UNICA OPORTUNIDAD

La niña jugaba en el patio con la pelota. La lanzaba con fuerza hacia la pared y regresaba de nuevo a sus manos. Llevaba mucho tiempo en la calle y de vez en cuando miraba hacia la ventana de su casa, esperando que su madre se asomara por ella para llamarla pero la ventana estaba vacía.


Miró hacia atrás y se sintió sola. La noche amagaba con hacer suyas las sombras que árboles, coches, farolas y edificios proyectaban sobre la calle. Ya era hora de estar en casa pero su madre había sido bastante precisa al respecto:






“Hasta que no me veas que te llamó por la ventana no entres a casa ni llames. ¿has entendido?”






Claro que lo había entendido. Ya tenía ocho años, edad suficiente para comprender algo tan sencillo como aquellas palabras. Sin embargo, ella se había dado cuenta que su madre parecía asustada. La voz le había temblado, de principio a fin, y miraba hacia la calle a través de la puerta abierta. Afuera había un señor mayor, de aspecto tenebroso. Los ojos de aquél hombre y de su madre se cruzaron durante unos segundos y la tensión pareció aplastar cualquier resquicio de tranquilidad que pudiera haber habido en la casa. Su madre había pronunciado aquellas palabras y después, sin apartar la vista del extraño visitante, la empujó suavemente hacia la calle.




Cuando la pequeña salió con la pelota entre las manos, el extraño visitante inclinó la cabeza para observarla a través de unas profundas ojeras, muy enrojecidas, que ocultaban unos ojos tan negros como la profundidad de una cueva. La niña se fijó en el individuo: Un hombre alto y extraordinariamente delgado. Su rostro ajado, cubierto de arrugas que cruzaban su cara como latigazos que laceran la piel de los torturados, mantenía una expresión lóbrega y la niña hundió su pequeña cabeza en su cuello. Al pasar junto al visitante, no se le ocurrió otra cosa que mirarlo desde abajo y, con una voz débil, decirle:






“Señor, no haga daño a mi mamá, por favor”






Pero eso había ocurrido hacía ya algo más de media hora. El atardecer había desaparecido por completo y la noche había llegado en silencio, instalándose en el lugar, engullendo la claridad como si de un monstruo horripilante se tratase. Las sombras eran dueñas de todo el patio. Si antes había otros niños jugando en las cercanías mientras sus respectivas madres los vigilaban desde los bancos cercanos, ahora ya no había nadie alrededor. Estaba sola. Completamente sola.


La niña soltó la pelota de entre sus manos y dejó que rodara y se alejara de ella, parándose junto a un árbol. Miró hacia la ventana de su casa. Había luz pero no vio a su madre. El hombre extraño aún no había salido y estuvo a punto de correr hacia la puerta y llamar. Pero recordó las palabras de su madre y evocó el miedo que reflejaba el temblor de su voz y la pena que cubría, en aquél momento, la expresión de sus ojos. Tal vez en aquél preciso momento, la niña supo que jamás volvería a ver a su madre.


Casi soltó un gritó al descubrir asomado en la ventana al hombre que había venido a visitar a su madre. Solo advirtió su silueta, pero era él, sin duda. Miraba hacia la calle, precisamente hacia el lugar donde ella se encontraba. Notó la intensa y penetrante mirada de dos ojos malvados que fueron capaces de rasgar el manto de la oscuridad para clavarse en ella. Tuvo miedo.


Mucho miedo.


La niña se orinó y el pis bajó por entre sus piernas mojando sus zapatos negros de charol. Estaba petrificada y permaneció en completo silencio, sin poder mover un solo músculo.


El hombre desapareció de la ventana. La puerta de la casa se abrió. Muy lentamente.


Su madre no surgió bajo el umbral pero sí aquél hombre, ataviado con un traje negro y un ridículo sombrero en la cabeza.


Comenzó a caminar hacia ella, saliendo de la casa.


La niña no se movió ni el más mínimo milímetro. Vio caminar al extraño visitante y lo hacía de un modo tardo y singular, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante y, de algún modo, tratara de acelerarse por momentos para quedar atascado posteriormente. Parecía que el eslabón de un invisible engranaje se había quedado atascado en el mecanismo. Aquello no impidió que el hombre llegara hasta la niña y la asiera por la muñeca, apretándola con fuerza.


La pequeña, al recibir el contacto de la mano la notó gélida. Sintió un pequeño pellizco, como si los dedos del misterioso hombre estuvieran cargados de electricidad. El hombre tiró de ella y, curiosamente, la niña no opuso resistencia alguna. Comenzó a caminar junto a él.


