA MI

Anoche me adentré de nuevo en el cementerio para escuchar la voz de los muertos, pero nada más que un angustioso silencio fue lo que percibí.
Permanecí toda la noche sentado sobre las tumbas, escrutando la oscuridad que me rodeaba con la esperanza de ver junto a los cipreses las almas de los difuntos, pero nada más que la soledad se presentó ante mí.

Esperaba que los muertos se levantaran, tal y como he visto en las películas pero ningún rostro cadavérico, ninguna mano huesuda surgió de las profundidades de la tierra. Nada extraordinario encontré en el camposanto, ningún alma vagando en pena, ningún muerto viviente caminando torpemente junto a mí. Nada misterioso, nada sobrenatural.

No escuché gritos ni lejanos lamentos, no me rodearon presencias fantasmales ni oí susurros escalofriantes, solamente sombras que no se movían, la negrura de la oscuridad, la soledad del cementerio, el frío de la noche y el llanto de mi corazón.

Me encontraba sólo en aquel paraje, esperando los mensajes del Más Allá y solo escuché la respiración de mi alma. Permití que mis ojos dejaran escapar pequeñas lágrimas que delataban la tristeza que en aquellos momentos me embargaba. Y entonces, casi al amanecer, decidí regresar a mi tumba. Es cierto. La muerte es el descanso eterno, la paz. Lo sé bien.
Llevo en la oscuridad cerca de diez años, diez largos años buscando a otros como yo pero nunca, jamás, he podido localizar a nadie. He caminado por las calles, he visitado los lugares que en vida eran mundanos para mí pero nadie en las casas, nadie en los bares, nadie con quien cruzar unas palabras. Sólo yo en el mundo, un mundo demasiado grande para mí.

Este cementerio es ahora mi lúgubre hogar. No hay gritos ni sonidos, sólo yo sentando algunas noches sobre las tumbas esperando ver u oír algo…, pero nada a mi alrededor, absolutamente nada. Estoy cansado, harto de seguir así y decido tumbarme en mi ataúd, esperando que mis ojos se cierren definitivamente. Pero no lo hacen y la angustia comienza a corromperme por dentro. Estoy vacío de ilusiones, no tengo ni la más mínima sensación, solamente la tristeza que hierve la sangre en mi interior. Vivir en esta muerte es tan dramático que solamente deseo volver a vivir.

Nada puedo hacer. Nada hay que hacer pues el destino de los hombres es yacer en descanso para toda la eternidad, del mismo modo que yo lo estoy haciendo.

No es fácil pero tenemos todo el tiempo del mundo para amoldarnos a esta nueva vida que se oculta más allá de la muerte.

Algún día, sin duda, te tocará a ti y quizás alguien también podrá leer lo que escribas una de las noches en que decidas sentarte entre las tumbas del cementerio esperando la nada.

¡¡DEJAZME DESCANSAR EN PAZ!!

No puedo más.

Mis fuerzas me están fallando. He luchado como un hombre para seguir estando entre vosotros pero no soporto ya este tormento. Incluso mi agitada respiración parece perforarme por dentro.

Siento dolor, los latidos intensos de mi acelerado corazón cada vez se van distanciando más. Me estoy muriendo. No quiero dejaros. Deseo continuar entre vosotros pero el miedo y la fe os arrebatan aquello que habéis amado con tanta intensidad. Cierro los ojos y siento dolor.

La oscuridad embarga los suspiros de mi existencia. Sé que estáis ahí, oigo vuestros gritos, escucho vuestros llantos, pero poco a poco ese barullo se va transformando en un lejano murmullo que apenas puedo distinguir. Os pido perdón por abandonaros, os pido perdón por haberos fallado, por no haber sabido comportarme como el hombre que esperabais. Estoy de acuerdo en que no debería morir así, pero han sido otros los que han decidido mi suerte…

Mi cuerpo ha sido sometido a vejaciones humillantes pero no tan dolorosas como la traición de algunos de vosotros, sé que deseáis mi muerte y nunca olvidéis que vuestro daño infligido sobre mi persona algún día se revelará contra vosotros. Vuestro miedo irá carcomiendo vuestra existencia porque cuando nadie se acuerde de todos y cada uno de vosotros yo continuaré estando en el corazón de los hombres, ése es mi secreto, ése es mi poder.

