YO TRABAJO SOLO

Tal vez alguno de vosotros me haya echado de menos pues he pasado varias semanas del mes de Enero sin asomar las narices por aquí. Ha sido contra mi voluntad y me hubiera gustado compartir algunos de mis trágicos pensamientos con todos vosotros. En ningún momento ha sido posible y os voy a explicar  las razones que me han obligado a mantenerme en silencio.

Algunos podrían pensar que estaba embarcado en un proyecto literario y ojalá así fuera pero debo decir que la suerte no me acompaña y que hace algún tiempecillo que he tomado la decisión de dejar de escribir.

Tampoco he estado enfermo. Simple y llanamente he caído en una trampa, como el idiota que muchos aseguran que soy.

Voy a contaros la historia.

Ocurrió  pocos días después de Reyes. Yo estaba dispuesto a disfrutar del regalo que a mí mismo me había hecho: Una pesada hacha de doble filo, parecida a esas que aparecen en Juego de Tronos. Y cierta noche bajé al sótano con la intención de estrenarla. Mi objetivo era un hombre desnudo y encadenado a una mesa cubierta por manchas de sangre de víctimas pasadas. Al bajar vi que el hombre abría los ojos asustado y gemía. La boca cosida le impedía expresarse con absoluta claridad pero sus lamentos, sus lágrimas, los jadeos y los incómodos silencios, me suplicaban que le dejara escapar. Hace tiempo que perdí mis sentimientos, que estarán ya podridos entre las heces de los demonios, y no le dirigí ninguna mirada salvo para excitarme por verlo allí, indefenso y dispuesto para mí. Veía las marcas de los cigarrillos en su pecho, la sangre seca que se agolpaba en sus orejas cercenadas, descubrí los dedos de la mano derecha esparcidos por el suelo y la marca de los latigazos en su pecho y rostro. No es que me sintiera Dios, no soy tan prepotente, pero era su dueño y podía hacer con él lo que me viniera en gana.

Llevaba el hacha sujeta con las manos y la mirada más inquietante y perturbadora que ni el mismísimo Jack Nicholson podría fingir bajo la nieve. Quería partirlo en dos. Ver su cuerpo convertirse en trozos de carne inerte y sentir el baño de la sangre caliente resbalando por entre mis dientes. Después, con esa misma hacha, le cortaría la cabeza, para que rodara de un extremo a otro como una vieja pelota. El resto del  plan te lo puedes imaginar: Poner heavy metal a tope, quizá Judas Priest, tal vez Alice Cooper, y cortarlo en trocitos pequeños con los que alimentar a los perros y ratas del  barrio.

No pude hacer nada de eso. El plan salió mal.

Sucedió en el momento preciso de alzar el hacha, justo en el instante en el que quise bajarla con todas mis fuerzas.

Fue una sorpresa inesperada. Llegó de repente. Aquél hombre, que de alguna forma milagrosa había logrado desatarse, me lanzó una patada en todos los huevos que me hizo soltar el hacha, caer de rodillas y aullar como un lobo herido. Sentí vergüenza cuando las lágrimas se asomaron en mis ojos. Quise incorporarme pero el puñetazo llegó de repente, entre las dos cejas. Fue algo parecido a un disparo. El dolor resultó muy intenso, después vino la fría oscuridad que me envolvió.

Al despertar y darme cuenta de lo ocurrido, me enfurecí. Estaba atado a la mesa. Desnudo y con un pañuelo en la boca. Frente a mí se encontraba  el hombre que hasta el momento era de mi propiedad pero las tornas habían cambiado. Llevaba el hacha en la mano y estaba ensangrentada. Moví los ojos extrañado. Vestía unos vaqueros y una camisa blanca. Sus ropas estaban  cubiertas de barro y sangre. Se había descosido la boca y sus labios mostraban un aspecto monstruoso. Me señaló hacia un rincón del sótano hacia el que miré.

¡No era posible!

Allí, sentados en las sillas de madera que hasta el momento habían estado cubiertas por unas sábanas, se encontraban cinco cadáveres. Reconocí a las tres mujeres y a duras penas me acordé de los dos hombres, que ya tenían un aspecto deplorable,  totalmente cubiertos de gusanos y larvas y con la carne ajada y pegada a los huesos. Olían fatal pero me sentí orgulloso de mis actos.

 Aquél hombre había desenterrado a cinco de mis victimas, algunas más recientes que otras. El cómo sabía dónde estaban los cuerpos y por qué los había traído de vuelta era algo que se escapaba a mi comprensión y eso que me considero, sin lugar a dudas, una de las personas con la mente más asombrosa y perspicaz que habita  el planeta.

Pensé en una venganza, pero eso era demasiado simple. Se me pasó por la cabeza la inquietante posibilidad de que al desconocido no lo hubiera atrapado al azar sino que… él mismo había decidido convertirse de  manera intencionada en mi víctima. Supuse por unos instantes que había caído en una trampa pero no soy tan descuidado y deseché tamaña estupidez a pesar de que sabía que era la única explicación.

Aquel hombre me miraba excitado, incluso advertí el bulto en su pantalón. Sentí asco porque, durante breves instantes, me vi reflejado en él, después comencé a reír, aunque mis risas sonaron como quejidos cobardes a través del pañuelo que apenas me dejaba tragar saliva.

Verme atrapado en mi propio sótano, como una víctima más, rodeado de cuerpos que me traían recuerdos que hasta ese momento había logrado aplastar en lo más profundo de mi oscuridad, me hizo sentir humillado frente a aquél idiota.

Si ahora estoy escribiendo esto es precisamente porque escapé de la trampa y me liberé de la prisión. Volví a enterrar los cuerpos que ya no significaban nada para mí y a aquél hombre lo até a la pared y le llené la boca de hormigas. Fue emocionante ver cómo los diminutos cuerpos se introducían en su interior. Le reventé los ojos con unas tenazas y le corté la cabeza con el hacha. Lo descuarticé y lancé los restos a las alcantarillas donde las ratas lo harían desaparecer. 

Pobre iluso, que en su último aliento manifestó su deseo de  colaborar conmigo, capturar a futuras víctimas y matarlas entre los dos. Hacer de mi sótano nuestro santuario y lograr el éxtasis en cada asesinato. Crear arte a dúo, firmar una obra maestra en el  mundo del terror como  una pareja de asesinos despiadados.


Pobre desgraciado, yo trabajo solo.