El anciano, más alto de lo que cabría esperar, caminaba con gran lentitud y se dirigía a un punto donde las sombras de la noche parecían si cabe más espesas; se acercaban hacia un lugar alejado de la carretera y la luz que desprendían las farolas, en un intento vano de arropar con tranquilidad todo aquel escenario abrupto.


En algún momento, mientras se alejaban, la niña, con la mano levantada, sujetada por el visitante, volvió la cabeza y la dirigió hacia la ventana de su casa, deseando distinguir entre la oscuridad la silueta de su madre, pero no la vio y, con lágrimas bajando por sus temblorosas mejillas, miró al frente y después al señor que la llevaba de la mano. La cogía con fuerza y ella supo que no tenía intención de soltarla.


Quiso gritar. Pedir ayuda. Patalear. No hizo nada de eso. Simplemente caminaba junto a él. Pretendió hablar con el hombre, preguntarle a dónde la llevaba. No se atrevió. Estaba asustada y la voz no podía salir de su garganta.


Oyó los hundidos latidos de su corazón, golpeando su pecho, como nudillos invisibles que sacuden la superficie de una puerta. Escuchó la paulatina respiración del hombre que tiraba de ella. El sonido la hizo estremecer. Comenzó a sentir angustia.


En ese momento ella se detuvo. Clavó sus pies en el suelo y trató de zafarse del desafecto asidero en el que se había convertido la mano glacial del desconocido.


Entonces dijo “¡Basta!” y pataleó y gritó.


El hombre de detuvo. Inclinó la cabeza y la observó con mirada abisal que hizo palidecer a la niña. Rompió a llorar y sus gemidos cada vez resonaban con mayor potencia. Si alguien los viera allí, en el patio, sabría que algo andaba mal, que aquél hombre trataba de llevarse a la niña y entonces… entonces llamarían a la policía o a su mamá y ella estaría a salvo.


Alguien tenía que oírla gritar.


Alguien tenía que verla patalear.


Su madre ya habría salido a buscarla, ¿Verdad?


¿Dónde estaba? ¿Por qué no venía?


El hombre la sujetó con fuerza y la niña subió la cabeza. Sus miradas se cruzaron y la pequeña enmudeció, de inmediato. El rostro hollado por las arrugas del anciano mostraba tal expresión austera que la niña estuvo a punto de ahogarse en sus propias lágrimas.


Los ojos negros del hombre, su piel ennegrecida pegada al rostro, la estaba asustando a tal punto que sus pequeñas piernas, mojadas por el pis, temblaban peligrosamente. Tal vez no la sujetaran por mucho tiempo.


El hombre abrió la boca para decir algo y la niña descubrió una hilera de dientes podridos y amarillentos. Vio la lengua negra que ocultaba en su interior, como una sanguijuela que se agita presa de la angustia. Entonces la voz del individuo brotó.






-“No lo pongas más difícil, tengo que llevarte conmigo”






La niña enmudeció. El hombre no había movido la boca y, sin embargo, la voz había salido de entre sus labios con una fuerza y potencia que estuvieron a punto de reventarle los oídos. Los ojos del desconocido se clavaron en los suyos y, en ese momento, volvió a escuchar la trémula voz que estalló entre las paredes de su frágil cerebro:






-“Ahora eres mía. Me perteneces”






Después de estas palabras, el anciano tiró de la niña y prácticamente se la llevó a rastras. La pequeña miró por última vez hacia el edificio donde se encontraba su casa. La ventana estaba vacía.


¿Y su madre? ¿Por qué la había abandonado? ¿La habría matado aquél hombre que la agarraba con tanta fuerza?


Vio la pelota con la que minutos antes había estado jugando, inmóvil en el patio. Aquél iba a ser su último recuerdo.


El anciano y la niña se dirigieron hacia un punto oscuro situado al fondo de un pequeño parque. A medida que se iban acercando, se produjo un leve destello entre las sombras, como un fogonazo. Duró apenas unas décimas de segundo, lo suficiente para que el brillo perdurara en las retinas de la niña.


A medida que caminaban hacia el punto donde se había producido el destello, tanto el anciano como la pequeña advirtieron la repentina aparición de una bruma misteriosa que comenzó a emerger de la oscuridad. Flotaba a ras del suelo, dirigiéndose hacia ellos a una velocidad vertiginosa. En cuestión de segundos, ambos se vieron engullidos por aquella espesa niebla. La niña notó que el hombre le apretaba la muñeca con mayor fuerza. Oyó su voz de nuevo, en el interior de su cabeza:






-No tengas miedo






Aquellas palabras, que sonaron entre las paredes de su cerebro de manera portentosa, no la tranquilizaron. Con recelo, miró hacia arriba para ver la silueta difuminada del hombre alto y delgado que la llevaba agarrada de la mano. La niebla que los envolvía era tan espesa que sólo veía retazos oscuros del traje negro. Aún así, notaba la gélida mano aferrando con fuerza su muñeca y apreciaba los largos y delgados dedos del anciano presionando enérgicamente. Intentó mirar hacia atrás y pudo ver el edificio en el que estaba su casa difuminado, oculto tras la niebla. Creyó ver luces en las ventanas y después las tinieblas engulleron aquellas imágenes y todo se volvió oscuro.