La sangre resbala por mi cabeza y se incrusta en mis ojos provocándome una molesta ceguera. Las espinas se están clavando en mi interior como si pretendieran chuparme el cerebro.

Mis manos casi muertas, temblorosas, han sido cruelmente clavadas por sus muñecas a esta cruz de pesada madera que me habéis hecho llevar a lo largo de un duro camino. Al notar como el hierro atravesaba mi carne hizo que mi conciencia me abandonara y cuando desperté no podía moverme, estaba clavado en la madera, observando a la muchedumbre que clamaba mi nombre, lloraba, gritaba y me insultaba. Aquella mezcla de sentimientos que se ofrecían ante mí me asustaron. Me hicieron comprender que yo, un hombre normal, era importante tanto para los que me amaban como para los que me odiaban, especialmente para estos últimos. Notaba su miedo humedeciendo mis huesos, notaba su rabia, sentía las piedras que me lanzaban y me golpeaban en todo el cuerpo. Intentaba sonreírle a aquellos que lloraban mi muerte haciendo gala de una fuerza que ya no tenía.

Pero no pienso gritar. No, no os daré el gustazo de procuraros mi sufrimiento. Aguantaré hasta el final, un final que aunque próximo afrontaré con honor y valentía.

No, no pienso deleitaros con mis suplicas o mis gritos de dolor.

Callaré.

Guardaré silencio, inmerso en dilucidar una causa que justifique tan abominable acto. Pero no existe razón para este error histórico. Cuando las lágrimas que retengo caigan sobre mis mejillas y se precipiten sobre la muchedumbre, nadie comprenderá que siento pena por aquellos que ven en mi muerte una pérdida. Nadie comprenderá que mis lágrimas derramadas muestran la pena que siento por aquellos que me traicionaron, por aquellos que me han apaleado, golpeado y torturado, porque nunca comprenderán que esa agresividad inapropiada en el ser humano está motivada por el miedo, un miedo que me ha otorgado el papel de un ser especial y que ellos creen superior, pero yo…, yo soy tan normal como todos y cada uno de ellos.

No entiendo esta tortura.

No entiendo este tormento.

No comprendo por qué de este sufrir.

Nadie puede explicarme quién o qué soy yo para esas personas que lloran mi muerte y para esas personas que no dejan de apedrearme.

Nada fui. Nada soy. Todo seré.

Nací y sin mi consentimiento me eligieron. Perseguido, ocultado, adorado, temido y respetado.

Crecí y me convencieron de que YO estaba aquí para lograr determinados objetivos pero lo único que estaba claro era que mi muerte iba a producirse y sería expuesta al público como ejemplo, pero ¿ejemplo de qué?.

Muero ante miles de personas y ahora comprendo que nunca hubo motivo para los odios que yo he suscitado en la población. Entiendo que nunca fui nadie especial salvo para los que pretendieron adorarme u odiarme a voluntad. Me dejé arrastrar por la muchedumbre y eso ha motivado mi terrible final.

Apenas puedo con mi alma, siento que se escapa y pese a las aberraciones a las que he sido duramente sometido no siento odio o rencor por mis torturadores, quizá eso es lo que me hace diferente y especial, quizá porque mi corazón siempre latió con fuerza, alegre y feliz. ¿Sintieron miedo? No lo sé, es más, ya apenas importan las motivaciones, yo, ahora, sólo quiero morir en paz…

Lo haré. Sí.

