SIEMPRE UNIDOS


Cuando uno de los bomberos rompió la puerta del piso, Fran entró como una exhalación esquivando humo y llamas. Tanto él como sus compañeros trataron de paliar el fuego que había consumido ya parte de la casa.
Apenas tardaron unos pocos minutos en reducir las llamas a simples brasas que finalmente se apagaron. El inmueble estaba completamente carbonizado, el fuego había devorado, como si de un monstruo hambriento se tratara, todos y cada uno de los enseres; que apenas ahora eran reconocibles. El suelo se había convertido en una peligrosa trampa y las paredes y techo parecían mordidos por mandíbulas gigantes  de un invisible ser que no tuvo tiempo de tragárselo  todo.
Fran se giró y a través de su casco observó a sus compañeros. Sudaba como un energúmeno y estaba extenuado. Ladeó la cabeza de un lado a otro y se quitó el casco. Su rostro, cubierto por infinitas gotas de sudor quedó al descubierto, con su melena rubia completamente alborotada. Los otros dos bomberos hicieron exactamente lo mismo.
Miraron a su alrededor. Ya estaban acostumbrados al intenso olor del fuego y a la visión atroz que suponía ver sus destrozos. Habían participado en cientos de incidentes parecidos y su misión era exterminarlos con la mayor celeridad posible. Y aunque no quisieran reconocerlo, también estaban acostumbrados a ese otro olor que en muchas ocasiones imperaba por encima incluso del hedor del fuego.
Y allí estaba otra vez, quizá con alguna leve variación, pero resultaba fuerte e intenso.
Los tres se miraron y los dos compañeros de Fran le dieron palmaditas en el hombro;  después se marcharon por la puerta, cuyo marco se encontraba prácticamente carbonizado.
Hoy le tocaba. Lo sabía desde el mismo momento en que había salido de la Central. Si sucedía no tendría más remedio que encargarse él. Y no era algo que resultara demasiado agradable.
Respirando el aroma grotesco del humo, percibió que por encima de ese olor se encontraba el otro, el más temible y aberrante. Arrugó la nariz cuando el nauseabundo hedor a carne putrefacta  taponó sus orificios. Eso sólo podía significar víctimas. Olía a muerte pero no a muerte quemada…  y eso le extrañó.
Era habitual que  el fuego abrazara a inocentes y los dejara convertidos en simples cuerpos carbonizados. Ni el hedor ni la visión de los cadáveres era plato de buen gusto.
Fran recorrió lentamente la casa, siguiendo la estela que le guiaba y que no era otra cosa que el olor sucio y podrido de la carne putrefacta hasta que llegó a una habitación cuya puerta estaba cerrada. Agachó sus cejas confundido. El pasillo había sido pasto de las llamas, al igual que otras zonas de la casa pero la puerta de aquél dormitorio estaba completamente intacta y aquello… no era normal. El fuego no solía tener concesiones con nada ni con nadie, al contrario, mostraba una voracidad inquietante y perversa. Tampoco era normal que la muerte en un incendio no oliese a quemado. Algo inhabitual había ocurrido allí y la idea de encontrarse con una escena desagradable nubló parte de sus sentidos.
Con la punta del pié empujó la puerta y ésta se abrió acompañada de un silencio sepulcral. El interior de la habitación estaba completamente a oscuras. Era lógico, la instalación eléctrica se había ido al traste y por lo que había visto en la cocina era muy posible que un fallo hubiera sido el causante del incendio. De cualquier modo, ya se encargaría el inspector de atar cabos y llegar a conclusiones.
Fran sabía que hasta que él no saliera por la puerta principal nadie se dispondría a entrar. Le iban a dar tiempo para encontrar a las víctimas. El mal trago hoy lo iba a pasar él. Cuando sucedía un incendio que se cobraba víctimas o intervenían en un accidente con muertes incluidas… las horribles imágenes de los cadáveres quedaban guardadas en las retinas de los bomberos, que se las llevaban  impresas  a modo de recuerdos, recuerdos que modificaban su  carácter poco a poco. Por eso se repartían los hallazgos desagradables, para evitar perder la cabeza y sobre todo la sangre fría que necesitaban para ejercer su trabajo en óptimas condiciones.
Fran tanteó   sus bolsillos y encontró lo que buscaba. La pesada linterna bailó sobre su mano enguantada y pronto un potente haz de luz desgarró con violencia la espesa oscuridad a la que estaba sumida la habitación.
Estaban sobre la cama. Eran dos cuerpos…
…o lo que quedaban de ellos.
Fran dio unos pasos hacia delante. Ya se había dado cuenta que el fuego no había entrado en el dormitorio, un dormitorio que despedía un hedor nauseabundo, una mezcla a humedad, rancio y putrefacción. Como había intuido, el  olor no correspondía al de carne quemada porque los dos cuerpos eran en realidad dos esqueletos de los que colgaban  hecho jirones, trozos de carne, como harapos malolientes.
Llevaban allí semanas, probablemente meses. Se habían consumido con el paso del tiempo. La carne muerta estaba salpicada por gusanos y moscas que no emprendieron vuelo pese a la cercanía del bombero. Ni rastro del fuego, solamente dos cuerpos podridos ayudamos por el inexorable paso del tiempo.
Fran quedó petrificado ante la visión. Los cuerpos estaban vagamente vestidos  y podía distinguirse que se trataba de un hombre y una mujer. Se encontraban sentados sobre la cama, con las manos entrelazadas. El hombre llevaba puesto un traje de color negro. De uno de sus ojales salía lo que quedaba de una flor, ya seca y marchita,  y la mujer un traje de novia, con el velo caído hacia un lado.  La ropa estaba arrugada y parecía estar adherida a los huesos de los cadáveres. Las frentes de sus calaveras estaban pegadas una a la otra, como si se hubieran dado el último beso, muriendo en ese preciso instante.
Junto a ellos, había un sobre.
Fran no podía imaginarse el tiempo que podían llevar allí, en aquella misma postura. Se aventuró a pensar que podía tratarse de una pareja de recién casados que por alguna extraña razón había encontrado la muerte. Sin embargo, el dormitorio  estaba repleto de fotografías que mostraban a una pareja de ancianos, siempre unidos, abrazados y sonrientes.
 Examinó durante unos segundos la habitación y no descubrió nada que pudiera sugerir un suicidio o asesinato. De cualquier modo, allí había dos cuerpos.
Cogió el sobre entre sus manos. Dudó unos instantes y finalmente lo abrió.
Había una simple hoja escrita a mano. La leyó.