O casi todo.


Mientras caminaba junto al hombre que se la llevaba, la niña comenzó a ver pequeñas formas que iban y venían entre la niebla. Comenzó a sentir un miedo atroz cuando reconoció aquellas extrañas formas como rostros. Pero no eran rostros humanos.


No.


Parecían monstruos deformes.


Multitud de caras horribles, con muecas en lugar de expresiones, se asomaron entre la bruma para observarlos. Sentían curiosidad absoluta por la niña, ignorando por completo al hombre que se la llevaba y a quien aquellos seres conocían y respetaban. La pequeña, sin embargo, era como ellos habían sido antes. Entraba al nuevo mundo y aquellos rostros, picados por el huroneo, se asomaban rasgando la tela brumosa para echar un vistazo. La niña pataleó y cerró los ojos. Gritó. No quería ver aquellas caras amorfas ni sentir sus atroces miradas de espanto y horror.


Abrió los ojos de nuevo con la esperanza de que todo no hubiera sido más que una jugarreta de su imaginación pero los rostros horripilantes seguían flotando en el aire, asomándose una y otra vez para observarla con detenimiento e interés. Vio que abrían sus grandes bocas y de ellas emanó un murmullo fragoroso que encogió el corazón de la niña. Junto a aquellas ininteligibles palabras, algunas de las cuales parecían querer sin acierto pronunciar su nombre, surgieron brazos con vago aspecto humano. Los brazos se agitaban como espadas sangrientas rasgando la niebla, que caía a los lados como trozos de papel. Aquellas extremidades abultadas y gibosas acababan en una especie de manos deformes cuyos dedos, largos y extremadamente delgados, parecían los tentáculos de un pulpo. Y todos aquellos brazos, todas aquellas manos, querían atraparla.


La niña se detuvo en seco. Agitó su pequeño brazo con la intención de zafarse de la mano del hombre viejo que se la llevaba y logró librarse durante breves segundos. Sorprendida, se giró vertiginosamente y su diminuto cuerpo estuvo a punto de caer al suelo pero logró mantener el equilibrio y comenzó a correr, huyendo de aquel escalofriante hombre vestido de negro, de aquella espesa y estremecedora niebla donde los rostros deformes no dejaban de mirarla, sus brazos horribles trataban de darle alcance y sus voces rotas pronunciaban su nombre.


Corrió despavorida, huyendo del tormento, dejando el horror a su espalda. Oyó a la voz portentosa y arrogante que se coló en su cerebro y la hizo daño cuando el hombre viejo, que era quien hablaba, masculló las palabras:






-“Vuelve. No debes regresar… por favor, ahora me perteneces”






La niña no se dio la vuelta y trató de apagar la voz que se había encendido en su cerebro. Ella estaba decidida a volver y, como si el hombre viejo se diera por vencido, su voz dejó de repicar en las paredes de su cerebro.


Mientras corría, echó la cabeza hacia atrás para descubrir que ya había salido de la niebla. Se detuvo unos momentos. Advirtió que varias siluetas oscuras se agitaban tras la bruma, como si estuvieran atrapadas en su interior, como si no pudieran salir de allí. Poco después, la niebla se evaporó y con ella todo lo que ocultaba…


…salvo la pasmosa figura del anciano, que la observaba a través de unas profundas ojeras. La niña comenzó a caminar hacia atrás, alejándose de él, en el mismo momento en que creyó descubrir en el rostro del viejo, una expresión austera y triste. Después, el hombre se quitó el sombrero y dejó que éste resbalara entre sus manos para caer al suelo. Luego desapareció. O mejor dicho, hubo un momento en el que el misterioso hombre… ya no estaba allí.


La niña se volvió de nuevo y se encaró hacia su libertad. Vio el patio donde había estado jugando pocos minutos antes. Lo cruzó corriendo, pasando junto a su pelota y se dirigió, con lágrimas bajando como cascadas por las frías mejillas, hacia su casa, gritando con fuerza el nombre de su mamá.