Aprieto los dientes y alzo con fuerza mi cabeza hacia el Cielo buscando una explicación pero no hallo respuesta, me siento cruelmente abandonado.

Estoy solo.

Y muero.

Dirijo una mirada lejana a la muchedumbre que clama mi nombre e intento sonreírles intentando convencerles de que marchen a sus hogares pero no tengo fuerza, así, con mi mirada cristalizada por la muerte, me doy por vencido ocultando mi miedo a morir…

Y yo que ya estoy muerto os pido que me dejéis descansar en paz. Sacadme de vuestro interior, dejad de adorarme y de exigirme cosas. No puedo yacer con tranquilidad escuchando vuestras peticiones, vuestras excusas. No soy quien creéis, no soy nada, sólo un hombre que murió cautivo de vuestra propia ignorancia. Y hoy, rodeado de una fría oscuridad, noto que pese a haber transcurrido tantísimos años seguís cometiendo el mismo error que me condujo a la muerte.

¡DEJADME EN PAZ!

No quiero rezos ni llantos, no necesito de vuestro amor y nada puedo daros salvo mi más agrio silencio.

¡Dejadme en paz!

No me adoréis como borregos, me humilláis cada noche cuando pedís que acuda a vuestro corazón, yo, que fui un hombre normal, endiosado por el miedo y la esperanza violasteis lo que pudo ser mi libertad para convertirme en el despreciable enemigo.

¡Olvidaros de mí!

Abandonadme en el recuerdo, no quiero volver a sentirme diferente. Yo solo quise vivir como un hombre normal y me subisteis en un pedestal perjudicando mi inocencia.

Yo… sólo quiero descansar en paz.

No puedo seguir así, observando cuan equivocados estáis… y solamente me pregunto cómo es posible que yo, siendo un hombre normal y estando muerto, os escucho cada día que pronunciáis mi nombre, siento vuestra tristeza y vuestras necesidades y os veo alzando las manos al cielo. Yo, que nada puedo hacer, pues soy uno más al que vosotros convertisteis en Hijo de Dios, nada puedo realizar para sacaros de vuestro error, yo, que siempre fui un hombre normal... caí prisionero por vuestra ignorancia… ¿Y ahora qué?. Olvidaros de mí, os lo pido por favor.

Convertisteis mi vida en un drama histórico del que todavía seguís hablando, disteis a mi muerte un papel relevante y torturasteis mi honor, mi inocencia y mi conciencia. Hoy, ni siquiera muerto puedo descansar en paz y yo sólo os pido simplemente eso, que mi recuerdo en vosotros me permita permanecer en mi reposo con serenidad, sin que molestéis mi sopor, sólo así, quizá, pueda alzar mi inerte mirada hacia el cielo y darle gracias a Dios por permitirme la paz en la muerte.

CRIMEN en la NOCHE

Cuando Ángela entró en la panadería escuchó la conversación que estaban manteniendo algunas vecinas con el dependiente.
-¿Y cómo ha sido?.-preguntó una mujer de mediana edad.
-Igual que las otras.-respondió el panadero mientras le daba el cambio a un chico joven.
-Pobres mujeres, la vida que llevan para acabar en manos de un perturbado.
-La policía sigue sin pistas pero está interrogando a todos los vecinos, sospechan que el asesino puede vivir por la zona.

Ángela evitó participar en la conversación y pidió tres barras de pan que el panadero le despachó con una sonrisa, después salió de la tienda. Notó la amplia presencia policial y agradeció ver a numerosos agentes deambulando de un lado a otro, con la esperanza de atrapar a un asesino que siempre actuaba de noche. La verdad es que aquellas tres últimas semanas habían sido horribles. Nueve prostitutas brutalmente asesinadas y todo indicaba que el asesino estaba dispuesto a continuar sembrando el pánico.