Para aquella persona que nos encuentre:
No sé quién eres pero queremos pedirte un favor
Conocí a mi mujer hace 60 años y desde entonces no nos hemos separado
Ella ha muerto y yo no me apartaré de su lado
Nos prometimos amor eterno y decidimos estar siempre juntos
Permaneceré a su lado, sujetando sus manos inertes hasta que Dios decida llevarme con Él
Quiero suplicarte que no nos separes, que hagas lo imposible por mantenernos unidos
Necesitamos estar juntos para toda la eternidad
Gracias y que Dios te Bendiga, que Dios nos bendiga a todos.

Fran alumbró de nuevo los cuerpos de los ancianos y quedó asombrado por aquella muestra de amor. Aún así, sabía que no podía hacer posible  la petición escrita. Una vez se notificara del hallazgo   a sus superiores se llevarían esos cuerpos, los separarían,

(suena en la habitación un extraño sonido, como un murmullo de voces que protestan en la noche)

 tratarían de identificarlos y les realizarían las autopsias oportunas, por separado

(los sonidos son ahora más cercanos y Fran siente que no se encuentra solo en la habitación. Utiliza la linterna para violar cada recodo oscuro que planea ante él pero  no ve nada más que los esqueletos de una pareja que no podrá seguir unida  nunca jamás)

Y lo que ocurrirá después, y nadie, absolutamente nadie lo podrá remediar, es precisamente que los enterrarán por separado

(un nuevo ruido sobre la cama, una especie de quejido… 
…Fran alumbra los cuerpos de los enamorados)

o bien los llevarán al crematorio para quemarlos y convertirlos en anónimas cenizas.

Fran se ha asustado al percibir un pequeño movimiento sobre el lecho en el que yacen los cadáveres. No sabe bien lo que ha sido pero…
La puerta de la habitación se cierra de golpe, empujada por una fuerza extraordinaria e invisible. Después escucha de nuevo un ruido extraño y el haz de luz cubre por completo los cuerpos del matrimonio.
Ya no tienen las frentes pegadas una contra la otra sino que los rostros cadavéricos se han vuelto hacia él y lo observan a través de sus cuencas vacías.  Sus mandíbulas desencajadas parecen explotar  en una inaudible carcajada.
Una voz que surge de imprevisto, grave y cavernosa, lejana y a su vez cercana, brota de uno de los cuerpos.
-¿Tienes hambre, querida?
-Muchísima, mi amor.-responde una voz vagamente femenina.
Fran retrocede cuando advierte movimiento en los esqueletos y deja caer su linterna que se apaga tras el golpe y la habitación queda sumida en una opresiva oscuridad. Sus gritos son tan desgarradores que muy pronto sus compañeros irrumpirán en la habitación, pero no encontrarán ni rastro de su amigo, sólo su linterna caída en el suelo, todavía rodando por él, apagada y con el cristal roto.
Permanecerán perplejos ante la visión de los  esqueletos sobre la cama, con sus  manos entrelazadas y las frentes  unidas, vestidos para una boda.
Junto a ellos un sobre cerrado…
…uno de los bomberos sentirá un deseo irrefrenable de abrirlo para leer en voz alta su contenido…
Tal vez ellos se conviertan también en el banquete nupcial de la boda de una pareja de ancianos eternamente enamorados que solamente desean permanecen juntos, con la esperanza de que nadie pueda romper jamás el amor que un lejano día los unió.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Conmovedor y aterrador a la vez.
pero como siempre arrastrandote con su lectura hasta el final.