EL ANIMAL


Era hora de limpiar la jaula del animal. Quedaban pocas horas para que la visita apareciera y no podía permitir que la casa oliera tan mal. Desde el sótano, el olor llegaba arrastrándose como un gusano y debía esforzarme por adecentar un poco la estancia.

Bajo al sótano. A mí, personalmente, me encanta este aroma a miseria y podredumbre que el animal deja cuando dentro de su jaula, sin apenas poder moverse, se ve obligado a orinarse encima y depositar sus excrementos en una esquina y que, tarde o temprano, acaba por aplastar con el peso de su propio cuerpo. La mierda y el pis cubriendo su cuerpo es algo que de algún modo me causa excitación y el agrio olor que desprende, con su pelambrera sucia y húmeda,  invadido por las moscas que no le dejan en paz, me otorga una satisfacción que nada en este mundo, jamás, ha logrado provocarme. Tal vez sea una persona cruel, no lo voy a discutir, la verdad, conozco las  leyes que impiden y protegen el trato hacia estos animales pero éste es mío, yo  lo encontré y como podéis comprobar, puedo hacer con él lo que realmente me venga en gana.

Al bajar las escaleras escucho los gruñidos del animal, aterido de frío dentro de la jaula. Lleva mucho tiempo sin comer ni beber y se encuentra deshidratado, muy débil y escuálido, lo que me confiere sobre él un poder casi demencial. Debo limpiarlo. Probablemente lo sacaré al patio para darle un agua con la manguera y quitarle la mugre adherida a su piel antes de que llegue la visita. Debo adecentar la jaula aunque dado el aspecto que tienen los ya oxidados barrotes y la suciedad adherida al suelo, repleta de moscas,  de un cuantioso ejército de hormigas y de restos de vómitos y diarrea, estoy sopesando subirlo arriba en el momento en que aparezcan  los invitados. Si quiero vender el ejemplar tendré que hacerlo de manera inteligente así que bajarlos al sótano no es una opción viable.

Observo al animal y me mira con ojos cansados, casi completamente cerrados. La tristeza, el hambre, la súplica  y el dolor se agrupan en el apagado brillo de su mirada. Olisquea con la nariz casi de manera imperceptible, quizá pensando que le estoy llevando un poco de sustento. Miro los cuencos que hay junto a la jaula. Se ha comido todo el arroz y ya no tiene agua, en realidad no sé cuándo bajé por última vez pero creo que debió de ser algún día de la semana pasada.

La boca del animal se abre para  ofrecerme algunas palabras pero su garganta no emite sonido alguno. Sus dientes amarillentos resultan bastante siniestros. Haciendo acopio de una fuerza que en realidad no tiene, el animal extiende su raquítico  brazo por entre los barrotes y su mano se abre ante mí, en un intento de sentir un poco de cariño. Me aparto para que no me toque y ante su insistencia le propino una patada. El animal aúlla de dolor y retira el brazo, que oculta junto a su cuerpo. Me inquieta su mirada, con esos ojos que antes eran claros y llenos de vida y que ahora se han tornado oscuros y vacíos.

-Voy a sacarte de aquí. No quiero que te muevas o te reviento de una paliza.

Tras mis palabras noto un gesto en el rostro del animal que puede parecer un signo de esperanza. Quizá piense que voy a liberarlo cuando en realidad solamente pretendo adecentarlo para facilitar su venta. Me mira con una mezcla de miedo e interés cuando abro la puerta de la jaula y me retiro para que salga. Tarda en hacerlo. Desconfía de la persona que le ha dado palo tras palo para que guardara silencio, para que sus lloros se volvieran silenciosos, para que sus gemidos se extinguieran por completo. No sé cuántas veces le habré abierto la cabeza  ni recuerdo la cantidad de huesos y costillas que le he partido  pero es evidente que me tiene miedo. Y eso me agrada porque pone a cada uno en su lugar.

Pese a mis indicaciones, el animal no sale de su jaula. Está encorvado y mira desconfiado. Veo que respira con dificultad y no aparta su mirada de mí. Cojo un palo que ya he utilizado anteriormente contra él y es entonces cuando se agita y comienza a salir a gatas. Cuando está completamente fuera le pido que se ponga en pie.