Ángela se introdujo en un portal y subió las viejas escaleras de madera hasta que llegó al segundo piso. Metió la llave en una de las cerraduras y al abrir la puerta escuchó a sus cuatro compañeras de piso hablando en el pequeño salón; giraron sus cabezas y la saludaron.

-Han matado a otra.-anunció Ángela con el rostro sombrío.
-Lo sabemos, lo acaban de decir en las noticias.-respondió Elisabeth, una exuberante chica pelirroja que fumaba un pequeño cigarrillo.
-¿Se sabe algo?.-se interesó Ángela.
-Nada, no hay pistas.-dijo otra de sus compañeras.-Le han rajado el cuello y después le arrancaron los ojos, como a todas.

Ninguna de las chicas dijo nada más y Ángela tomo asiento junto a sus amigas. Fue ella quien decidió romper el hielo.
-Creo que esta noche no debemos trabajar…
-¡Claro! ¿Y quién va a pagar el alquiler?.-protestó enérgicamente Elisabeth lanzando una mirada furiosa a una Ángela que no pudo evitar agachar la mirada.
-Todas sabemos que salir de noche es peligroso, querida Ángela, pero no tenemos otra opción.
-Además, ahora hay muchos policías, estaremos protegidas.-añadió una de ellas.
-Pero nos pueden detener por ejercer la prostitución…
-¡No lo creo!, Ellos están más preocupados en buscar al culpable y en protegernos que en detenernos. Esta es nuestra oportunidad porque las otras chicas no saldrán y entonces podremos elevar las tarifas y aprovecharnos de la situación.
-Tengo miedo.-reconoció Ángela.
-¡Todas lo tenemos!!

Ángela se levantó y se refugió en su pequeña habitación. En aquellos momentos necesitaba estar sola.Se miró en el espejo y vio su rostro turbado por la extraña sensación de que en cualquier momento ella podría ser la siguiente víctima. Era una chica guapa, aquellos ojos verdes destacaban en su rostro joven y su mirada jugaba siempre un papel importante. Recientemente se había cortado su larga melena negra y ahora llevaba el pelo corto, casi como los militares. Se tumbó en la cama y rezó. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que se le habían olvidado algunas frases.
No dejaba de pensar en los cuerpos mutilados de las prostitutas halladas en callejones oscuros. Todas ellas con el cuello rajado y, lo más escalofriante, los ojos de las víctimas habían sido extirpados bruscamente, como si el asesino sintiera una rabia extrema y arrancara de cuajo los globos oculares de las desdichadas mujeres.
Ella tenía miedo. No quería convertirse en la presa de un loco desquiciado. A pesar de que temía las quejas de sus compañeras, estaba dispuesta a armarse de valor y confesar que durante algunos días, ella no iba a trabajar.Así lo hizo y las reacciones de sus amigas no se hicieron esperar, pero no cambió de idea pese a las protestas. Aquella noche ella no salió.

Nada sucedió. Sus amigas regresaron a altas horas de la madrugada con un buen puñado de billetes, acompañadas de una sonrisa complaciente, satisfechas de la recaudación obtenida aquella noche. El asesino no había actuado.Tampoco lo hizo en noches posteriores.
Meses después el recuerdo de los crímenes quedó relegado al olvido. Nadie supo nunca si habían atrapado al responsable o si por alguna extraña circunstancia éste había dejado de actuar. Atrás quedaron los cuerpos destrozados de las víctimas, todo había regresado a la normalidad…
…hasta aquella misma noche.

Ángela se colocó la peluca de color rojizo sobre la cabeza y los largos cabellos llegaron hasta la altura de su cintura. Vio sus alegres ojos verdes reflejados en el espejo y sonrió mientras se pintaba la cara, marcando con énfasis sus expresiones.