A medida que se iba acercando vio un coche de la policía con las luces encendidas y un agente uniformado junto a la puerta del portal. Pasó junto a él sin que el oficial le dedicara una sola mirada. Subió las escaleras y llegó hasta el angosto pasillo que la separaba de la entrada a su casa. La puerta estaba abierta. Se acercó lentamente. Al llegar bajo el umbral, vio a su madre arrodillada en el suelo, llorando desconsoladamente, agarrándose el pecho, desgarrado por el dolor, Gritaba como una posesa, como si su alma se estuviera quemando en las brasas del infierno. Una mujer, vestida de policía, trataba de calmarla pasando su brazo por el hombro y meciéndola.


La niña trató de hablar pero las palabras no salieron de su boca. Tal vez estaba afectada por ver a su madre en ese estado.


Le hubiera gustado correr hacia ella y abrazarla pero sus piernas no se movieron, parecía estar inmóvil, como una chincheta clavada en el suelo. Pretendió hacer ruido con la mano, pero sus brazos permanecieron quietos, agarrotados. Se limitó a mirar intensamente a su madre, con la esperanza de que ésta levantara la cabeza y pudiera verla. No lo hizo. Lloraba inclinada sobre su pecho, dando golpes al suelo, puñetazos tremendos cargados de furia, rabia y desesperación. Era imposible tratar de llamar su atención y los policías miraban a su madre con rostros serios y consternados.






-Encontraremos al hijo de puta que le ha hecho eso a su hija, no se preocupe.






Aquellas palabras de la mujer policía le resultaron tremendamente dolorosas y sintió que se ahogaba. Entonces, la niña sintió un dolor agudo e intenso en su pecho y apoyó sus rodillas en el suelo. Abrió la boca para gritar de dolor pero nada salió a través de ella. Comenzó a tener frío y vio estupefacta que su vestido estaba completamente mojado. Le dolían las piernas, sentía una sensación asquerosa, sucia y dolorosa bajo el vientre y la sangre resbalaba por entre sus piernas. Le dolían los pequeños pechos, como si un animal depravado la hubiera mordido, y notó pinchazos en los brazos, en las piernas, en la boca. Le faltaba el aire. Se llevó las manos a la garganta. Algo la presionaba, algo le cortaba el aire.


La niña rodó por el suelo mientras su vida se consumía y nadie en aquella habitación hacia nada. Ni su madre ni la policía. Era como si no la vieran.


Era como si ella no estuviera allí.


Y en realidad… no lo estaba.


Apenas una hora antes la policía había sacado su cuerpo del río, donde un despreciable la había tirado después de abusar de ella y asesinarla con una toalla que colocó alrededor del cuello.


Hoy, diez años después de aquél suceso, algunos dicen haber visto a una niña jugando con una pelota en el patio y cuando alguien se acerca a ella simplemente desaparece manteniendo una sonrisa jovial en su rostro.


Otros comentan entre murmullos, que en ese mismo lugar, algunas noches ven surgir de la nada una extraña niebla de la que emerge un hombre horrendo que recorre el patio buscando algo desesperadamente y todos destacan el molesto gesto de desprecio y soberbia que acompaña su enjuto rostro.


Pero todo son historias y rumores, nada hay comprobado de todo esto. Sin embargo, muchos son los que insisten que el alma de una niña, triste y solitaria, vaga por los alrededores esperando encontrar el camino por el que avanzar y ansía encontrar aquello que rechazó.


Tal vez algún día comprenda y asuma que Dios solo da una oportunidad para llevarte con Él. Ella lo rechazó y ahora deberá vivir arrastrando las consecuencias de su decisión durante toda la eternidad.



3 comentarios:

Ms. Davis dijo...

buen texto hace tiempo que no publicabas un relato de tal extensión, pero resulta fácil leerlo gracias a la brevedad de los párrafos, me gusto bastante, estaré atenta a tu próxima publicación =)

Ricardo Gonzalez dijo...

Muy buen relato, al fin era Dios el que la vino a buscar, Él puede tomar distintas formas, y el demonio puede ser un hombre bello y angelical, pero por dentro...es el demonio. En este caso perdió el tren a la eternidad en el cielo. Felicitaciones. escribo terror también acá puertoarial(.)com Saludos, date una vuelta.

Yyrkoon dijo...

Está bien, la historia no es gran cosa, pero el ambiente está muy conseguido, me gusta como escribes. De hecho, me gusta tanto que voy a meterme contigo para que el relato alcance la perfección. Tres fallos en la historia. 1) "no se movió ni el más mínimo milímetro", expresión incorrecta, un milímetro es cuantificable, por tanto no tiene un mínimo. "no se movió lo más mínimo" o "no se movió ni un milímetro". 2) Fallo tonto que no coge el corrector "El hombre de detuvo" 3) El único malo de verdad "se coló en su cerebro y la hizo daño"... a mí sí que me hace daño... "le hizo daño" por favor.

Por lo demás, radiante narración... volveré.

Saludos,

Tío Yyr.