Lo hace, pero le cuesta una barbaridad. Con la cabeza baja, los hombros caídos, con las piernas temblorosas, los brazos manchados de sangre y con medio cuerpo cubierto de hormigas que se van alimentan de sus heridas, el animal me observa. Pretende hablar, pero hace tiempo que le partí la boca y fue el primer día cuando   le corté la lengua. Eso reducirá el precio de venta pero sé que la visita está interesada en llevarse el ejemplar.

Le coloco una cadena alrededor del cuello ante su mirada suplicante y tiro de él hasta hacerlo subir por las escaleras. Ya en el exterior lo sitúo en el jardín y con una manguera trato de lavarlo. Son varios los minutos en los que el animal se encorva en el suelo mientras el agua fría a presión golpea su cuerpo tratando de quitarle las manchas oscuras que ahora cubren su piel. Cuando creo que está listo detengo el agua y me doy cuenta que el animal tiembla de frío y se convierte en un pequeño ovillo tirado sobre la hierba del jardín. Parece que tiene mejor aspecto aunque no está limpio del todo. Con algo de ropa mejorará, sin duda.

Lo hace. Y ahora, sentado en uno de los sillones del salón, tiene el aspecto de un niño de seis o siete años de edad aunque en realidad no sé cuántos puede tener este muchacho. No he podido quitar la mugre de su cuello y sus ojos parecen más muertos que vivos. La boca torcida demuestra el maltrato al que le he sometido así como las cicatrices de los brazos y las manos. Sigue oliendo mal y eso no debería resultar un inconveniente. Ya veremos qué opina la visita.

Oigo el ruido de los motores y me levanto. Observo desde el ventanal de la cocina cómo se aproximan los coches a través del camino empedrado. Aparcan junto a la casa y veo que bajan varias personas, todas ellas vestidas con trajes elegantes que se acercan a la puerta principal.

Miro unos momentos al animal, que continúa sentado en el sillón, con esos pantalones de pana que le quedan grandes y una camiseta azul que he comprado para la ocasión  en unos grandes almacenes. Me acerco a él al mismo tiempo que suena el timbre. Antes de abrir la puerta me agacho sobre el animal y le coloco una gorra en su cabeza que hace juego con los pantalones. El pelo encrespado queda cubierto y las ojeras que envuelven sus ojos permanecen mitigadas bajo la sombra de la visera. Le cojo las manos y tras sentir el contacto el animal las retira temeroso de que le rompa alguno de los dedos. Tenía que haberle cortado las uñas, se las ve muy sucias y en su mayoría están rotas. Espero  que puedan llevárselo, que no pongan demasiadas pegas. 

Abro la puerta y la visita entra. Se dirigen al salón después de ofrecer los saludos habituales. No es la primera vez que estas personas adineradas vienen  ni el primer animal que piensan comprar. Nos conocemos desde hace tiempo y hemos realizado ya varios negocios. Ellos son los clientes, yo el proveedor. 

Examinan el animal. Hablan entre ellos, murmuran. Parecen que están de acuerdo.

-¿Podemos hablar del precio?.-pregunta uno de ellos y su voz suena en mi interior como música celestial.

-Naturalmente.-digo mientras sonrió.-¿Les apetece un café?

Asienten con la cabeza y me dirijo hacia la cocina para prepararles un buen aperitivo. Mientras coloco  pastas en una bandeja y caliento varias tazas de café me digo a mí mismo que pronto hablaremos del precio del ejemplar. Entro en el salón con las tazas humeantes y miro al animal. Está triste y abatido.  Me encojo de hombros. Una vez sea vendido me olvidaré de él como me he olvidado de los anteriores, solamente tendré que hacerme con otro ejemplar, divertirme con él, prepararlo y ponerlo posteriormente a la venta. No suele ser algo muy difícil porque los parques y los colegios suelen estar llenos de estos adorables animalitos…

…y, además…, siempre hay depravados que pagan bien por ellos.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

muy cruel

M. Coto (Nicte) dijo...

Fue tan perturbador que tuve que leerlo hasta el final... !Así que buen trabajo!