Se colocó bien la pequeña faldita de color negro que cubría hasta la mitad de sus muslos y enfundó sus largas y rollizas piernas en unas medias negras que exaltaron su belleza. Después se colocó unas botas negras de alto y fino tacón que le llegaban hasta las rodillas y meneó su puntiagudo trasero para ajustar de nuevo la falda. Estiró la camisa ceñida que llevaba y se abrió varios botones, los suficientes para enseñar descaradamente un pequeño sujetador incapaz de ocultar el volumen de sus pechos. Cogió un bolso y lo abrió, cerciorándose de que llevaba consigo algo que horas antes había introducido en él. Salió del piso con una amplia sonrisa dibujada en su angelical rostro.
Pero aquella sonrisa desapareció por completo cuando puso su primer pie en la calle. Su rostro se transformó, mostrando una expresión fría y severa, pavorosa.
Sus bellos verdes ojos proyectaron una mirada furiosa y escalofriante que disimuló colocándose unas enormes gafas negras. Ángela caminó notando que la sangre le hervía en su interior, como si sus venas se estuvieran hinchando por una excitación que poco a poco fue sacudiendo cada poro de su cuerpo. Apretó los dientes con rabia y se adentró en oscuros callejones, buscando con ansia un objetivo con el que paliar su sed de venganza.
Allí estaba.
Si.
Una chiquilla de apenas veinte años.
Estaba sola.
Indefensa.
Se acercó a ella con el sigilo de una hambrienta pantera e introdujo su mano en el bolso, del que extrajo un afilado cuchillo. La joven no pudo percatarse siquiera de su presencia. Ángela se abalanzó sobre ella y con un movimiento rápido y bien ejecutado, rebanó el cuello de la desdichada, cuyo cuerpo cayó al suelo agitándose, mientras de su garganta salía sangre a borbotones.

Ángela se sintió repleta de vida, satisfecha y feliz, pero aún necesitaba más. Agarró a la chiquilla por los cabellos y manipuló el cuchillo, acercándolo al rostro de la joven, que ya había muerto. En cuestión de segundos, Ángela logró arrancarle los ojos y durante unos instantes permaneció en silencio, contemplándolos. Sentía un placer inmenso, indescriptible, un torrente de emoción que la hizo estremecer. El éxtasis la invadió, sus piernas temblaron y sus ojos se humedecieron. Una vez más… aquella grata sensación…
El asesino había vuelto a actuar.
Una joven prostituta volvía a ser la víctima.


Ángela se alejó de aquél lúgubre callejón convencida de que al día siguiente todos volverían a hablar del nuevo crimen. Ella olvidaría lo ocurrido.
Volvería a sentir miedo…
Pero en lo más profundo de su corazón, en algún recóndito punto de su mente enferma, ella sabía perfectamente que en un futuro volvería a actuar, sí, cuando la noche así lo precisara, ella la teñiría de sangre.

UN ROSTRO DIABOLICO EN EL ESPEJO

-¿Con quién hablas?.-pregunta la madre entrando en la habitación de su hija con una sonrisa.
-Con el hombre del espejo.-responde la niña sin desviar la cabeza para mirarla.
-¿Con quién?.-dice la madre perpleja mientras se sienta junto a la pequeña.Lucia, de apenas siete años, está sentada frente al espejo y señala con la mano hacia él.
-Allí hay un hombre. Está dentro, atrapado, ¿Podemos sacarlo?

La madre contempla el espejo y ve como la imagen de ambas queda reflejada sobre su superficie. Sonríe y mira a su hija, la abraza y le hace cosquillas. Las dos ruedan por el suelo, riendo a carcajadas. Después la niña se pone en pie, se acerca al espejo y coloca las manos sobre él.

-Está triste, quiere salir.

La madre siente un pequeño estremecimiento y se frota los brazos para erradicar la extraña sensación de frío que la ha sobrecogido.
-No hay nadie ahí dentro, cariño.-dice la madre.
-Que tú no lo veas no significa que no esté ahí.-responde la niña secamente.-¿Por qué iba a mentirte?
La madre permanece en silencio observando a su hija que no aparta su mirada del espejo. Ella lo contempla y no descubre nada raro. Aquella misma noche la madre no puede conciliar el sueño y cree escuchar a su niña hablando en la habitación. Se levanta varias veces pero siempre la encuentra dormida. Evita mirar directamente al espejo, teme ver algo diabólico reflejado en él y en una de sus visitas opta por taparlo con una sábana.

Al día siguiente, cuando va a despertar a su hija, encuentra la sábana en el suelo y a su hija sentada frente al espejo, riendo alegremente.La madre, presa de un brote de nerviosismo que no puede llegar a comprender, coge a su niña violentamente y la saca de la habitación. De un portazo cierra la puerta.Lucia llora y patalea en el pasillo. Su madre le ha hecho daño.

-¡No quiero que vuelvas a jugar con el espejo!.-grita su madre crispada.
-¿Por qué? Eres tú la que tienes miedo del hombre que está allí dentro, yo no.
-¡No hay nadie en el espejo!.-dice la madre enfadada.
-¡Sí! ¡Está ahí dentro y es mi amigo!

La madre de Lucía levanta su mano y propina un tortazo a la pequeña, que rompe a llorar desconsolada.
-¡No quiero que te inventes las cosas!.-grita apretando los dientes.
La niña se sienta en el suelo del pasillo llorando desconsoladamente y repite una y otra vez que sí hay un hombre encerrado en el espejo. Su madre, harta de tantas tonterías, la coge del brazo y la obliga a entrar en la habitación.
-¿Dónde está? ¿Ahí dentro?.-vocifera la madre señalando al espejo.
-Sí, pero tú no puedes verlo.
-¡No digas tonterías!.-grita la madre a punto de perder los nervios.-¡Voy a demostrarte que no hay nadie ahí dentro!
-No hagas nada mamá, por favor, ahora está enfadado porque me has hecho daño.

Su madre no le escucha. Coge una pequeña silla y se dispone a estrellarla contra el espejo.

-¡No mamá, por favor! ¡No lo hagas!.-advierte la pequeña entre sollozos.
-Ya verás que no hay nadie. ¡Se acabaron las tonterías!
La madre lanza con fuerza y furia la silla que vuela por los aires hasta golpear violentamente el espejo que se rompe en múltiples fragmentos.En ese momento estoy libre.
Antes de que la madre pueda verme alargo los brazos y agarro la cabeza de la mujer, que dirige sus ojos hacia mi rostro. Grita despavorida.La elevo en el aire y la lanzo para que su cuerpo cruce la habitación y se golpee en una de las paredes. La pequeña niña me observa en silencio.La madre se levanta horrorizada y me mira abriendo los ojos asustada. Me dirijo hacia ella y oigo como grita aterrada. Pierde el conocimiento.Me doy la vuelta y me acerco a la niña. Ella no me tiene miedo. Me mira con dulzura. Es mi amiga.La agarro de la mano y camino con ella fuera de la habitación. Cruzo el pasillo y me doy cuenta que en la entrada de la casa hay un amplio espejo. Me detengo y me miro en él. Solo me observo a mí mismo, descubriendo que mi rostro diabólico y espeluznante no ha cambiado con los años. Sé que tras el espejo hay otros seres como yo, esperando el momento de su liberación.
-¿A dónde vamos?.-pregunta la niña.No le respondo. Abro la puerta de la calle pero ella me detiene.
-¡Quiero ir con mi mamá!
La observo en silencio con una expresión triste; ella intenta correr hacia su habitación pero yo la detengo. Oigo risas siniestras procedentes del espejo de la entrada, pero evito mirar hacia allí.Tiro de la niña y me la llevo. Ella intenta zafarse pero la agarro con fuerza. Dirijo mi maligna mirada hacia la pequeña y noto que está asustada.
-Nunca debiste jugar con el hombre del espejo.-le digo mientras caminamos perdiéndonos en las sombras de una terrible oscuridad.